La chica imperfecta 19. El vestido
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19. El vestido

Luna

Las últimas semanas habían sido una montaña rusa y empezaba a necesitar bajar un poco las revoluciones.

Por un lado, estaba el tema de mi libro, que me estaba dando tantas alegrías que aún me costaba creerlo.

Si la cosa continuaba así, era posible que en breve saliera una tercera edición y yo aún me encontraba flotando en una nube.

Por otro lado, la boda de mi hermana había acaparado todo el protagonismo y el tiempo, y yo no terminaba de entender cómo había logrado transmitirme su nerviosismo. Y por último estaba Eliot…

El día que salimos de aquel bar, aún no había llegado a mi casa cuando recibí un wasap suyo.

Eliot:

Por mí no hay problema con lo que ha dicho Luz. Lo último que deseo es estropearle el día de su boda.

Yo:

Pienso lo mismo.

Eliot:

Además, no creo que tú tengas ningún problema en ignorarme y pasarlo bien si vas a ir acompañada.

Yo:

Tampoco creo que a ti te suponga un gran esfuerzo beberte unos cuantos mojitos y fingir que no se está casando la mujer de la que estás enamorado.

No era mi intención entrar a matar, pero es que me lo había puesto a huevo. Comprobé que Eliot leía mi mensaje y en cuanto vi que se había desconectado guardé el móvil. Sin embargo, no tardó en volver a escribirme. Lo hizo aquella misma noche.

Eliot:

Hola. Solo quería hacerte una pregunta: cuando nos liamos, ¿estabas saliendo con él?

No se me pasó por alto que no volvió a la conversación de aquella misma mañana y que no respondió a mi último wasap.

Yo:

Si eso hubiera sido así, tampoco sería de tu incumbencia. Solo fue una noche. Solo fue sexo.

Eliot:

¿Y entonces por qué estás tan cabreada conmigo?

En esa ocasión fui yo quien no se esperaba aquella respuesta y decidí no contestarle. Podría haberle explicado que no era lo mismo, que Luz era mi hermana, pero preferí dejarlo estar.

Con todo, volvió a escribirme un par de días más tarde. Hubo un momento que estuve a punto de volver a bloquearlo; en cambio, y sin entender el motivo, no lo hice.

Eliot:

Mira lo que tengo.

El wasap iba acompañado de una foto en la que se veía la mano de Eliot agarrando mi libro. De fondo, una librería que no lograba reconocer.

Eliot:

Estoy por ponerme a gritar que he sido yo quien ha diseñado la cubierta.

Y así fue como Eliot empezó a enviarme fotos de mi novela en diferentes sitios. No me escribía cada día, pero sí con bastante asiduidad, aunque no volvimos a hablar ni de mi pareja —imaginaria— ni de sus sentimientos por mi hermana.

Esa mañana me levanté temprano, aunque me hubiera apetecido quedarme en la cama hasta las mil. Era sábado y podría haberlo hecho si no me hubiera comprometido a acompañar a Luz.

Lo cierto era que a mí todo aquello me parecía que rozaba lo ridículo, pero entendí que para mi hermana era importante, así que llegué puntual a casa de mis padres. Fue mi madre la que me abrió.

—Hola, hija. Pasa, a ver si logras calmar a tu hermana. —Por el tono de su voz, ella también parecía alterada.

—¿Por qué? ¿Está más nerviosa de lo habitual? —casi grité, a punto de entrar en pánico.

—Un poco sí, claro que la presencia de tu tía no es que ayude mucho.

Por poco no me rompo el cuello de lo rápido que me giré a mirarla.

—¡No me jodas que está aquí la bruja! —exclamé dando un paso hacia la puerta.

—Se ha presentado sin avisar y, en cuanto a tu hermana se le ha escapado que íbamos a la última prueba del vestido de novia, se ha apuntado. Ha sido imposible hacerle cambiar de idea.

—¡Me cago en la puta! —volví a exclamar, esta vez frotándome la cara.

—Esa boca, Luna —me regañó mi madre.

A mí no se me ocurría un plan peor que acompañar a mi hermana a que se probara por millonésima vez su vestido de novia, que ya me dirás para qué cojones tenía que hacerlo tantas veces; ni que engordara y adelgazara diez kilos cada semana.

Pero es que, si encima a esa tortura se apuntaba la momia, hubiera preferido que me arrancaran los ojos de las cuencas con una cuchara oxidada.

Dejé que mi madre entrara primero al salón, en un burdo intento de disponer de unos instantes para hacerme a la idea de la mañana que me esperaba.

—¿Ya ha llegado la otra? —oí que preguntaba Tutankamon.

«La otra». Qué forma tan sutil de hacerme sentir como una mierda.

Porque esa sola palabra daba a entender que mi hermana era la importante, yo solo «la otra».

Respiré profundamente intentando que las palabras de una moribunda amargada no me afectaran o lo hicieran lo menos posible porque estaba convencida de que esa mujer era como los perros o los tiburones, que olían el miedo y la sangre a distancia.

—Sí, ya estoy aquí —dije al entrar en el salón—. La que no deberías estar eres tú.

—Voy a ver el vestido de novia de mi sobrina favorita.

