La chica perdida en París Capítulo 1
1%
La chica perdida en París

La chica perdida en París

Por Jina Bacarr

© inepub.com

Capítulo 1

Emma

Perfume:

Mystère D’Amour

Mandarina toscana, mimosa, almizcle de hibisco

Inclino la cabeza cuando madame de Cadieux , la grande dame del perfume francés, hace su entrada en el Gran Salón de Baile del Waldorf .

Se detiene bajo una lámpara de araña de cristal; los mechones encendidos de su cabello enmarcan un rostro hermoso, tan impecable como la perla de una reina.

Apostaría a que pactó con el diablo para tener una piel tan tersa a su edad. Dios, debe de tener ochenta años.

Me mantengo a distancia, observando a esta mujer con detalle y tomando notas en mi cuaderno de reportera.

Es más alta de lo que imaginaba, delgada como una única rosa, con ese je ne sais quoi de las francesas que te hace sentir tan insulsa como un ratón de iglesia.

La barbilla erguida, la espalda recta, los gestos elegantes de la mano dicen que no le importa lo que piensen los demás.

Angéline de Cadieux atrae toda la atención incluso cuando no habla.

Sus labios son rojo París, los párpados ahumados con un velo oscuro. Ninguna joya.

Me acerco un poco más y percibo un soplo de la estela que deja tras de sí, un perfume sutil pero inolvidable: absoluto de rosa, pimienta, lavanda.

Su seña de identidad.

Naomie ’s Dream .

Creado en París en 1941 para la Casa Doujan .

Sonrío al recordar una noche de verano, cuando tenía dieciséis años y mi cita me regaló un frasco de Naomie ’s Dream .

Estaba obsesionada con impresionarle con mi increíble talento olfativo, recitando los ingredientes de carrerilla.

Más tarde, en la universidad, vendí fragancias en grandes almacenes, aunque me arrepiento de no haber ido a París a aprender el arte del perfume.

Daría lo que fuera por estudiar con madame de Cadieux .

Ver a la leyenda en persona mezclando esencias.

Con un vestido blanco de georgette de seda y mangas largas de estilo Julieta, no esboza jamás una sonrisa.

Como si posara para un cuadro de Renoir .

Muero por saber qué mueve a esta mujer. Por conseguir una entrevista con ella para ver si logra destapar esta extraña adicción mía a desentrañar los secretos de los aromas.

Conocer qué la impulsa me permitirá entenderme a mí misma.

Y ayudar a mi madre a encontrar sus raíces.

Mi abuela fue una presa política, una polaca que murió en Dachau al final de la guerra… Madame estuvo allí encarcelada entre 1944 y 1945. ¿Se conocieron? Menuda historia sería esa.

Cuando a mamá le diagnosticaron cáncer de pulmón el año pasado, intentó conseguir más información sobre su familia biológica en esas páginas web de «encuentra a tus parientes», pero no logró nada.

Sé que se sintió decepcionada, y me encantaría verla sonreír si descubriera algo sobre su madre.

Por eso siempre he sentido debilidad por las historias de supervivientes como la de madame .

Sus ojos se mueven en todas direcciones, escrutando la multitud con precisión, la nariz contrayéndose como si el aroma colectivo le resultara desagradable.

Solo puedo imaginar lo que habrá olido en su vida.

Amor, odio…, guerra. Hay un aura de peligro a su alrededor, una existencia repleta de momentos al límite, dificultades y emoción, según lo que averigüé en los archivos de la cadena.

Es conocida en el mundo del perfume como una première nez , nariz.

Cuesta creer que esta mujer sobreviviera a dos campos de concentración nazis — Auschwitz y Dachau — y alcanzara la cima del negocio de las fragancias en una época en que las creadoras eran ignoradas, cuando no directamente vetadas.

Mi jefe, Theodore Granger , montó en cólera cuando irrumpí en su despacho y le dije que quería hacer un reportaje sobre la legendaria diosa del perfume al enterarme de que había volado desde París para recibir un homenaje de una prestigiosa organización benéfica de Long Island por su labor con los «niños olvidados de la guerra».

Conseguí una invitación para cubrir el acto para WJJR-TV Canal 6 Noticias prometiéndole a Granger que aceptaría cualquier encargo aburrido que me echara encima durante los próximos seis meses si me dejaba seguir mi corazonada.

Tenía que cubrirlo.

Hace dos años, cuando participé en un proyecto sobre el Holocausto haciendo reportajes de interés humano en residencias de ancianos, oí hablar de una mujer alemana que había sobrevivido a Dachau .

Fui a entrevistarla, pero el personal me dijo que aquella mujer delgada y solitaria «no estaba del todo aquí»; que se negaba a cortarse la larga trenza gris que llevaba enrollada en la cabeza, y que se hacía llamar Luise , aunque su nombre era Gretchen .

Cuando le pregunté si conocía a una presa política polaca que había tenido un bebé en el campo en 1944, empezó a estremecerse, encogiendo los hombros, girando la cabeza en ángulos extraños.

