La chica imperfecta 13. La gran noticia
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13. La gran noticia

Luna

Unos meses después

Aquella noche habíamos quedado para cenar todos en casa de mis padres, por lo visto Aarón y mi hermana tenían algo importante que decirnos.

Yo me hacía ilusiones pensando que me iban a hacer tía.

Nunca me llamó la atención lo de ser madre, era una responsabilidad tan grande que me daba vértigo; en cambio, ser tía me parecía fascinante.

Sin embargo, mi hermana continuaba teniendo aquel cuerpo de infarto y yo intuía que la cosa no iba por ahí, «aunque tal vez esté de poquito», me dije esperanzada.

Terminé de vestirme y cuando salí al salón me encontré con Alejandro y Noelia tirados en el sofá viendo una película.

A mí me hacía muchísima gracia que cuando les preguntaba me dijeran que solo eran amigos, porque estaba claro que ahí había salseo del bueno, pero era cierto que no había ocurrido entre ellos absolutamente nada.

Con todo, actuaban como una pareja ya consolidada: se veían casi a diario, los fines de semana los pasaban en casa viendo películas, series o haciendo cualquier otro plan, se esperaban a la salida de los trabajos, se cuidaban cuando estaban enfermos…

Vamos, que hacían lo de cualquier pareja, pero sin sexo de por medio —la verdad era que habían obviado la mejor parte—.

No podíamos pasar por alto que Noelia necesitaba tiempo y espacio para recuperarse de su ruptura con Pablo, ya que habían sido muchos años juntos, si bien parecía que Alejandro estaba más que dispuesto a dárselo.

—Me voy, a ver qué es lo que Luz quiere contarnos —anuncié mientras cogía mi bolso y caminaba hacia la puerta.

—Yo voto porque está embarazada —dijo Alejandro.

—Qué va, si estuviera embarazada se le notaría —expresó en voz alta Noelia, que era justo lo que yo pensaba—. Yo creo que van a casarse.

Y fue mi turno de quedarme sin palabras, no porque fuera nada descabellado —porque, a ver, Aarón y mi hermana no llevaban años de relación, pero me pareció de lo más natural—; lo que me sorprendió fue que no se me hubiera ocurrido a mí.

—Podría ser, sí —reconocí en voz alta.

—¡No le digas nada y hazte la sorprendida! —exclamó Noelia.

—No te preocupes, alargaré mi ilusión por ser tía. Me marcho ya, ¿vosotros no vais a salir? —pregunté, a pesar de que sabía bien la respuesta.

—No, tenemos varias películas pendientes y vamos a ponernos al día —aclaró Alejandro.

Esos dos compartían los mismos gustos cinéfilos, unos gustos que nada tenían que ver con los míos. Aunque en su defensa diré que yo no veía mucha televisión, prefería leer.

—Perfecto, pues que vaya muy bien.

—Igualmente —respondieron a la vez, y yo resoplé porque no podían estar más compenetrados.

Decidí ir caminado a casa de mis padres y no fui capaz de dejar de sonreír durante todo el trayecto.

Tenía varios motivos para hacerlo y desde luego ninguno estaba relacionado con mi vida sentimental, que era completamente nula, sino que de un tiempo a esa parte no me importaba reunirme con mi familia para comer, cenar o para celebraciones varias.

Es más, no solo se trataba de que no me importaba, sino de que hasta me gustaba.

Claro que aquel cambio era debido a lo mucho que mi relación con Luz había mejorado.

Y es que había pasado a ser habitual que nos enviáramos mensajes cuando nos ocurría algo o cuando queríamos el consejo de la otra.

Incluso quedábamos para tomar un café o comer juntas una o dos veces por semana, y eso que puede parecer de lo más normal entre dos hermanas para nosotras fue como pasar de cero a cien. Estaba encantada.

El otro motivo y al que no quería darle muchas vueltas era que mi novela salía en apenas siete días.

Si me detenía a pensarlo, me mareaba de la impresión y la ansiedad, así que intentaba alejarlo de mi mente en cuanto pasaba por ella.

Sabía que llegaría el día en el que no podría hacerlo, más que nada porque solo quedaba una semana y tendría que enfrentarme a ello; pero por el momento iba a continuar así.

Tan absorta estaba en mis pensamientos que no me percaté de que había llegado a casa de mis padres y al desviar la mirada vi que Aarón y mi hermana caminaban hacia mí. Casi no los dejé llegar y ya les solté:

—Espero que sea importante lo que tengáis que contar porque, por si no lo sabéis, mi novela sale a la venta la próxima semana y tengo un millón de cosas por hacer.

—¿Como qué? —me pinchó mi queridísimo cuñado.

—Como nada que te importe, señor impertinente, pero muchas cosas. Espero que la noticia sea que vais a hacerme tía. Decidme que sí, por favor —pedí juntando mis manos y haciendo ver que suplicaba, a pesar de que estaba convencida de que nada tenía que ver con eso.

—No, claro que no vas a ser tía —respondió Luz resoplando y confirmando lo que ya sabía—. Venga, vamos.

Durante todo el trayecto en el ascensor Aarón y yo no paramos de picarnos, aquello era algo que los dos disfrutábamos mucho.

La primera en llegar fue Luz, por eso llamó ella al timbre.

—¡Hola, qué alegría teneros para cenar! —exclamó mi madre. Yo puse los ojos en blanco, pues últimamente íbamos con bastante frecuencia, ya fuera a comer o a cenar.

