La chica imperfecta 17. Buenas noticias
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17. Buenas noticias

Luna

Era viernes. Casi había pasado una semana desde que le aseguré a mi tía que iría a la boda de mi hermana acompañada de Alejandro y todavía no había hablado con él.

Aprovecharía que aquella noche venían todos a jugar al póquer para sacar el tema.

Me sentía más segura si me encontraba rodeada de Fermín, de Virtudes y de Rosario; estaba convencida de que ellos me ayudarían.

En aquellos momentos iba camino de Letras, ya que mi hermana me había llamado hacía un rato para decirme que quería comentarme algo relacionado con el trabajo y, tal y como teníamos pactado, lo haríamos en la editorial.

Aceleré el paso para terminar cuanto antes, pues estaba muerta de hambre.

No tenía ni idea de lo que Luz quería decirme.

Mis pensamientos, siempre tan saboteadores, ya habían barajado un millón de hipótesis, desde que la novela estaba yendo muy mal hasta que habían decidido rescindir el contrato.

Y, por más que intentaba escapar de aquel negativo bucle, me resultaba imposible lograrlo.

Tan concentrada estaba que cuando salí del ascensor terminé chocando con alguien. No me hizo falta levantar la cabeza para saber de quién se trataba, el olor de Eliot era inconfundible.

—Hola, Luna —susurró.

Y yo odié la manera en que su voz me afectaba, como si algo caliente se expandiera dentro de mí.

No el modo en el que se siente cuando estás cerca de una estufa, sino un calor que provenía de dentro.

Hice todo lo posible para que no lo notara, aunque no estaba segura de que mis mejillas no se hubieran encendido.

—Hola, Eliot —saludé, intentando no paladear demasiado su nombre.

No entendía qué demonios me ocurría con aquel tío.

Normalmente solía ser una mujer bastante racional, o por lo menos no era una auténtica pava.

Respiré hondo y recordé que él estaba enamorado de mi hermana, y no solo eso, sino que se había acostado conmigo pensando en ella. Aquello me dio el valor que necesitaba.

—¿Me dejas pasar? —Aunque sonó como una pregunta, mi intención fue decirla más bien como una orden, pero me salió regular.

—Luna, creo que deberíamos hablar. Vamos a continuar viéndonos, ya sea por aquí o por otros lugares, sin ir más lejos en la boda de tu hermana, y no me gusta cómo nos tratamos cada vez que nos encontramos.

Juro que me mordí la lengua e intenté que mis siguientes palabras no destilaran ni amargura ni acidez, pero me temo que fracasé estrepitosamente.

—Quizá deberías haberlo pensado antes de acostarte conmigo mientras pensabas en mi hermana. —Sí, señor, lo había bordado.

—Yo nunca he dicho eso —afirmó con una rotundidad que no me creí.

—Pero tampoco lo has desmentido. Mira, Eliot, he quedado con Luz. Tengo prisa, así que si me dejas pasar…

—Me gustaría poder aclarar las cosas contigo.

—Yo no me preocuparía por eso. Ya ha pasado bastante tiempo. Además, creo que las dejaste bien claras.

—No, no tanto. Lo que quiero decir…

Nunca supe lo que quería decirme porque mi hermana eligió aquel momento para llamarme. Había caminado hacia donde estábamos y ya casi había llegado hasta nosotros.

—Tengo que marcharme —repetí.

Eliot suspiró y llamó al ascensor.

—Hasta pronto, Luna.

—Adiós, Eliot.

No lograba entender por qué aquella conversación me había entristecido.

Tal vez por la insistencia de Eliot en explicarme algo que para mí estaba tan claro, es que no había forma de que pudiera justificarlo, por lo menos no conmigo.

Seguramente todo lo que me había tocado vivir con mi hermana no ayudaba a que lo viera de otro modo.

Y tal vez era cierto que estaba siendo obstinada, pero es que ya me había cansado de sentirme así, como si no fuera más que la sombra de ella, como si yo no contara, como si no fuera válida o digna.

Luz me sacó de mi ensimismamiento al agarrarme del brazo.

—¡Hola! Venga, vamos a mi despacho, que tengo algo que contarte.

Aquello consiguió que volviera a conectar con lo que me había llevado allí: mi hermana quería decirme algo sobre mi novela. Los nervios regresaron al momento. Caminé junto a ella por inercia y en cuanto llegamos a su despacho me dejé caer en la silla que había frente a la suya.

—Vamos, dímelo, no me trates diferente por ser tu hermana. Voy a poder con esto igual que he podido con otras cosas —dije de carrerilla, y me percaté de que estaba hablando más para mí misma que para ella.

—¿De qué estás hablando, Luna? —preguntó con extrañeza.

—De que esto es como las tiritas, suéltalo del tirón, es lo mejor.

—Pero es que no entiendo qué crees que voy a decirte.

—Pues que la salida de la novela ha sido un desastre, que estoy a punto de hundir la editorial. ¡Yo qué sé!

—Luna, respira. La editorial no va muy boyante, pero tampoco se iría a pique por algo así.

De todas maneras, lo que quiero decirte es más bien todo lo contrario.

Vamos a poner en marcha la segunda edición de La chica imperfecta.

Es cierto que no sacamos una tirada demasiado grande, pero está funcionando mejor de lo que preveíamos. Enhorabuena.

Necesité un buen rato para asimilar lo que Luz acababa de decirme. Tanto que mi hermana volvió a hablar antes de que yo fuera capaz de contestar.

—¿Me has entendido, Luna? ¿Estás bien?