«No», insistió; y después no dejó de parlotear sobre un bebé secreto nacido de una prisionera francesa en un campo cerca de Dachau .

Una mujer de París, una señorita rubia que hacía perfumes.

Creo que madame es esa francesa.

Llámalo instinto de reportera, pero soy fan de madame de Cadieux desde los quince, cuando olí por primera vez Angéline , el perfume que lleva su nombre.

Mimosa española, nardo y almizcle. He adorado el arte del perfume desde niña, cuando me empapaba con el dulce aroma de jazmín de mi abuela hasta apestar.

Ella compraba litros de aquella esencia en el economato militar.

Volvía loca a mi madre coleccionando frasquitos de muestra en los mostradores de cosmética e intentando descubrir sus ingredientes florales y especiados.

Después pasé a otra cosa al descubrir que tenía olfato para las noticias, aunque todavía me emociono cuando aspiro un perfume exótico que estimula mi cerebro para desentrañar su misterio fragante.

Pero nada resulta tan fascinante como madame en persona.

¿Qué ocurrió con su bebé? Quiero saberlo. ¿Quién era el padre? No pienso salir del Waldorf sin plantearle la cuestión a madame de Cadieux .

Satisfecha de haber captado todas las miradas, madame cruza el salón deslizándose, el largo vestido blanco de seda flotando tras ella como una nube, una mujer esbelta con una gracia eterna en cada movimiento, rasgos que envidio.

Desde niña he saltado de cabeza a las situaciones y he hecho preguntas después.

Esa vena alocada me convierte en una reportera de armas tomar.

La fijo en mi punto de mira, mi cámara pisándome los talones mientras me abro paso para arrancarle una entrevista rápida a la famosa parfumeuse para las noticias de las once.

Se mueve deprisa para su edad, esquivando a los admiradores que intentan llamar su atención.

Acelero el paso, zigzagueando entre los asistentes engalanados y charlatanes, sudando ya a chorros.

— Hank , enfoca a madame de Cadieux al fondo —le digo—, cuando haga la entradilla.

—Hecho, nena.

Pongo los ojos en blanco.

—No soy tu nena. ¿Entendido?

—Sí, señora.

Se ríe, pero hace lo que le digo. ¿Dónde habrá encontrado Granger a este tipo? Cómo no, tenía que encasquetarme a un imbécil para recordarme que acabe la historia rápido y vuelva a cubrir «noticias de verdad».

Paso de su comentario y cambio al modo «Aquí Emma Keane , informando desde el legendario Waldorf Astoria …

» esperando que Hank esté grabando mientras hago la presentación; luego saldré a por la entrevista para demostrarle a mi jefe que no estoy loca.

Me abro paso entre la multitud que contempla a madame cuando…

Un momento, ¿esa no es Brooke Hansen , del NYC Sun ?

¿Qué hace aquí?

Hace un par de años entrevistó a madame sobre los sintéticos en perfumería. Lo que en realidad buscaba era una confesión sobre la guerra.

Cuando madame de Cadieux se negó a hablar de sus experiencias durante la contienda, Brooke estampó la historia en la portada del tabloide con el titular: «Perfumes falsos de una nariz falsa».

La acusó de inventarse su paso por Auschwitz porque la francesa se negó a mostrarle un tatuaje con número de prisionera en el brazo. Brooke escribió que nunca lo tuvo.

También insinuó que madame colaboró con los alemanes durante la guerra.

Jamás me creí una palabra y la historia acabó enterrada.

Imagino que los inversores neoyorquinos que compraron la Casa Doujan tuvieron algo que ver.

Me sorprende la desfachatez de la rubia al presentarse aquí.

Perdió el trabajo y no volvió a ejercer hasta que la contrató un tercer tabloide de mala muerte especializado en basura.

Estudio sus movimientos. Se comporta con cautela… intentando mimetizarse con las fans risueñas que rodean a la parfumeuse francesa. Aprieto el paso para lograr la entrevista cuando…

¡Ostras! Casi se me cae el micrófono cuando un hombre alto y guapísimo, con traje gris de seda, pasa corriendo a mi lado con el móvil en la oreja y se dirige hacia las mujeres embelesadas.

Niego con la cabeza. Es esa clase de hombre. Nunca tiene suficientes números de teléfono en su agenda. O es un actor en paro deseoso de caerle bien a Brooke —si es que alguien le puede caer bien— y salir en las fotos. Sea lo que sea, no va a fastidiar mi entrevista.

—Eh, usted, señor Traje Gris. Estoy trabajando.

Se da la vuelta de golpe y me encuentro con la mirada de un apuesto moreno con pura masculinidad Bond .

—¿Se dirige a mí? —replica en tono de desaprobación con un acento irlandés sexy, los brazos cruzados y un desdén por cualquiera que se cruce en su camino tan evidente que noto cómo se me tiñen las mejillas.

—Casi me atropella.

—Usted se me echó encima —insiste, aunque ni una arruga estropea su elegante traje de seda—. Claro que, siendo periodista —añade, leyendo mi acreditación—, suelen entregarse a un comportamiento temerario e irresponsable.