La chica imperfecta Epílogo
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Epílogo

Luna

Uno año después

Habían ocurrido tantas cosas en el último año que me sentía como si no cupiera en mí más felicidad. Como decía Fermín, parecía como si el pecho me fuera a reventar.

Lo primero, y me atrevo a decir que lo más importante, que ocurrió fue el nacimiento de mis sobrinas. Las dos niñas más preciosas que yo había visto en mi vida.

Mi madre decía que eran más bonitas que nosotras. Más que yo, seguro; pero si superaban en belleza a mi hermana la cosa pintaba fuerte.

Mi cuñado ponía cara de sufrimiento cada vez que comentábamos algo al respecto —lo cual yo solía hacer con mucha asiduidad solo para chincharlo, pero es que, joder, las niñas eran bellísimas—.

No me cansaba de mirarlas y en cuanto tenía ocasión las cogía en brazos y las achuchaba todo lo que me permitían.

¿Cómo se podía querer tanto a alguien tan pequeño?

Nuestro alrededor había dejado de insistir —por fin— en lo bien que se nos daban a Eliot y a mí los niños y en lo buenos padres que seríamos. Era cierto que disfrutábamos mucho con mis sobrinas, pero aquello era distinto; de momento, a ninguno de los dos se nos pasaba por la mente tener hijos.

Otra cosa reseñable fue que mi primera novela se había vendido, y seguía haciéndolo, muy bien.

Tanto que mi hermana ya había abierto un sello de novela romántica en la editorial, el cual había conseguido tanto prestigio que ya tenía a muchas de las escritoras más famosas del país trabajando en él.

Esto llevó a la editorial de estar casi en números rojos a tener amplios beneficios.

Noelia y Alejandro llevaban viviendo juntos desde que se marcharon de nuestro piso.

Estaban felices, y es que lo de no ser padres había sido una de las condiciones que ella le puso al inicio de su relación y que los dos compartían con convicción férrea, pese a la presión social que sufrían casi a diario.

A Noelia aquel tema le había costado la ruptura con su antigua pareja, pero parecía que finalmente con Alejandro encontró lo que buscaba.

Además, hacía un par de semanas, mientras paseaban de vuelta a su casa, se encontraron una caja llena de cachorros de gato abandonados.

Entre ellos y otra pareja que se paró, se los llevaron a sus casas.

Así que también tenían dos gatos y para ellos aquello era todo lo que la familia iba a crecer.

Otro de los cambios de aquel tiempo fue que Eliot y yo habíamos estado unos meses viviendo en su piso, antes de ponerlo en venta, porque hicimos obras en el mío. Me gustaba mucho aquel piso, pero era rica y podía permitirme hacerle una buena reforma. Por eso, cuando regresamos a él parecía nuevo.

Virtudes y Rosario estaban la mar de contentas porque el casero «hubiera decidido» bajarles el alquiler, ya que aquello les iba a permitir hacer algún que otro viajecito. Yo no podía estar más feliz con la decisión que tomé en su momento.

Aunque había veces en las que Eliot y yo llegábamos a la conclusión de que poco le había ofrecido al casero, pues esas dos mujeres nos traían cocidos, tortillas de patatas, bizcochos y todo tipo de comidas caseras casi a diario.

Lo mejor era que algunos días las convencíamos para comer todos juntos, incluido Fermín, por supuesto.

Y me gustaba tanto cuando aquello ocurría…

Ellas solían bromear con que no pensábamos tener hijos, pero habíamos decidido adoptar a tres abuelos.

La realidad era que Eliot y yo estábamos encantados porque para nosotros ya eran más familia que otra cosa.

Otro de los momentos más importantes de aquel año fue nuestra boda.

Y es que Eliot y yo nos dimos el «sí, quiero» en una casa rural perdida en medio de la montaña y vestidos con trajes de baño.

Tal y como mi padre vaticinó tiempo atrás, la comida consistió en una barbacoa y a la boda solo invitamos a los más allegados.

