18. Promesas
Luna
Cuando abrí la puerta de mi piso ya se encontraban todos allí.
Virtudes y Rosario trajeron varias cosas para picar y Alejandro se había pasado por mi restaurante favorito, lo supe por el logo de las bolsas que estaban sobre la mesa.
No pude evitar pensar que habría sido una velada estupenda si no fuera por la bomba que me tocaba soltar.
Así que desde que llegué hasta que casi terminamos de cenar no di pie con bola.
Respondí y participé de las conversaciones de manera mecánica.
Estaba dispersa y supongo que por eso se me cayó un vaso lleno de agua encima y me mojé entera, por lo que tuve que ir a cambiarme.
Mientras me ponía la ropa seca en mi cuarto, decidí que de nada serviría alargar aquella situación y que debía hablar ya con Alejandro, pues cuanto antes me lo quitara de encima sería mucho mejor.
Me lo fui repitiendo al salir, al volver a sentarme en la silla, así que una vez acomodada y sin mirar a nadie dije:
—Alejandro, necesito que te hagas pasar por mi pareja en la boda de mi hermana. —Continué comiendo, pese a que un denso silencio se instauró en el salón.
—Perdona, ¡¿qué?! —preguntó Alejandro con un tono de auténtica perplejidad.
—Le he dicho a la bruja de mi tía Gertrudis que tenía pareja y que iba a llevarla a la boda de Luz, y encima he matizado que esa pareja eras tú.
—Lo que no entiendo es por qué has hecho tal cosa —dijo Alejandro, y por su tono de voz supe que, aunque no estaba enfadado, tampoco parecía contento, claro.
Lo primero que hice al levantar la cabeza de mi plato fue mirar a Noelia, que tenía los ojos fijos en él.
Su mirada reflejaba anhelo y un deseo que era incapaz de ocultar.
No pude evitar sentir lástima por la situación y porque la petición que acababa de hacerle a Alejandro no iba a ayudar a que lo suyo avanzara.
—Porque mi tía es odiosa y si supieras cómo me trata…
—Luna, te conozco, si solo fuera por eso la hubieras mandado a la mierda y listo —me interrumpió cruzando los brazos y frunciendo el ceño. Sabía que quería una explicación y, si le había pedido que hiciera algo como aquello, estaba claro que debía de dársela.
—Lo cierto es que no sé cómo salió el nombre de Eliot…, mi tía lo asoció conmigo… y me dio pánico que intentara hacer de celestina.
Todos los que estaban allí conocían mi historia con Eliot, el único que no estaba al tanto era Fermín y ya me había encargado yo de que lo estuviera hacía solo un rato, durante el trayecto a mi casa.
—¿Y se te ocurrió la maravillosa idea de meterme a mí por medio? —me interrogó Alejandro.
—Fue lo primero que se me vino a la cabeza para salir del paso. Siento mucho haberte puesto en esta situación, entendería perfectamente que no quisieras hacerlo.
—Sabes muy bien que no voy a decirte que no —respondió, y mi mirada fue directa hacia Noelia, que bajó los ojos a su plato. Volví a mirar a Alejandro solo para comprobar que la estaba mirando a ella. Menudo triángulo había montado yo solita.
—A ver si me aclaro —dijo Virtudes—. ¿Vas a ir a la boda de tu hermana acompañada de Alejandro para que tu tía no haga de celestina entre Eliot y tú?
—Eso es —respondí, porque lo había resumido a la perfección.
—Pero si eso sería lo mejor que podría sucederte.
—¿Cómo dices? —pregunté, dado que no entendía lo que quería decir.
—Luna, por más que intentes ocultarlo, te has enamorado de Eliot, o, si no lo estás aún, te quedan un par de encuentros más con él para que eso ocurra. Por lo tanto, que os emparejen es maravilloso.
—Virtudes, Eliot está enamorado de mi hermana —dije con rotundidad.
—Luz va a casarse con un hombre estupendo y Eliot no tiene nada que hacer ahí.
—Sí, pero no es tan fácil. Que Luz vaya a casarse no cambia el hecho de que él siga enamorado de mi hermana.
—Está claro que me faltan muchos datos, pero me apostaría mi colección de posavasos a que lo que le ocurre a Eliot es que está más confundido que una brújula rota.
—Sea como sea, yo lo oí confesándole a Luz que estaba enamorado de ella.
Se hizo un silencio que me ayudó a ordenar un poco mis ideas. Hasta que, unos instantes después, Alejandro lo rompió.
—De acuerdo, te acompaño y me hago pasar por tu pareja, pero con una condición —alegó con contundencia.
—Lo que quieras. —Solo faltaría que después de lo que iba a hacer por mí no aceptara lo que él me pidiera.
—Quiero que hables con Luz y que consigas que Noelia se siente a mi lado. Si debo tenerte en un lado a ti, en el otro quiero que esté ella.
Y aquello sonó a declaración encubierta. Sé que a mi amiga le pareció lo mismo porque se sonrojó muchísimo.
Todo apuntaba a que las cosas se iban arreglando.
Solo me quedaba hablar con Luz e inventarme algo para que sentara a Noelia junto a Alejandro sin que pareciera una petición un tanto extraña.
