34. Un hombre maravilloso
Luna
Iba con Luz y Aarón caminado a casa de mis padres y no podía aplacar los nervios que sentía.
Ya estaba hecho. El primer ejemplar de la séptima edición modificada llegaría a casa de Eliot aquella misma tarde.
Así que intentaría disfrutar de la comida con mi familia, pues estaba convencida de que sería muy emotiva.
Ya pensaría en él cuando llegara a mi casa.
Porque estaba claro que pensar iba a pensar mucho.
Con aquella declaración me había expuesto y abierto en canal, solo esperaba que funcionara para que Eliot me perdonara.
Dejé a un lado todos aquellos pensamientos en el momento en el que mi madre abrió la puerta.
Me propuse mantenerme callada y, por supuesto, esperar a que fuera mi hermana la que diera la feliz noticia.
Pero eso no quitaba que estuviera deseando que lo hiciera, y es que me sentía muy nerviosa, pues sabía la inmensa ilusión que les haría a mis padres.
Intenté evitar la mirada de mi madre. Seguro que, en cuanto clavara los ojos en mí, adivinaría que le ocultaba algo. Por ello decidí que la mejor opción era sentarme en el suelo y jugar un rato con Canela. Era como estar en Suiza, territorio neutral.
Claro que yo pensé que mi hermana iba a soltarlo con relativa rapidez; en cambio, Luz debía de haberse quedado con la paciencia que nos correspondía a las dos, porque se lo tomó con una calma pasmosa y no decidió contarlo hasta que terminamos el postre.
A aquellas alturas yo no sabía ni para dónde mirar.
—Mamá, papá, os hemos traído un regalito —murmuró con una enorme sonrisa.
No, si encima lo pensaba alargar todavía más. Estuve a punto de resoplar. Yo hubiera entrado por la puerta gritándolo a los cuatro vientos.
Luz alargó una caja hacia mis padres, pero fue mi madre quien la cogió. A ella solo le hizo falta abrirla un poco para entenderlo todo. Sin embargo, mi padre movía la cabeza mirándonos a unos y a otros sin acabar de comprender lo que ocurría.
—Ay, cariño, no sabes lo feliz que estoy… —Mi madre no pudo continuar porque se emocionó y se levantó de la silla para abrazar a mi hermana.
Yo me di cuenta de que mi padre cada vez estaba más descolocado, nos miraba intentando averiguar la respuesta en la expresión de alguno. Me apiadé de él y me acerqué para susurrarle al oído:
—Luz está embarazada.
—¡No me jodas! ¿Y no podía decirlo como hace todo el mundo? —Parecía genuinamente indignado.
—Eso he pensado yo —dije alzando los hombros.
Entonces sí, él se levantó para unirse a las felicitaciones y a los abrazos. Yo me quedé allí sentada contemplando a mi familia sin poder dejar de sonreír y de llorar a la vez.
Cuando mi hermana recobró el habla, levantó la mano para pedir silencio.
—Hoy hemos ido a que me hicieran la ecografía y hay algo que quería deciros y que Luna tampoco sabe.
Durante un momento pensé que tal vez algo no iba bien, pero lo descarté con rapidez porque mi hermana no estaría tan feliz si eso fuera así. Me di cuenta de que cada vez que Luz quería anunciar algo yo me ponía en lo peor. Tenía que cambiar el chip con urgencia.
—Todavía no sabemos si son niños o niñas, pero nos han dicho que son gemelos, como tú y yo —susurró hablándome solo a mí.
Entonces sí lloré. Desconozco por qué aquella noticia me emocionó tantísimo, pero lo hizo.
A partir de ese momento aquello se convirtió en una especie de fiesta improvisada y con pocos invitados, pero durante las siguientes horas disfrutamos muchísimo hablando de mis futuras sobrinas —aunque no se sabía si eran niñas o niños, yo lo tenía claro—.
Y me encantaba compartirlo con mi cuñado, que fingía estar indignado, pero que me constaba que solo lo hacía por seguirme el juego.
Lo bueno fue que la tarde se me pasó volando.
Llevaba un rato en mi casa cuando me llegó la notificación de que el paquete había sido entregado a Eliot, así que le envié el wasap que tenía guardado para cuando recibiera el libro.
Vi cómo lo leía y esperé su contestación, y esperé y esperé hasta que desesperé. Porque la contestación no llegó nunca. A las tres de la madrugada me levanté para tomarme un vaso de leche calentito y a las siete ya estaba en la ducha. No había logrado dormir absolutamente nada.
Me fui directa a la cocina para prepararme un café y Noelia entró pasados unos minutos.
—¿Qué haces levantada ya? —preguntó con los ojos apenas abiertos.
—No podía dormir y he decidido ir a comprar unas piezas para la galería.
Había pensado llamar a Fermín para que me acompañara. Sin ser consciente lo había convertido en mi asesor, me encantaba conocer su opinión porque la mayoría de las veces era muy acertada.
—Imagino que no has sabido nada de él —añadió mientras se estiraba.
—Nada de nada —respondí con resignación.
—Ten paciencia, quizá necesite tiempo.
—Sí, puede ser —dije sin estar del todo convencida. Porque, si aquel gesto para lograr su perdón no había funcionado, ya no sabía qué podía hacer. Se me habían acabado las ideas—. Voy a vestirme.
—Luna, son las siete de la mañana, ¿dónde piensas ir tan pronto? Dondequiera que vayas a comprar esas piezas, estoy segura de que aún no habrán abierto.
—No lo sé, pero necesito salir.
Pasé las dos siguientes horas en la cafetería que había frente a la galería y a las nueve de la mañana crucé la calle para entrar. Allí se encontraba mi compañera, que me estaba haciendo el favor de doblar turnos hasta que Judith se incorporara, lo cual sucedería en un par de días.