Fue un día inolvidable, no por el convite ni por la fiesta, sino por reunir a todos los que queríamos y compartir con ellos nuestro amor.

Eliot y yo nos habíamos acostumbrado con una facilidad pasmosa a vivir juntos. Justo ese día, en el que yo estaba de los nervios, entendí —una vez más— por qué hacíamos tan buen equipo.

—Luna, para —casi me ordenó—. Todo va a salir perfecto y, si no es así, estará abierta al público el mes completo.

Terminará siendo un éxito. Tienes un olfato especial para este tipo de cosas y, si a ti se te escapa alguna, Fermín la coge al vuelo.

Respira y disfruta de este día porque llevas muchos meses preparándolo.

Ahora solo puedes soltar y pasarlo bien.

Eliot tenía razón. Había trabajado tanto en ese proyecto, era tan especial para mí y le tenía tantísimo cariño que no me quedaba de otra que disfrutarlo.

—Y ahora vámonos, que tienes que ser la primera en llegar. Más que nada porque eres la que tiene las llaves para abrir la galería.

Justo antes de salir abracé y besé a Eliot para darle las gracias. Todo el trabajo extra que aquello me había exigido se lo robé al tiempo que podríamos haber pasado juntos, eso sin contar que yo estaba bastante irritable.

—Gracias por sostenerme durante estos meses.

—Solo lo he hecho porque cuando esto termine por fin nos vamos a largar de luna de miel —bromeó, o no tanto, acariciando mi pelo.

Cuando nos casamos tuvimos que posponer nuestro viaje porque yo había empezado a escribir un nuevo libro y estaba enfrascada en él.

Más tarde surgió lo de la galería y nunca encontré el momento adecuado, pero después de aquella noche, exactamente en una semana, Eliot y yo íbamos a volar y a pasar los siguiente quince días perdidos por el mundo. Y eso sonaba de maravilla.

Llegamos caminado juntos a la galería. Ninguno de los dos había dicho nada durante el trayecto, no hacía falta. Eliot y yo ya teníamos esa confianza que hace que los silencios sean tan importantes como las palabras.

Abrí la puerta de la galería, encendí las luces y allí me quedé, en medio de la sala contemplando la exposición que llevaba meses preparando y que en breve estaría abierta al público.

—No entiendo mucho de arte, pero esto me parece una pasada —dijo Eliot junto a mi oído.

—Lo es —aseguré yo sin un ápice de duda.

Terminé de colocar todo en su sitio y unos minutos después Fermín estaba parado en la puerta de la galería. Le había prohibido que viniera los días previos, pues quería que fuera una sorpresa y supe que lo había conseguido, porque fue incapaz de contener las lágrimas.

La galería estaba repleta de las obras de Ernesto, la que fuera su pareja. No podía asegurar que supiera lo que él estaba sintiendo al verlas, pero me había dicho que hacer realidad el sueño del amor de su vida era más de lo que nunca hubiera imaginado.

—Esto… es… es… un homenaje precioso —murmuró, visiblemente emocionado.

—Lo es, pero te aseguro que su obra lo merece. Ernesto era un artista increíble y me siento muy honrada de que me hayas elegido a mí para exponer su obra.

—No podía haber sido de otra manera.

—Ven, acompáñame —dije tendiéndole el brazo y esperando a que él se agarrara a mí. Cuando lo hizo, le di una vuelta por la galería para que viera cómo había quedado todo.

Eliot se encargó de terminar de colocar las bebidas y los canapés.

—Gracias, Luna. Ha quedado muy bonito, es tan emocionante ver sus obras aquí… Estoy convencido de que si estuviera vivo esta sería una noche muy especial.

—Pues vamos a hacerla especial por él; a fin de cuentas, estamos rodeados de su esencia porque no hay nada mejor que el arte para transmitir quiénes somos.