—Bah, ni siquiera es tu sobrina. Y con asistir a la boda ya era castigo más que suficiente.

—¿Estás intentando decirme algo? —preguntó frunciendo el ceño.

—Sí, que te vayas a tu casa y nos dejes tranquilas —refunfuñé dejándome caer en el sofá.

—Querida, hoy estás incluso más impertinente de lo que viene siendo habitual en ti. ¿Te ha dejado ya tu novio? Si no lo ha hecho, imagino que no tardará mucho. A ver quién es capaz de aguantar a alguien como tú…

—¡Ya está bien! —Nos interrumpió mi madre alzando la voz, y todas la miramos—. No voy a permitir que le estropeéis el día a Luz, así que, si no os veis capaces de comportaros, nos iremos ella y yo solas.

La bronca de mi madre surtió efecto y le calló la boca a mi tía, por lo menos hasta que llegamos a la tienda y empezamos un tira y afloja por lo bajini, sin que nadie más nos oyera.

—Deberías aprender de tu hermana y casarte de una vez, antes de que no te quiera nadie —murmuró cerca de mi oído mientras mi madre ayudaba a mi hermana a cambiarse en el probador.

—¿Como te ha pasado a ti?

—Hablo en serio. ¿Por qué no te casas con el tipo ese con el que sales?

—Porque una boda está al final de mi lista de prioridades.

—No puedes…

Lo que mi tía tuviera que decir se quedó interrumpido por la salida del probador de mi hermana con su vestido de novia puesto.

Luz era una mujer impresionante, eso lo sabíamos todas las presentes y todo el universo, pero es que con aquel traje parecía… Estaba increíble.

—Aarón se va a caer de culo cuando te vea —dije sonriendo.

—Estás preciosa —añadió mi tía emocionada. Yo me giré y clavé mis ojos en ella, pues creía que era incapaz de llorar; bueno, de llorar, de reír o de expresar algún tipo de emoción, más allá del resentimiento o de la amargura.

—¿Qué miras? —me soltó.

—Nada, solo pensaba que debes de tener ya un pie en la tumba y por eso haces cosas extrañas, como albergar sentimientos.

Una fugaz y mínima sonrisa se dibujó en su rostro y, aunque la hizo desaparecer con rapidez, estaba convencida de haberla visto.

Era la segunda vez que captaba algo así en ella y no tuve claro qué sentir el respecto.

Tampoco le di más vueltas porque volví a clavar rápidamente la mirada en mi hermana y sin querer, pese a que todo aquello me parecía una auténtica absurdez, me emocioné al verla tan preciosa y feliz.

La enorme sonrisa que ella mostraba hablaba de lo conmovida y contenta que se sentía, por lo que no pude hacer otra cosa que levantarme, acercarme y estrecharla entre mis brazos.

Fue un acto tan natural y espontáneo que supe que hasta mi madre se había sorprendido, y eso que hacía tiempo que mi hermana y yo logramos cambiar nuestra relación por completo y teníamos muchos más gestos de cariño la una hacia la otra.

—Estás preciosa —susurré pegada a su cuello.

—A mí me encanta, pero no sé si…

—No tengas dudas, Luz.

Estuve a punto de decirle algo así como que era ese, que ese vestido se había hecho para ella o alguna otra cursilería por el estilo, pero no me hizo falta porque mi hermana me entendió sin tener que verbalizarlo (menos mal).

Aunque también era cierto que, si Luz hubiera decidido casarse con el vestido más feo que tuvieran, seguiría estando preciosa.

Al salir de la tienda nos encaminamos a casa de mis padres, donde mi hermana dejaría el traje de novia. Luz había decidido hacerlo de la forma tradicional y la noche antes de la boda se quedaría a dormir allí —otra cosa absurda que sumar a la lista—.

Pensé en que por fin iba a poder marcharme a casa, pero cuando empecé a despedirme mi hermana me mató con la mirada y supe que aquello no iba a poder ser, así que me resigné a olvidarme de mi sofá y de mi libro.

Lo mejor de todo fue que mi tía llegó a la conclusión de que era demasiado para ella volver caminando y decidió marcharse. Aquello me alegró y empecé a tomarme la mañana de otra manera. Por lo menos hasta que despedimos a mi tía y mi madre se giró hacia mí y me dijo:

—Y ahora que tu tía se ha marchado y estamos las tres más tranquilas, vas a hacer el favor de explicarme qué te traes entre manos.

Sabía que acabaría sacando el tema y que no me quedaría de otra que confesar, pero no quería hacerlo delante de Luz, pues era amiga de Eliot y pésima para guardar secretos de ese tipo. Así que lo único que se me ocurrió fue alzar los hombros y salir del paso como buenamente pude.

—Acabo de acordarme que me he dejado el lavavajillas encendido. Mamá, luego te llamo y te lo explico todo. Luz, vas a estar preciosa; más de lo normal, quiero decir. Nos vemos pronto. —La última frase la tuve que gritar porque me fui alejando a medida que hablaba.

Sabía que ni por asomo mi madre iba a dejar las cosas así, pero yo había ganado un poco de tiempo.

O eso creí.