33. Declaración
Eliot
Habían transcurrido algunos días desde que Luna se marchó de mi casa y, aunque ya no sentía aquella profunda rabia y aquel sentimiento de traición y engaño, continuaba estando enfadado.
La noche anterior había quedado para tomar algo con José y terminé contándoselo todo.
Necesitaba a alguien con quien desahogarme y no quería hacerlo con Luz, pues con total seguridad estaría enterada de cada detalle.
Aquello me hacía sentir como si fuera imbécil.
Como si todos se hubieran estado riendo de mí a mis espaldas.
Cada vez que pensaba en las veces que había visto a Alejandro.
En la boda de Luz. Yo creyendo que lo que estábamos haciendo era horrible y ella sabiendo que, en realidad, Noelia y Alejandro habían ido juntos.
Cuantas más vueltas le daba, más me encajaba todo.
El modo en el que los dos se pasaron hablando toda la boda, casi sin hacerle caso a Luna.
Y yo encantado porque su pareja hubiera decidido hablar con su amiga y me dejara a Luna para mí solo. Menudo idiota estaba hecho.
No quería darle más vueltas porque, cuanto más lo pensaba, más rabia me daba.
Pero es que no podía evitarlo. ¿Estarían enterados los padres de Luna?
¿Aarón? ¿Lo sabían todos menos yo? Seguramente.
Me repetí aquello mentalmente levantándome con furia de la silla y caminando con paso firme hacia la máquina de café de la oficina.
Se me estaba haciendo eterna la mañana. En realidad, los últimos días solo deseaba llegar a casa y meterme en la cama, algo estúpido porque cuando llegaba allí era incapaz de conciliar el sueño y aún le daba más vueltas a todo.
—Hola, Eliot. —Me sobresalté al oír aquella voz, tan parecida y distinta a la de ella.
—Hola, Luz —casi gruñí.
—Llevas días evitándome.
—Sí, y me gustaría que continuara siendo así.
—En algún momento tendrás que hablarme —me echó en cara, pero su voz se rompió un poco al final de la frase.
—Sí, pero ahora no es ese momento —respondí alzando la voz, aunque sin llegar a gritar.
—De-de acuerdo —tartamudeó, y supe que estaba llorando.
Cuando me di la vuelta para encararla, ella ya caminaba a paso ligero hacia su despacho. Cerré los ojos porque sabía bien lo que ocurriría en breve. No me equivoqué, media hora después Aarón me llamaba para que fuera a su despacho.
Me levanté de mi silla y me dirigí hacia allí como el niño pequeño que sabe que va a recibir una bronca de papá por haberle hablado mal a mamá.
—Hola —saludé después de llamar a la puerta.
—Siéntate, Eliot —más que pedir, ordenó.
Lo obedecí y me senté en la silla que había frente a la suya. Aarón fue directo al grano.
—Hace un rato he ido al despacho de Luz y me la he encontrado llorando. No me ha hecho falta preguntarle para saber que tenía relación contigo.
—Creo que eso es algo entre Luz y yo.
—No, no te equivoques. Esto es entre Luna y tú, pero deja de ser vuestro cuando Luz se entristece tanto. Punto. Voy a decirte una cosa que ella no te ha dicho. Luz no tenía ni idea de nada. Entiendo que estés enfadado con mi cuñada —recalcó mucho esa palabra—, pero deja a Luz al margen.
—No sabía…
—Me da igual lo que sepas o no sepas. ¿Entendido?
—Sí —respondí levantándome de la silla, porque di por hecho que había terminado.
—Por cierto, ni una palabra a ella de esta conversación, pues como se entere el que va a llorar voy a ser yo.
Me hubiera reído del comentario de Aarón si no estuviera enfadado con el mundo.
Volví a mi sitio e intenté concentrarme en el trabajo, pero no lo conseguí.
Por si aquella mañana no estuviera resultando una mierda, la guinda del pastel llegó una hora más tarde, cuando estaba haciendo ver que trabajaba y me pareció oírla.
