29. Otra vez
Luna
Aquella mañana estaba muy contenta, y es que por fin mi hermana regresaba de su luna de miel. Tenía muchas ganas de verla. Aquel tipo de pensamiento ya no me sorprendía, pues hacía tiempo que la relación que mantenía con ella había cambiado mucho. Y yo estaba muy feliz por ello.
Salí de la ducha corriendo y cuando miré la hora en el móvil casi se me escapó un grito. Me había presentado voluntaria para ir a recogerlos al aeropuerto y como no me diera prisa terminaría llegando tarde.
Al final, como siempre me pasaba, me tocó esperar a mí.
Cuando iba a recoger a alguien al aeropuerto me daba cuenta de lo mucho que me gustaba, pues era muy diferente a cuando tenía que llevarlos, lo cual, por lo general, implicaba despedidas.
En aquella ocasión eran reencuentros y yo no dejaba de sonreír cada vez que se producía uno de ellos.
Como cuando salió una chica muy joven con un montón de maletas, que hablaban de que había pasado fuera bastante tiempo.
La estaba esperando mucha gente, un grupo de chicas que gritaban sin parar con un cartel enorme, y los que parecían sus padres.
La chica corrió hacia ellos y ya no pudo continuar conteniendo las lágrimas.
Aparté la mirada, pues llevaba observándolos un buen rato.
Por lo menos aquello me evitaba seguir pensando en que hacía dos días que no sabía nada de Eliot y que el último mensaje que le envié ni siquiera lo respondió.
Me había propuesto no insistir porque no era que no hubiera visto el mensaje, simplemente que no me contestó. Así que le tocaba mover ficha a él.
Aparté a Eliot de mis pensamientos al ver salir a la pareja más guapa que había visto en mi vida, porque, si mi cuñado y mi hermana ya eran guapos «de normal», con la cara de relajados que llevaban y la piel bronceada, estaban que tiraban para atrás.
—¡Luna! —gritó Luz al verme, y corrió hacia mí.
—¿Qué tal, hermanita? —dije respondiendo, con fuerza, a su abrazo.
—¡De maravilla! —exclamó sin soltarme.
—Por la cara que traes, ya me lo imagino.
—¿Qué es lo que imagina la bruja de mi cuñada? —Sonó la voz de Aarón y por el tono supe que estaba sonriendo, ya que el abrazo de mi hermana me impedía verlo.
—Lo mal que lo habéis pasado —bromeé.
—Uff, fatal —ironizó sumándose al abrazo y abarcándonos a las dos.
Una vez roto el abrazo colectivo caminamos mientras me contaban todo lo que habían hecho; todo lo que se podía contar, claro.
—Por cierto, cuñada, me ha dicho Luz que ahora eres una mujer rica.
—¿Qué te parece? Ya le dije a mi hermana que, si me dais una sobrina, toda mi fortuna pasará a ella.
—Te aseguro que he hecho todo lo que he podido durante estos días —respondió él, y Luz se puso roja.
—He desconectado del mundo, ¿qué tal la editorial? ¿Sabes algo? —preguntó Luz en un intento de cambiar de tema.
—¿Además de que me han propuesto traducir mi novela a dos idiomas? No, no sé nada más.
—¡¡¿Qué?!! —gritaron Aarón y Luz a la vez.
—Lo que oís —solté con prepotencia.
—Oye, en lugar de dejar tu fortuna a mis futuras hijas, podrías ponerte a escribir sin descanso y hacernos ricos a nosotros también, ¿no? —bromeó (o no tanto) mi querido cuñado.
—Bueno, no descarto nada. Estoy barajando muchas opciones.
—Pues no te cierres a esa, ¿vale?
Mi hermana golpeó a Aarón en el brazo, pero fue incapaz de ocultar la sonrisa.
El viaje en coche lo hicimos sin dejar de hablar y cuando llegamos a casa de mis padres —habíamos quedado para comer allí todos juntos— yo ya estaba al día.
Mi madre se comportó como una auténtica mamá gallina, al igual que mi padre. Parecía que en lugar de volver de luna de miel regresaran de la guerra.
