La chica imperfecta 36. La chica imperfecta
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36. La chica imperfecta

Luna

Lo primero que hice aquella mañana al levantarme fue mirar el móvil, otra vez.

Nada, Eliot continuaba sin dar señales de vida.

Lo malo era que ese día me tocaba ir a la editorial y con toda probabilidad me encontraría con él.

¿Estaba preparada para eso? No, seguramente no, pero no me quedaba de otra.

Total, Eliot trabajaba en Letras y sabía que más pronto que tarde me tocaría volver a verlo.

«Ha llegado el momento de afrontar las consecuencias de mis actos», me dije a mí misma en el espejo de la entrada, cuando lo que de verdad me apetecía era dar media vuelta y volver a meterme en la cama. En cambio, no lo hice y salí de mi casa rumbo a las oficinas de la editorial.

Me tranquilizó ir acompañada de Patricia cuando me crucé con Eliot, de ese modo no quedó tan mal que no me parara y que bastara con un simple saludo conjunto.

Y al caminar hacia el despacho de Luz pensé que ya había pasado lo peor, que con toda probabilidad no me volvería a cruzar con él. Así no tendría que sufrir la vergüenza de mirarlo a la cara después de haberme declarado y de que no me hubiera contestado al mensaje.

El verdadero problema llegó cuando mi hermana me dijo que sería él quien me enseñaría los cambios que habían hecho.

Quise largarme a mi casa. Porque, si Eliot no había encontrado tiempo para responderme a aquellos mensajes, si mi declaración lo había dejado tan…

indiferente, lo último que me apetecía era que la primera conversación que mantuviéramos después de eso fuera sobre trabajo.

Con todo, tenía pensado comportarme como una profesional —ya tendría tiempo de venirme abajo cuando llegara a mi piso— y no iba a abrir la boca al respecto.

Por eso lo seguí hasta la sala de reuniones y entré en ella con una seguridad que ni de coña sentía.

Así que cuando él se sentó a mi lado creí estar preparada para lo que tuviera que decirme, pero ni de lejos resultó ser cierto porque lo que desde luego yo no esperaba era que se me declarara y me dijera que estaba enamorado de mí.

Y si pensé que aquello era todo, cuando vi los cambios que le había hecho a mi portada me quedé muda.

No por lo que era, sino por lo que significaba.

Eliot había modificado un poco el título y a La chica imperfecta le había puesto un garabato de uno de los colores que llevaba la cubierta para tachar el «im» de «imperfecta».

Y solo con eso entendí que Eliot lo había comprendido todo de mí.

Era consciente de que tenía que hablar, pero es que las palabras se me atoraban en la garganta y no era capaz de que salieran.

—Yo… entiendo que parezca absurdo, pero… —balbuceó Eliot, y cuando fui capaz de despegar la mirada de la pantalla y posarla en él me percaté de la ansiedad que reflejaba su rostro.

Así que me levanté y me dirigí hacia la puerta, pero antes de que pudiera llegar hasta allí él habló:

—Luna, no te vayas. Por favor, yo puedo volver…

—Eliot, no —lo interrumpí, justo en el momento en el que cerré y pasé el pestillo de la puerta para regresar hacia donde se encontraba.

Me paré frente a él y alargué mi mano para acariciar su mejilla.

—Gracias por verme. —Fue todo lo que dije antes de tapar su boca con la mía.

Y durante los siguientes minutos no hicimos otra cosa que besarnos y acariciarnos como si nuestros cuerpos ansiaran tanto volver a encontrarse como nosotros.

Estoy convencida de que hubiéramos estado así bastante más tiempo si no fuera por el fuerte ruido que sonó tras la puerta y que hizo que nos sobresaltáramos.

Puse los ojos en blanco porque los oía susurrar desde dentro de la sala.

—Son sigilosos como ninjas —bromeé.

Eliot sonrió y volvió a acercarme a él para darme un beso suave y rápido, que me dejó deseando más.

Volví a caminar hacia la puerta y, en cuanto llegué y quité el pestillo, la abrí de golpe, haciendo que mi hermana y mi cuñado casi se cayeran al suelo. Intenté contener la sonrisa cruzándome de brazos y poniéndome seria.

—¿Se puede saber qué hacéis escuchando a hurtadillas? —les recriminé.

—Luna, nosotros… yo… quería asegurarme de que todo estaba bien entre vosotros —se excusó mi hermana sin mucha convicción.

—¿Y no podías esperar a que yo te lo contara? —pregunté alzando una ceja.

—La verdad es que no.

Aquella contundente respuesta me dejó sin margen de maniobra para continuar increpándolos.

—Sabía que iba a funcionar —aclaró mi hermana dirigiéndose a Eliot.

—Pues he de decir que yo no las tenía todas conmigo, ¿eh? —añadió Aarón rascándose la nuca.