Pensé que tal vez solo se tratara de Luz y que me había confundido, pero no, yo no tenía tanta suerte.
Me percaté de que era Luna cuando alcé la vista de mi ordenador y la vi.
Estaba preciosa. Casi solté un gemido; menos mal que logré contenerme y volví a bajar la mirada para centrarla en mi pantalla, aunque no supiera ni lo que estaba viendo.
Pensé que Luna se pararía a saludarme. Me equivoqué; lo único que hizo fue susurrar un escueto «hola» al pasar junto a mi mesa. En respuesta yo solté un gruñido debido a que el olor que dejó a su paso me hizo recordar todos los momentos compartidos.
Por más que me lo propuse, no perdí detalle y la seguí con la mirada.
Creí que se desviaría para ir al despacho de Luz, pero volví a errar: fue directa al de Aarón.
Aquello me extrañó, pues él no era el encargado de la novela de Luna, aunque quizá no tuviera nada que ver con eso.
Así que volví a lo mío, o por lo menos a hacer ver que hacía algo.
Por supuesto, no logré adelantar absolutamente nada.
Cuando oí que la puerta del despacho de Aarón empezaba a abrirse me levanté de mi sitio y me fui al baño. No quería volver a verla. Mentira. Sí quería, pero no era lo mejor para mí. Necesitaba distanciarme para poder pensar qué era lo que de verdad deseaba hacer.
Al volver a mi silla, pese a que aún quedaba un leve aroma a Luna, ya no había ni rastro de ella.
Pasado un rato tomé una decisión. No terminaba de sentirme bien, así que fui directo al despacho de Luz.
—¿Puedo pasar? —pedí asomándome, pues Luz pocas veces cerraba la puerta.
—Sí, claro, siéntate. —Parecía nerviosa y yo me regañé a mí mismo porque, aunque Luz hubiera estado al tanto de todo, no tenía la culpa y yo lo pagué con ella. No se lo merecía.
—Luz, siento mi comportamiento de antes.
—No te preocupes…
—No, de verdad, me he comportado como un idiota.
—Idiota eres un rato, sí.
Ya no había ni rastro de la mujer vulnerable con la que había hablado hacía poco.
—Gracias —respondí seco.
—De nada. Si no fueras un obtuso, un cabezota y un… un imbécil.
—Vamos, ahora no pares —ironicé.
—¡Yo no tenía ni idea de nada! Pero es que, si lo hubiera sabido, Luna es mi hermana, ¿qué crees que hubiera podido hacer? Mira, da igual, no contestes a eso. Ahora mismo estoy muy enfadada contigo por haberme hablado así.
—Luz, te has ido llorando y ahora estás al borde de la histeria…
Levantó la cabeza de golpe y clavó sus ojos en mí.
—Vuelve a llamarme histérica y te tengo haciendo fotocopias hasta que mi hija cumpla la mayoría de edad.
Yo entrecerré los ojos y ella se llevó la mano a la boca. De pronto sus cambios de humor y que Aarón se mostrara como un cromañón con ella empezaban a cobrar sentido.
—Estás embarazada —afirmé, más que pregunté.
—No se lo digas a nadie. Solo lo sabéis Luna y tú.
—Enhorabuena, Luz. Me alegro muchísimo por vosotros —dije con sinceridad, y me acerqué a ella para abrazarla.
Luz había vuelto a llorar y así fue como nos descubrió Aarón cuando entró en su despacho.
—Te juro que no llora de pena —me justifiqué alzando las manos.
—Ya sé que no llora de pena, conozco bien a mi mujer —sonrió, por lo que yo respiré aliviado. Entre uno y otro me veía durmiendo en el cuarto de la fotocopiadora.
—Luz, tu hermana acaba de marcharse, ya lo tenemos todo preparado. Nos está esperando abajo para ir a comer a casa de tus padres.
—De acuerdo. Ahora voy.
Aarón salió del despacho y volví a quedarme a solas con Luz.
—Eliot, no quiero meterme donde no me llaman…
—Luz, no lo hagas —respondí medio en broma, medio en serio.
