32. Lluvia de ideas
Luna
Parecía que mi vida empezaba a encauzarse en todos los sentidos, menos con Eliot. No había vuelto a saber nada de él y me parecía que aún era pronto para insistir en aclarar las cosas. Tenía pensado hacerle caso a Alejandro y dejar pasar unos días. Solo esperaba no estar metiendo la pata aún más.
Aquel mediodía había quedado con Luz para comer juntas y por la noche tenía partida de póquer, así que se me presentaba por delante un día muy completito.
Antes de asistir a la comida con mi hermana llamé a mi compañera y en breve mi empleada para contarle las novedades.
También me puse en contacto con Judith, que me contó que estaba trabajando de cajera en un supermercado, pues no había encontrado nada de lo suyo.
Antes de aceptar lo que yo le proponía me hizo un millón de preguntas, algo que me pareció perfecto, puesto que quería que estuviera segura de la decisión que iba a tomar.
Finalmente quedamos en vernos en unos días para terminar de atarlo todo.
Vi a mi hermana nada más entrar en el restaurante en el que habíamos quedado.
Un par de camareros pululaban por su mesa sin apartar los ojos de ella y el hombre que tenía sentado en la mesa de al lado no le quitaba la vista de encima; sin embargo, ella estaba concentrada en la carta y parecía no percatarse de nada.
Le había pedido que se cogiera un par de horas para poder comer tranquilas, pues quería contarle todas las novedades de la galería y lo ocurrido con Eliot. Sabía que él no le había comentado nada, pues si hubiera sido así Luz me lo habría dicho.
—Hola, hermanita —saludé acercándome a ella para darle dos besos.
—Luna, ¡qué ganas tenía de que quedáramos las dos solas! —exclamó con una sonrisa que me desconcertó.
No tenía ninguna duda de que iba a aplicarme un tercer grado.
Mientras comíamos hablamos un poco de todo, pero yo no dejaba de observar a Luz. Ella no paraba de darle vueltas a la comida de su plato, casi no había probado bocado. Entrecerré los ojos.
—¿Qué te pasa? —pregunté, interrumpiendo lo que me estaba contando.
—¿Qué me pasa de qué? —respondió con otra pregunta, y no me miró a la cara. Aquello me puso en guardia.
—Luz, las dos tenemos un apetito voraz y no te has metido en la boca ni una cucharada desde que te han servido el primer plato.
—He comido varias cucharadas —respondió a la defensiva.
—Vale, varias, pero es que yo estoy a punto de terminar.
—No está muy bueno… —Menuda mierda de excusa.
—Hemos pedido lo mismo, está exquisito. ¿Luz?
—¡Bueno, vale! No quería decírselo a nadie, es muy reciente y…
—¿Estás enferma? —Esas dos palabras me hicieron sentir un escalofrío, pero antes de que el pánico me invadiera Luz me contestó.
—No, no estoy enferma, Luna. Estoy embarazada.
Ni desmiento ni confirmo que me costó un poco asimilar aquella frase.
—¿Qué? —Y, sí, esa fue mi maravillosa respuesta.
—No era nuestra intención que ocurriera tan pronto, apenas llevamos un mes casados, claro que estoy de casi tres meses, así que esto viene de antes. Pensé que con los nervios se me había retrasado la regla, pero…
Mi hermana empezó a divagar y yo me levanté de la silla para acercarme a ella. Le hice ponerse de pie a ella también y la abracé con fuerza.
—Enhorabuena, Luz. Gracias por hacerme tía. —No pude contenerme y empecé a llorar sin ser capaz de parar.
—Luna, no llores, que yo estoy muy sensible y… —Pero no pudo continuar porque ya lloraba también.
Necesitamos unos minutos para que se nos pasara. Los camareros acudieron varias veces a ofrecernos pañuelos. Más a mi hermana que a mí, por supuesto.
—No quiero ni imaginarme cómo debe de estar mi cuñado —dije para que Luz se centrara en otra cosa, ya que parecía ser incapaz de parar de sollozar. Había abierto la compuerta y no podía cerrarla.
