La chica imperfecta 25. Matarme un poco
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25. Matarme un poco

Eliot

No entendía por qué me ponía así, si había sido yo quien propuso aquello. Pero es que estaba enfadado conmigo mismo por no entender qué me ocurría con Luna.

¿Por qué insistía en que se quedara, en que hablara conmigo, en que compartiera su tiempo, si ella tenía pareja?

Con todo, verla dispuesta a marcharse cuando apenas se había repuesto del orgasmo me enfadó. Me cabreó que se hubiera tomado tan al pie de la letra lo del sexo; joder, si apenas habíamos intercambiado unas pocas frases desde que llegó.

No, no estaba conforme con aquel trato e iba a hacer todo lo posible por conseguir más.

Y fue justo ahí cuando me di cuenta de que estaba mendigando su atención.

De lo mucho que deseaba que aceptara cenar conmigo, que quisiera compartir algo más que cama.

No sentirme utilizado. Aquel pensamiento sí me golpeó con fuerza porque no recordaba ni una sola vez en la que hubiera querido algo así, pues por norma general era yo el que solía largarse en cuanto el sexo se terminaba.

Y por si todo aquello no hubiera sido suficiente, suspiré agradecido cuando ella cedió y aceptó quedarse a cenar.

Fui un momento a mi habitación a por los pantalones y la camiseta y al regresar la encontré en medio del salón, como si aún no hubiera entendido qué hacía allí.

—Hace poco que he pedido la pizza. Si te apetece, puedes ducharte mientras llega —dije para darle la posibilidad de estar a solas unos instantes, de ese modo esperaba que lograra tranquilizarse.

—Sí, me apetece—murmuró.

—Perfecto, voy a buscarte una toalla.

Durante la siguiente media hora, Luna se encerró en el baño y yo me dediqué a dar vueltas por el salón, pues era incapaz de permanecer sentado.

Unos minutos antes de que ella saliera, llamaron a la puerta para entregar las pizzas. Me había arriesgado y le había pedido una de queso, pues me había comentado en la boda de su hermana que le encantaban todos los tipos de quesos.

En cuanto dejé las cajas encima de la mesa, ella salió. Llevaba el pelo mojado y parecía más recompuesta que cuando entró en el baño.

—No sé si habré acertado, pero te he pedido la pizza de queso. Si no te gusta…

—Es mi preferida, ¿cómo sabías…?

—Comentaste en la boda de tu hermana que te gusta mucho el queso.

—Ah, sí, es verdad.

—Venga, vamos a cenar antes de que se enfríen.

Poco a poco, a medida que comíamos porciones de pizza, la incomodidad entre nosotros iba desapareciendo y cuando terminamos ya casi estábamos en el mismo punto de complicidad que teníamos en el convite de la boda de Luz.

Empezamos hablando de la editorial y de su novela. Temas con los que ambos nos sentíamos a gusto. Hasta que finalmente abordamos la conversación que nos tenía agobiados a los dos.

—Cuando te dije que quería que compartiéramos cama, no me refería a que salieras corriendo en cuanto termináramos. Me gusta hablar contigo, me gustó desde la primera vez que coincidimos en aquel bar.

Hacía tanto de aquello que me parecía otra vida.

—A mí también me gusta hablar contigo, pero no sé si es lo más adecuado.

Por primera vez desde que ella se encontraba allí pensé que tal vez lo que Luna sentía era culpa de lo que había surgido entre nosotros teniendo ella novio, que quizá quería a su pareja y aquello se le empezaba a ir de las manos.

Y ante aquel pensamiento me di cuenta de que estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa que ella quisiera darme. Eso sí que me asustó.

Decidí cambiar de tema y centrarme en terreno menos hostil, así que empezamos a hablar de cine y de series. Decidimos poner una película que los dos teníamos muchas ganas de ver.

Por supuesto, no terminamos de verla porque una cosa llevó a la otra y acabamos follando en el sofá y después en la cama, donde finalmente nos quedamos dormidos.

Cuando aquella mañana me sonó el despertador tenía dos cosas claras. La primera, que albergaba sentimientos por Luna con los que estaba acojonado. Y la segunda, que ella no se encontraría ya en mi cama.

Efectivamente cuando me giré pude comprobar que me encontraba solo y que las sábanas estaban frías, por lo que debía de hacer rato que se había marchado.

No lo pensé, cogí el móvil que dejé olvidado en el comedor la noche anterior y le envié un mensaje.

Yo:

Gracias por esta maravillosa noche.

¿Podía ser más cursi? Estaba convencido de que no, al igual que sabía que nunca había enviado un mensaje parecido a ese.

Pensé que, si las cosas con Luz no estuvieran tan raras, me encantaría contárselo, pese a que se reiría mucho de mí por ello.

Estaba convencido de que repetiría una y otra vez la de tiempo que había deseado que llegara ese momento.

El día en el que una mujer me tuviera atado por las pelotas.

Parecía como si la tuviera sentada a mi lado.

Cogí el móvil en un impulso y no pensé que Luz se encontraba de luna de miel, simplemente escribí:

Yo:

Creo que tenías razón.

A pesar de la diferencia horaria tardó muy poco en responder.

Luz:

Siempre la tengo, pero ¿a qué te refieres exactamente?

Yo:

A lo que siento por tu hermana. Estoy jodido, Luz.

Luz:

Deja de lloriquear y conquístala. Tengo que irme, que voy a hacer snorkel. Solo una cosa, más te vale portarte bien con ella.

Y dicho eso se desconectó. Era curioso porque con Luna tenía la sensación de que el que iba a salir dañado sería yo.

