La chica imperfecta 35. Mi declaración
90%

35. Mi declaración

Eliot

Me pasé toda la noche dándole vueltas a cómo tener un gesto, hacerle un regalo, algo que devolviera, o no que devolviera, sino que demostrara todo lo que yo también sentía por ella. Pero ¿qué podría hacer para una persona que lo tenía todo?

No podía presentarme en su casa con un ramo de flores ni con una caja de bombones.

Tenía que encontrar algo… algo como lo que ella me había regalado a mí.

Una demostración de amor, una declaración que recordara siempre.

La idea en sí era bonita, el problema residía en que no sabía qué hacer.

Y así me pasé el resto de la noche, dando vueltas en la cama intentando hallar algo que me convenciera.

No se me ocurrió la idea perfecta hasta que me levanté a la mañana siguiente, me senté a tomarme el café, volví a leer la dedicatoria y cerré el libro para toparme con la cubierta.

Y me reprendí por haber tardado tanto en dar con ella.

La propia Luna me la había puesto casi con luces de neón en aquella dedicatoria.

Me vestí corriendo y aquella mañana fui el primero en llegar a la editorial, pero cuando me senté delante de mi ordenador me olvidé de todos y de todo y me centré solo en mi declaración.

En cuanto terminé, esperé a que llegara Luz para hablar con ella y explicarle lo que quería hacer.

Porque, claro, necesitaba su visto bueno, ya que ella era la editora de Luna y mi jefa.

Pero aquel día parecía que iba a tardar más que nunca.

Media hora más tarde, tiempo en el que yo creí que desgastaría el suelo de tanto pasearme por él, llegó acompañada por Aarón y los abordé a los dos sin pensarlo ni un instante.

—Necesito hablar contigo —le pedí, casi le rogué, a Luz.

—Claro, vamos a mi despacho —aceptó con rapidez, imagino que por el apremio que debía de desprender mi voz.

—Si es sobre mi cuñada, quiero estar presente —pidió Aarón, y a mí me dio igual que aquella petición sonara un poco extraña. Lo único que quería era que Luz aceptara lo que estaba a punto de proponerle.

Entramos los tres en el despacho y, al verme observado por los dos, empecé a dudar por primera vez desde que había tenido la idea. Aunque no me dejé intimidar y les conté mi propuesta. Cuando terminé, Aarón levantó ligeramente las cejas y se me quedó mirando con intensidad antes de decir:

—¿Y a ese simple tachón lo llamas tú declaración? —preguntó con un camión de sarcasmo.

Me sentí como un idiota. Tal vez me había precipitado, quizá tuviera razón y aquello era una chapuza.

No les dije que pensaba enviarle un mensaje como el que ella me había enviado a mí, pero es que di por hecho que aquel gesto sería bonito.

Salí de golpe del bucle al que me estaban llevando mis pensamientos cuando oí a Luz sollozar.

—Cariño, ¿estás bien? —preguntó un Aarón sumamente preocupado.

Pero Luz no lo miraba a él. Había clavado los ojos en mí.

—Eliot. Es perfecto —susurró, y yo solté todo el aire que estaba reteniendo.

—¿En serio? —preguntó Aarón un poco sorprendido.

—Muy en serio. Voy a llamarla para decirle que mañana venga aquí. Dejaré libre durante una hora la sala de reuniones para que puedas enseñárselo ahí.

Yo me senté en la silla que había frente a Luz y me amasé el pelo intentando liberar la tensión que había contenido durante toda la noche, aunque sabía bien que hasta que no hablara y se lo enseñara a Luna esa tensión no se marcharía del todo. Aunque tener a Luz de mi parte en aquello era un plus.

No volví a levantar la cabeza hasta hacerlo de golpe cuando oí a Luz preguntarle a Luna con qué hombre estaba y dónde lo había conocido.

Me levanté de la silla casi de un salto y vi por el rabillo de mi ojo la media sonrisa que se dibujó en la cara de Aarón. Se la hubiera borrado de un puñetazo si no fuera mi jefe y el marido de Luz. Porque puta gracia me hizo.

No respiré tranquilo hasta que Luz colgó y me explicó que se trataba de Fermín. Un señor mayor al que Luna le tenía muchísimo cariño y que entendía mucho de arte. Entonces caí en la cuenta de que Luna me había hablado de él en alguna ocasión.

Volví a sentarme y respiré aliviado; por un momento creí que todo había terminado, que había llegado tarde, que lo había hecho todo mal.

La parte buena de aquello fue que Aarón y Luz habían accedido a lo que les pedí.

La parte mala, que tendría que esperar hasta el día siguiente para hablar con ella.

Era cierto que podría enviarle algún mensaje para que no pareciera que la estaba evitando ni nada por el estilo, pero es que quería que el primer wasap que respondiera a su declaración fuera el de la mía.

Así que tocaba esperar.

Ya de noche, mientras iba hacia mi casa, me paré a por una pizza, pues pensé que lo mejor que podía hacer para mantener un poco —solo un poco— a raya a la ansiedad era regarla con un par de cervezas y una pizza enorme.

