31. Decisiones
Luna
Cuando Eliot me cerró la puerta en las narices me cayó la primera lágrima y al llegar a casa lloraba tanto que no podía ni meter la llave en la cerradura de lo que me temblaban las manos.
Fue al entrar y ver a Noelia cuando me percaté de que tampoco podía hablar.
Ella, al verme parada sin poder casi moverme, se levantó de un brinco del sofá.
—Luna, ¡¿qué ha pasado?! —preguntó con cierto pánico en la voz.
Alejandro, en cuanto se dio cuenta, también se levantó y se acercó a mí para abrazarme con fuerza, lo que hizo que aún llorara con más intensidad.
—Voy a prepararte una tila con muchos sobres dentro —dijo soltándome y caminando hacia la cocina.
—Siéntate, que me da miedo que te caigas —pidió Noelia.
—La he cagado tanto… —murmuré, más para mí misma que para ella.
Me senté en el sofá y eché la cabeza hacia atrás. Noelia no dijo nada, solo cogió mi mano y la acarició. Así estuvimos hasta que Alejandro regresó con una taza de tila que dejó sobre la mesita que había junto al sofá y sentándose frente a mí dijo:
—Eliot se ha enterado de todo, ¿verdad?
—Sí, y está muy enfadado —aclaré como pude, porque el nudo que se formaba en mi garganta cada vez que lo pensaba me impedía hablar con soltura.
Tomé la taza entre mis manos, más por tenerlas ocupadas que por las ganas de beberme aquello.
Alejandro le había echado tantos sobres de tila que el agua había adquirido un color verde oscuro.
Muy oscuro. Dudaba mucho de que aquello se pudiera beber.
—Normal, ya te dije… —No pudo continuar porque Noelia le dio un fuerte codazo y lo fulminó con la mirada.
—Lo último que necesita ahora es que le eches en cara que ya se lo dijiste, creo que ha llegado ella solita a esa conclusión —le recriminó.
—Ya me callo —susurró él con cierto resquemor.
—No, si tienes razón. No debí dejar que la pelota se hiciera tan grande, pero es que no sabía cómo decírselo porque tenía claro que no iba a sentarle bien, y al final he dejado pasar tanto tiempo que todo ha sido peor.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Noelia.
—Me ha echado de su casa —respondí volviendo a llorar.
—¡Joder! —exclamó ella.
—Y me ha confesado que está enamorado de mí —murmuré.
—Pero eso es bueno, porque entonces no está todo perdido —añadió Alejandro.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con interés.
—¿Puedo hablar? —le preguntó a Noelia, y esta puso los ojos en blanco—.
Pues que es normal que se sienta así, imagínate que hubiera sido al revés.
Pero si está enamorado de ti la cosa cambia.
Tal vez deberías dejar que pasen unos días, esperar a que se le suavice el mosqueo para volver a hablar con él.
—No estoy segura de que quiera volver a hablar conmigo. Además, no me he tomado sus palabras como una declaración de amor, ha sido más bien un modo de echarme las cosas en cara.
—Hazme caso, dale tiempo —insistió él.
La realidad era que no me quedaba de otra, no podía obligarlo a hablar conmigo y estaba claro que Eliot no iba a querer hacerlo en breve; así que a mí, que era la persona más impaciente del mundo, me iba a tocar esperar.
Noelia y Alejandro pasaron un par de horas conmigo, cada uno sentado a un lado e intentando hacerme compañía.
Se lo agradecí porque no tenía ganas de meterme en la cama, dado que no iba a poder dejar de darle vueltas a la conversación que había mantenido con Eliot y a lo mal que había hecho las cosas con él.
Con todo, pasado ese tiempo tampoco logré calmarme y, por supuesto, no fui capaz de beberme el mejunje que Alejandro me había preparado.
Aunque, claro está, no podía mantenerme sentada en el sofá toda la noche y en cuanto me metí en la cama ocurrió justo lo que me temía: la conversación resurgió en mis pensamientos.
No podía olvidar lo dolido que Eliot parecía ni tampoco que me había confesado que estaba enamorado de mí.
Era extraño porque me sentía feliz por eso y a la vez muy triste porque no hubiera sucedido en otras circunstancias.
Lo último que deseaba era haber terminado haciéndole daño.
