La chica imperfecta 26. La tía Gertrudis
68%

26. La tía Gertrudis

Luna

No tenía ganas de hacer nada. O, mejor dicho, no paraba de darle vueltas a por qué le había dicho a Eliot que no podía quedar aquella noche, cuando lo que de verdad me apetecía era correr hacia su casa.

Sin embargo, ahí estaba, tirada en el sofá con el móvil en una mano y el mando en la otra, pasando canales sin lograr ver nada.

—¿Ese es tu plan para hoy? —preguntó Noelia acercándose a mí.

—Es un planazo —respondí con sarcasmo.

—Si tú lo dices… Luna, ¿estás bien? —La preocupación en su voz me hizo levantar la cabeza.

—He estado mejor —respondí sin concretar.

—Eso pensaba. ¿Quieres hablar de ello?

—Si es que no hay mucho que contar. Creo que me estoy enamorando de un tío que me va a romper el corazón.

—¿Crees? —ironizó.

—Ya me has entendido.

—Igual no ocurre eso, Luna…

—Noelia, es el mismo tío que hace nada le confesó a mi hermana que estaba enamorado de ella.

—Yo no creo que eso sea verdad.

—Tampoco estoy segura de que, si no es así, sea una buena noticia porque lo único que confirma es que no tiene ni puta idea de lo que siente.

—Quizá estuviera confundido.

—No lo sé, lo que sí tengo claro es que, si sigo así, si continúo acostándome con él, voy a terminar mal.

—Pues deja de hacerlo.

—Como si eso fuera tan fácil. Creo que prefiero pasarlo mal habiendo vivido esto. No sé si me explico.

—¿Que prefieres acostarte con él y disfrutar mientras dure? Te has explicado perfectamente.

—Ese sería más o menos el resumen, sí —respondí con una leve sonrisa.

—De acuerdo, pero eso no quiere decir que mientras tanto tengas que andar por el mundo como alma en pena. Así que vístete, que vamos a salir.

—No tengo ganas de…

—Por si no te has dado cuenta, no ha sido una pregunta.

—Yo en tu lugar le haría caso —pinchó Alejandro, y yo lo maté con la mirada—. Solo aclaro un hecho —bromeó levantando las manos.

Malditas las ganas que tenía de salir a ningún sitio.

Mi plan era quedarme pasando canales toda la noche.

Supongo que por eso mi humor no era el mejor cuando entré en aquel bar y Alejandro, que era muy consciente de ello, dijo una burrada que me hizo soltar una carcajada.

Lo cierto es que fue liberador y pensé que quizá no hubiera sido tan mala idea acompañarlos.

Pero me pareció casi una broma que lo primero que viera al cruzar la puerta fuera a él.

Durante unos segundos barajé la posibilidad de hacer como que no lo había visto, pero cuando nuestras miradas se cruzaron lo descarté.

Así que caminé hacia Eliot como si fuera a la soga.

La conversación resultó tan absurda que casi me pareció surrealista, y hasta que transcurrió un rato desde que él se marchó de aquel bar no caí en la cuenta de que Eliot habría dado por sentado que yo fui con Alejandro y no de aguantavelas, como en realidad había sido.

Me pasé el resto de la noche sopesando si era buena idea enviarle un wasap, pues me daba la sensación de que me estaba metiendo en algo de lo que iba a costarme salir. Finalmente me quedé dormida a las tantas sin mandarle nada.

Aquel día la galería estaba bastante tranquila, así que agradecí enormemente la visita de Fermín.

—Muchacha, menos mal que te he traído un café. Tienes cara de haber estado toda la noche peleando con las sábanas.

—Pues no te equivocas, no. Y no te imaginas lo bien que me viene ese café.

—Por supuesto, también te he traído algo para poder mojar.

Ese algo eran unas minimagdalenas que hacían en la panadería de la esquina y que eran mi debilidad (una de tantas).

—¡Si es que te tengo que querer! —exclamé abrazándolo.

—Es cierto que soy bastante majo —bromeó, a pesar de que no le faltaba razón—. Y ahora dime qué es lo que te quita el sueño.

