La chica perdida en París Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—No sé cómo harán las cosas en Dublín —le replico, muy consciente de que su masculinidad arrolladora haría desfallecer a cualquier otra mujer—, pero aquí en Nueva York un caballero dice «disculpe».

—¿Y quién ha dicho que yo sea un caballero? —contraataca, quitándome importancia como si la culpable fuera yo.

¿Por qué siempre me topo con los playboys taciturnos? No es que tenga tiempo para hombres con mi horario de locos. De vez en cuando me lanzo, pero nunca acaba bien.

Cuando me vuelvo, el galán irlandés ha desaparecido. Y también las fans.

Mejor. Esta entrevista es más importante que darle una lección al señor Traje Gris.

Cuando le propuse a Granger la historia del bebé secreto de madame de Cadieux , me dijo que necesitaba pruebas concluyentes para una fábula tan inverosímil.

El rumor decía que la francesa abandonó a su hijo y escapó del campo.

Escribir sobre ella era casi imposible: nunca he estado en París ni frecuento los mismos círculos sociales que la famosa parfumeuse .

En su lugar, escribí un bonito artículo para el periódico local sobre la valiente mujer de la residencia que sobrevivió a la guerra y escapó a América, dándole un cierre antes de morir.

Me giro. Maldición, esos minutos discutiendo con el irlandés me han salido caros. Madame de Cadieux se me escapa… Ni hablar, después de haber llegado tan lejos.

—Según leí en antiguos periódicos de París de después de la guerra —empiezo, adelantándome a los otros periodistas y poniendo mi mejor sonrisa para cámara—, usted es una mujer con secretos, madame de Cadieux .

Ignora mi pregunta.

—¿Habla francés, mademoiselle ?

—Con el traductor en línea.

Risas del público curioso por ver qué ocurre. Madame de Cadieux frunce el ceño. Mi chascarrillo no le sienta bien. Se aleja a toda prisa. Deduzco que no le gustan las entrevistas televisivas, así que envío a Hank a por un café y pruebo otro enfoque.

Apelo a su ego.

—Creó un perfume extraordinario durante la guerra, madame —empiezo, hablándole en voz baja, aparte de la multitud—, que no se ha vuelto a producir desde entonces.

—¿Qué sabe de ese perfume, mademoiselle ? —pregunta, impresionada.

—Que lo llamó Le Courage .

Sus ojos se encienden.

—Habla usted de un momento oscuro de la historia de Francia, mademoiselle .

—Por eso su perfume fue una sensación. Usted dio esperanza a las mujeres cuando nadie más podía hacerlo.

Sus párpados tiemblan. Sí, me escucha…, recuerda.

Llega el momento culminante. Cito de memoria un artículo sobre el perfume, cada palabra con el efecto que busco.

—Un perfume con corazón, madame de Cadieux , que evocaba las mañanas de manzanos en flor cuando el mundo estaba en paz.

Noches picantes, exóticas, cuando el hada verde danzaba alrededor de los amantes en ritmos embriagadores, envolviendo a quien lo llevaba en una lenta y ardiente pasión…

—Hago una pausa para imaginar París en guerra y la locura de no saber si ese día sería el último—.

Y la ferviente pureza del lirio francés, impávido ante la presencia de los ocupantes, símbolo de esperanza para cada mujer que esperaba el regreso de su hombre.

—Me impresiona, mademoiselle . —Me mira con los ojos muy abiertos, como si le hubiera traído el Santo Grial del perfume—. Bien. Le concederé la entrevista… la próxima vez que venga a Nueva York.

Nunca viene a Estados Unidos.

—Su marca está en boga ahora, madame , con la publicidad que le ha dado este premio.

—Recorro con la mirada el salón abarrotado.

Necesito mantener la conversación con ella en un tono discreto, así que la conduzco hacia un rincón oscuro.

Para mi sorpresa, no protesta—. Haga la entrevista conmigo sobre un tema del que nunca ha hablado: los años de guerra en la Casa Doujan y cómo se convirtió en la diva del perfume.

—Suelto las palabras de un tirón antes de perder el valor—.

Le garantizo que las ventas de su línea de perfumes se dispararán.

Me echa «esa» mirada.

—Le diré a mi publicista que le envíe un dosier de prensa. Tiene todo lo que necesita para escribir un artículo.

—¿De veras, madame ? —la desafío—. ¿Cómo puedo escribir sobre madame de Cadieux si no la conozco, si no me meto en su cabeza?

—¿Y por qué querría hacer eso? —pregunta, curiosa.

—Porque yo no estuve allí, madame . No viví con racionamiento; no temblé cada vez que oía un golpe en la puerta, preguntándome si era la Gestapo ; no olí el hedor de los muertos en los campos; no lloré con los vivos…

No temí que me dispararan por robar una miga de pan.

Pero usted sí. Y metiéndome en su cabeza —repito con énfasis— podré crear para mis espectadores una experiencia tan poderosa como cualquier recuerdo.

—No soy la única mujer que sobrevivió a los campos, señorita, somos cientos, miles. ¿Por qué iba a importarle yo a nadie?

—Porque tiene que contar su relato, madame , entero. Usted vivió un tiempo extraordinario de la historia y nadie tiene idea del papel que desempeñó.