Los dejé a todos allí y me adentré en el piso para achuchar un rato a Canela, que era el perro que mi padre había adoptado y mi debilidad.

Tampoco pude acariciarlo mucho porque cuando los visitábamos le gustaba saludarnos a todos, así que, una vez que se hartó de mí, corrió hacia mi hermana y mi cuñado.

—Hola, hija, ¿cómo estás? —preguntó mi padre acercándose a mí.

—Pues nerviosa, para qué te voy a engañar.

—Ya me imagino. Piensa que como usas seudónimo, si va mal, nadie te conoce —bromeó intentando que me relajara.

—Esperemos que no vaya mal —respondí con un matiz de histeria en la voz.

—Va a ir fenomenal, ya lo verás.

—¿Cómo lo sabes, papá? —Entonces sí había miedo en mi voz.

—Cariño, la verdad es que no lo sé. He leído manuscritos buenísimos que no han salido bien y otros que me han gustado mucho menos y que se han vendido bastante mejor.

Nadie tiene una varita mágica para esto; ojalá, pero no.

Lo que debes pensar es que tú ya has hecho tu parte, has escrito un libro maravilloso, y que guste o no, que se venda mejor o peor, ya no depende de ti. Eso será algo que no podrás controlar.

—Si intentas ayudarme no lo estás logrando, porque puede que esa sea la parte que llevo peor.

—Siempre me ha resultado curioso que, a pesar de que Luz parece la más organizada y controladora, en realidad lo eres tú.

Yo siempre había pensado que no lo era. Me gustaba viajar sin programar nada, era bastante desordenada y no tenía una vida muy organizada, pero era cierto que perder el control así, con mi novela, no lo estaba llevando nada bien.

—No sé si se trata de eso. Pero he de confesarte que lo que más miedo me da son las críticas.

—Vuelvo a repetirte que no depende de ti.

No tuvimos más tiempo de hablar porque llegaron todos al salón y nos movilizamos para poner la mesa y servir la cena.

Mi hermana y Aarón se hicieron de rogar y no se dignaron a darnos la buena noticia hasta que llegó el postre. No lograba entender cómo la gente podía tener esa contención y paciencia.

Mis sospechas —o más bien las de Noelia— se hicieron realidad, porque iban a casarse. A mí la noticia no pudo hacerme más ilusión, pues, a pesar de todo lo que Aarón y yo nos chinchábamos, lo cierto era que lo adoraba.

Después de los abrazos, los besos y las enhorabuenas, nos sentamos para que Luz nos explicara lo que tenían pensado. Aunque a mí eso de las bodas me sonaba al siglo pasado y no iba nada conmigo, me gustó que no pensaran hacer un gran bodorrio con un montón de gente a la que ni conocían.

—La única excepción la haremos con la tía Gertrudis —comentó Luz, y a mí se me cayó el alma a los pies.

—¿De verdad tiene que venir? —pregunté con un quejido.

—Está sola, me da pena —respondió mi hermana.

—Si está sola por algo será —repliqué yo cruzándome de brazos, como si en lugar de ser una mujer adulta tuviera cinco años.

—De hecho, le he dicho que venga el domingo a tomar café aquí para contárselo. —Luz le echó una mirada a mi madre con la que le pedía perdón por ponerla en aquel aprieto.

Y es que la tía Gertrudis, que en realidad era tía abuela, pues se trataba de la hermana de mi abuelo paterno, llevaba siendo una mujer mayor y rancia desde que yo era una cría —seguramente desde siempre, pero es que yo no estaba allí para comprobarlo—.

Con un carácter horrible y cuyo único modo de vivir era metiéndose en la vida de los demás, eso sin contar que no podía soportar que una mujer estuviera soltera, algo ridículo si teníamos en cuenta que ella no se había casado jamás.

Odiaba a la tía Gertrudis y pensaba que mi hermana también, pero todos sabemos cómo es Luz y el buen fondo que tiene.

Eso y que mi querida tía parecía tenerme a mí mucha más inquina que a mi hermana.

Yo no hubiera tenido ni un solo remordimiento de conciencia por dejarla fuera de aquella boda. ¡Por favor, si era una mujer odiosa!

—De acuerdo, hija, no hay problema —respondió mi madre haciendo que saliera de mis pensamientos.

Preferí callarme y no decirle a mi hermana lo que pensaba de aquella invitación —igual la mujer ni llegaba, debía rondar los noventa años.

Pensamiento malvado, lo sabía, pero no pude evitarlo— además de que era el momento de mi hermana, no el mío, y no quería ponerme a refunfuñar, menos aún por la maldita tía Gertrudis.

Así que sonreí e intenté sacarla de mi cabeza. Eso duró hasta que estábamos a punto de marcharnos y Luz me murmuró, más bien me rogó, al oído.

—Por favor, ven el domingo, si estás tú me resultara más fácil lidiar con ella.

Me mordí la lengua para no decirle que había sido idea suya invitarla y que a mí me dejara al margen de todo aquello, que la tía Gertrudis me tenía demasiada inquina y que yo no la soportaba. En cambio, respiré, lo pensé un par de segundos y le dije:

—Aquí estaré.

Valió la pena por el abrazo que me dio Luz y por la enorme sonrisa que se dibujó en su cara, por eso y porque entendí que mi hermana me necesitaba y que yo quería ayudarla.

Lo que desde luego no imaginé fue lo que aceptar aquella invitación iba a cambiar el rumbo de mi vida.