20. La noche anterior a la boda
Luna
Como era de esperar, mi madre me llamó aquella misma noche. Barajé la posibilidad de no cogerle el teléfono, pero supe que aquello sería absurdo y que era capaz de presentarse en mi casa si la preocupaba en exceso.
—Ahora que no está tu hermana ya puedes largar —dijo mi madre en cuanto descolgué.
—¿Cómo sabes que no te lo quería explicar por Luz? Igual es contigo con quien no quiero hablar.
—Porque soy tu madre. Y porque sé lo sensible que estás con todo lo que tenga que ver con Eliot, así que deja de cambiar de tema y ve al grano.
Cómo sabía mi madre que toda aquella farsa estaba relacionada con Eliot era algo de lo que no tenía ni la más remota idea.
—Mamá, es que no quería que la tía hiciera de casamentera conmigo y con Eliot. Quizá ahora ya no está la cosa tan mal entre nosotros —pensé en la cantidad de mensajes que habíamos intercambiado últimamente—, pero es que cuando todo ocurrió yo estaba…
—Dolida, hija, estabas dolida. Es normal. Continúa.
—No, si no hay mucho más que explicar. Involucré a Alejandro y el pobre sin comerlo ni beberlo se ha visto arrastrado a esta farsa. Lo peor es que creo, bueno, no creo, sé que siente algo por Noelia y ella por él y yo, con todo este lío, he terminado metiéndome en medio.
—La verdad es que me sorprende viniendo de ti.
—¿El qué? —pregunté como la ingenua que era.
—Que seas tan idiota, qué va a ser. Hubiera sido tan fácil como pararle los pies a tu tía, que por otro lado es algo que se te da la mar de bien.
—Lo sé —lloriqueé—, pero es que en aquel momento no se me ocurrió otra cosa.
—En fin. A ver cómo sales de esto.
—Mamá, no estás ayudando —me quejé.
—Es que no creo que quieras oír lo que estoy pensando.
Aquello me puso en guardia porque mi madre no era, precisamente, de las que se callaban nada.
—En realidad, sí quiero saberlo —pedí sin estar del todo convencida.
—Hija, Eliot te gusta más de lo que estás dispuesta a admitir; de lo contrario, no hubieras montado toda esta parafernalia…
—Imaginando que eso sea cierto, que tampoco lo estoy afirmando, el problema es que Eliot está enamorado de Luz.
—No estoy segura de que eso…
—Mamá, lo oí y Luz también, así que ya está. Iré a la boda de mi hermana acompañada de mi ex, que está enamorado de mi amiga, para evitar que la tía Gertrudis me empareje con Eliot, que está enamorado de mi hermana…
—Es que menudo lío… —suspiró mi madre.
—La cuestión es que debo de tener algo malo para que nadie se enamore de mí —intenté que el final sonara a broma, aunque estaba convencida de que no lo conseguí.
—No hay absolutamente nada malo en ti, y no quiero que hables así —me regañó mi madre.
—Lo sé, mamá, lo sé. Solo estaba bromeando.
—Pues no me gusta que bromees con esas cosas. Si Eliot y Alejandro no saben apreciarte, que se jodan. ¿Me oyes?
—Alto y claro —respondí sin poder reprimir la sonrisa.
—Pues repite conmigo: ¡que se jodan!
Me lo hizo repetir gritando y al final a las dos nos dio la risa, tenía la seguridad de que esa había sido su intención. Pero lo cierto fue que cuando colgué el teléfono me sentía mucho mejor.
La semana pasó volando. Lo más destacable fue que Eliot y yo continuamos hablando por WhatsApp.
No acababa de entender qué me llevaba a responder cada uno de sus mensajes.
Quizá que hablábamos de cosas banales, muchas veces incluso divertidas.
Tal vez porque teníamos un buen puñado de cosas en común, o podría ser que mi madre tuviera razón y Eliot me gustara «un poco bastante».
El caso fue que durante aquella semana había sido la persona con la que más hablé.
Y eso era mucho decir, porque el señor Fermín me había visitado todas las tardes.
Así que los días se sucedieron con tal rapidez que antes de darme cuenta llegó la noche previa a la boda. Luz me había pedido que durmiera también en casa de mis padres, con ella, y yo acepté encantada.
Llegué allí un rato antes de la cena y me senté en el sillón junto a mi padre, que parecía ser el único que mantenía la calma aquella noche.
—No entiendo lo nerviosa que está por algo que desea tanto y que tiene milimétricamente controlado —le susurré en cuanto me acomodé.
—Eso mismo pienso yo, pero qué sabrá un viejo de estas cosas. —Mi padre solo se llamaba viejo o se hacía el enfermo cuando le interesaba. Por eso lo miré sonriendo—. Y tú, ¿cuándo vas a hacer una absurdez de estas?
—¿Te refieres a una absurdez como casarme? —pregunté alzando una ceja.
—Sí, o algo así.
—Algo así aún te lo compro, pero casarme con todo este paripé ya te digo yo que no. Nunca.
—No, no te pega en absoluto —reflexionó él.
—¿Y qué me pega, papá? —indagué con curiosidad.
—Alquilar una casa con barbacoa y piscina, rodeada solo de los más allegados. Nada de ropa elegante, ni peinados elaborados, ni ceremonias… Solo risas y diversión.
