22. Otra vez
Eliot
Llevaba semanas más confuso de lo habitual, lo cual era mucho decir porque, desde que Luz me comentó —mejor dicho, me afirmó con rotundidad— que era imposible que estuviera enamorado de ella, mi vida se había convertido en más caótica de lo normal.
Menos mal que no volví a saber nada de mi progenitor; aquello me daba cierta tranquilidad, por lo menos en ese ámbito de mi vida.
De lo que sí me di cuenta fue de que ya no me afectaba ver a Luz y a Aarón juntos, no tenía claro si era porque me había hecho a la idea o porque Luz tenía algo de razón y malinterpreté mis sentimientos.
Y, para mayor sorpresa por mi parte, me afectó mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir enterarme de que Luna iba a ir a la boda de su hermana acompañada por su pareja.
No podía dejar de pensar en si ya salía con él cuando estuvimos juntos.
Sabía que era una chorrada y que no tenía derecho a pedirle ningún tipo de explicación, pero no lograba alejar ese pensamiento.
Si todo aquello me afectó, el remate fue lo que sentí al verlos juntos en la boda de Luz.
Tenía que reconocer que hacían muy buena pareja y que se notaba la complicidad que había entre ellos —lo que me llevaba a deducir que debían de conocerse bien y desde hacía tiempo—.
Quizá por eso fui incapaz de despegar los ojos de él cuando, aquel día, agarró su cintura con posesión.
¿Qué demonios me estaba pasando? Y, lo que era aún peor, ¿cómo había podido decir que Luna era guapa delante de su novio, de su amiga y de su tía?
Que no es que fuera ninguna mentira y menos aquel día, que al verla llegar con su madre me había dejado hasta sin respiración, aunque habría estado mucho mejor callado, eso seguro.
Supongo que por ese motivo, al percatarme de que nos habían sentado juntos, me asaltaron los nervios.
En cambio, lo que creí que sería un infierno en realidad estaba yendo bastante bien, pues, a pesar de que Luna tenía a su pareja al otro lado, este parecía estar enfrascado en una charla interesantísima con Noelia. Hecho que utilicé para poder hablar libremente con ella.
—Un encanto tu tía, ¿eh? —ironicé sonriendo, porque menudo personaje me había parecido la señora.
—Uff, no lo sabes bien. Es una mujer horrible, pero es que a mí me tiene una manía especial que parece desatar solo conmigo.
—¿Quieres decir que con el resto del mundo es amable? —pregunté con cierto retintín.
—Tampoco te pases —bromeó—. Dejémoslo en que con el resto del mundo no se comporta como una psicópata.
—Una maravilla de mujer —susurré sonriendo.
—Un amor, sí. Me consuela saber que ya no debe quedarle mucho de vida —soltó sin inmutarse, y yo estuve a punto de escupir el vino. Después tuve que ahogar una risotada, pero solo lo conseguí a medias. Es que no se podía ser más bruta—. Es cierto, está entre los noventa y la muerte.
Ahí ya solté una sonora carcajada y supongo que se la contagié a ella, porque a los dos nos dio un ataque de risa que intentamos disimular sin mucho éxito.
Cuando se nos pasó, decidí cambiar de tema o al final acabaríamos llamado la atención de todos los invitados.
—¿Cómo llevas que esté a punto de salir una tercera edición de tu libro? —Me sentía tan orgulloso de ella y de todo lo que estaba logrando que no pude evitar que se me notara en la voz.
—Aún no puedo creerlo, la verdad.
—Pues créetelo, es…
Me detuve porque nuestras manos se tocaron y los dos alzamos la mirada para clavárnosla mutuamente.
No fue difícil deducir que ambos pensamos en aquella noche, cuando esas mismas manos recorrieron el cuerpo del otro.
Y estaba convencido de que no me imaginé el deseo que vi en sus ojos, pese a que apartó su mano de la mía con rapidez.
Sin embargo, a partir de ese momento empezó entre nosotros un juego que los dos estábamos dispuestos a jugar, aunque sabíamos que no había manera de que terminara bien.