—Un hombre —confesé.

—No podía ser de otra manera.

—Estoy un poco confusa —dije con sinceridad.

—¿Porque no sabes lo que sientes por Eliot?

—¡Eh! Yo no he dicho que se trate de él.

—No ha hecho falta. Continúa.

—Creo que tengo bastante claro lo que siento, lo que no sé es qué hacer con ello.

—Ah, ya entiendo, el miedo vertiginoso a lanzarse al vacío. A veces pienso que deberíamos enamorarnos con lo que yo sé ahora. Todo sería mucho más sencillo.

—¿Por la sabiduría que te dan los años? —pregunté con ingenuidad.

—No, porque no guardas nada para ti y porque te la trae al pairo estamparte, y mucho más equivocarte.

—Eso debe de ser maravilloso.

—El peaje que pagar son los años, eso sí. A mí siempre me gusta pensar esto: ¿qué es lo peor que puede pasar?

—¿Que me rompa el corazón? —me salió en forma de pregunta, pero fue más una afirmación.

—Eso es jodido, no voy a negarlo. Pero, si decides no arriesgarte, puede ser que te pierdas un buen puñado de cosas buenas. Cuando Ernesto murió me rompió el corazón, aunque no cambiaría ni uno solo de los momentos que viví con él.

—Sí, pero entenderás que es diferente. Hace nada que Eliot se estaba declarando a mi hermana.

—Por supuesto que eso no juega a su favor, pero deja de pensar en él y en lo que siente o en lo que quiere, y piensa en lo que tú deseas.

—Si no pensara en las consecuencias de mis actos, esta misma noche me plantaba en la puerta de su casa —declaré, sorprendiéndome a mí misma.

—¡Pues hazlo!

Aquella tarde, mientras caminaba hacia mi casa, no podía dejar de pensar en las palabras de Fermín. Saqué el móvil y fui dándole vueltas en mis manos, hasta que sonó y me dio tal susto que por poco no se me cae al suelo.

Mamá:

Niñas, la tía Gertrudis se ha caído por las escaleras de su casa. La cosa pinta bastante mal.

Por mucho que hubiera deseado —la mayoría de las veces con un ansia voraz— que mi tía la diñara, llegado el momento no pude evitar sentir cierta congoja.

Yo:

¿Estáis en casa?

Mamá:

Sí, salimos para el hospital en un rato.

Yo:

Voy para allí y os acompaño.

Luz:

Joder. Idme contando cómo sigue.

Mamá:

No te preocupes, hija. Vosotros disfrutad de vuestra luna de miel.

Yo:

¡Y hacedme tía!

Me guardé el teléfono en el bolso y apresuré el paso.

Llegamos al hospital una hora después. Tía Gertrudis no tenía hijos y no se hablaba con nadie más de la familia, así que los doctores se alegraron de que hubiera llegado alguien a quien explicarle que a aquella anciana le quedaba poco de vida.

—No habla mucho, pero hay un nombre que no para de repetir. Les aconsejo que localicen a esa persona para que pueda hablar con ella lo antes posible, ya que no tardaremos mucho en sedarla y estaría bien darle la oportunidad de despedirse —nos informó el médico.

—Por supuesto —dijo mi madre—. El único inconveniente es que mi hija Luz está de luna de miel y…

—No, no es ese el nombre que dice. —El médico miró la carpeta que llevaba entre las manos y yo retrocedí hacia atrás para dejar paso a mi padre, pues estaba convencida de que el nombre que tía Gertrudis repetía era el suyo.

—No para de pronunciar el nombre de Luna. Al principio no la entendíamos, pero conseguimos llegar a la conclusión de que se refería a una mujer.

Dos pares de ojos se clavaron en mí y me hubiera reído de las caras de mis padres si no estuviera tan impactada.

—¿Saben a quién se refiere? —nos apremió el doctor.

—Sí, yo soy Luna —susurré, aún en shock .

—Entonces, acompáñame.