Y aun así no pude abrir la boca. Solo fui capaz de levantarme y estrecharla entre mis brazos. Con la voz tomada, porque estaba a punto de llorar, le susurré:

—Gracias por creer en mí y en mi novela.

—Es una novela maravillosa. —Ella no se ocultaba y yo sabía que se había emocionado y que estaba a punto de echarse a llorar.

Sin embargo, su siguiente comentario me pilló con la guardia baja—.

Y después de esta estupenda noticia quiero que me expliques en qué momento has vuelto con Alejandro y por qué yo no sabía nada al respecto.

Me quedé en blanco, no supe qué decirle, aún estaba asimilando lo que acababa de contarme sobre mi novela y tenía el convencimiento de que había sacado el tema justo en aquel momento porque sabía que iba a sucederme eso.

—Yo… mmm… —Esa era yo respondiendo con coherencia.

—Hombre, algo tendrás que decir, ¿no?

Me aclaré la garganta e intenté ordenar mis pensamientos.

—Acabamos de volver y no quería decir nada hasta que no estuviera más segura, pero es que la tía Gertrudis hace aflorar lo peor de mí y no pude contenerme.

—Eso lo entiendo perfectamente, qué mujer más insoportable.

—Lo que no logro comprender es el motivo por el que has decidido invitarla a tu boda. —Me callé que aquello fue lo que detonó que tuviera que mentirle a mi tía y de rebote a ella.

—Ay, no sé, me dio lástima.

—Luz, la tía Gertrudis puede provocar muchas cosas, pero lástima…

—Es que está tan sola…

—Por algo será —solté con impertinencia.

—Lo sé, lo sé. No me digas nada más, que he empezado a arrepentirme.

—Pues llámala y dile que te lo has pensado mejor y que ya no está invitada. Lo más probable es que al oírlo le dé un ataque al corazón. Ganamos todos.

—Mira que eres burra. Anda, vamos a comer, que estoy hambrienta y no pienso con claridad; capaz serías de hacer lo que dices.

—Yo no le veo ninguna fisura, la verdad —dije haciendo que Luz riera, pues se lo tomó como una broma, pero lo cierto era que a mí me parecía una idea buenísima.

Durante la comida, mi hermana y yo estuvimos hablando de su boda; de los invitados, la comida, el convite…

Nada relacionado con el trabajo, eso lo dejábamos para cuando estábamos en Letras.

Tampoco era que yo pudiera ayudarla mucho porque a mí toda aquella parafernalia me resultaba ridícula, exagerada e innecesaria.

Pero, claro, a Luz le hacía ilusión y yo estaba allí para escucharla.

Nos despedimos y yo me fui hacia la galería, ese día había hecho un cambio con mi compañera y me tocaba trabajar de tarde.

De esa manera el señor Fermín me pasaría a buscar a la hora de cerrar y nos iríamos juntos a mi piso para picar algo y jugar al póquer.

Todo hubiera resultado maravilloso si no fuera porque me tocaba pedirle a mi amigo que se hiciera pasar por mi pareja en la boda de mi hermana.

Un amigo que estaba convencida de que se había enamorado de mi compañera de piso.

Si es que la cosa no hacía más que mejorar.

«En fin, paso a paso o terminará dándome un ataque de ansiedad», me dije a mí misma mientras abría la puerta de la galería.

Fermín y yo fuimos caminando y charlando hacia mi piso.

Por un fugaz momento barajé la posibilidad de contárselo todo, de explicarle lo que me había ocurrido, cómo me sentí y la mentira que dije para acallar a la anciana decrépita de mi tía.

Antes de pararme a pensar que tal vez cuantas menos personas lo supieran sería mucho mejor, me vi relatándole absolutamente todo, desde la noche en la que Eliot y yo nos acostamos hasta nuestro último encuentro en Letras.

—¿Y dices que está enamorado de Luz?

—Sí, fue justo lo que oí y mi hermana también lo oyó, claro. Por eso tengo la certeza de que no fue una mala interpretación por mi parte.

—Pues no sé qué decirte. Lo que sí tengo claro es que el lío que has formado con lo de Alejandro va a traer cola. Los enredos y las mentiras nunca acarrean nada bueno, a no ser que pasen los años y lo mires en perspectiva; entonces puedes incluso reírte de ello.

—No creo que llegue a reírme nunca de este follón.

—Hazme caso, el paso del tiempo hace milagros con estas cosas.

Nos quedamos unos instantes en silencio hasta que casi habíamos llegado a la puerta de mi piso y Fermín volvió a hablar.

—Entonces, ¿tienes pensado comentarlo hoy con Alejando, pedirle que se haga pasar por tu pareja en la boda de tu hermana?

—Exacto.

—Tampoco lo veo tan descabellado, por lo que me has contado él te aprecia y ya habéis sido pareja.

—El problema no es ese, lo malo es que Alejandro y Noelia, mi amiga y compañera de piso, están enamorados, aunque uno no se lo haya confesado al otro. Y me temo que esta farsa mía no hará más que distanciarlos.

—Espera un momento —me interrumpió Fermín deteniéndose en mitad de la acera—. ¿Con esto me estás diciendo que Noelia también está invitada a la boda de tu hermana?

—Exacto —repetí.

—Eso sí que es rizar el rizo, y te doy toda la razón cuando dices que es un lío tremendo.

Yo más bien añadiría alguna palabrota, como «lío de cojones», «puto lío»… o algo así. Y es que el berenjenal en el que me había metido por culpa de la momia de mi tía era algo que ni yo misma terminaba de entender.