—No te lo quieras imaginar, no. Como loco. —Funcionó porque se le dibujó una pequeña sonrisa.
—Y tú, ¿te encuentras bien? —pregunté con interés.
—Con el estómago un poco revuelto, pero por todo lo demás estoy genial.
—¿Y cuándo tenías pensado contármelo? —No quise que aquella pregunta sonara a reproche, aunque no lo conseguí del todo.
—Pronto, estábamos esperando a que pasara el primer trimestre. Algo que ocurrirá la próxima semana.
—Por eso propusiste quedar a cenar en casa de los papás.
Mi hermana había insistido en cuadrar una cena en casa de mis padres la siguiente semana. A mí me pareció un poco pesada y en esos momentos entendí el motivo.
—Exacto.
—Se van a volver locos con la noticia.
Continuamos hablando de ella, de mis padres, de mi cuñado y de su embarazo. Era el momento de mi hermana y no quería ponerme a hablar de mí; pero, claro, Luz me conocía bien y, cuando me lo contó todo, dijo:
—Y ahora vamos a por ti. ¿Qué ha pasado con Eliot?
—¿Cómo sabes que…?
—Porque él se pasea por la editorial como un alma en pena y no suelta prenda. Además de que parece estar cabreado conmigo y desconozco el motivo.
Yo no lo desconocía, seguramente Eliot pensaría que mi hermana estaba metida en el ajo y por eso estaba enfadado. No quería imaginarme cómo debía de sentirse al pensar que todos lo sabíamos menos él.
—Vale, voy a empezar por el principio: Alejandro y yo dejamos de ser pareja hace tiempo.
—¿Lo has dejado? ¿Por Eliot? —preguntó perpleja.
—No, en realidad hace bastante más.
Le conté a Luz todo lo que había sucedido.
El día que afirmé estar saliendo con Alejandro por culpa de la tía Gertrudis.
Las veces que había quedado con Eliot, lo que sentía por él y lo que pasó cuando él descubrió lo ocurrido.
Lo que me confesó antes de cerrarme la puerta en las narices y lo mal que yo me sentía.
—Me engañaste a mí también, ¿por qué? —Parecía dolida y yo tragué saliva porque lo último que deseaba era que mi hermana también se enfadara conmigo.
—Porque sabía que ibas a ser incapaz de mantener la fachada y que se te acabaría notando. Después te fuiste de luna de miel y no lo vi apropiado… Lo siento. —No sabía qué más decir.
—¿Sabes? No voy a cabrearme contigo porque estoy muy feliz y porque creo que ya lo estás pasando lo suficientemente mal con la actitud de Eliot, la cual, si se me permite decirlo, veo muy normal.
—Lo sé, pero es que la situación se me fue de las manos y después no supe cómo salir de ahí.
—Así que te ha confesado que está enamorado de ti… —apuntó echándose hacia atrás en la silla.
—Sí.
—¿Le crees? —Entendía bien aquella pregunta.
—Pensé que no lo haría, pero, por el modo y en el momento en el que me lo dijo, sí, le creo.
—¿Y tú sientes algo por él? —Por la manera en la que mi hermana me hablaba sabía que había dejado de protegerme a mí para protegerlo a él. Y lo entendía; después de todo, ellos eran buenos amigos.
—Yo estoy enamorada de él hasta las trancas —confesé resoplando.
—¡Eso es maravilloso! —exclamó aplaudiendo como si tuviera cuatro años y le hubieran dicho que podía comer todo el chocolate que quisiera.
—¿Tú crees? —pregunté mucho menos emocionada que ella.
—Claro que sí, los dos os queréis. Encontraréis la manera de arreglarlo.
—Se me olvidaba que a ti era a la que le gustaban las películas Disney —dije poniendo los ojos en blanco—. Por cierto, también quería comentarte que he comprado la galería de arte y que la próxima semana tengo hora con el casero para ver si me vende el piso.
—Luna, ¿eres millonaria y vas a quedarte en ese piso? —preguntó con escepticismo.
