La chica imperfecta 16. Mi encantadora tía Gestrudis
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16. Mi encantadora tía Gestrudis

Luna

El temido domingo había llegado. Tenía las mismas ganas de ver a la tía Gertrudis que de que me hicieran una colonoscopia sin sedación. Estaba casi convencida de que aquella mujer era la reencarnación de Satán y no, no era una exageración.

Seguramente por eso vi muy apropiado limpiar el piso aquel día.

Pararme a pensar no era una buena idea, más que nada porque mi libro salía al día siguiente y no quería entrar en pánico.

El «modo limpieza» también me sirvió para desfogarme.

Aparte de eso, si terminaba llegando tarde a casa de mis padres tampoco pasaría nada.

O por lo menos eso creí yo hasta que recibí una llamada de Luz.

—¿Sí? —dije con cautela.

—Luna, necesito que vengas, se me había olvidado lo insoportable que es la tía Gertrudis —murmuró. Yo supe, por su forma de hablar, que debía de estar encerrada en algún sitio.

Desgraciadamente a mí no se me había olvidado y tampoco fue mi idea invitarla a ninguna merienda, y mucho menos a una boda. Quise soltárselo a mi hermana, pero terminé por callarme porque me dio lástima.

—Llego en quince minutos —dije dejando lo que estaba haciendo y poniéndome en marcha.

—Gracias, Luna.

No me dio tiempo a contestarle porque Luz ya había colgado.

Salí de mi casa sin cambiarme de ropa y, si el día que me encontré con Eliot mis pintas eran horribles, creo que en aquella ocasión incluso me superé.

Una maravilla, si teníamos en cuenta que estaba a punto de encontrarme con Belcebú.

Aunque creí —ingenua de mí— que mi apariencia no podría echar más leña al fuego, pues, siempre que nos veíamos, mi tía encontraba diez mil cosas con las que meterse conmigo y seguro que aquella solo sería una más.

Veinte minutos, ese fue el tiempo exacto que tardé en llegar a casa de mis padres y también el que necesitó tía Gertrudis para desesperar a todos los miembros de mi familia: cuando mi madre me abrió la puerta, vi que ya tenía cara de estar a punto de perder los nervios; mi padre directamente había desaparecido de allí alegando que no se encontraba bien —menudo cobarde—, y mi hermana —que, por otra parte, había sido la culpable de toda aquella situación— estaba sentada frente a mi tía con cara de querer hacerse el harakiri.

—Hola a todas —saludé al entrar en el salón en un burdo intento de suprimir los besos y no tener que dárselos a mi tía.

—Tú estás más gorda —me soltó nada más verme.

—Sí, es cierto, y tú más vieja —respondí, porque hacía mucho tiempo que decidí no callarme a ninguna de sus pullas.

—Lo mío ya no tiene remedio, pero tú, que aún no tienes ni novio, podrías tratar de cerrar la boca.

—Y tú el pico de cotorra que…

—Luna, cariño, ¿quieres algo de beber? —interrumpió mi madre.

La pobre llevaba regular aquellas batallas verbales. A ella le habían enseñado a ser respetuosa con las personas mayores, a mí también, solo que aquella víbora me sacaba de quicio.

—Un café con un chorro de ginebra —le pedí intentando que sonara a broma, pero lo cierto era que no llevaba ni dos minutos en presencia de mi tía y ya me moría de ganas de largarme de allí.

—Luna… —me advirtió mi madre.

—Échale más ginebra que café, a ver si así conseguimos que se calle —murmuró mi queridísima tía, lo suficientemente fuerte como para que la oyéramos todas.

—Si la ginebra consigue eso, será mejor que traigas un embudo, mamá —repliqué. Mi madre prefirió marcharse y desapareció en la cocina.

—¿No te da vergüenza que tu hermana pequeña se vaya a casar antes que tú? —volvió al ataque; si es que casi no me dejaba respirar entre una pulla y otra.

