La chica imperfecta 21. La boda
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21. La boda

Luna

Por supuesto, nuestra madre no tuvo ni un ápice de compasión para despertarnos a la mañana siguiente. Intenté taparme con las sábanas alegando que yo no tenía que levantarme tan temprano. No funcionó.

Me quité la ropa de la noche anterior y me puse un pijama, pues imaginé que estaría mucho más cómoda para lo que se me venía encima.

No me equivoqué porque al salir al salón ya había allí un ejército de mujeres: la peluquera, la maquilladora, la fotógrafa y un par de ayudantes.

Yo me escabullí para entrar en la cocina y allí me encontré con mi padre.

—Necesito un café —murmuré dirigiéndome hacia la cafetera.

—Creo que un ibuprofeno tampoco te iría mal —bromeó desde el rincón donde estaba sentado.

—Toda la razón. Voy a llevarle lo mismo a Luz, estoy segura de que me lo agradecerá.

Me fui directa al armario donde se guardaban los medicamentos y salí de la cocina con un café y un ibuprofeno para mi hermana que a duras penas pude darle, pues ya estaban todas aquellas mujeres encima de ella.

Pensé en irme a dar un paseo para ver si lograba despejarme un poco y para escapar de aquel bullicio.

Sin embargo, mi madre tenía otros planes para mí, porque por lo visto yo también iba a necesitar que me peinaran y me maquillaran —como si no supiera hacerlo solita—.

Aunque después de que nos pillara la noche anterior no me atreví a llevarle la contraria.

De manera que durante las siguientes horas me sometí a aquella tortura intentando quejarme lo menos posible.

No permití que me hicieran nada demasiado sofisticado y pedí que me dejaran el pelo suelto, así que me marcaron unas ondas bastante discretas.

Cuando acabaron conmigo y me miré en el espejo me costó creer que la persona que me devolvía la mirada fuera yo.

No se trataba de que no me peinara o no me maquillara, pero ni lo hacía con demasiada frecuencia —me refiero a estirarme el pelo y esas cosas, peinarme sí que me peinaba cada día— ni, por supuesto, del modo en el que lo habían hecho ellas.

—Ay, hija, estás preciosa —suspiró mi madre. Yo clavé los ojos en ella, que se veía feliz y radiante.

—¡Pues anda que tú! —exclamé—. Pero, vaya, que hoy no es ni tu día ni el mío y la que tiene que estar guapa es Luz. Aunque, claro, eso a ella le costará más bien poco —bromeé sin un ápice de ironía, rencor ni celos.

Con toda aquella puesta a punto la mañana se pasó en un suspiro y cuando quisimos darnos cuenta ya era la hora de salir de casa.

Luz estaba espectacular, más de lo habitual, y yo me sentía cómoda, que para mí era lo más importante.

Me había decantado por un mono color vino, con escote en forma de corazón, estrecho por la parte de arriba, ancho por abajo y con bolsillos.

Lo acompañé con unas sandalias sin mucho tacón que parecía que no iban a hacer que al terminar el día tuviera que amputarme los pies.

La ceremonia sería en el restaurante, así que, cuando llegamos allí, mi madre y yo nos adelantamos, pues mi padre y mi hermana entrarían más tarde.

Lo primero que vi al caminar por aquel pasillo fue a Aarón, que parecía nervioso y no dejaba de ajustarse el cuello de la camisa con el dedo índice. Le hice un gesto intentando tranquilizarlo, para que supiera que habíamos llegado.

De verdad que, cuanto más avanzaba la boda, más absurdo me parecía todo.

¿Qué pensaba mi cuñado, que mi hermana no iba a aparecer?

Pero si estaba colada por él. ¿No hubiera sido mucho más sencillo que durmieran juntos, se arreglaran juntos y fueran los dos al restaurante?

Así evitarían nervios y tonterías varias.

O, ya puestos, mandar a la mierda todo aquello y con lo que se habían gastado en aquel convite haber hecho un pedazo de viaje.

Madre mía, me hacían los ojos chiribitas solo de pensarlo.

Lo único de todo aquello que contaba con mi aprobación era que no había demasiados invitados, solo las personas de su círculo más íntimo.

Después de esa ráfaga de pensamientos llegué a la conclusión de que si estaban nerviosos que se jodieran, porque aquellos nervios los habían elegido ellos.

Mi madre y yo nos dirigimos hacia la primera fila, donde ya nos esperaban mi falso novio y Noelia. Me quedé un poco cortada porque no sabía cómo saludar a Alejandro, no habíamos hablado de eso. Al final terminamos dándonos un fugaz y torpe beso en los labios.

No me costó localizar a Eliot, de hecho, lo había visto al caminar hacia el primer banco. Estaba sentado en la fila siete, junto a otros compañeros de la editorial. Lo saludé con la cabeza y él me devolvió el saludo con una sonrisa.

Suspiré y llegué a la conclusión de que tal vez cabía alguna posibilidad de que todo aquel lío terminara bien.

Nos acomodamos en los asientos y esperamos a que mi hermana hiciera acto de presencia —debo decir que se hizo de rogar y tardó más de diez minutos. En fin…—.

