24. Solo sexo
Luna
Estaba tan contenta con lo que acababa de decirme Patricia que no quería mantener aquella conversación con Eliot para que empañara mi felicidad. Aunque también sabía que no me quedaba más remedio.
Cuando lo propuse, tenía pensado hablar con él junto a la máquina de cafés de la oficina, pero por lo visto los planes de Eliot eran diferentes.
Así que bajamos a la cafetería de al lado y nos sentamos a una de las mesas, uno frente al otro.
¿Podía ser aquello más incómodo? «Yo creo que no», me dije.
Eliot empezó a hablar en cuanto nos sirvieron los cafés.
—Luna, quiero ser sincero contigo y no sé bien por dónde empezar.
—Con que el nombre de mi hermana no salga en la conversación me doy por satisfecha. —Intenté sonar lo más despreocupada posible, no sé si lo conseguí.
—No tengo ninguna intención de nombrar a tu hermana. Esto va de ti y de mí. —Desconozco si Eliot se dio cuenta del escalofrío que me recorrió—. Lo que quiero decirte es que no logro entender lo que me llevó a actuar como lo hice en la boda de Luz…
—Lo hicimos, fuimos los dos —lo corregí.
—Sí, lo sé, pero es que yo tengo una regla muy sagrada que no rompo jamás. Y es que nunca me lío con mujeres que tienen pareja. Y mucho menos cuando se encuentra en el mismo lugar… Es que no sé qué me ocurrió…
—Eliot, no le demos más vueltas. Pasó y punto, ya no podemos hacer nada para cambiarlo…
—Luna, es que creo que no me estás entendiendo o tal vez no me estoy explicando bien. Lo que intento decirte es que fue una locura y estuvo mal, pero no puedo dejar de pensar en ello. Y lo peor de todo es que me muero por repetirlo.
De todas la hipótesis que había barajado sobre lo que Eliot quería decirme, ninguna se acercaba, ni de lejos, a aquello.
—No hace falta que digas nada. Entiendo que tienes pareja y que me estoy metiendo en medio de algo y yo no soy así, pero es que siento una atracción por ti que hacía mucho que no sentía por nadie. En realidad, no estoy seguro de haberla sentido nunca.
No pude evitar pensar en mi hermana, pero los dos habíamos quedado en que no íbamos a nombrarla.
Me costó unos instantes asimilar lo que me estaba diciendo y en cuanto lo hice un agradable calorcillo me recorrió el cuerpo.
No quería hacerme ilusiones, lo único que él estaba diciendo era que se sentía atraído por mí.
Nada más. Pero pensé que podría lidiar con aquello. Que sería capaz de sobrellevarlo.
La verdad era que no tenía ni puta idea de dónde me estaba metiendo.
Mientras caminaba de vuelta a mi casa no dejé de reproducir la conversación que Eliot y yo habíamos mantenido.
Cómo acepté sin titubear lo que él me ofreció.
Cómo quedamos en vernos esa misma noche en su casa.
Cómo nos habíamos convertido en algo así como amantes sin serlo, porque en realidad yo estaba tan libre como él.
Una cosa tenía clara y debía mentalizarme de hacer: no iba a colgarme de Eliot, o no más de lo que ya estaba.
No me permitiría momentos de debilidad y aquello, lo que él y yo tendríamos, se reduciría solo al sexo.
Nada más. Eso me repetí una y otra vez mientras regresaba a mi casa esa mañana y mientras caminaba hacia la suya aquella misma noche.
Lo más curioso de todo aquello fue que le di muchas vueltas, pero en ningún momento barajé la opción real de no ir.
Llamé al timbre del portal y me abrió al momento.
Cuando salí del ascensor, él ya estaba esperándome en el umbral de la puerta, apoyado ahí con los brazos cruzados y el pelo revuelto.
Llevaba puesta la parte de abajo de un chándal gris y una camiseta negra.
No podía estar más guapo. Perdón, sí podía; de hecho, lo hizo al sonreír.
—Hola, Luna —susurró, y a mí me entraron ganas de lanzarme sobre él.
—Hola, Eliot —respondí llegando a la puerta.
Creí que iba a esperar, sin embargo, me agarró por la nuca y me dio un beso corto, pero tan intenso que me temblaron las piernas.
—No sabes la de horas que llevo pensando en esto.
«Luna, es solo deseo. Recuerda: nada más que sexo», me repetía una y otra vez a mí misma.
Eliot agarró mi mano y cerró la puerta en cuanto entré. Llegamos al salón y se giró para posar los ojos en mí. Volvió a acortar la distancia y me besó de nuevo.
—Perdona, es que ni siquiera estoy dejando que te sientes —se disculpó apartándose solo un poco de mí.
—No pasa nada; al fin y al cabo, no es una cita y he venido por esto, ¿no?
Algo cambió en su mirada, o tal vez solo fue cosa mía.
—De acuerdo —dijo con un tono de voz diferente—. ¿Quieres que lo hagamos aquí mismo o caminamos hasta mi habitación?
Estaba segura de notar el sarcasmo en su voz, aunque no entendía el motivo, fue él quien propuso todo aquello.
—Lo que prefieras —respondí con una indiferencia que estaba lejos de sentir.
Eliot resopló y me pidió que lo siguiera, pero en esa ocasión no cogió mi mano.