—La verdad es que ninguna. Y somos gemelas, tía.

—Pues tú pareces mayor y…

—Y más gorda y fea… —terminé yo la frase por ella.

—No pongas en mi boca cosas que no he dicho.

—A ver lo que tardas en hacerlo —solté mientras le mostraba mi sonrisa más falsa.

—Estábamos hablando de Aarón, dice tía Gertrudis que tiene ganas de conocerlo —intervino Luz por primera vez, en un burdo intento de destensar el ambiente.

—Seguro que él tiene las mismas ganas. —Es que no podía callarme, era estar cerca de ese carcamal y no ser capaz de parar.

—Eres una insolente, niña, siempre lo has sido —me regañó.

—Gracias, tía. Mejor ser insolente que una amargada.

—Yo creo que es más o menos lo mismo —dijo clavándome la mirada, y aquello sí me jodió.

Estaba a puntito de escupir todo el veneno que me estaba subiendo por la garganta cuando mi madre apareció con mi vaso de café.

—Tómatelo, hija.

—Elisa, parece mentira que hayas educado a tus dos hijas por igual, porque una da la sensación de proceder de Mayfair y la otra de un suburbio de Covent Garden.

No pude evitar soltar una carcajada ante la mención de aquellos lugares, porque hablaba de ellos como si aún estuviéramos en la época victoriana.

—¿De qué te ríes, si puede saberse? —graznó con enfado.

—De que a veces se me olvida que prácticamente eres una momia.

A mi hermana le dio la tos y a puntito estuvo de escupir el café que se estaba bebiendo.

Con todo, lo que más me impactó fue que tía Gertrudis se llevó la taza a los labios en un intento de ocultar la media sonrisa que se le escapó, aunque le salió mal porque en el último momento logré verla.

Eso me hizo pensar que tal vez aquellos duelos verbales no le disgustaban tanto como hacía ver.

—Luz, ¿seremos mucha gente en la boda? —preguntó la bruja cambiando de tema.

—No, las personas más cercanas, algún amigo y compañeros de la editorial.

Aquel comentario de mi hermana me hizo caer en algo que no había pensado hasta ese momento.

—A la boda vendrá Eliot, ¿verdad? —susurré con la ligera esperanza de que dijera que no.

—Sí, Luna, es que es mi amigo… —se justificó mi hermana sin mirarme a la cara.

—¿Quién es Eliot? —preguntó la urraca mirándonos a las dos.

Justo en ese instante me di cuenta de mi metedura de pata e intenté arreglarlo.

—Te lo acaba de decir Luz, un amigo suyo.

—Y, si es un amigo suyo, ¿para qué quieres saber tú si va o no va a la boda? A menos que para ti sea algo más…

No, desde luego no había arreglado una mierda. Al contrario, cometí la imprudencia de hablar de Eliot delante de mi tía y me tocaba pagar por ello.

—No, no es nada, tan solo sentía curiosidad —dije, a pesar de que sabía bien que aquello no sería suficiente.

—Claro, claro, ya sabes lo que dicen de que la curiosidad mató al gato. —Clavó los ojos en mí antes de continuar y supe que lo que estaba a punto de decir no iba a gustarme—. Me parecerá muy interesante conocer a ese tal Eliot y ver si está tan interesado en ti como tú en él.

Una gota me cayó por la espalda, y es que estaba empezando a sudar.

De todo con lo que mi tía podría amenazarme, aquello era sin duda lo que más pánico me daba.

Supongo que por ese motivo hablé sin pensar, dije lo primero que pasó por mi cabeza sin contar con nadie y sin tener en cuenta las consecuencias.

—Creo que eso no sería adecuado, ya que iré acompañada de mi pareja —solté la bomba sin levantar la mirada de mi taza de café.

Mi madre, que hasta ese momento había permanecido callada —estaba convencida de que intentaba pasar lo más desapercibida posible—, hizo un extraño ruidito con la boca y Luz me miró visiblemente ofendida, como si enterarse de aquel modo le hubiera dolido.