Y, claro, entendía bien que se sintiera dolido, pues además del engaño era que, tal y como me había puesto yo con lo de Luz, hacerle aquello había sido un golpe bajo y yo lo sabía bien.
Terminé quedándome dormida bien entrada la madrugada.
Me sentía agotada, así que me levanté como pude y casi me arrastré hasta el baño. Me metí en la ducha con la esperanza de que aquello me despejara, pero no surtió efecto.
Ni siquiera mientras me tomaba el tercer café de la mañana estaba segura de que no fuera a quedarme dormida en cualquier momento.
Y es que no había pegado ojo en toda la noche, ya que cada vez que lograba conciliar el sueño y quedarme dormida me asaltaba alguna pesadilla relacionada con Eliot y conmigo.
El problema era que aquel día mantendría una importante reunión con la dueña de la galería de arte y, desde luego, no tenía la cabeza despejada como para poder negociar con ella. En fin, haría lo que pudiera.
Minerva me esperaba en el café que había frente a la galería.
Era una mujer de edad indefinida, que podría ir desde los cuarenta hasta los cincuenta y largos.
Siempre iba peinada, maquillada y vestida de manera impecable y estaba convencida de que los zapatos que llevaba pagarían mi sueldo de un año.
Si algo tenía claro era que, por mucho dinero que yo tuviera, no pensaba convertirme en ella.
Más que nada porque me parecía que debía de ser incomodísimo trabajar con aquella ropa y aquellos zapatos de tacón infinito.
¿Cómo podía aguantar tantas horas de pie con semejante máquina de tortura en los pies?
Pero, vaya, que aquel estilo nunca había ido conmigo.
Miré mi pantalón tejano, mis deportivas y el bolso que me parecía una maravilla porque se convertía en mochila.
Visualicé el moño que me había hecho, mi cara lavada —ni siquiera estaba segura de haberme echado crema al salir de la ducha—, y supe que aquello jamás ocurriría.
—Hola, Minerva, ¿qué tal? —pregunté acercándome y sentándome en la silla que había frente a ella.
A pesar de que hablábamos casi a diario por teléfono, no nos veíamos con mucha asiduidad.
—Pues muy bien. Un poco triste por esta reunión porque me temo que es para comunicarme que vas a dejarme —dijo llevándose a los labios, pintados perfectamente de rojo, la tacita de café solo que había frente a ella.
«Creo que lo que voy a proponerle no se lo ve venir de ninguna de las maneras», pensé.
—No, no tengo intención de dejar la galería, mi propuesta es bien distinta.
—Ay, pues entonces sí que no comprendo nada —reconoció.
La entendía, la propuesta que estaba a punto de hacerle no debía de ser muy frecuente. Decidí ir directa al grano.
—Lo que quería decirte es que estaría interesada en comprarte la galería.
—Su cara de sorpresa me dio la razón, era una opción que no barajaba—.
Sé bien que no la has puesto en venta y que tal vez no tengas ninguna intención de hacerlo, pero tengo claro que quiero adquirir una y me gustaría que fuera esta, pues ya estoy familiarizada con ella y sé cómo van los números.
—Entonces, sabrás que no es que sea un negocio muy rentable —añadió alzando una ceja.
—Sí, lo sé.
—¿Y aun así quieres adquirirla? —Su sorpresa crecía por momentos. No me extrañaba.
—Llámame romántica, pero es que he empezado a escribir y me va bien, aunque no quiero dejar de estar en contacto con el arte —añadí con sinceridad.
—Lo entiendo. —Se removió incómoda en su silla—. Si bien, como ya sabrás, he adquirido una colección nueva que no ha sido precisamente barata, por lo que, además del local y del traspaso del negocio, tendrás que hacerte cargo de ella también.
—Siendo así, hablemos de números.
Sabía que Minerva iba a ser un hueso duro de roer, lo bueno era que la galería de arte donde yo trabajaba no era la única que poseía y que estaba mucho más volcada en la otra, que era mucho más grande.
Pero, claro, yo me había preparado para que no quisiera venderla, así que comprobar que no estaba cerrada del todo a aquella opción me dejó un resquicio en el que colarme.
No llegamos a cerrar el acuerdo, pues Minerva quería pensárselo, pero yo dejé una propuesta encima de la mesa que me pareció justa y con la que la vi bastante interesada.