Si llegan a decirme unos días antes que iba a ser yo la que agarrara la mano de mi tía Gertrudis hasta que diera su último suspiro, no lo hubiera creído.

Pero aquello fue justo lo que ocurrió. Cuando salí de allí, mis padres me esperaban en una sala.

Ellos habían entrado hacía un rato, pero no estuvieron mucho tiempo dentro.

Negué con la cabeza nada más verlos para que entendieran que ella había muerto.

—Pobre mujer, era… —empezó a decir mi madre, pero la corté.

—No se te ocurra decir que era una buena persona, mamá. Odio a la gente que hace eso, si era una cabrona lo era y ya está.

—¡No hables así de los muertos! —me regañó.

—Estoy segura de que la vieja arpía estaría de acuerdo conmigo.

—¿Para qué quería verte? —preguntó mi padre.

—Ah, eso. —Me llevé la mano a la nuca y sonreí—. Por lo visto no me odiaba tanto como yo creía y me ha hecho heredera universal de todos sus bienes. Ya ves, cosas de vieja loca.

Lo cierto era que me pidió que no le dijera a nadie que tenía debilidades y que una de ellas era la insolente e insoportable de su sobrina Luna (palabras textuales), pero que, con que esa información la tuviera yo, era más que suficiente.

Que tampoco había necesidad de ir proclamando sus puntos débiles. ¡Puñetera momia!

Me pidió que el dinero que heredara lo invirtiera en encontrar más tiempo para escribir, que según ella era para lo que había nacido.

Yo reía para mis adentros, no sabía lo que esa mujer imaginaba que ganaba un escritor, pero estaba claro que no tenía ni idea.

También me dijo que le diera una vuelta a lo de trabajar en una galería, que tal vez podría encontrar otra solución para estar en contacto con el arte sin tener que dedicarle tantas horas.

No sabía a qué se refería, pero, ni pensaba dejar la galería —ese trabajo me gustaba—, ni podía permitírmelo.

Menos aún con los cuatro euros que ella tendría.

Aunque, al final, la urraca me hizo hasta emocionarme.

Me dejé caer en una de las sillas que había en la sala de espera donde se encontraban mis padres justo antes de fijar los ojos en ellos y comprobar que estaban desconcertados.

—Pero, pero ¿tú sabes en cuánto está valorado el patrimonio de la tía Gertrudis? —dijo mi padre perplejo.

—Con que me dé para comprarme un pisito… —respondí yo, aunque con la vida tan austera que llevaba la mujer pensé que tal vez no me llegara ni para eso.

—Hija… —Mi padre se sentó junto a mí, visiblemente pálido, y aquello me puso en alerta.

—Papá, ¿estás bien?

—Sí, sí. Ahora mismo vamos a salir de aquí y vas a invitarnos a comer a Ca la Roser.

Yo solté una carcajada porque aquel restaurante era impresionante y siempre bromeábamos con que cuando nos tocara la lotería iríamos a comer allí.

—Claro, papá, por supuesto —respondí con sarcasmo.

—Hija, no lo estás entendiendo. Yo he llevado las cuentas de tía Gertrudis toda la vida…

—Eso ya lo sé, la cabrona era tan desconfiada que solo se fiaba de ti. Dime que me llega para un pisito, aunque sea una cajita de cerillas —rogué.

Por un instante me imaginé en mi propia casa; que, a ver, me encantaba compartir piso con Noelia, pero ella y Alejandro iban a tardar muy poco en querer más intimidad. Así que poder disponer de un pisito para mí sería una auténtica maravilla.

—Luna, no es que te llegue para un pisito, es que podrías comprarte una casa en el centro y, si lo desearas, no tendrías que volver a trabajar en tu vida.

—¡¿Qué?!

Instintivamente recordé las palabras de ella, relativas a que podía dedicarme a escribir y darle una vuelta a lo de la galería de arte.

Y también recordé que ni al borde de la muerte pudo contenerse, amenazándome con que más me valía hacer buen uso de su herencia si no quería que se me apareciera en sueños.

¡Maldita loca!