28. La pareja
Eliot
Cuando ella se marchó me quedé allí tirado, en la alfombra de mi salón, tanto tiempo que terminó dándome frío.
Me había dicho a mí mismo una y otra vez que no importaba, que yo cogería únicamente lo que Luna me quisiera dar, pero verla marcharse para ir con él no era plato de buen gusto para nadie.
Por un momento, cuando nuestros ojos se cruzaron, justo antes de que ella se marchara, creí que iba a decirme algo.
Pensé que tal vez empezara a sentir algo por mí, no sé.
Tenía claro que yo no iba a ser el primero en hablar mientras Luna estuviera con Alejandro.
Y no lo haría porque estaba convencido de que ella no me creería, no cuando no hacía tanto que oyó cómo me declaraba a su hermana.
Y tampoco lo haría mientras fuera la pareja de otro hombre.
Decidí meterme en la ducha para ver si lograba despejar la cabeza y dejar de darle vueltas al mismo tema, una y otra vez.
El resto del día lo pasé entre el sofá y la cocina.
Me harté de comer comida basura y ver series sin terminar ningún capítulo, pues mi cabeza iba por libre y cuando quería darme cuenta ya volvía a pensar en ella, así que tenía que retroceder para enterarme de lo que estaba viendo.
El tema de Luna empezaba a darme cierta ansiedad, quizá porque no tenía ni puta idea de cómo gestionarlo.
Al día siguiente no albergaba ninguna esperanza de recibir noticias suyas.
Yo debí controlarme en infinidad de ocasiones y paré a mis dedos, que ya estaban encima del teclado enviando un mensaje simple.
Solo un «¿cómo estás?», algo que diera pie a una conversación aunque fuera por WhatsApp, porque ya se me había olvidado lo cabreado y triste que me sentí la noche anterior cuando la vi salir de mi casa.
Ya no recordaba que dando vueltas en la cama me dije que esperaría a que ella diera el siguiente paso.
Ya lo único que me importaba era volver a verla.
Supongo que por eso, cuando oí el móvil sonar con una nueva notificación, no barajé la posibilidad de que se tratara de ella.
Podría ser alguien del trabajo —porque, aunque estaba en la oficina, no sería la primera vez que nos comunicábamos por WhatsApp, estando a dos mesas de distancia—, tenía pendiente entregar una cubierta y seguramente se trataría de eso.
Patricia se había tomado el papel de jefa al pie de la letra y no nos dejaba ni respirar.
Menos mal que pronto volvían Luz y Aarón.
Todo eso me repetía a mí mismo mientras cogía el teléfono.
Casi se me cayó de las manos cuando comprobé que sí se trataba de ella. Luna me había escrito y a mí me faltó poco para dar un grito de pura dicha. A ver, que tampoco se trataba de que el mensaje fuera una maravilla, pero había sido ella la que tomó la iniciativa y yo no podía creerlo.
Luna:
¿Te apetece ir al cine esta tarde?
No estaba convencido de que ir al cine con ella fuera una buena idea, más que nada porque no podría tocarla, ya que alguien nos podía ver. Con todo, pasar un rato con Luna me pareció perfecto.
Yo:
Perfecto.
Respondí sin ser capaz de dejar de sonreír.
Quedamos un par de horas más tarde en un cine del centro. Luna me había comentado la película que quería ver y yo le respondí que me parecía bien, a pesar de que no tenía ni idea de lo que iba.
Me había duchado aquella misma mañana, pero preferí pasar por mi piso para volver a hacerlo y cambiarme de ropa.
Pese a que intenté hacer tiempo, terminé llegando veinte minutos antes. Aproveché, sentado en un banco, para contestar a unos cuantos mensajes del trabajo.
—Te veo muy concentrado.
¡Joder! Su voz, su maldita voz, hizo que mi corazón se acelerara.
—Me he quedado absorto respondiendo a unos correos —respondí, en lugar de decirle que tenía tantas ganas de verla que había llegado muy pronto.
—Pues venga, vamos a por las entradas, que acaban de estrenar la película y me da miedo que nos quedemos sin ellas.
Tal y como imaginaba, durante el tiempo que duró la película ni siquiera nos rozamos.
Supongo que, por eso, cuando salimos de allí le propuse ir a mi casa.
No era que quisiera acostarme con ella, que también, pero es que necesitaba besarla y no podía hacerlo en mitad de la calle. No cuando ella salía con él.
Había pensado, en infinidad de ocasiones, mantener una conversación con Luna. Intentar averiguar qué tenía pensado hacer, si barajaba la opción de dejar a Alejandro, pero en el último momento siempre me echaba atrás, pues me daba miedo que la opción de dejar a alguien la tuviera reservada para mí.