Llegamos a una habitación amplia y con una cama grande, los muebles eran bonitos y la hacían acogedora. Me llamó la atención lo perfectamente ordenada que estaba. No había nada fuera de lugar.
Tan absorta me hallaba contemplándolo todo que no me di cuenta de que Eliot se había movido por la estancia, de una esquina a otra, hasta que me percaté de que lo que estaba haciendo era apagar un par de velas. ¿Las habría puesto por mí? No, no tenía sentido, y menos si las estaba apagando.
Me acerqué a él y lo agarré por el cuello, uní mi boca a la suya y dejé de pensar.
Dejé de darle vueltas a lo que había entre Eliot y yo, a lo complicado que se estaba poniendo todo, a lo mal que estábamos haciendo las cosas…
Solo sentí. Sentí su lengua entrando en mi boca, el calor de su cuerpo cuando se pegó al mío, sus manos recorriéndome, desprendiéndose de mi ropa.
Eliot y yo podíamos no entendernos en algunos aspectos, pero estaba claro que en la cama lo hacíamos muy bien.
El ansia por tocarnos, por volver a estar desnudos el uno frente al otro nos invadió como solo sabe hacer el deseo feroz; con impaciencia y sin ningún tipo de control.
Y a las ganas que nos teníamos había que añadir que la última vez tuvimos que conformarnos con el sexo oral. Imagino que por eso se me escapó la sonrisa cuando vi que sacaba una caja de preservativos sin abrir en su mesita de noche.
Cuando no quedó ni una sola prenda de ropa que se interpusiera entre nosotros, nos tumbamos en la cama sin separar nuestras bocas.
Eliot bajó una de sus manos para acariciarme y jadeó al comprobar lo mojada que estaba.
Aun así, posó sus dedos entre mis pliegues y me acarició con suavidad.
Desconozco el tiempo que estuvimos acariciándonos y besándonos, si bien, cada vez que notaba que el orgasmo se acercaba, Eliot paraba de tocarme.
Me sentía como un volcán a punto de explotar, pero al que jamás le llegaba la liberación.
Hasta que por fin él se apiadó y entró en mí de una sola envestida, pues yo ya estaba más que lista; de hecho, me daba la sensación de que llevaba horas lista.
Empezó a moverse con una cadencia lenta, pero fuerte y profunda.
Me removí para que fuera más rápido, aunque me percaté de que lo que estaba intentando era que aquello durara más que en la boda de mi hermana.
Poco a poco fue acelerando el ritmo de sus embestidas y sin dejar de acariciarme dijo:
—Vamos, Luna, córrete para que pueda verlo.
No me hizo falta más. Y, mientras yo me corría y mi sexo oprimía al suyo, noté cómo él también lo hacía.
Salió de encima de mí soltando un jadeo ahogado. Definitivamente, el sexo entre nosotros no era un problema.
Me giré un instante para mirarlo y me entraron unas inmensas ganas de colocarle bien el mechón de pelo que le cubría la cara.
De eso y de acariciarlo. Menos mal que detuve mi mano a tiempo.
Con todo, aquel gesto que tuve que reprimir hizo que me pusiera en movimiento, no podía permitirme aquellos momentos de debilidad.
Eliot había expuesto perfectamente que solo quería sexo y eso era lo que yo me había comprometido a darle. Nada más.
Me levanté con pereza, pues después del espectacular orgasmo que había tenido lo único que me apetecía era volver a tumbarme en la cama y estar ahí las siguientes horas. También me apetecía repetir, pero me sentía demasiado vulnerable para eso. Lo mejor era salir corriendo de allí.
—¿Te vas? —preguntó Eliot a mi espalda sin poder ocultar el asombro en su voz.
—Sí —respondí escueta.
Y es que no sabía qué más decirle. ¿Que no quería sentir?
¿Que no me apetecía salir dañada de aquello que ni siquiera era una relación?
¿Que prefería poner distancia antes de tocarlo con otro tipo de intimidad?
¿Que quería repetir, pero que no sabía cómo desconectarme de lo que estaba sintiendo? No, no podía decirle nada de aquello.
Noté cómo el colchón se movía y supe que él también se estaba levantando. Salió de la habitación antes que yo, porque él solo se puso los calzoncillos. Yo lo que quería era vestirme y marcharme a mi casa.
Tenía un sentimiento rarísimo porque no me arrepentía de lo que había hecho, pero no quería continuar allí, necesitaba ver las cosas con perspectiva.
Una vez vestida, fui al baño y me lavé la cara con agua fría. Quería despejarme, aunque sirvió de poco.
Respiré hondo antes de dirigirme al salón. Lo primero que vi fue la mesa puesta y, al fijarme, comprobé que había dos cubiertos allí. ¿Querría que me quedara? Lo dudaba. ¿Estaría esperando a alguien? Joder, tenía que irme.
—Espero que por lo menos te quedes a cenar, he pedido pizzas.
Una especie de alivio me recorrió entera al percatarme de que no esperaba a otra persona, aunque no estaba segura de querer quedarme a cenar con él.
—Luna, solo será una pizza, después podrás marcharte. Una cosa es que quedamos en acostarnos juntos y otra que ni siquiera intercambiemos ni una palabra.
Tenía razón, así que aflojé mi postura y asentí con la cabeza.