Había empezado a tomar decisiones y no quería parar solo con la compra de la galería. Quería hablar con Noelia y Alejandro, ver qué intenciones tenían, ya que, aunque me gustaba compartir el piso con ellos, estaba claro que necesitaban intimidad y yo también quería un poco de espacio.
Así que aquella noche pedí comida en un restaurante que nos gustaba mucho y cuando ellos llegaron yo los estaba esperando con la mesa puesta.
—Vaya, ¿qué celebramos? —preguntó Alejandro.
—¿Te has reconciliado con Eliot? —añadió Noelia con rapidez.
—No, qué va, aún no he hablado con él. Pero quería hacerlo con vosotros. Venga, sentaos antes de que se enfríe.
No saqué el tema hasta que terminamos de cenar.
—Veréis, le he estado dando muchas vueltas a todo y necesito reorganizar mi vida. Ya sabéis que os quiero un montón, pero creo que ha llegado el momento de que me vaya y os deje intimidad —anuncié sin levantar la vista de mis manos.
—Al final vas a abocarnos a vivir juntos —bromeó Alejandro.
—Lo cierto es que no queríamos dejarte sola…, nos sabía mal… —balbuceó Noelia.
—¿¡Qué!? ¿Quieres decir que ya habéis hablado del tema? —pregunté.
—Hace semanas que le pedí que se mudara a mi casa —confesó Alejandro.
—¿Y no te has ido por mí? —le recriminé a Noelia.
—Es que me sabía mal. Encima pasó todo eso con Eliot y no pude…
—Noelia, me encanta estar con vosotros y os voy a obligar a continuar viniendo a nuestra noche de póquer, pero sois pareja y necesitáis vivir solos.
—No tenía pensado marcharme porque sabía que no podrías pagar el alquiler tú sola, aunque lo empecé a pensar seriamente cuando tu tía te dejó la herencia —me explicó, un poco avergonzada.
—Tengo intención de comprar este piso, puedes irte a vivir con Alejandro muy tranquila.
—¿De verdad? —preguntó esperanzada.
—Bueno, a no ser que no quieras vivir con él y me estés poniendo a mí de excusa; entonces seré tu tapadera todo el tiempo que necesites, por supuesto —bromeé, tras lo cual Noelia me dio un suave golpe en el brazo.
—¡No seas burra, tía! —exclamó, y acto seguido posó su mirada llena de amor en Alejandro, mandando a la mierda cualquier tapadera o excusa.
—Pues venga, vamos a brindar por los nuevos comienzos —propuso Alejandro.
Alzamos los vasos y reímos y brindamos por nuestra emancipación tardía.
Después les estuve explicando la conversación que había mantenido con Minerva.
También les conté que, aunque mi jefa aún no había aceptado la oferta, yo ya tenía en mente llamar a Judith, una antigua compañera de la universidad, para ver si estaba interesada en suplir mi turno.
Quería mantener a Ana, que llevaba años allí y que me encantaba cómo trabajaba, así que, si a Judith no le interesaba el trabajo, tiraría de los currículums que nos habían ido llegando al correo de la galería para cubrir el otro turno.
Volvimos a brindar, por eso y por unas cuantas cosas más. Cuando aquella noche llegué a la cama me encontraba ligeramente mareada.
Me hubiera encantado hablar con Eliot, contarle todo lo que estaba haciendo, las decisiones que había tomado, pero sabía que eso no podía ser. Y aquello solo me llevaba a que mis ganas de buscar la forma de que me perdonara aumentaran.
Casi me había quedado dormida cuando recibí un wasap.
Encendí la luz y me incorporé en la cama, porque si no lo hacía no me despejaría y ni siquiera sería capaz de leer aquel mensaje.
Miré el reloj solo para percatarme de que era bastante tarde, así que cogí el móvil con cautela.
Pero al leerlo una enorme sonrisa se dibujó en mi cara.
Minerva:
Acepto tu oferta.
Con ese escueto mensaje, en una sola noche, me había convertido en propietaria de una galería de arte y de un piso.
Hice un gesto hacia arriba y murmuré:
—Muchas gracias por arreglarme la vida, bruja.
Y de pronto se fue la luz. No quería darle más vueltas a eso. Yo no era precisamente de las personas que creían en cosas raras, pero no pude evitar pensar que la momia era impertinente y tocapelotas hasta en el más allá.