37. Ha pasado lo peor
Eliot
Unas semanas después
Había quedado en recoger a Luna en diez minutos y ya iba tarde. Terminé cambiándome de ropa varias veces y aquello no era muy normal en mí, pues yo tampoco le daba tanta importancia a la apariencia. Con todo, aquel día iba a comer en casa de los padres de Luna y quería causar buena impresión.
No tenía claro si iba a lograrlo porque como continuara corriendo así terminaría por llegar sudando.
De pronto vi una floristería y decidí pararme, y un poco más adelante, cuando vi una librería, también me detuve.
Por si no me hubiera retrasado lo suficiente, aquello aún me robó unos cuantos minutos más.
Por eso, cuando llegué a casa de Luna, ella me esperaba ya en el portal.
—Llegas tarde —me echó en cara, alzando un poco la voz, antes de que yo llegara hasta donde se encontraba.
—Lo siento —fue todo lo que pude decir.
—¿Esas flores son para mí? Porque entonces te perdono.
—En realidad son para tu madre. A ti te he traído esto.
Le alargué el paquete que acababa de comprar en la librería. Cuando lo desenvolvió, su rostro cambió.
—¿Para qué me lo has comprado? —preguntó, visiblemente emocionada—. La editorial iba a darme algún ejemplar…
—Lo sé, pero quería que tuvieras uno que fuera un regalo mío.
Aquella era la edición en la que estaban ya incluidos todos los cambios que hicimos los dos. Nuestros dos gestos de amor.
Luna me abrazó y a mí me pareció mentira que cada día que pasaba pudiera quererla un poquito más. Porque, cuando yo pensaba que eso no era posible, ella me hacía ver lo equivocado que estaba.
Guardó el libro en su bolso y caminamos cogidos de la mano, un gesto que ya hacíamos por inercia y que a mí me encantaba.
—No has dicho ni una palabra desde que hemos empezado a andar. ¿Estás nervioso? —indagó con media sonrisa.
—No voy a mentirte, es la primera vez que conozco a los padres de una novia. Estoy acojonado.
—Pero si a mis padres ya los conoces…
—Sí, pero no es lo mismo.
—No, no lo es.
—Además, ellos saben lo que hice con Luz y no me siento nada cómodo con eso —confesé lo que realmente me inquietaba.
—Te diría que no te preocuparas, que no van a hacer ningún comentario al respecto, pero te mentiría porque posiblemente será lo primero que te suelten.
Genial, aquello era una maravilla: ir a comer a casa de los padres de Luna, con Luz y Aarón presentes, y que sacaran el tema de mi declaración a la hermana de mi novia. Fantástico.
—Eliot, respira o terminará dándote algo. No te preocupes, yo te defenderé —dijo, riendo descaradamente, justo en el momento en el que llegábamos al portal.
Cuando la madre de Luna nos abrió la puerta yo ya estaba al borde del colapso.
Mi infancia, la ausencia de una familia convencional y la no relación con mi padre hacían que tuviera sentimientos encontrados.
Por una parte, quería caerles bien, pero es que no se trataba solo de eso, yo quería formar parte de algo y deseaba encajar allí, con ellos.
—Hola, Elisa, esto es para ti —susurré muy bajito tendiéndole el ramo de flores.
—¡Ay, muchas gracias, Eliot! —exclamó encantada—. Ni siquiera recuerdo la última vez que alguien me regaló flores.
Y dicho eso entró en el salón para aladear de ramo, algo que no estaba seguro de que fuera buena idea porque tal vez al padre de Luna no le hiciera ni puñetera gracia.
Antes de poder continuar dándole vueltas a todo, una bola peluda se abalanzó sobre mí.
—Es Canela y parece que le has caído bien —anunció Luna a la vez que me daba toquecitos en la espalda intentando tranquilizarme.
Me agaché para acariciarla y pensé que por lo menos tenía un aliado allí.
Mi paz mental duró poco porque, cuando entré en el salón, Luz y Aarón se acercaron a saludarnos, pero este último murmuró un «eres un pelota» cerca de mi oído y supe que se refería a las flores que le había llevado a Elisa.
Sin embargo, lo peor estaba por llegar porque, cuando Antonio se acercó a mí, lo primero que me dijo fue:
—Vaya, Eliot, no te había visto después de que te declararas a mis dos hijas….
Yo quise que la tierra me tragara, pero, tal y como me había adelantado, Luna salió en mi defensa.
—Papá, quedamos en que ibas a portarte bien —lo regañó.
—Y es lo que estoy haciendo, solo he expresado en voz alta una realidad.
—Antonio… —lo reprendió Elisa.
—Vaya, que ahora no voy a poder abrir la boca, ¿no?
—En su defensa diré que estaba más perdido con sus sentimientos por Luz que un daltónico con un cubo de Rubik.
No estaba del todo seguro de si Aarón quiso echarme una mano o hundirme más.
—Eliot nunca estuvo enamorado de mí. ¿Podemos dejar ya el tema, que debe de estar pasándolo fatal? —me defendió Luz, lo cual agradecí con un leve gesto.
—No, claro que no vamos a dejar el tema. Me parece perfecto que salgas en su defensa, pero a quien quiero escuchar es a él —insistió su padre.
Miré a Luna y esta asintió con la cabeza, como si supiera que lo mejor sería pasar una vez por eso y dejarlo estar para siempre. Y yo también creía que, si era ella la que me defendía, el tema no se terminaría de cerrar, así que me armé de valor y dije:
—Es verdad que me declaré a Luz porque creí tener sentimientos hacia ella.