A ver qué se me ocurría. De momento iba a disfrutar de haber logrado salir de aquel embrollo más o menos bien.
Cambiamos por completo de tema y hablamos de un buen puñado de cosas.
Virtudes, Rosario y Fermín se centraron en comentar el nuevo libro del club de lectura, que les estaba entusiasmando, y también hablaron del traspaso de la panadería de la esquina que hasta hacía una semana había regentado Emilia, una mujer que llevaba detrás de aquel mostrador desde que la adquirió su madre y ella solo tenía quince años.
Muchos vecinos habían bajado el día anterior a despedirse, fue bonito porque era una mujer muy querida por el barrio.
Aunque no fui capaz de centrarme demasiado en las conversaciones, porque me dediqué a mirar a Alejandro y a Noelia solo para comprobar que algo había cambiado entre ellos.
Ojalá el lío en el que me había metido —y los había arrastrado a ellos— ayudara a que dieran el paso que, tenía claro, estaban deseando dar.
Aquella noche me metí en la cama proclamada campeona de póquer de la velada y mucho más tranquila que la noche anterior, en la que me costó mucho conciliar el sueño. Imagino que por esa razón me quedé dormida casi en el acto.
Ingenua de mí, creí que aquel problema quedó resuelto en cuanto Alejandro aceptó hacerse pasar por mi pareja.
Lo dicho, en ocasiones me puede el optimismo.
A la mañana siguiente me propuse pasarme el día encerrada en casa escribiendo y alternarlo con la lectura.
Era sábado y tenía pensado descansar, pero mis planes se vieron alterados en cuanto mi hermana me llamó para pedirme que nos viéramos, pues tenía algo que comentarme respecto a la boda.
Me extrañó que necesitara verme para ello y no pudiera contármelo por teléfono, aunque terminé cediendo y quedando un par de horas más tarde, en un bar que estaba bastante cerca de mi casa.
Me puse lo primero que encontré, que resultaron ser unas mallas y una camiseta ancha que había conocido tiempos mejores. Me hice una coleta y al salir cogí el bolso y las gafas de sol.
Mientras caminaba me alegré de que Luz me hubiera llamado, pues hacía muy buen día y el sol calentándome el rostro me estaba sentando genial.
En cambio, todo ápice de buen humor se desvaneció en el mismo instante que entré en el bar donde había quedado con mi hermana y me la encontré acompañada de Aarón y de Eliot.
Estuve a punto de darme la vuelta, pero ya me habían visto y no era plan.
—Hola —saludé apretando la mandíbula y clavando los ojos en Luz para ver si se daba por aludida y entendía que no estaba nada contenta con aquella encerrona.
—Hola —respondieron casi todos a la vez.
Me senté —quizá con cierta irritación— en la silla que estaba vacía, junto a mi hermana y Eliot. Me pareció bien porque, al quedar este a mi lado, no tenía que mirarlo a la cara.
—Pues vosotros diréis —pedí con impaciencia, tamborileando los dedos contra la superficie de la mesa.
—He decidido que nos encontremos aquí porque quería hablar con los dos sobre mi boda y al no tener ninguna relación con el trabajo he creído más apropiado hacerlo fuera de Letras —explicó mi hermana alternando la mirada de Eliot a mí—.
Veréis, sois mi mejor amigo y mi hermana y desearía que las cosas entre vosotros fueran de otra manera, pero como bien me ha hecho entender Aarón yo no puedo cambiar eso, así que lo único que deseo es que me digáis qué está en mi mano hacer para que os sintáis lo más cómodos posible.
No podía creer que mi hermana hubiera montado todo aquello, que me obligara a ver a Eliot y a sentarme junto a él, solo para eso. ¿No podría habérmelo preguntado a mí y luego, en otro momento, a él?
Respiré hondo para tranquilizarme porque Luz no tenía la culpa de nada, aparte de que la intención era buena. La miré a los ojos cogiéndole las manos.
—Luz, vas a tener una boda increíble y nada ni nadie va a empañarla…
—Pero es que quiero que vosotros estéis bien —protestó interrumpiéndome.
—Y lo estaremos, no te preocupes por eso.
—Además, ya te ha dicho Luna que vendrá acompañada por su pareja, no sé por qué le estás dando tantas vueltas —terció Aarón sin apartar los ojos de Eliot.
—Si sé que tenéis razón, pero es que quiero veros bien —repitió.
—Y estaremos bien —respondí girándome hacia Eliot para que confirmara mis palabras. Sin embargo, la intensa mirada que me estaba dedicando no ayudó a mi cometido.
Menos mal que pasados unos instantes dijo:
—Luz, no te preocupes. Luna tiene razón, estaremos bien, tú solo tendrás que disfrutar de tu día.
—Tal vez estoy pareciendo una egoísta —añadió mi hermana, y Aarón puso los ojos en blanco—, pero no se trata de que quiera que mi día sea perfecto, o no solo eso, vaya. Se trata de vosotros. Lo que quiero es que también lo disfrutéis, lo paséis bien, os divirtáis…
—Lo haremos, te lo prometo —susurré apretando sus manos, pues aún no las había soltado.
Y así fue como, por primera vez en mi vida, hice una promesa que no estaba segura de poder cumplir.