—Iba a preguntar quién es el afortunado, pero me temo que eso sería mucho decir.

No entendía por qué había tanta gente encantadora que moría joven y mi tía iba a terminar enterrándonos a todos. Imaginaba que era debido a todo el veneno que acumulaba dentro, debía de haberse vuelto inmune.

—Se llama Alejandro —alegué con una seguridad que no tuve ni idea de dónde provenía.

Me estaba metiendo yo solita en un lío monumental. A ver cómo salía de ahí; esperaba que, con un poco de suerte, mi tía estuviera muerta para la boda.

—Pero, Luna, yo no… Quiero decir que… —Mi hermana se estaba atascando porque todo aquello le sonaba rarísimo, y a la pobre razón no le faltaba—. Lo que quiero decir es que la boda es el mes que viene y yo… Bueno, está todo bien.

He de reconocer que no oí ni una sola palabra de lo que dijo después de aclarar que se casaría en un mes —algo que yo sabía ya, pero que mi cerebro creyó conveniente olvidar—.

Porque era demasiado justo como para que mi tía la diñara y yo iba a tener que pedirle a Alejandro que me acompañara a la boda o soportar que la bruja hiciera de casamentera con Eliot.

Así que sí, Alejandro me acompañaría y a cambio yo haría lo que fuera, hasta entregarle a mi primogénito, si fuera preciso.

El único inconveniente era que Luz mentía fatal, y si yo quería que aquello funcionara debería convencerla de que había vuelto con él.

No es que quisiera engañarla, pero me temía que no iba a quedarme más remedio que hacerlo.

Lo dicho, que yo solita me había metido en un follón importante.

Giré la cabeza hacia mi madre y supe, por el modo en el que me miraba, que ella no se había tragado ni una sola palabra. Me gustó que no lo hiciera, porque por lo menos tendría a alguien con quien desahogarme.

—Pues, si está todo aclarado, yo voy a marcharme, que mañana sale mi novela y cuando empiece a ponerme histérica quiero estar en mi casa.

—Como si eso supusiera un gran cambio. Pareces estar histérica la mayor parte del tiempo. Ya me dirás qué tiene que contar en un libro de amor alguien como tú, que se ha pasado la mayor parte de su vida sola.

Era una señora tan encantadora, había sido una idea tan maravillosa que mi hermana la invitara a su boda, iba a aportar tan buen ambiente…

—Ten cuidado, tía, que parece que estés hablando de ti —dicho eso me levanté y sin esperar la réplica me despedí—. ¡Que paséis buen día! —grité desde la puerta.

Cerré cuando mi tía empezaba a hablar, por lo que no oí lo que decía. Mucho mejor, pues su aportación, fuera cual fuera, me la traía al pairo.

Mientras volvía a mi casa fui discutiendo conmigo misma sobre el motivo por el que me había inventado todo aquello.

Era cierto que la tía Gertrudis me sacaba de quicio, pero no debí darle ese poder, porque me tocaba mantener con Alejandro una conversación sumamente incómoda.

Eso sin contar que Noelia también estaba invitada a la boda y que con toda seguridad no le haría ni puñetera gracia que él me acompañara a mí y no a ella.

Aunque yo estaba convencida de que ninguno de los dos iba a decir en voz alta nada de aquello, porque eso sería reconocer cosas que aún no habían aclarado entre ellos.

Si es que no podía haberlo complicado todo más de lo que lo había hecho.

Pensar en aquel lío me vino bien para no enfrentarme al hecho de que al día siguiente mi novela estaría en todas las librerías y plataformas del país.

Porque en cuanto tomaba conciencia me temblaban las piernas y notaba el estómago revuelto.

Así que, para evitar vomitar en medio de la calle, preferí continuar dándole vueltas a la boda, a mi tía y a que no iba a quedarme más remedio que asistir acompañada de Alejandro.