—Es que no quiero alejarme ni de Virtudes ni de Rosario ni de Fermín.
Me pareció una explicación un tanto absurda. Era cierto que con el dinero que tenía podía comprarme un piso mucho más grande, más céntrico, más nuevo; sin embargo, yo quería quedarme allí.
—¿Sabes qué?
—Dime.
—Que te entiendo perfectamente.
Y las dos sonreímos de oreja a oreja.
Era noche de póquer y mi hermana y Aarón se habían apuntado, por lo que aquella velada teníamos pleno.
Virtudes se empeñó en preparar el picoteo y Rosario trajo un pastel de queso que estaba para chuparse los dedos.
Llevaba días dándole vueltas a una idea, y es que, como tenía muy claro que ninguna de mis dos vecinas iba a aceptar que yo les diera ni un solo euro por las comidas que traían los días de póquer ni tampoco las que me preparaban en numerosas ocasiones para comer, en la reunión que mantendría con el casero le pediría que les bajara el alquiler y yo me haría cargo de la diferencia, con la condición de que no les dijera nada a ellas.
De esa manera les pagaría el coste de la comida —y un poco más— sin que se enteraran y sin discusiones.
Las dos mujeres cobraban una ridícula pensión y encima me alimentaban, no iba a permitirlo.
Fue una noche realmente divertida, no paramos de reír y al contemplar a los que rodeaban aquella mesa sentí un pellizco en el estómago. Estaba enormemente agradecida de haberme cruzado con todos ellos.
Y también feliz por haber logrado encontrar el camino para querer profundamente a mi hermana y a mi futura sobrina —estaba convencida de que sería niña—. No obstante, mi felicidad no era plena porque en aquella mesa faltaba alguien, alguien a quien yo solita había alejado de mi vida.
—¿Y esa cara, cuñadita? —preguntó Aarón. Yo decidí ser sincera y no contestar con el simple «nada» que hubiera dicho en otro momento.
—Estaba pensando en lo afortunada que soy de teneros a todos en mi vida. —Sonó un «oh» colectivo, pero yo seguí—. Y también estaba pensando en que en esta mesa falta él.
—Hablamos de Eliot, ¿verdad? —bromeó Aarón, y yo le agradecí que le quitara hierro al momento.
—Sí, exacto.
—Yo creo que debes hacer algo grande, algo significativo, para que te perdone —propuso Aarón.
—Ya veo que mi hermana te ha puesto al día, ¿eh? —me quejé cruzándome de brazos.
—Igual que a ti —contestó bajando la voz. Yo sonreí, pues tenía razón—. Se me ha ocurrido algo: vamos a hacer una lluvia de ideas entre todos para ver si se nos ocurre la mejor manera de que Eliot te perdone.
No estaba segura de que aquello me gustara, pero necesitaba ayuda e iba a dejarme llevar.
—¿Y si le regalas un cuadro o un busto? A mí siempre me funcionaba con Ernesto —propuso Fermín.
—Tal vez funcionaría conmigo, pero no estoy segura de que lo haga con él.
—¿Y flores? —dijo Rosario.
—Creo que la he fastidiado bastante como para que me perdone con unas simples flores.
—Hazle su comida favorita y un postre que le quite el sentido, y cuando haya terminado confiésale lo que sientes por él —añadió Virtudes.
—Yo jamás he visto a Eliot enamorado, así que no tengo ni la menor idea de qué podrías hacer —murmuró mi hermana con pesar.
—¡Joder! Qué nula imaginación y qué poco romanticismo —se quejó Aarón.
—¿Tú sabes qué hacer? —pregunté con escepticismo y alzando una ceja.
—Por supuesto —me respondió, y se giró hacia Luz—. ¿Verdad que la séptima edición del libro de Luna está punto de salir?
—Sí —contestó mi hermana, aunque parecía no tener ni idea de lo que quería hacer su marido con eso.
—Pues vamos a realizar algunos cambios —sentenció él con una enorme sonrisa.