14. Reencuentros
Luna
Me pasé el sábado encerrada en casa leyendo y escribiendo.
Hacía un día lluvioso y no me apetecía salir.
Supongo que eso mismo les ocurrió a Alejandro y a Noelia, que también estuvieron todo el día tirados en el sofá.
Si alguien me llega a preguntar si me parecía raro que mi ex y mi amiga hubieran terminado manteniendo aquella relación —que estaba a tres días de convertirse en noviazgo, si es que alguno de los dos se decidía a dar el paso, claro—, la respuesta sería un rotundo y sincero «no».
Es más, me encantaba porque tenía a dos personas a las que quería mucho pasando la mayor parte del tiempo conmigo.
No había ningún tipo de celos porque Alejandro y yo ya éramos simples amigos incluso cuando aún estábamos juntos. Por ello, lejos de hacerme sentir mal, me parecía una maravilla.
Aquella tarde, cuando ya casi había entrado la noche y me cansé de borrar y escribir para volver a borrar, salí al salón con idea de unirme a ellos.
—¿Qué estáis viendo? —pregunté con cierto temor, porque les solía gustar un tipo de cine que yo no hubiera visto en mi vida.
—Está a punto de terminar una película filipina de un director que nos encanta, pero tenemos pensado poner otra —me explicó Alejandro sin despegar los ojos de la pantalla.
Vale, para ver alguna de aquellas películas iba a necesitar muchas chucherías y marranadas varias. O tal vez no y lo más probable fuera que me quedara dormida en cuanto empezara. Lo que estaba claro era que, si no compraba algún dulce o palomitas o algo, no aguantaría ni cinco minutos.
—Pues mientras termina esta voy a bajar al supermercado de la esquina a comprar algunas cosas, ¿queréis algo?
—No, gracias.
No cabía duda de que lo que querían era ver el final de aquella película en la que no había ocurrido absolutamente nada desde que yo salí de mi cuarto, y cuando digo «nada» me refiero a que había dos tíos metidos en un coche y ni siquiera habían intercambiado una palabra.
Antes de salir me miré un momento en el espejo de la entrada.
Llevaba un pantalón de chándal desgastado que en su mejor época no era una maravilla, pero que en aquel momento parecía más un pijama que un chándal, una camiseta que tenía un pequeño agujero en la parte de abajo, prueba de la cantidad de veces que pasó por la lavadora, y me había recogido el pelo en un moño de cualquier manera.
Y no, no me quedaba como al resto de la humanidad, que se hacía ese tipo de recogidos y parecían estudiadamente perfectos.
El mío era una auténtica birria. Pensé en ir al baño para peinarme un poco, aunque en el último momento decidí que no valía la pena perder el tiempo; total, solo iba al súper de la esquina, seguramente no me cruzaría con casi nadie.
Spoiler : tendría que haber vuelto.
Iba absorta en mis pensamientos cuando noté algo.
Fue como si sintiera que alguien me miraba, o más bien era la sensación de tener unos ojos clavados en mí.
Solo tuve que alzar la cabeza para toparme con un rostro que no veía desde hacía meses.
Antes de decidir si quería pararme a saludarlo o no, Eliot lo resolvió por mí y se detuvo a unos pocos pasos.
Bueno, no lo hizo solo él, sino también la impresionante mujer que lo acompañaba y que debía de ser, como mínimo, modelo.
—Hola, Luna, cuánto tiempo sin verte —dijo, algo cohibido.
Barajé numerosas opciones, desde darle una patada en la espinilla y salir corriendo —esa fue con diferencia la que más me gustó— hasta hacer como que no lo conocía. En cambio, decidí comportarme como la persona adulta que era.
—Hola, Eliot. Sí, mucho tiempo.
Me entraron ganas de decirle que él parecía no ser de los que lo perdían, pues aquella chica era guapa a rabiar y todo lo contrario a mí, ya puestos a ser objetivos.
Pero, claro, ¿qué derecho tenía yo a hacer un comentario como ese?
Ninguno. Eliot era un hombre libre que podía salir con quien le diera la gana, aunque hubiera agradecido enormemente que no lo hiciera con aquella diosa, o que yo no los viera.
Dicho aquello llegaron unos segundos incómodos.
La rubia esperaba que Eliot la presentara, muy posiblemente para saber cómo lo haría y entender qué significaba para él.
En cambio, Eliot parecía no tener ninguna intención de hacerlo y me había clavado la mirada como si me hubiera dejado un trozo de espinaca entre los dientes.
Y no me refiero a que me mirara mal, sino a que parecía no ser capaz de desviar los ojos de mí, algo completamente absurdo si teníamos en cuenta la mujer que lo acompañaba.
De pronto, como si fuera imbécil y acabara de darme cuenta, fui consciente de la ropa que llevaba y de las pintas que acompañaban a dicha ropa.
Me sentí tan incómoda que mi primer impulso fue arreglarme el pelo, pero para hacer eso necesitaba mucho más que mis dos manos, así que desistí antes de empezar.
Eso sí, tuve muchísima más prisa que antes por largarme de allí, y aquello era mucho decir porque me hubiera ido antes siquiera de saludarlo.
—Bueno, yo voy a marcharme ya, tengo que ir a comprar para ver una película…
Me vi dando unas explicaciones que no importaban a nadie y mucho menos me habían pedido.
—Nosotros vamos al cine y luego a cenar —dijo la chica rubia con una voz tan dulce que me quedé embelesada.
—Eso es un planazo; si aceptáis una recomendación, el tailandés de la esquina hace una comida riquísima. —Otro consejito que nadie me había pedido.