Cuando ya íbamos por el postre decidieron cambiar de tema, qué lástima que se centrara en mí. Por un instante creí que podría estar tranquila, aunque fuera durante aquella noche.
—¿Ya os ha contado Luna que es una mujer rica? —comentó mi padre.
—Sí. Madre mía, quién iba a decir que la tía Gertrudis tuviera tanto dinero… Por el modo en el que vivía, no lo parecía en absoluto. —Luz continuaba perpleja con ese tema.
—A mí me parece perfecto que no gastara nada en vida, así puedo fundírmelo yo —bromeé.
—¿Ya sabes qué vas a hacer? —preguntó mi padre con seriedad.
—Estoy barajando la posibilidad de comprar la galería. He descubierto que me gusta demasiado el arte como para desprenderme del todo de él.
—Pero vas a escribir, ¿verdad? —indagó mi madre.
—Esa es mi intención, sí.
—Ahora te escucho —ironizó Aarón.
—No te vengas arriba, que puede que me largue a otra editorial que me ofrezca mejores condiciones.
—Eres una mujer rica, no te hace falta el dinero —pinchó él.
—Hablando de eso, y ahora que estamos todos aquí, ha llegado el momento de que renuncie a ser socia de Letras, de manera oficial, quiero decir —ya que nunca había ejercido como tal— para pasártelo a ti, hermanita.
Desde que tía Gertrudis me dejó el dinero he estado pensando en regalarte algo que te emocionara y creo que esto es lo que más ilusión va a hacerte.
—Quiero que te lo pienses, no quiero que renuncies… —empezó a decir mi hermana.
—Luz, no me hace falta ni tengo ninguna ilusión, y quiero que mi parte sea tuya. De hecho, yo no tomo ninguna decisión en Letras ni estoy involucrada de ninguna manera; bueno, como autora, y eso espero seguir siéndolo.
—Y nosotros, que los seas —chinchó Aarón.
—Lo que quiero es dejarlo todo por escrito.
—Si estás segura… —insistió mi hermana.
—Lo estoy —respondí con firmeza.
—Pues venga, vamos a brindar por mis hijas, que serán dueñas de una editorial y de una galería de arte —propuso mi padre.
—Aún no lo sé, papá.
—No seas aguafiestas y brinda.
—Ah, y otra cosa, Luz. ¿Te acuerdas de aquel coche que te gustaba tanto? ¿Aquel del que no parabas de hablar? —le pregunté.
—Sí, claro. Es tan bonito que…
—Tienes que ir mañana al concesionario a recogerlo.
—¡¿Qué?!
—No me digas que no es el mejor regalo de boda que te han hecho en la vida —bromeé—, además de que es lo suficientemente grande como para que lo llenéis de niñas.
Mi hermana se levantó y me abrazó con fuerza dándome las gracias, pero es que, después de que mi tía me lo dejara todo a mí, aquello era lo mínimo que podía hacer.
—Luna, ¿recuerdas que te dije que siempre había querido tener un yate? —preguntó Aarón riendo.
Las bromas continuaron hasta que Luz decidió cambiar de tema y eligió uno que casi me hizo atragantarme.
—¿Has visto a Eliot? Me mandó un mensaje un día y lo noté un poco raro.
No tenía ni idea de que Eliot le hubiera enviado un mensaje a mi hermana estando ella de luna de miel. ¿Qué querría? ¿Qué le diría? ¿Para qué lo hizo?
—Sí, lo he visto —respondí de forma ambigua con la esperanza de que me dejaran en paz.
—¿Y? —insistió Luz.
—Y nada, ¿qué quieres que te diga?
El resoplido de la mesa fue casi conjunto, como si lo hubieran ensayado antes.
—Bueno, da igual, mañana lo veré y ya hablaré con él —dijo con naturalidad.
—Ni se te ocurra decirle nada de mí, que nos conocemos —casi la amenacé.
—No, tranquila.
Aquellas palabras saliendo de la boca de mi hermana me provocaban de todo menos tranquilidad. ¡Encima de que acababa de regalarle un coche!
Tenía que hablar con ella, pero no pensaba hacerlo delante de mi cuñado y de mis padres. Luego le mandaría un mensaje para quedar.
Mientras regresaba a casa no pude contener la sonrisa.