Y eso fue justo lo que hice. Me puse una película y durante la hora y algo que duró logré no pensar mucho en ella, sin embargo, en cuanto se acabó, me dio la sensación de que todo recayó sobre mí con más peso.

Intenté ser positivo, Luna me había dicho que estaba enamorada de mí y no creía que dejara de estarlo en un par de días.

Por otra parte, si mi gesto hacia ella no le gustaba, tampoco ocurriría nada, no se terminaba el mundo.

El problema era que yo quería que le gustara.

Volví a dormir regular y por la mañana me tocó tomarme dos cafés antes de salir de mi casa.

Por segundo día consecutivo llegué excesivamente pronto a la editorial y aproveché para tomarme mi tercer café —todo un récord, teniendo en cuenta que no eran ni las ocho—.

A ese paso, cuando ella llegara, yo estaría mucho más histérico de lo recomendable.

Entré otra vez en la sala para comprobar que todo estuviera en orden y cuando salía la oí.

Luna iba hablando con alguien, me pareció que se trataba de Patricia, pero no pude confirmarlo hasta que las vi.

Me quedé con el café a medio camino de mi boca porque Luna soltó una carcajada y yo me perdí en aquel sonido.

Tuve que tragar saliva para poder asimilar que aquella mujer estaba enamorada de mí.

Una mujer que claramente yo no merecía. Quizá me había costado darme cuenta de mis sentimientos por ella, en cambio me percaté muy pronto de que Luna era una persona increíble.

—Hola, Eliot —saludaron casi a la vez al pasar junto a mí.

Yo respondí al saludo con un gesto con la cabeza, pues parecía que no era capaz de vocalizar.

Seguí a Luna con la mirada hasta que desapareció en el despacho de su hermana y entonces sí me puse en marcha, porque una cosa era que estuviera nervioso y otra distinta que la cagara.

Ya me había arriesgado mucho habiendo dejado pasar dos días sin dar señales de vida, e imaginaba lo que Luna debía de haber deducido de eso.

Caminé hacia allí, pero, antes de que pudiera llegar, Luna salió del despacho acompañada por Luz.

—Eliot, qué bien que estés aquí. Serás tú quien le enseñará a mi hermana los cambios que hemos hecho. —Recalcó, creo que sin ser consciente, la palabra «hermana», como si quisiera protegerla de algo. Solo esperaba que no fuera de mí, porque yo ya había dejado clara mi postura.

—Por supuesto. Luna, sígueme —le pedí.

Me vine muy arriba cuando me di la vuelta sin ni siquiera mirarla, pero es que me temía que en cualquier momento ella se negara, dijera que no quería hablar conmigo o que pidiera que fuera Luz quien le enseñara los cambios. Sin embargo, Luna me siguió sin poner ninguna objeción.

Al abrir la puerta para que entrara no pude evitar inhalar su perfume. Siempre me había encantado cómo olía, pero es que en aquel momento lo que sentí fue un anhelo tan grande que tuve que meterme la otra mano en el bolsillo para no tocarla.

Ella se sentó en la misma silla de siempre y yo lo hice en la que había al lado.

—Tú dirás… —sugirió. En ese momento noté que ella también estaba nerviosa, por lo menos no era solo cosa mía.

Decidí que ya le había dado suficientes vueltas a todo aquello.

—Luna, después de la declaración que me regalaste, no sabía qué hacer para devolvértela…

—No tenías que devolverme nada, yo lo hice porque lo sentí, no para que tú…

—Lo sé, pero quería ofrecerte una declaración bonita, algo que pudieras recordar, algo solo para ti.

El problema es que no tenía ni idea de qué regalar a una mujer rica y guapa.

—Luna estaba muy seria y no hizo ni un amago de sonrisa—.

No obstante, se me ocurrió algo que espero que te guste.

Es mi manera de decirte que te quiero y que estoy profundamente enamorado de ti.

Que no tenía ni puta idea de lo que era eso hasta que lo he descubierto contigo.

Que estos días separados me he dado cuenta de que cuando me ocurre algo eres a la primera persona a la que deseo contárselo.

Que te he echado muchísimo de menos. Que no puedo dejar de pensar en ti.

Que tu olor me está volviendo loco. Que quiero dormir a tu lado todas las noches y llevarte el desayuno a la cama a la mañana siguiente y que me muero de ganas por pasar tiempo a tu lado…

—Había preparado una declaración que poco tenía que ver con todo aquello que le había soltado, pero me aturullé y dije lo que sentí en aquel instante—. Este es mi gesto de amor.

Le di al proyector y en la pantalla se vio la imagen de su portada con los cambios que había hecho para ella.

Luna la contempló unos instantes, que se alargaron más de la cuenta, pero no dijo nada. Ni una palabra ni una reacción, nada.

¿Y si Aarón tenía razón y un puto tachón era un gesto ridículo? ¿Y si a Luna le parecía absurdo? ¿Y si me había equivocado por completo?