La chica imperfecta 30. La verdad
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30. La verdad

Eliot

No podía continuar así. Era el segundo mensaje de ella que dejaba en «visto», pero es que no tenía ni idea de qué hacer en aquella situación.

Estaba claro que lo mejor sería quedar y hablarlo cara a cara. Pero es que había intentado imaginar varias veces el modo de sacar el tema de manera que le hiciera el menor daño posible y no lo veía viable.

«Hola. Mira, Luna, que vi a tu novio y a tu amiga a puntito de comerse el uno al otro en plena calle».

No, no podía decirle algo así. «Luna, llevas unos cuernos tan grandes que no puedes ni entrar por la puerta».

TAMPOCO. Y mucho menos podía soltarle lo que de verdad me apetecía: «Luna, deja a tu novio, que es un gilipollas que no te merece, y elígeme a mí».

No, no era el momento de eso. Primero ella tendría que asimilar la noticia, superar la ruptura y estar preparada para empezar otra relación —que esperaba que fuera conmigo—.

Y yo pensaba permanecer junto a ella para cuando lo hiciera.

Sabía que no podía tardar en ordenar mis ideas y en responder a sus mensajes, pues, por más que había intentado evitarla, aquello no tenía ningún sentido y al final terminaría cabreándose conmigo.

Así que, a la mañana siguiente, antes de ir a trabajar, le mandé un wasap con el que esperaba suavizar las cosas entre nosotros y dejar la puerta abierta para poder mantener una conversación tranquila.

No sabía hasta qué punto Luna estaba enamorada de Alejandro, pero me jodía sobremanera ser yo quien tuviera que romperle el corazón explicándole lo que había visto.

No me importaba sostenerla, pero no quería ver, en primera línea, cómo se derrumbaba.

Yo:

Luna, perdóname, pero he estado muy liado. Para compensarte me gustaría invitarte a cenar en mi casa hoy. Por cierto, yo también me lo pasé genial. Y, sí, fue una cita que me encantó compartir contigo.

Solo me quedaba cruzar los dedos para que aceptara mi invitación. Quizá me había precipitado invitándola a mi casa, pero deduje que sería el sitio donde estaríamos más tranquilos.

Aunque, claro, estábamos hablando de Luna. Así que cuando comprobé que había visto el mensaje tuve claro que iba a hacérmelo pasar un poquito mal antes de responder.

Llevaba dos horas trabajando cuando por fin Luz me llamó para ir a su despacho. Aquella mañana ella había llegado antes que yo y no salió de allí en ningún momento.

Tenía ganas de verla y de saber cómo le había ido.

Ni rastro de ningún tipo de celos.

—¿Se puede? —pregunté antes de entrar.

—¡Eliot! Estaba deseando verte, pero es que llevo una mañana…

—Ya me imagino —dije acercándome a ella.

Fue un abrazo extraño, diferente a todos los que nos habíamos dado antes, porque parecía que quisiéramos guardar las distancias, pero que nos resultara difícil hacerlo.

—¿Qué tal va todo? —indagó mientras se separaba.

—Bueno, no voy a quejarme. No me he pasado los últimos quince días en una playa tomando el sol, pero no ha estado mal.

—Me alegra oír eso. ¿Qué tal con Patricia?

—Digamos que estaba deseando que regresarais. No es que tenga queja, pero se ha tomado muy a pecho el papel de jefa.

—Perfecto, precisamente por eso la dejamos a ella al mando. Siéntate, que tenemos que hablar.

Sabía muy bien por dónde iba a ir la conversación con Luz. Solo hacía falta esperar un poco porque ya había roto el hielo con el tema del trabajo, ahora tenía que continuar hablando para saber cuál era la cuestión que de verdad quería abordar conmigo.

—Eliot, Luna dijo que os habíais estado viendo. —Y ahí estaba.

—Si no te importa, eso es algo que no voy a hablar contigo —contesté tajante.

—No te preocupes, he quedado para comer con ella. Ya me pondrá al día. Solo quería que habláramos para asegurarme de que las cosas entre nosotros estaban bien y para saber qué intenciones tienes con mi hermana.

—Francamente, antes de hablar contigo de mis sentimientos por Luna quiero hacerlo con ella. Solo te diré que tenías razón, no estaba enamorado de ti.

—Claro que no estabas enamorado de mí, menuda gilipollez, hay que ser idiota para pensar que…

—Muchas gracias —la interrumpí bromeando.

—Es que menuda olla te hiciste. Entonces, si por fin has descubierto que no estás enamorado de mí, has llegado a la conclusión de que lo estás de mi hermana, ¿verdad?

—Sí —respondí rotundo, a pesar de que acababa de aclararle que quería decírselo antes a Luna.

—¡Eso es maravilloso! —exclamó sonriendo.

—Sí, pero aún tenemos muchas cosas por aclarar y me gustaría hacerlo a mí, así que te pido por favor que no le comentes nada a ella.

Lo último que me faltaba era otro malentendido con Luna.

Además de que yo solo pensaba en cómo iba a reaccionar cuando se enterara de lo de Alejandro.

Tal vez necesitara un tiempo sola para aclarar sus ideas, quizá…

La siguiente frase de Luz me sacó de mis pensamientos, que empezaban a entrar en bucle.

