La chica imperfecta 15. Mi cita
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15. Mi cita

Eliot

Llevaba unas semanas bastante perdido. Después de la conversación que tuve con Luz, o, mejor dicho, del monólogo que se marcó para regañarme por «creer» estar enamorado de ella, había pensado mucho en ello y le había dado cantidad de vueltas.

Cuando se me pasó un poco el cabreo inicial por cuestionar mis sentimientos, llegué a la conclusión de que, tal vez, un poquito de razón sí tenía.

Quizá había confundido una pizca lo que sentía por Luz y a medida que transcurrían los días me fui percatando aún más.

Porque me daba igual verla junto a Aarón, mi pulso no se aceleraba.

Sí que me gustaba compartir tiempo con ella, por supuesto, pero cuando intentaba imaginarnos a los dos desnudos en una cama algo me hacía sentir mal, como si aquella imagen no terminara de cuadrarme, y eso resultaba jodidamente extraño porque Luz era una mujer preciosa y yo no me consideraba alguien muy selectivo con las mujeres con las que me acostaba, ya que solo se trataba de sexo.

Todo aquello me tenía bastante mosqueado, dado que yo llevaba mucho tiempo convencido de que la quería, pero tal vez, solo tal vez, era cierto que en mi forma de quererla no había nada de romántico.

Así que decidí, después de meses sin quedar con nadie, que había llegado el momento de hacerlo.

Llamé a Carmen, la cual se parecía mucho a mí y disfrutaba del sexo sin compromiso, pero estaba realizando una sesión de fotos fuera del país.

Lo intenté con Laura y con Nuria, pero tampoco logramos encontrar un día para vernos, así que al final terminé llamando a Colette.

Ella era un bellezón de mujer, más guapa que las otras tres, sin embargo, parecía esperar más de mí de lo que yo estaba dispuesto a dar.

Nunca me lo había verbalizado, pero aquello era algo que se notaba.

Apenas habíamos salido en unas cuantas ocasiones y mi intención, hasta aquel momento, fue no volver a hacerlo; en cambio, terminé cediendo y quedando para ir al cine y a cenar con ella esa misma noche.

Salí tarde de la editorial y me tocó correr para llegar a tiempo a mi cita.

Aunque antes tuve que ir a mi piso para cambiarme de ropa porque lo que llevaba puesto me lo había manchado de café.

Me hubiera gustado elegir algo mucho más informal, pero aquella camisa y aquellos pantalones fueron lo primero que cogí y lo único que tenía limpio y planchado.

Me peiné en el espejo del ascensor, o más bien me pasé los dedos por el pelo, y continué corriendo para no llegar tarde.

Ni siquiera sé cómo lo hice, pero logré presentarme a tiempo, o por lo menos con solo un par de minutos de retraso. Colette ya me esperaba y, mientras me acercaba a ella, no pude dejar de apreciar lo guapa que era. Iba impecablemente vestida, como si en lugar de a una cita fuera a una pasarela.

—Perdona por hacerte esperar, he salido muy tarde del trabajo —me disculpé acercándome a ella y dándole dos besos.

Hacía tiempo que no nos veíamos y, aunque en el pasado compartimos mucho más que saliva, en ese momento no vi adecuado pasar de ahí.

—No te preocupes, acabo de llegar —murmuró con voz dulce.

Justo en ese instante recordé el motivo por el que no disfrutaba de las citas con Colette, aun siendo una mujer tan hermosa.

Y es que ella tenía tantas ganas de gustar que su comportamiento no me resultaba natural.

Todo le parecía bien, jamás alzaba la voz, nunca elegía nada, ni películas ni restaurante…

, nada. Daba la sensación de que lo único que deseaba era complacer a la otra persona y, lejos de parecerme agradable, me resultaba impostado, poco creíble y de una falta de personalidad acojonante.

Fue al pensar en esa personalidad cuando me vino Luna a la cabeza; desde luego, aquello era algo de lo que ella no iba escasa.

Y como si la hubiera invocado la vi caminando hacia nosotros.

Me habría asustado por la coincidencia si no fuera porque pensaba en Luna mucho más de lo que se consideraba adecuado.

Me paré a saludarla, a pesar de que Luna parecía un poco reacia a la idea, y mientras ellas dos hablaban yo me dediqué a observarla.

No pude evitar sonreír porque estaba convencido de que había salido a la calle con la misma ropa que utilizaba para estar por casa, y así, sin peinar y con aquellas pintas, me pareció auténtica y bonita.

Casi di un respingo ante aquel pensamiento.

Tan absorto estaba en ello que cuando quise darme cuenta Luna ya se alejaba, la seguí sin pensarlo ni un minuto.

Ni siquiera sabía qué decirle, pero fui improvisando sobre la marcha y me temo que al final no logré encontrar las palabras adecuadas para retenerla el tiempo que me hubiera gustado.

La observé mientras se alejaba. Después volví junto a Colette, que me esperaba para ir al cine.

Como era de esperar elegí yo la película y cuando salimos opté por hacerle caso a Luna y fuimos al tailandés que nos recomendó.