—Se me había ocurrido que podríamos ir a cenar al restaurante que han abierto nuevo en esta misma calle. Dicen que se come muy bien.
No quise pensar que no quería estar a solas conmigo y me lo tomé como que le apetecía que hiciéramos algo diferente.
—Claro, me parece genial —respondí, tal y como lo hubiera hecho con cualquier cosa que me propusiera.
Luna tenía razón, la comida fue increíble y nosotros lo pasamos muy bien. No podía evitar pensar que ella cada vez parecía estar más cómoda conmigo y que empezaba a actuar con mucha más espontaneidad. Resultó tan liberador…
Al salir de allí, me ofrecí a acompañarla y caminamos juntos hasta la esquina de su casa. No me lo había dicho, pero preferí despedirme de ella allí que hacerlo en el mismo portal, ya que podrían vernos. Además de que llevaba toda la noche deseando besarla y no estaba dispuesto a esperar más.
Me acerqué a ella cuando pasábamos por la entrada de un parking, la empujé ligeramente para que quedara resguardada y la besé como llevaba queriendo hacerlo desde que la vi.
Luna me agarró del pelo y acercó su cuerpo al mío.
Pude notar todas y cada una de sus curvas.
Bajé una de mis manos a su nalga y la pegué aún más a mí, con la otra le tiré ligeramente de la coleta que llevaba.
Ella soltó un jadeo y yo una maldición, ya que me hubiera gustado estar en cualquier otro sitio.
Contuve el aliento al notar los dedos de Luna bajando por mi abdomen y parándose en el botón de mi pantalón y seguí sin respirar cuando lo desabrochó con una sola mano.
Estaba tan concentrado en sus movimientos que el sonido, demasiado cerca, del claxon de un coche me sobresaltó.
—¿¡No sois ya un poco mayorcitos para esto!? ¡Marchaos a vuestra casa! —exclamó cabreado el conductor.
Los dos salimos de allí con rapidez y no habíamos avanzado ni un metro cuando Luna se echó a reír.
—¿Qué te hace tanta gracia? —dije yo con cierto mosqueo.
—Que no sé qué me ha sentado peor, si que nos interrumpiera o que nos llamara viejos. Joder, si somos superjóvenes.
—Quizá para morrearnos en un parking no tanto.
—Muy jóvenes —recalcó cada sílaba con retintín.
—Vale, vale —acepté levantando las manos.
Ya no me atreví a avanzar más y me paré antes de llegar a su calle.
—Te escribo mañana. Buenas noches, Eliot.
—Buenas noches, Luna.
Di un paso hacia ella para darle un último beso, pero en el último momento lo pensé mejor. Si volvía a besarla, no sería capaz de parar.
Decidí regresar a mi casa caminando. Estaba seguro de que el aire fresco me sentaría bien. Tenía la esperanza de que dar un paseo haría que llegara a la cama más cansado y no me costara tanto conciliar el sueño.
No tenía prisa, así que fui fijándome en las personas que empezaban a salir o las que se recogían y se marchaban ya para sus casas. Era una zona de ocio, por lo que estuve bastante entretenido observando a unos y a otros.
Cuando ya estaba dirigiéndome hacia mi casa me fijé en la pareja que caminaba delante de mí.
Iban a cierta distancia y la calle estaba bastante oscura, por lo que no los veía bien.
Parecían muy acaramelados y yo sonreí con cierta tensión, pues me recordó que Luna y yo no habíamos podido hacer nada de eso.
Me encontraba inmerso en aquellos pensamientos cuando la risa de la mujer me resultó familiar.
Estaba a punto de cruzar de acera, ya que solo me faltaba encontrarme con alguna de las mujeres con las que me había acostado.
No me apetecía nada, y menos aquella noche.
Sin embargo, fue al oír la voz de él cuando me recorrió un escalofrío.
También la conocía, y eso sí que me extrañó.
Por un momento barajé la posibilidad de que fuera José, pero lo descarté con rapidez.
Ese tipo no era mi amigo; me sonaba su voz, pero no tanto.
La curiosidad pudo conmigo y acorté la distancia que me separaba de aquellas dos personas que parecía que no podían estar dos segundos sin meter la lengua en la boca del otro.
Lo cierto es que no me lo ponían fácil y tampoco podía acercarme tanto, pues iba a parecer que los estaba acechando.
Aun así, no me hizo falta más porque, al entrar en una calle que estaba mucho más iluminada que en la que nos encontrábamos, los distinguí perfectamente.
Me detuve en seco de la impresión que me dio, porque aquella empalagosa pareja no eran otros que Alejandro y Noelia.