Los primeros en llegar fueron Luz y Aarón. Era la primera vez que dejaban a mis sobrinas con una canguro y yo les estaba muy agradecida por venir a darme su apoyo.

Pero es que no faltó nadie: Noelia y Alejandro, mi padre y mi madre, que habían pospuesto un crucero para poder estar allí esa noche.

Virtudes y Rosario, las chicas del club de lectura, la gente de la editorial.

Esas fueron las personas que yo creí que asistirían, tal vez alguno de los clientes habituales de la galería.

Sin embargo, cuál fue mi sorpresa cuando un autobús paró delante y de allí bajaron un montón de personas mayores.

—No… no pu-puedo creerlo —tartamudeó Fermín.

—¿Quiénes son? —pregunté con curiosidad.

—Antiguos amigos nuestros. Alumnos de la escuela de arte a la que asistíamos. Profesores, catedráticas, eruditos, intelectuales…, colegas de Ernesto y míos.

Fermín se alejó para saludarlos y luego presentármelos a mí. De pronto, mi galería se había llenado de las más ilustres e importantes personas relacionadas con el arte.

—Esto no te lo habías visto venir, ¿eh? —dijo Eliot agarrándome por la cintura.

—¿Has sido tú? —pregunté perpleja.

—No he hecho demasiado, solo tirar de algún hilo de aquí y de allá. Los que hicieron mucho fueron Fermín y Ernesto, que resultaron ser unos pioneros en infinidad de cosas y, sobre todo, una pareja muy muy querida.

Ese fue mi turno para emocionarme y lloré apoyada en el hombro de la persona que había hecho que aquel día fuera redondo.

Alguien me llamó y yo me separé de Eliot para saludar.

No obstante, en un momento dado que me vi sola me acerqué a mi cuadro favorito.

Un lienzo con las líneas sencillas del contorno de una mujer.

Ese cuadro me tenía robado el corazón. Los colores, lo que me transmitía…

Me acerqué un poco más porque me pareció ver un cartelito junto al precio.

«Vendido», ponía, y yo no supe cómo sentirme al respecto porque me alegraba que se hubiera vendido tan rápido, pero iba a costarme muchísimo desprenderme de él.

Lo cierto era que quería exponerlo primero, pero tenía pensado comprarlo yo misma, aunque por lo visto había llegado tarde.

—Es un cuadro precioso. Entiendo todo lo que me has explicado sobre él y comprendo muy bien por qué te gusta tanto —susurró Eliot pegado a mi cuello.

—Se ha vendido, pero no entiendo quién… —dije sin poder ocultar mi tristeza y enterrando mi cara en su hombro.

—Sí, eso he visto. Pero ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Que va a quedar de maravilla en nuestro salón.

—¡¿Qué?! —Levanté la cara de golpe para mirarlo.

—Debo confesar que no ha sido solo cosa mía. Fermín ha tenido mucho que ver.

—No puedo aceptarlo.

—Dice que te lo tomes como un regalo de bodas. Además, ha insistido en que te diga que, si Ernesto te hubiera podido pintar, está seguro de que el resultado se parecería mucho a ese cuadro.

Alcé la mirada para buscarlo entre la gente y, como si él se hubiera percatado, clavó sus ojos en los míos e hizo un asentimiento con la cabeza.

Solo necesité eso para volver a llorar.

—Espero que esas lágrimas sean de felicidad —dijo Eliot mientras besaba mis mejillas.

—Lo son, te aseguro que lo son.

Cuando logré recomponerme miré a mi alrededor.

Toda la gente que quería se encontraba allí —solo faltaban mis sobrinas—.

Mi libro ya iba por la décima edición. Casi tenía terminado el siguiente.

La exposición estaba resultando un éxito.

Fermín parecía pletórico y me encontraba junto al hombre al que amaba.

Pero, sobre todo, yo… yo había dejado de ser la chica imperfecta.

¿Qué más podía pedir?