Me di cuenta de que algo no iba bien cuando Colette empezó a dar vueltas a su comida sin probarla. No se trataba de que comiera mucho, pero es que no se había llevado a la boca ni una sola cucharada.

—¿Ocurre algo? —pregunté sin dejar de comer, y es que Luna tenía razón, la comida de aquel restaurante era deliciosa.

—No, nada, es que la cocina tailandesa no me gusta mucho —murmuró tan bajito que me costó oírla.

—¿Y por qué no me lo has dicho? —pregunté incrédulo.

—No sé…

Estaba convencido de que no había ocurrido, pero tuve que recordar la conversación que habíamos mantenido cuando le propuse ir a comer allí por si ella había dado algún indicio de no querer o de que aquella comida no le gustara. Por supuesto, no fue así.

—Colette, podríamos haber ido a cualquier otro sitio —murmuré, porque no quería sonar como realmente me sentía. Es que todo aquello me resultaba absurdo.

—Da igual, no tengo tanta hambre.

—Pero es que no se trata de eso. Voy a pedir la cuenta y buscamos otro local.

—No, claro que no, aún no has terminado de cenar.

—Ya, pero es que tú no has empezado —dije, y en esa ocasión no fui capaz de contener mi exasperación.

Sabía que no era culpa de ella, debían de haberla educado así o yo qué sé; pero, claro, no me sentía nada cómodo comiendo mientras ella me miraba.

No le hice caso y pedí la cuenta. Como era un poco tarde nos costó encontrar otro restaurante en el que cenar. Al final nos dieron mesa en un italiano y no quise pararme a pensar que todo lo que comió Colette fue una porción diminuta de pizza.

La conversación no fluyó y me vi llevando yo casi todo el peso, algo que me estaba agotando, pues empezaban a faltarme temas. Imagino que por eso cuando salimos de allí tenía un incipiente dolor de cabeza y lo único que quería era marcharme a mi casa.

—¿Te apetece venir a tomar una copa a mi piso? Está cerca de aquí —propuso Colette.

Era cierto que tenía fama de saltar de cama en cama y también era un hecho empírico la belleza de Colette, pero es que no habíamos conectado lo más mínimo. Y ya no se trataba solo del físico, es que ni siquiera parecía haber atracción.

Podría haberme inventado mil excusas: que me dolía la cabeza, que al día siguiente tenía que madrugar, que quería irme a casa… y ninguna de ellas habría sido mentira. Sin embargo, no quise darle un vago pretexto y fui todo lo sincero que pude.

—Lo siento mucho, Colette, pero estarás de acuerdo conmigo en que la cita no ha fluido y no creo que sea buena idea alargarla más.

Esperaba no haber sido demasiado directo, lo último que deseaba era que se lo tomara mal.

—Sí, tienes razón. Me he dado cuenta de que no iba a ir bien en cuanto he visto cómo mirabas a Luna.

Me parece que no fui capaz de contener la expresión de sorpresa que aquel comentario me produjo y más viniendo de Colette, que era del tipo de persona que jamás opinaba de nada. Por si todo aquello no fuera suficiente, era la segunda mujer que hacía referencia al modo en el que yo miraba a Luna.

—Perdona si en algún momento te he hecho sentir incómoda —añadí, porque no se me ocurría nada más. Negar lo que por lo visto era una evidencia habría sido inútil.

—No, no te preocupes.

Pero sí me preocupaba, pues que tu cita te echara en cara la forma en la que habías mirado a otra mujer me parecía, cuando menos, feo.

—Déjame que te acompañe a tu casa —le pedí.

—No es necesario, vivo aquí al lado —respondió, y parecía que no le apetecía nada que fuera con ella.

—¿Cómo de cerca? —insistí.

—En esa calle de allí —dijo señalando hacia la izquierda.

—Como me pilla de camino, te acompaño hasta la esquina.

Sobra decir que en ese trayecto —apenas unos metros— mantuvimos un silencio bastante incómodo.

Me despedí de ella con un par de besos y ninguno de los dos acompañamos aquella despedida con frases vacías, pues sabíamos bien que no volveríamos a vernos.

Continué caminando yo solo, a pesar de que había bastante distancia hasta llegar a mi casa. Creí que me vendría bien para ordenar mis ideas, aunque la realidad fue que no me sirvió absolutamente para nada y que me pasé todo el tiempo pensando en Luna.

Me metí en la ducha nada más llegar y al salir me tiré en el sofá.

Aún era pronto y barajé la posibilidad de ver una película, pero acababa de salir del cine y no me apetecía, así que casi sin querer —es un decir, claro— volví a entrar en sus redes sociales.

Aquello se estaba convirtiendo en una especie de costumbre que no podía permitirme.

No tardé en obligarme a salir de allí porque sabía que si no lo hacía terminaría analizando las cosas más ínfimas.

Aunque lo que deseé hacer después fue incluso peor, porque estuve a punto, en un par de ocasiones, de enviarle un wasap.

Menos mal que al final terminé por desistir y me metí en la cama con una mezcla de enfado —conmigo mismo— y tristeza.