—No te preocupes por eso, puedo guardarte un secreto. Después de todo, eres mi mejor amigo.

Y en esa ocasión fui yo quien sonrió.

Hasta bien entrada la tarde Luna no respondió a mi mensaje, y lo hizo con una escueta línea.

Luna:

Ok. Nos vemos a las nueve en tu casa.

El corazón se me desbocó y en esa ocasión no fue por la perspectiva de verla —o no solo eso—, sino porque no me gustaba nada lo que tendría que confesarle aquella noche.

En fin, le di muchas vueltas y pensé que si fuera al revés yo querría que me lo contaran.

Pese a que no soy del tipo de persona a la que le gusta meterse en la relación de nadie.

Barajé la posibilidad de que tuvieran una relación abierta, pero, si fuera así, entonces no pasaría nada porque se lo dijera.

No di pie con bola el resto de la tarde.

A las nueve en punto sonó el timbre del telefonillo y como venía siendo habitual la esperé apoyado en el quicio de la puerta.

En aquella ocasión no la dejé pasar sin pagar el peaje y la besé con tantas ganas que creí que no llegaríamos a poder hablar.

Sin embargo, me acordé de lo que estaba a punto de decirle y me separé de ella, no sin reticencia.

—Hola, Luna. Tenía muchas ganas de volver a verte —murmuré aún pegado a sus labios.

—Hola, Eliot —dijo con retintín—. Yo también.

Caminamos cogidos de las manos hasta llegar al salón.

—Antes de nada, siéntate, que voy a traerte una copa de vino. He comprado una botella que me han recomendado.

—Iba a traer yo una, pero al final se la bebieron Noelia y Alejandro.

Aquellas palabras me tensaron y decidí que no iba a posponer más la conversación. Así que, en cuanto regresé con las copas llenas, me bebí la mía casi de un tirón y me senté junto a ella.

—Tenías sed, ¿eh? —bromeó.

—Un poco sí.

—Eliot, pareces nervioso, ¿qué pasa?

—Luna, el otro día vi a Noelia y a Alejandro juntos.

—¿Juntos? —preguntó alzando las cejas, y yo me armé de valor.

—Besándose en medio de la calle como si estuvieran acostumbrados a hacerlo habitualmente. —Ya estaba, ya lo había dicho.

—Ah —murmuró.

Había barajado cantidad de reacciones, pero, desde luego, aquel simple «ah» no era una de ellas. Esperé unos instantes, sin apartar los ojos de Luna, para ver si esa reacción simplemente se debía al shock. Pero no fue así.

—¿Has oído lo que te he dicho, Luna? —pregunté tomando su mano para que supiera que yo estaba allí con ella, que la apoyaba, que podía contar conmigo.

—Sí, sí. La cuestión es que yo… quería hablar contigo… desde hace tiempo… sobre esto.

—¿Necesitas que te traiga un vaso de agua? —propuse, puesto que su reacción me tenía completamente desconcertado.

—No, estoy bien. Más o menos. Lo que quería decirte es que Alejandro y yo…

Bueno, que Alejandro fue mi pareja, pero que luego lo dejamos y pasó todo aquello con nosotros y le pedí que se hiciera pasar por mi novio para la boda de mi hermana, ya que mi tía Gertrudis iba a hacer de celestina entre tú y yo y vi venir la que se podía liar.

Después la pelota se hizo tan grande que no supe cómo pararla…

—Luna, no estoy entendiendo nada —la interrumpí.

—Alejandro y yo dejamos de ser pareja hace mucho tiempo, pero nos hicimos pasar por novios en la boda de mi hermana.

Pues sí que lo había entendido. El problema quizá fuera que no deseaba hacerlo, porque eso quería decir que todo aquel tiempo estuve haciendo el gilipollas con ella. Aparté mi mano de la suya y la llevé a mi pelo.

—¿Eso quiere decir que no has tenido pareja nunca? —pregunté por asegurarme.

—Hombre, nunca, nunca… —dijo bromeando, y eso sí que me cabreó.

¿Había estado jugando conmigo y con mis sentimientos desde el principio, y encima se permitía el lujo de bromear?

—No consigo verle la gracia por ningún lado. ¿Me hiciste creer que mi confesión a tu hermana te dolió y luego me haces esto? —El dolor que sentía se coló en cada una de mis palabras.

—No…

—Sí, Luna, sí. Porque yo entendí lo mal que lo hice, pero es que, cuando le confesé a tu hermana que estaba enamorado de ella, nosotros no estábamos en el punto que nos encontramos ahora.

—Eliot, yo…

—Luna, quiero que te marches. Necesito pensar en todo esto.

Ella abrió la boca varias veces mientras se ponía en pie, pero no dijo nada. Por lo menos hasta que llegó a la puerta y se giró hacia mí.

—Lo siento, Eliot, de verdad que lo siento mucho.

—¿Sabes lo que más me jode?

—¿El qué?

—Que nunca estuve enamorado de Luz y que al hacerlo de ti me di cuenta de lo que realmente era.

Cerré la puerta antes de que me contestara y mientras me dirigía a mi cuarto agarré la botella de vino que había dejado sobre la encimera, la iba a necesitar.

Ni siquiera me molesté en coger una copa.