27. La herencia
Luna
Al día siguiente nos tocaría lidiar con una montaña de papeleo, pues debíamos organizar el entierro. Pero aquella tarde, al salir del hospital, fui con mis padres a su casa, ya que necesitaba ordenar mis ideas.
—Al final no es solo que no vayas a invitarnos tú, sino que vienes a gorronear a casa —bromeó mi padre.
—En cuanto sepa cuánto tenía la cacatúa, programo celebraciones. Lo prometo.
Mi móvil sonó y mi madre dijo:
—Estoy informando a Luz del fallecimiento de la tía.
Saqué el teléfono del bolso y leí lo que había escrito mi hermana.
Luz:
Jolín, y yo tan lejos.
Yo:
Tú estás de luna de miel, así que haz el favor de disfrutar. Ah, y será mejor que me hagas madrina de tu hija, porque, por si no te has enterado, ahora soy rica.
Luz:
¿Qué me he perdido?
Yo:
Resumiendo, que la momia tenía un montón de pasta y me la ha dejado toda a mí.
Luz:
Pero si yo era su preferida…
Yo:
O eso creíamos. No te preocupes, hermanita, que prometo regalarte algo bonito y si me haces madrina de tu prole les dejo la herencia a ellas. Eso si no me lo fundo todo antes, claro.
Me estaba empezando a venir arriba. Pero era en broma. Aún ni siquiera sabía el dinero que tenía la tía, aunque era bonito fantasear mientras tanto.
El entierro de tía Gertrudis fue el más triste al que había asistido en mi vida, no por el inmenso amor que le profesaba ni por el dolor de la pérdida, sino porque solo fuimos mis padres y yo.
A mi hermana se le pasó por la cabeza adelantar su vuelo para poder estar, pero entre todos la convencimos de que no lo hiciera.
Cuando salimos de allí nos fuimos directos al notario. No tuvimos que esperar demasiado. Me hicieron pasar a una sala anodina y me senté frente a una chica más o menos de mi edad.
Me leyó un documento del que no entendí mucho y luego pasó a detallarme las propiedades y el dinero que mi tía poseía y que a partir de aquel momento pasarían a ser míos.
Me faltó poco para desmayarme.
¿De dónde leches había sacado todo aquel patrimonio?
Ya me dirás a mí para qué quería tanto dinero, si apenas salía de su casa.
Ya podría haber disfrutado más de la vida con la pasta que tenía; pero, claro, no iba a ser yo quien se quejara de eso, porque su absurda austeridad me había convertido en una mujer con mucho dinero.
Cuando salí de aquella sala me dirigí hacia mis padres y dije con voz solemne:
—Y ahora sí, papá, nos vamos a comer donde queráis.
Resultaba contradictorio haber asistido aquel mismo día a un entierro y estar disfrutando tanto con mis padres unas horas después.
Pero es que tampoco quería ser una hipócrita, pues, aunque agradecía a mi tía que me hubiera dejado toda su fortuna, era incapaz de fingir que su muerte me afectara tanto.
Aquella noche, cuando llegué a casa, me fui directa a la ducha.
Tenía pensado tumbarme en mi cama a contemplar el techo y asimilar todo lo que me había ocurrido en las últimas horas.
Sin embargo, cuando salí del baño y llegué a mi habitación continuaba estando tan eufórica que necesitaba compartirlo con alguien.
Alejandro y Noelia se habían ido al cine y estaba convencida de que tardarían en volver.
Y mi hermana continuaba de luna de miel.
No lo pensé mucho y envié el mensaje tal y como se me pasó por la cabeza.
Yo:
¿Te va bien quedar?
Fue al volver a leerlo cuando me di cuenta de que tal vez había sido demasiado directa, seca e incluso algo borde. Con todo, Eliot no tardó nada en responder.
Eliot:
Claro, estoy en casa. Puedes venir aquí o si lo prefieres podemos quedar donde me digas.
Sabía que no era la mejor ocurrencia y que lo ideal hubiera sido continuar manteniendo las distancias, pero recordé las palabras de Fermín y lo que de verdad me apetecía era compartir todo lo que me había ocurrido con Eliot.
Y me constaba que aquello no pintaba bien, pues no me apetecía solo sexo —que también—; lo que de verdad quería era hablar con alguien. Con él.
Para quitarle hierro al asunto recordé que mi hermana no estaba y que mis dos amigos se habían ido al cine, así que Eliot se había convertido en mi última opción. Era un argumento estupendo para poder engañarme a mí misma. Pero, oye, me lo compré la mar de tranquila.
Cogí una botella de vino de casa, pues la última vez había pagado él las pizzas y me sabía mal volver a ir a su casa a gorrear. Además, ahora que tenía pasta podía permitirme ir de sobrada.
Al igual que la última vez, Eliot me esperó en el umbral de la puerta. Resultaba increíble que cada vez que lo veía me pareciera aún más guapo. En esa ocasión me dejó pasar sin besarme y he de reconocer que no me gustó.
—Hola, Eliot. He traído una botella de vino —murmuré un poco abochornada.
—Hola, Luna. Genial, voy a por dos copas.
No sabía bien el motivo, pero me sentía un poco avergonzada. Como si de pronto no supiera qué hacía allí.
—Luna, deja de darle vueltas a la cabeza. Dame la botella, que la abro, y siéntate. Vengo enseguida.