Pero me di cuenta de lo equivocados que estos eran cuando sí me enamoré de Luna y supe lo que de verdad era querer a alguien.
Sé que no hice las cosas bien, pero estoy dispuesto a enmendar mis errores, no con vosotros, sino con Luna.
A quien voy a intentar dar cada día la mejor versión de mí, porque, si alguien lo merece, es ella.
El silencio que siguió a aquellas palabras me hizo sentir expuesto e incómodo. Tal vez no debería haber dicho eso, quizá…
—Bienvenido a la familia, Eliot —zanjó Elisa justo antes de abrazarme.
Y después de aquello todos exclamaron varias frases a la vez. De lo que me di cuenta fue de que, aunque pudiera parecer que era de Antonio de quien necesitaba el visto bueno, descubrí que era Elisa quien debía dármelo.
Pasado aquel mal rato, la comida fue rodada y por primera vez en mi vida comí alrededor de una mesa llena de gente que empezaba a ser familia.
—¿Estás bien? —murmuró Luna acercándose a mí.
—Muy bien —confesé sonriendo.
Ella agarró mi mano por debajo de la mesa y yo sentí que no quería estar en ningún otro lugar.
—Por cierto, Luna, tengo una noticia que te hará feliz —comentó Luz clavando sus ojos en ella.
—Y esa notica es… —la apremió Luna.
—Me han hecho la ecografía y ya sabemos que lo que estamos esperando son dos niñas.
—¡Lo sabía! —exclamó Luna poniéndose en pie y alzando los brazos.
—Sí, así cuando se junten contigo ya tendrás tu aquelarre —susurró Aarón.
—Yo que tú empezaría ya a tomar tranquilizantes, porque si mis sobrinas se parecen a mi hermana lo vas a pasar regular —le soltó Luna, y a mí se me escapó una carcajada que intenté disimular con tos.
—No tengo claro si será peor que se parezcan a ella físicamente o que saquen tu carácter —replicó él mirando al infinito, como si estuviera pensando en ello.
—Imagínate que sacan el físico de ella con mi personalidad. ¡Eso sería la leche! —exclamó Luna viniéndose arriba.
—Sí, una maravilla —ironizó Aarón, pero yo lo vi tragar saliva con dificultad.
—Y también hemos decidido ya los nombres —dijo Luz sonriendo.
—Más bien los ha decidido ella —volvió a susurrar Aarón.
—No vayas de tipo duro, que a ti también te gustan.
—Es cierto —afirmó él clavando los ojos en Luz.
¿Miraría yo del mismo modo a Luna? Porque aquellos dos parecían estar a punto de morir por sobredosis de azúcar.
Estaba convencido de que la respuesta a eso era un «sí» como una casa.
—Una de ellas va a llamarse Gertrudis —terminó de decir Luz.
El silencio que siguió a aquella afirmación casi pudo cortarse con un cuchillo.
—Me niego a que le pongas a una sobrina mía el nombre de esa bruja… —empezó a decir Luna, que se había incorporado en su silla.
—¡Es broma! —la interrumpió Luz, pues Luna empezaba a exaltarse—. Van a llamarse Estrella y Luna.
—Llevará el nombre de otra bruja —bromeó Aarón.
En realidad a mí aquellos nombres juntos no me parecían la mejor de las ideas, pero hice bien en callármelo, pues a Luna se la veía muy ilusionada y emocionada. Tanto fue así que lloró en el hombro de su hermana, como mínimo, cinco minutos enteros.
Nos despedimos de sus padres con la promesa de volver pronto y bajamos junto a Aarón y Luz.
Ellas se adelantaron un poco y nosotros dos nos quedamos atrás.
—¿A que no ha sido tan malo? —preguntó él.
—Pensé que sería mucho peor, la verdad.
—Son buena gente. ¿Te apetece que salgamos a correr mañana por la mañana?
—¿Los dos solos? —pregunté un poco perplejo.
—No sé por qué pones esa cara. Ahora, aparte de ser tu jefe, también soy tu cuñado. Y relájate, que ya ha pasado lo peor —bromeó dándome un fuerte golpe en la espalda.
Nunca había barajado la posibilidad de llevarme bien con Aarón, más que nada porque me declaré a la que en aquel momento era su pareja; pero tal vez no estaba todo perdido.
Esa era la primera noche que íbamos a pasar en el piso de Luna los dos solos, ya que aquella misma mañana Noelia terminó la mudanza y se fue a vivir con Alejandro.
Yo sabía que, a pesar de que a Luna le gustaba la idea de vivir allí y que las dos parejas necesitábamos privacidad, ella iba a echar de menos a Noelia y a Alejandro, pues este pasaba en aquel piso la mayor parte del tiempo.
Y lo noté en el mismo instante en el que abrió la puerta y entró en él.
—Demasiado vacío, ¿eh? —dije acercándome a ella.
—Un poco sí —respondió con la voz tomada.
—No te preocupes, este piso me gusta mucho más que el mío, así que tengo pensado pasar aquí bastante tiempo.
—Ah, ¿sí? ¿Y crees que yo voy a estar de acuerdo con esa decisión unilateral que has tomado? —preguntó cruzándose de brazos, pero ya sin un ápice de tristeza ni en su rostro ni en su voz.
—Es una decisión increíble, no sé por qué no tendrías que estar de acuerdo con ella.
Y antes de que pudiera contestar la atraje hacia mí y la besé.
Resultó ser cierto que era una muy buena decisión y también que ella la aceptó sin ninguna oposición, porque a partir de aquel día fueron muy pocos los momentos que no pasamos en su casa.