—Me debes cincuenta euros —le soltó mi hermana a su marido, y yo agrandé los ojos.

—¿Habéis hecho una apuesta sobre nosotros? —pregunté alucinada.

—Una apuesta como tal no, pero es que no podía dejar pasar esta oportunidad; tenía tan claro que iba a funcionar y mi querido marido estaba tan seguro de lo contrario… No tuve más remedio que bajarle esos humos.

Yo sabía que las dos hijas de mi hermana —seguía convencida de que serían niñas— iban a ser unas brujas, porque no había otro modo de explicar el comportamiento de Luz. Ella, que siempre había sido tan correcta, estaba apostando sobre nosotros y nuestros sentimientos. Me parecía increíble.

—En fin, que solo hemos venido por aquí para… —empezó a decir Luz.

—Ah…, que, además de para chafardear, tenías otros motivos —ironicé.

—Por supuesto —continúo mi hermana—. Aarón y yo hemos acordado que si lo vuestro se arreglaba le daríamos el día libre a Eliot. —La sonrisa de Luz pasó de angelical a pícara.

—¿Y si no se arreglaba? —preguntó Eliot sin sonreír.

—Bueno, discutíamos si sería conveniente despedirte.

Los dos clavamos los ojos en ella y abrimos la boca.

—Es una broma, ¿verdad? —murmuré mirándola.

—Por supuesto —respondió con rapidez, pero yo no las tenía todas conmigo—. Hala, venga, fuera de aquí los dos. Id a celebrarlo —nos apremió.

—Pasadlo bien —dijo mi cuñado justo antes de salir de la sala.

Solo cuando nos aseguramos de que hubieran salido volvimos a hablar.

—Vaya dos —soltó Eliot suspirando.

—Y que lo digas. Recoge y vámonos, antes de que se arrepientan.

Eliot no se lo pensó dos veces y diez minutos más tarde estábamos en la calle, paseando cogidos de la mano. Sin saber bien el motivo no teníamos ninguna prisa por encerrarnos en un piso, era como si quisiéramos saborear aquellos momentos.

De todas maneras, me armé de valor para hacerle la siguiente pregunta. No sabía bien lo que deseaba oír, pero sí tenía la certeza de que, si iba a empezar algo con Eliot, quería hacerlo dejando las cosas claras. Ya me había cansado de tantos malentendidos entre nosotros.

—¿Y ahora qué? —susurré bajito.

—¿Qué quieres decir?

—Odio que me devuelvan una pregunta con otra. Creo que sabes perfectamente lo que quiero decir —repuse clavando los ojos en él.

—Luna, me he declarado y tú lo hiciste hace unos días. Los dos estamos enamorados, así que no te miento cuando te digo que no sé lo que quieres decir.

Resoplé porque iba a tocarme explicárselo todo.

—Lo que quiero decir es que no sé si ahora somos pareja o si quieres tener una relación más intermitente, si deseas exclusividad o si…

—¡Luna, para! Mira, solo me he declarado dos veces en mi vida. Una a tu hermana y otra a ti.

Torcí el gesto y él se dio cuenta.

—No era mi intención sacar ese tema, pero es solo para que comprendas cómo me siento.

Dos veces y la primera ni siquiera era verdad.

Confundí los sentimientos con Luz y, si tenía alguna duda, todas se disiparon cuando me enamoré de ti y supe realmente lo que era.

Lo que quiero decir con esto es que no he estado enamorado en mi vida y estoy cagado de miedo, no voy a mentirte, pero aun así quiero pasar todo el tiempo que pueda contigo.

Que seamos novios, pareja o como quieras llamarlo.

Pero, por favor, no vuelvas a hablar de exclusividad porque mi corazón se ha saltado un latido.

No, no soy tan moderno. Por lo que mientras estemos juntos, que espero que sea por mucho tiempo, te quiero solo para mí. ¿Estás de acuerdo?

Tuve que tragarme el nudo de emociones que se me había formado en la garganta y, como me pasaba la mayoría de las veces que eso ocurría, decidí quitarle intensidad al momento.

—Muchas cosas estás dando tú por sentadas, ¿no?

—Si no te gusta, no hubieras preguntado. Ahora te aguantas, es lo que hay.

Una de las cosas que más me gustaban de Eliot era que me conocía tan bien que ya sabía cuál era mi forma de bromear.

—Me parece bien —confirmé ensanchando la sonrisa.

—Pues, si ya hemos ultimado todos los detalles, te invito a comer, que estoy hambriento.

—No voy a decir que no a una pizza de La Napoli.

—¿Quién ha dicho que…? —Eliot negó con la cabeza y sonrió—. Vas a hacer conmigo lo que quieras —refunfuñó—. Venga, vamos.

Y lo seguí sin soltar mi mano de la suya.