Y es que los roces, las caricias encubiertas, las sonrisas y los flirteos se sucedieron durante toda la comida.
Era muy consciente de que quien saldría más jodido con todo aquello sería yo, pues no terminaba de tener claro lo que sentía por Luna.
Eso sin contar que ella tenía novio y que para más inri estaba sentado al otro lado de ella.
Aun así, fui incapaz de pararlo; aunque, si era del todo sincero, tampoco me esforcé demasiado.
Imagino que no lo hice porque me pilló por sorpresa que Luna cambiara tanto su actitud hacia mí. Y eso me estaba gustando en exceso.
Pese a que lo estaba disfrutando, toda aquella situación me había dejado tan impactado que tardé un rato en entender que el gesto que Luna acababa de hacerme, al levantarse, era para que la siguiera.
Con total seguridad se notaría que los dos faltábamos en la mesa, pero fue algo que me dio exactamente igual.
Me había vuelto un auténtico kamikaze, o un gilipollas, dependiendo de cómo se mirara.
El caso fue que caminé tras ella hasta que llegó a una puerta que abrió para entrar en una habitación que yo desconocía que estuviera allí.
Ahí tuve mis dos segundos de lucidez; ¿qué ocurriría si nos pillaban?
Se podría liar una muy gorda. ¿Sopesé esa posibilidad?
Ni por un instante, solo pasó fugazmente por mi mente y la aparté a un lado.
El único pensamiento que tenía en la cabeza era que Luna estaba dentro de esa habitación y yo quería estar con ella.
Eché el cerrojo en cuanto entré en aquel cuarto, que parecía un baño, pero que no lo era, pues se trataba de una estancia mucho más amplia, y clavé mis ojos en los de Luna.
No nos hizo falta más. Los dos acortamos la distancia que nos separaba y nos fundimos en un beso que hablaba de deseo, pero también de desesperación, de ansia y de necesidad.
Caminamos sin separar nuestras bocas hasta llegar a una especie de diván antiguo que se encontraba en un rincón.
Aparté un momento a Luna de mí para que se sentara en él, tenía intención de que aquellos instantes me ayudaran a serenarme, pero resultó que, al mirarla, con los labios inflamados, los ojos ardientes y la respiración entrecortada, tuvo el efecto contrario.
Pasé mis manos por su espalda y bajé la cremallera del mono que llevaba, tuve que levantarla un momento para poder quitárselo y aproveché para volver a besarla.
Fue aún peor cuando la tumbé de nuevo ya solo con la ropa interior.
Y me sorprendí al percatarme de cuánto había echado de menos volver a tocarla, volver a tenerla así.
Intenté aclarar mis pensamientos, aunque, lejos de llegar a la conclusión de que aquello no era una buena idea, que estábamos en la boda de Luz, encerrados en un cuarto y que podrían pillarnos de un momento a otro, en lo único que podía pensar era en que deberíamos darnos prisa.
Pero en ningún instante se me pasó por la cabeza no tocarla, alejarme.
Mis dedos subieron por sus piernas hasta detenerse en la unión de sus muslos.
Luna jadeó y a mí se me escapó un resoplido.
Le bajé las bragas con cierta brusquedad y me arrodillé ante ella.
Tenía tantas ganas de volver a probar su sabor que no me anduve con ninguna contemplación, eso y que debía hacer que se corriera con rapidez, pues teníamos que salir de allí lo antes posible.
Me sentí orgulloso de mí mismo cuando no tardé ni tres minutos en conseguirlo.
Los dos sabíamos que no podíamos pasar de ahí, pues no llevábamos preservativos.
Por eso cuando noté el último espasmo en su cuerpo me puse en pie y me coloqué bien la camisa, pero Luna tenía otros planes para mí y no tardó en ser ella la que me bajó los pantalones, a pesar de que intenté disuadirla en un par de ocasiones.
Fui igual de rápido que ella, algo que no me sorprendió porque no recordaba haber estado tan excitado en mi vida.