La ceremonia resultó bonita y emotiva, pero lo que más me gustó fue su corta duración. Sí, me estaba dando cuenta de que era una romántica (nótese aquí la ironía).

Nada más terminar, nos encaminamos a la sala donde se serviría el aperitivo.

Solo me había tomado el café al levantarme y estaba muerta de hambre, imaginaba que Luz estaría igual.

Esperaba que no tardara mucho la sesión de fotos o terminaría dándole un bocado a la cámara o a alguien, porque mi hermana cuando tenía hambre era como yo, nos poníamos de muy mal humor.

Casi me abalancé al primer camarero que salió con una bandeja de canapés. Cogí tres con la excusa de que me había mareado hacía un rato y necesitaba ingerir algo. Caminé hacia un rincón para comerlos con cierta tranquilidad.

—Mira que eres maleducada, aquí apartada de todo el mundo—cacareó una voz tras de mí.

¡Mierda! Me había olvidado de que la bruja también estaba invitada.

—Que es exactamente lo mismo que estás haciendo tú —le eché en cara antes de meterme otro canapé en la boca.

—Yo soy una persona mayor que está descansado…

—Pues sigue descansando, pero la lengua, porque…

—Hola, Luna.

Cerré los ojos porque, si ya era malo que mi tía estuviera allí, que se encontrara con Eliot solo hacía que empeorar las cosas. Había albergado la ingenua esperanza de no tener que presentarlos.

—Hola, Eliot —susurré para que mi tía no me oyera, pero resultó absurdo porque esa mujer tenía un pie en la tumba, pero un oído excelente.

—Vaya, este es el famoso Eliot.

Fruncí el ceño, pues no tenía ni idea de que hubiéramos hablado tanto de él como para que la momia lo llamara de aquel modo.

—Hola, señora. Hasta el momento desconocía que fuera famoso —respondió él, y yo puse los ojos en blanco.

—Eliot, esta es mi tía Gertrudis, una señora encantadora —ironicé, aunque no estuve segura de que Eliot pillara la ironía—. Tía, este es Eliot.

—Encantada de conocerte, muchacho. Y dime, ¿de qué conoces a mis sobrinas? —La voz aflautada de la urraca me puso la piel de gallina.

—Conozco a Luz de hace mucho tiempo y desde hace unos meses trabajo en su editorial.

—Está bien que con la que más hayas coincidido haya sido con Luz, al menos te habrás llevado una buena imagen de la familia, porque la otra…

—La otra soy yo, por si no te ha quedado claro —mascullé dirigiéndome a Eliot.

—Con Luna he trabajado en la portada de su libro y…

Menos mal que al dinosauro le pudo la inquina que me tenía y cortó a Eliot, porque no estaba segura de que me gustara lo que él estaba a punto de decir.

Por si el ambiente no estuviera ya bastante caldeado, Alejandro y Noelia eligieron aquel preciso momento para hacer acto de presencia.

—Hola —saludó Alejandro apartándose con reticencia de Noelia y pasando su mano por mi cintura.

—Hola, estaba haciendo las presentaciones entre mi queridísima tía y Eliot —les dije. Los dos sonrieron, pues tanto Alejandro como Noelia conocían mi aversión por ella.

Alejandro me sonrió y, justo cuando yo le estaba devolviendo la sonrisa, noté cómo alguien se movía.

—Tú debes de ser la pareja de Luna. Encantado, yo soy Eliot.

¿Podría ya abrirse una grieta en el suelo y engullirme, por favor?

—Encantado, yo soy Alejandro —respondió estrechando su mano.

—Así que este es tu novio, déjame que lo vea. —Mi tía clavó los ojos en el pobre Alejandro, que no sabía dónde meterse—. Pues es guapo —dijo con sorpresa.

—¡Claro que es guapo! —exclamé enfadada—. No sé qué co… esperabas.

—Pues es que hoy no estás mal porque te has adecentado un poco, pero el resto de los días…

—Luna es una mujer preciosa —me defendió Eliot, y el ambiente se tensó. Nos rodeó un silencio incómodo.

No había sido muy normal ni adecuado que fuera precisamente él quien hiciera aquella observación.

—¿Y tú quién eres para decir algo así? —lo interpeló mi tía clavando sus ojos en él.

—Solo un hombre con ojos en la cara. Si me perdonáis… —objetó Eliot dando media vuelta para marcharse, dejándome con una estúpida sonrisa en la boca.

Me percaté de que había sido la primera vez que no le rebatía algo así, que no le respondí que más guapa le parecía mi hermana ni ninguna pulla parecida. Solo acepté el cumplido y ya está.

Lo seguí con la mirada hasta que desapareció de mi vista.

—Qué insolente decir algo así de una mujer con su pareja delante —refunfuñó mi tía.

—Definitivamente vives en el siglo pasado. Anda, vamos —le pedí a Alejandro tirando de su mano, y mientras caminaba agarré también la de Noelia para sacarla de allí.

Si pensaba que la tensión ya había terminado estaba muy equivocada, porque mi hermana había cedido sentando a Noelia al lado de Alejandro, pero es que a mi otro lado se le ocurrió la maravillosa idea de sentar a Eliot.

¡Pues, hala, ya estábamos todos!