Aquella mañana no logré concentrarme en el trabajo. Luna no respondió a mi mensaje, pese a haberlo visto, y yo no dejaba de darle vueltas a que quizá me había puesto más intenso de la cuenta.

Cuando una hora después me sonó el teléfono, casi lo tiré al suelo por el ansia con el que lo cogí.

Luna:

Yo también lo pasé bien.

Vale que no era una confesión de amor, pero me había contestado y no me dijo que no quería repetirlo nunca. Algo era algo. Y, sí, ese era mi nuevo yo, conformándose con las migajas que ella quisiera regalarle.

Le di un montón de vueltas a si debía escribirle otro wasap o mejor dejar pasar unos días para no agobiarla. Finalmente llegué a la conclusión de que yo no era así, yo no hacía las cosas de ese modo. No lo pensé más.

Yo:

¿Te apetece cenar esta noche sushi y terminar la película que dejamos a medias?

Hala, ya estaba enviado. Lo peor era que me tocaba esperar a que Luna decidiera contestarme. Menos mal que se apiadó de mí y lo hizo con rapidez.

Luna:

Lo siento, pero esta noche no puedo.

No pasaba nada, era una respuesta correcta, estaba bien, no quería decir que no quisiera nunca, solo que esa noche no podía.

Con todo, mi mente empezó a ir por libre y a preguntarse si tal vez me estuviera dando largas, si podríamos volver a quedar en otra ocasión o si ella ya había decidido dejarlo ahí.

Paré mis pensamientos para no terminar deprimido.

Ya le preguntaría de nuevo pasados unos días y si volvía a ponerme cualquier otra excusa me plantearía una retirada.

Aquello me produjo un escalofrío y decidí llamar a un amigo para quedar aquella noche, pues no me apetecía pasármela en vela y dándole vueltas y más vueltas al asunto.

José y yo nos conocíamos de toda la vida, habíamos ido juntos al colegio y nuestras madres —la suya viuda y la mía con un marido ausente— fueron vecinas y nos criaron entre las dos.

Con todo, no era capaz de sincerarme con él porque sabía que alucinaría.

Prefería ir poco a poco y comentarle que me gustaba alguien, dejarlo ahí y la próxima vez que quedáramos continuar explicándole.

Quedamos en un bar que se había puesto de moda. Cuando llegué, él ya me esperaba sentado a la barra, pues, a pesar de que era bastante pronto, el local estaba lleno.

Empezamos a charlar de cosas triviales y finalmente, imagino que porque necesitaba desahogarme, terminé hablando más de la cuenta.

—No puedo creer que te hayas pillado por alguien. Por alguien que no sea Luz, quiero decir —matizó José.

Aquella afirmación me dejó descolocado. Sin saber el motivo empezaba a ver más claro que nunca que lo que una vez creí sentir por Luz no era, ni de lejos, estar enamorado. La muy cabrona tenía razón.

—Bueno, no estoy seguro, pero tal vez lo que creía sentir por ella no fuera tan fuerte como pensaba. ¿Y tú qué tal con Inma?

Sabía que aquella era la mejor forma de hacerle cambiar de tema y no me equivoqué, porque durante la siguiente media hora me estuvo hablando de lo maravillosa que era su novia. Y por primera vez me dio cierta envidia, pues me imaginé cómo sería compartir todo aquello con Luna.

Creo que la sentí antes de verla. Una carcajada llegó a mis oídos y hubiera jurado que aquella risa pertenecía a Luna, eso o que me estaba volviendo loco.

Sin embargo, cuando miré hacia la puerta allí estaba ella.

Me perdí en su sonrisa y en cómo gesticulaba, supongo que por eso tardé más de la cuenta en percatarme de que no iba sola, pues detrás de ella venía Alejandro.

Ese era el plan que tenía para aquella noche y por eso no había podido quedar conmigo.

Luna no tardó en verme y pude notar la sorpresa en sus ojos. Se disculpó con Alejandro y con Noelia, que entró la última, y se acercó hasta nosotros. Por un momento pensé que se limitaría a hacerme un gesto con la cabeza. No estaba seguro de lo que hubiera preferido.

—Hola, Eliot —saludó con las mejillas ligeramente sonrosadas.

—¿Qué tal, Luna?

—Bien, a tomar algo…

—Genial.

—Pues me voy. Hablamos.

—Sí, hablamos —respondí con toda la ironía que pude.

Era una conversación absurda y los dos lo sabíamos; los tres, si teníamos en cuenta que José no dejaba de mirarnos.

No pude apartar los ojos de ella mientras se alejaba.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó José perplejo.

—¿El qué?

—Vamos, no te hagas el idiota conmigo. Es ella, ¿verdad?

Era inútil mentirle, tarde o temprano se lo acabaría contando.

—Sí, ella es Luna, la hermana de Luz.

Le dije aquello porque me pareció más apropiado que confesarle que creía que me estaba enamorando de Luna y que el tío con el que había entrado en el bar era su novio.

—¡La hostia! —exclamó.

—Ni que lo digas. ¿Nos vamos? No me apetece seguir aquí.

—Por supuesto, pero a cambio tendrás que responder a algunas preguntas.

—Contaba con ello —intenté bromear.

Tuve que esforzarme por no mirar hacia ella ni una sola vez mientras salíamos de aquel bar.

Me estaba comportando de un modo absurdo, pues yo ya sabía que tenía pareja, aunque intentaba no imaginarlos nunca juntos. Supongo que por eso verla con él me había matado un poco.