—Oh, muchas gracias, eres muy amable —dijo ella, y me pareció que él murmuraba por lo bajo algo parecido a «sí, muy amable»—. ¿Eres amiga de Eliot? —preguntó la chica con interés. La entendía, había sido una falta de respeto por parte de Eliot no presentarnos.
—No, qué va, solo he trabajado con él un tiempo. Por cierto, soy Luna —me presenté, ya que él no tenía intención de hacerlo.
Noté la mirada de Eliot clavada en mí y cuando alcé la vista me percaté de que tenía el ceño fruncido, tal vez no le hubiera gustado que me presentara. Me importaba una mierda, claro.
—Yo soy Colette, encantada.
Hasta su nombre sonaba sofisticado. Nos dimos dos besos y excluimos a Eliot de aquella conversación.
Tuve la sensación de que Colette no dudó ni un instante que yo solo fuera una compañera de trabajo de Eliot; la pobre, al ver mis pintas, no barajó en ningún momento que pudiera haber algo más entre nosotros.
Y es que, si los mirabas juntos, ellos dos hacían una pareja estupenda, tan altos, tan elegantes, tan guapos…; vamos, más o menos como yo.
—Pues voy a marcharme ya, que me esperan para ver una película. Disfrutad mucho del cine y de la cena. —Podrían acusarme de muchas cosas, pero nunca de no ser educada.
—Ha sido un placer conocerte, Luna —dijo Colette con una perfecta sonrisa repleta de dientes blanquísimos.
—Igualmente. Buenas noches.
Di por terminada la conversación y reemprendí mi camino, porque a ese paso no iba a llegar al súper, aunque hubiera preferido dar media vuelta para encerrarme en mi casa. Ya había andado unos cuantos metros cuando noté que alguien me agarraba del brazo.
—Luna… —murmuró sin soltarme.
Yo me limité a mirarlo a él y a la mano que me agarraba hasta que me soltó. Después me crucé de brazos en un burdo intento de protegerme, aunque no sabía bien de qué.
—¿Qué quieres, Eliot? Te están esperando —dije, porque vi por detrás de él, a cierta distancia, cómo Colette nos observaba.
—Nada; en realidad, solo quería decirte que me alegro de verte y que espero que estés bien.
—No tan bien como tú, pero no puedo quejarme —solté con demasiada acidez. Me reprendí mentalmente. ¿En qué estaba pensando para hacer ese tipo de comentarios?
—A veces no es oro todo lo que reluce —respondió, y el muy imbécil se permitió utilizar el refranero español.
—Créeme, ella no parece oro, parece más bien un diamante. Tengo que marcharme.
—No te entretengo más, que ya has dicho que te estaban esperando. Me ha gustado volver a coincidir contigo. Te deseo mucha suerte con la inminente publicación de tu novela.
—Gracias —murmuré dándome ya la vuelta.
Al llegar al supermercado estaba tan alterada que fui metiendo cosas en el carrito sin ton ni son. Pagué cuando lo tuve casi lleno y me largué de allí lo más rápido que pude. Lo último que deseaba era volver a cruzarme con ellos.
Cerré la puerta de mi piso como si alguien me persiguiera, y al llegar al salón comprobé que Alejandro y Noelia no se habían movido de como los había dejado.
—Te estábamos esperando para ver la película —dijo Noelia, y clavó con interés sus ojos en mí—. ¿Qué te pasa? Parece que hayas visto a un fantasma.
—Ya me gustaría, a quien he visto ha sido a Eliot.
—¡Oh, joder! —exclamó mi amiga—. Hacía mucho que no coincidíais.
—Sí, bastante.
Necesitaba serenarme un poco, así que me dirigí a la cocina para vaciar las bolsas. Dentro de ellas encontré jabón de manos, un par de latas de Fanta, un bote de tomate frito, otro de café, un tarro de lentejas, seis yogures, media docena de huevos y una tableta de chocolate.
—Por lo menos has acertado con el chocolate —ironizó Noelia desde el umbral de la puerta.
—¡Mierda! —exclamé enfadada y tirando la bolsa vacía sobre la encimera.
—¿Estás bien? —preguntó sin moverse, y es que Noelia sabía bien que cuando yo me ponía así era mejor darme mi espacio.
—Me jode que siga afectándome de esta manera, y más cuando a él no le importo absolutamente nada —dije en voz alta lo que llevaba pensando desde que lo vi, y mi corazón decidió montarse una fiesta de latidos acelerados.
—Eso no lo sabes. No tienes ni idea de lo que él siente…
—Iba acompañado de una rubia tan guapa que, en los cinco minutos que he estado hablando con ellos, me he planteado varias veces hacerme lesbiana.
—Vale, ya entiendo —murmuró, y supe que no iba a añadir nada que me consolara.
No era de esas personas que intentan consolarte con palabras vacías—.
Pues venga, que te dejamos elegir a ti la película, creo que hoy vas a necesitarlo, y ahora le decimos a Alejandro que vaya a buscar chucherías y palomitas.
—Gracias —susurré andando hacia ella y abrazándola.
—En otro momento, cuando estés más tranquila, te daré la chapa sobre lo guapa que eres y lo poquito que te valoras…
—Tú lo has dicho, en otro momento —la interrumpí.
Agradecí poder ver una película de acción, de esas en las que no dejan de ocurrir cosas. De ese modo mantuve mi cabeza ocupada durante la siguiente hora y media.
No pude continuar haciéndolo al meterme en la cama, pues no logré borrar la imagen de Eliot y Colette ni de mis pensamientos ni de mis sueños.