Hice lo que me pidió. Eliot no tardó nada en regresar con las dos copas y con unos tacos de queso con picos de pan.
—Me ha encantado recibir tu mensaje —confesó clavando su mirada en mí.
—Necesitaba hablar con alguien.
—Pues gracias por elegirme a mí.
De pronto me percaté de que tal vez era raro que teniendo pareja (como se suponía que tenía) lo eligiera a él para hablar de aquello, pero decidí no darle más vueltas.
—¿Te acuerdas de mi tía Gertrudis? —Fui directa al grano.
—Imposible olvidarla —ironizó.
—Pues ha muerto.
—No estoy seguro de que quieras que te dé el pésame.
—No, qué va, puedes ahorrártelo. La cuestión es que yo siempre creí que no me soportaba y resulta que me ha dejado toda su herencia.
—Vaya, eso ha tenido que ser una sorpresa para ti.
—Un sorpresón, mejor dicho, porque yo pensaba que mi tía apenas podía vivir con su pensión, pues jamás había dado señales de que le sobrara ni un puñetero euro.
—¿Y no era así? —preguntó con interés incorporándose un poco.
—No, en absoluto. La realidad, para que te hagas una idea, es que, si no quiero volver a trabajar en mi vida, no tendría que hacerlo.
—¡Joder!
—Eso mismo pensé yo.
Nos quedamos en silencio unos instantes hasta que Eliot volvió a hablar.
—¿Y qué quieres hacer?
—Está claro que no soy una persona que pueda vivir sin hacer nada —dije casi para mí misma.
—Ya imagino, pero no te he preguntado eso.
Me pareció curioso que fuera él quien me preguntara lo que más me había preocupado desde que me enteré del dinero que me dejó mi tía.
—No lo sé —confesé con sinceridad—. Por una parte, estoy bien en el trabajo en la galería, el arte es una parte de mí que no quiero abandonar del todo. Pero también me gustaría poder dedicarme a escribir, que es lo que realmente me apasiona.
—¿Y por qué no haces las dos cosas?
—Porque el trabajo en la galería me roba bastante tiempo.
—Luna, si tu tía te ha dejado tanto dinero puedes comprar la galería, o abrir otra. De ese modo no dejarías de estar en contacto con el arte, pero tendrías tiempo para escribir.
Ni siquiera había barajado esa posibilidad, pero, desde luego, no era mala idea. Tal vez, incluso era a lo que tía Gertrudis se refería.
—Puedo darle una vuelta a eso, sí.
—Me alegro por ti. No quiero decir que me alegre de la muerte de tu tía, entiéndeme…
—Te he entendido. La verdad es que estoy un poco abrumada con todo, pero no voy a quejarme porque se me abren un montón de oportunidades.
—Cierto. Muchas gracias por compartirlo conmigo.
—Gracias a ti, porque creo que tu idea ha sido muy acertada.
Nos habíamos puesto en modo formal y yo tenía en mente algo muy distinto.
Eliot carraspeó antes de hablar, como si también se hubiera percatado de que las últimas frases habían sonado frías e impersonales.
—¿Te apetece cenar algo? Puedo pedir…
No lo dejé terminar porque me senté a horcajadas encima de él y le cerré la boca con un beso. Imagino que la euforia del día me hacía actuar sin pensar mucho las consecuencias. Suerte que Eliot respondió con entusiasmo agarrando mi nuca y colocándome mejor para poder profundizar más en él.
Nuestra intención inicial fue llegar a la cama, sin embargo, terminamos haciéndolo encima de la alfombra del salón.
Aún no habíamos recuperado del todo el aliento cuando Eliot me acercó a él.
En aquella ocasión sí toqué su pelo y acaricié su cara.
Siempre he sido de esas personas que tras compartir una experiencia sexual se sienten vulnerables.
El problema era que sentirse así cuando encima aquello ocurría con la persona de la que estaba enamorada, queriendo que no se enterara de aquello bajo ningún concepto, la cosa se complicaba bastante.
Por todo aquello me tragué las palabras que hubiera dicho si las cosas no estuvieran así entre nosotros.
El caso fue que nunca más volvimos a sacar el tema de Luz y, aunque esta estuviera felizmente casada, aquello no quería decir que él hubiera dejado de quererla.
Desde luego eso era algo que yo no quería oír, y menos en aquellos momentos.
—Tengo que irme —murmuré bajito, pero sin moverme.
—¿No puedes quedarte a dormir? —preguntó mientras me acariciaba la espalda.
—No, hoy no.
Noté el modo en el que él se tensaba e imaginé que tal vez estaba pensando que aquella negativa era por Alejandro; a fin de cuentas, se suponía que era mi pareja.
Me levanté con reticencia y por un momento barajé la posibilidad de volver a tumbarme junto a él, confesarle lo que sentía y que fuera lo que tuviera que ser. Con todo, no me apetecía que me hicieran daño y menos que volviera a ser él.
Me vestí con parsimonia y cuando estuve lista me puse en pie. Estaba claro que él no tenía intención de moverse y mucho menos de acompañarme hasta la puerta. Así que caminé hacia ella y no había salido aún del salón cuando lo oí.
—Me hubiera gustado que te quedaras.
«Y a mí quedarme, pero no soy capaz de exponerme tanto a ti y menos cuando tú no correspondes a mis sentimientos», pensé. Pero no lo dije, solo susurré, justo antes de cerrar la puerta, un «adiós, Eliot» que no estuve segura de que él oyera.