—Hola, Ana, ¿qué tal? —pregunté al entrar.
—Ya sabes, de momento, muy tranquila. Aún es pronto.
Solo pudimos intercambiar unas pocas frases más porque alguien entró en la galería. Me di la vuelta para ver de quién se trataba y ahí estaba Fermín, con un atuendo impecable, como siempre.
—Buenos días, chicas. Os he traído unos dulces para desayunar —anunció dejando sobre el mostrador un paquete perfectamente envuelto.
Ahora que yo era la dueña de la galería, Fermín tenía vía libre para alimentarnos cuando quisiera. Comimos aquellos dulces entre los tres y una hora más tarde él y yo nos dirigimos a hacer unas compras para la galería.
No tardamos apenas nada, pues Fermín y yo teníamos gustos muy similares y no dudábamos cuando algo nos gustaba.
Al terminar paramos en un restaurante que sabía que era de los preferidos de Fermín y lo invité a comer, a pesar de que él se resistiera.
—No tienes que invitarme, ya sabes que esto lo hago encantado. Es más, me ayuda a estar conectado con el arte. Lo cierto es que debería invitarte yo a ti.
—Fermín, ahora soy una mujer rica que disfruta enormemente de tu compañía.
—Eso es lo que no termino de entender, ¿cómo puedes estar perdiendo el tiempo conmigo cuando tendrías que estar quedando con él?
—¿Con él nos referimos a Eliot? —pregunté con retintín.
—¿Hay otro él?
—No —respondí categórica, pues solo me faltaba eso para complicarme más la vida.
—Pues lo dicho, no tiene sentido —se quejó alzando los hombros.
—Dejando a un lado que me encanta hablar contigo de arte y que no he encontrado a nadie que me entienda como tú en ese sentido, es que dudo mucho que Eliot quiera acompañarme a ninguna parte.
—¿Y eso por qué?
—Porque ayer hice lo que Aarón me propuso. Modifiqué la dedicatoria de mi libro y le mandé un mensaje en el que hablaba abiertamente de mis sentimientos hacia él.
—Ay, no me dejes así. Ve al grano, ¿qué te ha dicho él?
—Nada.
—¿Nada? —repitió perplejo.
—Absolutamente nada. Ha leído el mensaje, pero no me ha contestado.
—Eso está feísimo. Una cosa es que no lo veas y otra muy distinta que lo leas y no contestes —refunfuñó Fermín.
—Pues así estoy. Tengo una mezcla de sentimientos. Me siento triste, un poco enfadada, desilusionada, esperanzada, anhelante, nerviosa, avergonzada, muy enamorada…
—Para, chiquilla, para, que como sigas vas a explotar. La leche, qué cantidad de cosas estás sintiendo a la vez.
Sonreí porque me hizo gracia el modo en el que lo dijo. Continuamos hablando de Eliot y de mis sentimientos hacia él mientras salíamos del restaurante. Justo cuando estábamos en la puerta sonó mi móvil. El corazón se me paró hasta que vi que se trataba de Luz.
—Dime, hermanita.
—Luna, ¿podrías venir mañana por la mañana a la editorial? Hay algo de lo que quiero hablar contigo.
—Sí, claro —respondí con rapidez, pues imaginaba que con un poco de suerte serían buenas noticias relacionadas con mi novela.
—Perfecto. Nos vemos aquí a las diez.
—Allí estaré. ¡Oye! —grité antes de que colgara—, ¿te encuentras bien?
—Como viene siendo habitual, con el estómago un poco revuelto, pero perfectamente.
—Genial.
—¿Y tú qué haces?
—Acabo de salir de comer con un hombre —bromeé.
—¿Con un hombre? —preguntó sin poder ocultar su sorpresa.
—Un hombre guapo y culto —continué con la broma.
—¿Y dónde lo has conocido? —inquirió con cierta angustia, por lo que yo decidí portarme bien.
—Luz, estoy con Fermín, que me ha acompañado a elegir unas obras para la galería.
—Ah, pues entonces te doy la razón, una compañía maravillosa.
—Lo sé —respondí mientras caminaba junto a él agarrada de su brazo—. Nos vemos mañana. Un beso.
—Hasta mañana, Luna.
Continuamos caminando en silencio. Esa era una de las cosas que más me gustaban de él, que los silencios jamás resultaban incómodos.
—Luna, llevo tiempo queriendo comentarte algo.
—Pues no será porque no nos vemos —intenté bromear, pero Fermín se había puesto serio.
—La verdad es que no sé por dónde empezar.
—La mayoría de las veces va bien hacerlo por el principio y, si no puede ser, ir directo al grano también funciona.
—Sí, tienes razón. Pues, verás, la cuestión es que Ernesto, además de amar el arte, también amaba pintar y a lo largo de su vida pintó un montón de cuadros.
Hasta ahora he sido muy reacio a desprenderme de ellos, pero hay muchísimos y sé que a él le hubiera hecho mucha ilusión exponerlos para su venta.
Yo me quedaré tres que son mis preferidos, pero me preguntaba si con el resto podrías hacer una exposición en la galería, ahora que es tuya.
—¿Tú crees que son buenos? —pregunté un poco emocionada. Últimamente me emocionaba con todo.
—No sé si soy demasiado… objetivo con ellos, pero me… parece que sí —balbuceó ya con lágrimas en los ojos.
Estaba convencida de que las pinturas serían muy buenas, pero, aunque no lo fueran, iba a montar una gran fiesta en honor del que fuera la pareja del hombre más maravilloso que había conocido.
Porque si alguien se lo merecía ese era él, y sabía, por el modo en el que se le quebró la voz, que aquello le hacía una ilusión especial.