—Nadie quiere leer sobre la pena y el dolor de una anciana, mademoiselle —insiste—. La tortura y denigración a manos de los nazis no «molan», como dicen ustedes.

—Se equivoca. Mis lectores tienen hambre de emociones sinceras, sentidas, no de risas enlatadas.

Me mira desconcertada.

—¿Cómo dice?

—No importa; lo que importa es que deje de esconderse detrás de esa máscara de glamur que ha creado y se desmelene. Se lo debe a usted misma… y a ellos. —No sé por qué lo digo, pero la tristeza persistente en sus ojos me alerta de que he tocado algo.

—¿Quién me creería si dijera la verdad?

—Yo.

Me dedica una sonrisa sombría.

—No se rinde usted, ¿verdad?

—No —respondo sin avergonzarme.

Piensa un instante y luego asiente.

—De acuerdo.

Suelto el aire que había estado conteniendo.

—¿Cuándo podemos empezar?

Agita su mano enguantada y espero ver polvo de hadas en el aire.

—Mañana.

—¿Aquí en el hotel? —pregunto, rezando para que Granger me apruebe los gastos de las comidas lujosas que me costará impresionar a madame .

—No… Saldremos de aventuras.

Exhalo.

—Podemos ir a City Island . Conozco un restaurante de pescado estupendo junto al agua…

Levanta la mano para detenerme.

—Me acompañará en mi vuelo de regreso a París, mademoiselle . Salimos a las ocho en punto.

Esbozo una sonrisa débil.

—¿Es broma, verdad?

Ella, una gran sonrisa.

—En el Concorde, por supuesto.

Lanzo un silbido bajo. Esto no es en absoluto lo que esperaba. Un viaje de ida y vuelta a París en el avión supersónico cuesta más de tres meses de sueldo. Tiene que estar tomándome el pelo.

—No puedo ir a París, madame . Tengo trabajo aquí, plazos que cumplir…

Tengo varias historias importantes en ciernes, pero todas palidecen ante la oportunidad de conocer a esta mujer, averiguar si el rumor del bebé secreto es cierto, además de perseguir mi sueño con los perfumes…

, pero, sobre todo, ayudar a mi madre a descubrir lo que su madre pasó en los campos para traerla al mundo.

Madame de Cadieux frunce el ceño.

—¿Tiene pasaporte?

—Sí.

Lo saqué por trabajo, nunca lo he usado.

—Entonces puede venir.

—Tengo que pedir permiso a mi jefe —admito, confiando en que me dirá que sí y me liaré la manta a la cabeza. Le pediré a Granger un anticipo de mi salario—. Es algo particular para enviar reporteros a Europa.

Sobre todo después de rechazar de plano mi historia original sobre madame de Cadieux .

—Será mi invitada. Yo me encargaré de sus gastos.

¿Ha dicho su invitada? Miro alrededor, preguntándome si su generosa oferta es un montaje publicitario, pero el público se ha dispersado y nadie nos presta atención.

Están demasiado ocupados apurando la «última llamada» del champán gratis.

Estoy a punto de soltar un «sí» rotundo a su oferta, pero mis antenas de reportera escéptica se alzan.

Ella interpreta mi vacilación como debilidad.

—Ya veo. No tiene usted el valor de ponerse en mi lugar; ver los horrores que yo he visto, sufrir el dolor de la pérdida, una pérdida insoportable, y aun así creer tanto en una misma que no te rindes porque no puedes. Haría cualquier cosa por vivir un día más.

Aprieto los dientes.

—Soy más parecida a usted de lo que cree, madame .

Me sostiene la mirada. Algo en mis ojos ha debido decirle que yo también tengo secretos y eso la intriga.

Me pregunta:

—¿Desea usted la entrevista o no?

—Sí, sí, quiero la entrevista.

¿A quién le importa perder el trabajo si no cumplo los plazos? El reloj corre. No tendré otra oportunidad así.

— Bon . ¿Cuál es su nombre, mademoiselle ?

— Emma . Emma Keane .

—Ahora veremos de qué está hecha, mademoiselle . —Me mira de arriba abajo y su nariz se contrae—. Aunque tengo poca fe en lo que vamos a encontrar.

Angéline

Exhalo y los mechones de pelo postizo me flotan alrededor del rostro mientras miro el espejo ovalado.

Qué ganas tenía de volver a la habitación del hotel y quitarme los zapatos.

Malditas extensiones, me tiran del cuero cabelludo, me pican…

¿Cómo aguanta la gente estas cosas? Mi asistente, Henri-Justin , insistió en que el glamur impresiona a los medios estadounidenses, así que Marie se pasó horas maquillándome (¿desde cuándo el lápiz rojo me hace los labios tan finos?).

Frustrada, me lo quito. He estado desconectada desde que me quedé sola.

Durante años he vivido aislada, presentando un misterio digno de los perfumes que creo, pero se ha convertido en una coraza, una forma de vida.

Y no pienso cambiar.

Después de esta noche volveré a mi château en París, a mi jardín, mis libros.

Mis perfumes. Me muero de ganas. Los pies me matan.

Rojos e hinchados tras estar aprisionados en unos tacones de satén blanco, pero no dejé que el dolor me frenara, cualquier cosa por mantener la apariencia de empresaria exitosa con la energía de una mujer con la mitad de años.

Cuesta recordar que una vez corrí más rápido que la Gestapo .