Pues sí que me conocía bien, sí.
No pudimos continuar hablando porque mi madre nos llamó para poner la mesa. Había preparado la comida preferida de Luz y mía y el olor que salía de la cocina me estaba haciendo la boca agua.
Comimos en silencio, pues mi madre se había superado y la sopa y las croquetas estaban deliciosas.
Nuestra comida favorita distaba mucho de ser algo excesivamente elaborado o extravagante, aunque a mí las croquetas me daban tanto trabajo que prefería no hacerlas.
Cuando acabamos con el postre, un espectacular tiramisú, me recosté en la silla y me llevé las manos a la barriga. No me cabía ni un bocado más.
—Mamá, estaba todo espectacular —dije con sinceridad.
—Ya ves tú; está claro que no os hemos criado en la sofisticación, porque sopa y croquetas es más un menú infantil que otra cosa.
—Eso es porque no han probado ni tu sopa ni tus croquetas —añadió mi padre.
—Y cambiando de tema —lo cortó mi madre, dado que le costaba recibir halagos; ni idea de a quién habíamos salido mi hermana y yo—, no logro entender cómo vais a dormir, ya sabéis que vuestro padre transformó uno de los cuartos y…
—Mamá, la que era la habitación de Luna tiene ahora dos camas. Sobreviviremos —ironizó Luz.
—Estoy segura de ello, pero intentad descansar, aunque sea un poco, porque mañana va a ser un día lleno de emociones.
Me aguanté para no poner los ojos en blanco, aunque al mirar a mi padre no pude evitar sonreír. Mi madre y mi hermana hablaban de la boda como si en lugar de pasar por la peluquería y comer en un buen restaurante fueran a embarcarse para ir a la guerra.
—No te preocupes, mamá, tengo pensado descansar. —Luz siempre tan correcta.
—Qué va, mamá, pienso llevarme a Luz de fiesta.
Llegar aquí, bien entrada la madrugada, borrachas como cubas con el tiempo justo para que Luz pueda ducharse y ponerse su vertido de novia.
—No me quedó más remedio que desmentir aquello en cuanto vi la mirada de pánico de mi madre—.
Vamos a portarnos bien —cedí resoplando.
Hubiera sido genial pasar la última noche de soltera de mi hermana de bar en bar, pero estaba claro que aquella maravillosa idea solo me lo parecía a mí.
Una hora más tarde Luz y yo estábamos acostadas en la que fue mi habitación durante un montón de años. Ni siquiera recordaba la última vez que me fui a la cama tan temprano.
Pensaba que mi hermana ya estaría dormida, por eso me sobresalté cuando me susurró:
—Luna, ¿estás despierta?
—No paras de moverte, claro que estoy despierta.
—Es que no puedo dormirme, estoy nerviosa.
—¿Y qué quieres hacer? —pregunté girándome hacia ella y apoyando el codo en la almohada.
—Me ha parecido muy buena idea lo que has propuesto antes.
No necesité más para salir de la cama de un bote.
—Hay que hacerlo con sigilo, si mamá nos pilla nos resultará mucho más difícil escaparnos —dije mientras me quitaba el pijama.
—Yo diría que casi imposible.
—Por eso hay que hacerlo bien.
—Oirá la puerta al cerrarse —protestó Luz.
—Eso nos da igual porque ya estaremos fuera.
Debió de parecerle la respuesta correcta porque salió de la cama y las dos nos vestimos intentando hacer el menor ruido posible.
Caminamos con todo el cuidado del mundo por el largo pasillo, el problema llegó cuando Luz se tropezó con una de las sillas del salón y le dio la risa floja. Risa que me contagió a mí también. Cosa que hizo que corriéramos hasta la puerta.
Cuando salimos me lo tomé como un pequeño triunfo y en cuanto cerramos la puerta las dos corrimos escaleras abajo como si volviéramos a ser dos crías que habían desobedecido a su madre.
Entramos en el primer bar que encontramos y pedimos el cóctel más cutre de la carta. Y durante las siguientes horas repetimos en otros lugares.
Llegamos a casa bien entrada la madrugada y nos creímos invencibles cuando después de un par de intentos logramos abrir la puerta y nos encontramos con todo a oscuras.
No nos habían pillado. O eso pensamos hasta que de pronto las luces se encendieron de golpe, algo que nos hizo entrecerrar los ojos.
—Al final habéis hecho lo que os ha dado la gana —refunfuñó mi madre cruzándose de brazos. Mi hermana y yo intercambiamos la mirada de ella a nosotras y nos dio la risa—. Anda, que vaya cogorza lleváis. Meteos en la cama, ya que apenas vais a dormir unas pocas horas.
Fue marchándose hacia su habitación con ímpetu y quejándose por lo bajo, algo que hizo que mi hermana y yo volviéramos a reír.
Caminamos más o menos en línea recta hasta nuestra habitación y nos dejamos caer en la cama. Ni siquiera nos quitamos la ropa ni los zapatos.
—Luna —murmuró mi hermana pasados unos segundos.
—Dime —respondí ya medio dormida.
—Gracias, ahora sí que podré dormir.
—No hay de qué.
—Me lo he pasado tan bien contigo…
—Yo también, Luz, yo también.
No estoy segura de que mi hermana oyera la última frase que dije porque nos quedamos dormidas casi en el acto.