Creo que cuando los dos salimos de aquella habitación no habían transcurrido ni diez minutos, aunque también era muy consciente de que habíamos intercambiado jadeos y gemidos, pero ni una sola palabra.
Ni siquiera para quedar en salir por separado y con unos minutos de diferencia. Hasta eso lo hicimos sin hablar.
Me encontré con ella en la mesa cinco minutos después.
Estaba hablando con Alejandro y aquella imagen, justo después de lo que había ocurrido entre nosotros, me sentó como un puñetazo en el estómago.
Así que, antes de volver a sentarme, decidí caminar un rato por los alrededores.
Todavía no había llegado al pequeño riachuelo que cruzaba aquel paradisíaco lugar cuando oí que me llamaban.
Cerré los ojos porque posiblemente era la persona con la que menos ganas de interactuar tenía en aquellos instantes.
—Hola, Luz —dije cuando llegó junto a mí—. Enhorabuena, de nuevo.
—¿Adónde vas? —preguntó obviando mis felicitaciones.
—Necesitaba que me diera el aire.
—No ha sido buena idea ponerte al lado de Luna, ¿verdad? Mira que se lo dije a Aarón —comentó chasqueando la lengua.
Me sorprendió que la idea de sentarnos juntos fuera de él y no de ella.
—No, qué va. Todo está perfecto. Tú hoy no tienes que preocuparte por nada. Anda, vuelve a la mesa —la apremié, porque necesitaba estar solo.
—Me vendrá bien alejarme un rato. Me están poniendo, entre todos, la cabeza como un bombo.
Caminamos en silencio hasta que me percaté de que Luz se estaba ensuciando toda la cola del vestido.
—¿Estás segura de que quieres seguir? Te vas a acabar rompiendo el vestido.
—Qué más da, si no voy a volver a ponérmelo nunca.
—Vamos, Luz, que nos conocemos. Suelta lo que hayas venido a decirme y lárgate ya, que es tu boda y estás perdiendo el tiempo aquí conmigo.
—Eliot, eres mi amigo, nunca pierdo el tiempo contigo. Eres tú el que parece estar dispuesto a desperdiciarlo.
—¿Ves?, ahora vas afinando. No te cortes, sigue, sigue —la animé con sarcasmo.
—¿Qué os traéis entre manos mi hermana y tú?
—Sea lo que sea, no es asunto tuyo —intenté no sonar borde, no estoy seguro de que lo consiguiera.
—No te estoy preguntando por lo que habéis hecho quince minutos encerrados en el cuarto de la novia, que por si no te has dado cuenta es el mío. Solo quiero tener claro que no os habéis vuelto locos. ¿O se os ha olvidado que la pareja de Luna está sentada justo a su otro lado?
—No, te aseguro que soy muy consciente de ese detalle —solté con inquina.
Antes de responder, Luz clavó sus ojos en mí y los entrecerró.
—Ni siquiera sé qué responder a eso. ¿Te has dado cuenta por fin de que no es de mí de quien estás enamorado?
Incluso tuvo la desfachatez de cruzarse de brazos y de mirarme como si yo fuera imbécil.
—No estoy enamorado de tu hermana —afirmé categórico.
—¿No? ¿Estás seguro de eso? Porque lo disimulas de pena.
—Me he acostado con ella un par de veces, ¿y qué? —Si lo que habíamos hecho hacía unos minutos podía llamarse así.
Era consciente de que me estaba poniendo a la defensiva y de que empezaba a no sentir nada de lo que decía.
—Pues que tú nunca has querido complicaciones, que lo primero que hacías cuando deseabas acostarte con alguien era asegurarte antes de que estaba libre. Y lo segundo, que tu carta de presentación era que no se hicieran ningún tipo de ilusiones contigo.
—No creo que Luna esté ilusionada.
—No me refería a eso, y lo sabes.
—¿Entonces? —pregunté con chulería.
—Odio cuanto te haces el tonto conmigo. A lo que me refiero es a que ya no es solo que Luna esté emparejada, es que su novio está aquí. ¡Joder!
Luz había alzado la voz, en su boda. Aquello no pintaba bien, y lo peor de todo era que tenía razón.