—Lo que quiero decir es que cuando Luna oyó tu declaración lo pasó realmente mal, para ella no ha sido fácil; nuestras…
diferencias físicas… Pero por fin, después de un montón de años, he recuperado a mi hermana y ahora no quiero perder a mi amigo.
Así que, si no es mucho pedir, no te obceques y mantén la mente abierta.
Para Luna tampoco es sencillo reconocer sus sentimientos.
—Te recuerdo que ella jamás ha expuesto sus sentimientos conmigo.
—Lo sé, lo sé —murmuró dándome un par de palmaditas en el brazo para después girarse a coger su bolso y caminar hacia la puerta.
Un rato más tarde yo también salí sin haber logrado entender las palabras de Luz.
Aquella noche volví a quedar con José, pero solo para tomar una cerveza al salir del trabajo, ya que él tenía planes con su pareja.
Íbamos por la mitad de nuestra jarra cuando mi amigo me sorprendió diciendo:
—Eliot, no he querido entrar demasiado en lo tuyo con Luna y me he limitado a escucharte, casi sin hablar, pero es que no te veo bien, pareces hundido, apático, triste…
—Hombre, contento no estoy.
—Ya lo sé, lo que quiero decir es que hay veces que merece la pena tragarse el orgullo si con eso vas a vivir mejor. Tú quieres a Luna y Luna a ti…
—Luna nunca ha dicho que me quiera. —Era la segunda vez aquel día que decía una frase similar y en las dos ocasiones me dio la sensación de estar tragando tierra.
—Pero sabes que está enamorada de ti…
—No me lo ha dicho —repliqué.
—Cuando te pones así, eres insoportable.
—Parece que hoy todos mis amigos se han puesto de acuerdo para insultarme —refunfuñé a la defensiva.
—Eliot, hablo en serio. Haz lo que quieras, pero no puedes continuar así.
—Lo sé —reconocí abatido.
Cuando apenas hacía un rato que había llegado a mi piso, llamaron al timbre de abajo. Me extrañó porque no esperaba a nadie. Resultó ser un mensajero, algo que también me resultó raro porque tampoco esperaba ningún paquete. Quizá era para algún vecino.
Finalmente resultó ser para mí, así que, muy extrañado, cogí el bulto que me ofrecía el repartidor. Lo abrí en cuanto llegué al salón y mi extrañeza inicial se tornó sorpresa absoluta.
Era un ejemplar del libro de Luna. En la portada había una nota escrita en un pósit con una letra que yo conocía muy bien. La letra de Luna.
Lee la dedicatoria. La he modificado para la séptima edición y la he ampliado considerablemente.
Deseo que te guste.
Luna
Me senté antes de abrir el libro y, en cuanto lo hice, empecé a leer.
Este libro es para ti, Eliot.
De algún modo, te debo el título de esta novela porque contigo dejé de sentirme la chica imperfecta.
Y porque, aunque me he pasado toda la vida siendo invisible y pensé que contigo sería como con todas las demás personas, me equivoqué, porque tú me ves.
Me ves de verdad.
Justo cuando había terminado de leer aquellas palabras sonó un mensaje en mi móvil. No me sorprendió que se tratara de ella.
Luna:
Aarón insistió en que te escribiera la declaración completa en el libro, pero yo preferí que esta parte fuera solo tuya y mía.
Siento muchísimo lo que ha sucedido entre nosotros. Me comporté como una idiota, pero cuando ocurrió lo de Luz me sentí tan expuesta contigo que alcé muros casi sin darme cuenta. El problema vino cuando los derribaste todos y yo no tuve ya ni el valor ni las ganas de volver a alzarlos.
Te echo muchísimo de menos y, aunque no deseaba decirte esto por aquí, necesito que sepas que estoy completamente enamorada de ti. Lo estoy desde mucho antes de que fuera capaz de reconocerlo incluso conmigo misma.
Ahora tienes la pelota en tu tejado.
Sí, estaba claro que me tocaba a mí mover ficha.