Le había pillado el gusto a eso de disfrutar de las comidas y cenas familiares y, si tiempo atrás hubiera heredado el dinero que tenía en aquellos momentos, lo primero que habría hecho sería largarme a un viaje infinito, sin prisas y sin billete de vuelta.
Sin embargo, ya no me veía largándome de allí un tiempo indefinido.
Eso no quería decir que no fuera a viajar, pero no me apetecía hacerlo como lo hacía antes, cuando me daba la sensación de que nada me ataba y de que mi hogar no estaba en ningún sitio.
Era relativamente pronto cuando llegué a casa, por lo que no me extrañó encontrarme a Virtudes cenando con Alejandro y Noelia.
—¿Qué tal está Luz? —Fue la primera pregunta que me hizo mi vecina.
—Pues yo la he visto más guapa que nunca, así que imagínate.
— ¡Joer! Igual es que ya viene embarazada —bromeó Virtudes.
—Ojalá —fantaseé yo.
—Bonica, te he guardado un trozo de tortilla de patatas por si quieres tomártela mañana para desayunar.
Y ese era uno de los motivos por los que no quería marcharme de aquel piso. Me daba igual el dinero que tuviera, la red que encontraba en ese edificio no iba a hallarla en ningún otro lugar. Además de que no quería dejar a Virtudes ni a Rosario solas y de que no deseaba marcharme lejos de Fermín.
También era cierto que quizá Alejandro y Noelia decidieran quedarse con aquel piso. No lo habíamos hablado aún.
—Madre mía, ya tengo ganas de que llegue mañana porque desayunar un bocadillo de tu tortilla de patatas es lo más cerca del cielo que voy a estar.
—Por cierto, Luna, ¿te has terminado el libro del club? —quiso saber Virtudes.
—Sí, lo acabé hace un par de días. —La ventaja de que en la galería tuviera que entrar una colección nueva era que me daba tiempo a leer en el trabajo.
—¡Me está encantando! —exclamo Virtudes con una enorme sonrisa.
—Sí, a mí también me ha gustado muchísimo.
—Creo que va a ser mi preferido.
—Espérate, que el del próximo mes me han dicho que es maravilloso.
—Hay tantos libros por leer que no doy abasto.
—Toda la razón.
Virtudes no tardó en marcharse a su casa y yo me metí en mi cuarto para dejar un poco de intimidad a la parejita feliz.
Tal y como le dije a mi vecina, ya me había terminado el libro y había empezado otro que no acababa de engancharme, así que no sabía bien qué hacer allí encerrada.
Le escribí un mensaje a mi hermana para quedar a comer al día siguiente. Y como ya tenía el móvil en la mano entré en la conversación de Eliot. Estaba en línea. Estaba conectado y no me respondía. Es que no entendía nada. Leí el último mensaje que le envié.
Yo:
Me ha encantado compartir contigo esta noche. Ha sido diferente. Casi como una cita normal, ja, ja, ja. Me encantaría repetirla.
Quizá resulté demasiado sincera. Me daba la sensación de que era el primer mensaje tan directo que le enviaba. Tal vez le hubiera sentado mal algo, pero es que no lograba entender el qué.
Me desprendí de mi orgullo y de mis miedos y le escribí otro.
Yo:
Bueno, tal vez la película que elegí no fuera buenísima, pero disfruté mucho de la compañía y eso es lo que cuenta, ¿no?
Tuve claro que, si Eliot no contestaba a aquel otro wasap, ya no insistiría más. Solo me faltaba declararme y eso no iba a ocurrir, por supuesto.
Estaba tan absorta mirando la pantalla que capté el momento exacto en el que el doble check se puso de color azul.
Contuve la respiración.
Y Eliot se desconectó.
«¿Volvemos a eso?», me pregunté recordando lo que sucedió cuando nos conocimos. Pues ya podía estar tranquilo, porque aquel era el último mensaje que le enviaba.
Me sentía más cabreada que triste y eso era bueno, porque odiaba estar triste. La parte mala era que la rabia no iba a lograr que conciliara el sueño con facilidad.
No me equivoqué, aquella noche terminé quedándome dormida cuando casi amanecía.