12. No volver a vernos en mucho tiempo
Luna
Había sido una mañana de locos, todo lo poco que hice el día anterior en la galería me tocó recuperarlo ese e iba de un lado a otro apagando fuegos.
Así que cuando llegó la hora de marcharme estaba molida.
Me quedé un rato más de mi horario porque quise solucionar unas cuantas cosas y no dejarle a mi compañera tantos frentes abiertos, pero cuando lo tuve todo más o menos resuelto y vi la hora que era me tocó correr para no llegar tarde a la editorial.
Y corrí tanto que, cuando finalmente llegué y subí en uno de los ascensores, no podía parar de sudar.
Menos mal que no era una persona obsesionada con su imagen, porque Eliot me había visto de cada manera…
Aunque, claro, lo que él pensara de mí me la tenía que traer al pairo.
Cuando salí del ascensor recorrí las oficinas de Letras para ir directa a su mesa y pararme frente a ella.
—¿Qué tenemos que mirar? —pregunté sin ni siquiera saludar.
—Hola, Luna —dijo él. Parecía cansado, pero aquello también me daba igual—. Mejor vamos a la sala de siempre, que tengo allí todas las cosas.
No me apetecía lo más mínimo quedarme a solas con él en aquel espacio tan íntimo, pero me pareció un tanto inmaduro protestar por eso, así que me callé y lo seguí hasta allí.
Me percaté, incluso antes de sentarnos, de que debíamos ver los dos el ordenador, por lo que no me quedó más remedio que elegir la silla que había junto a la suya.
No entendía bien qué era lo que quería Aarón, puesto que a mí las letras de la portada ya me gustaban.
No obstante, cuando llevábamos unos quince minutos mirando tipografías y todas empezaban a parecerme iguales, dimos con una que nos entusiasmó, tanto que casi lo abracé.
Menos mal que me di cuenta a tiempo y ni siquiera me acerqué más de lo estrictamente necesario.
—Pues creo que va a quedar genial —dijo Eliot con una sonrisa.
—Sí, yo también lo creo —respondí, y antes de que pudiera añadir nada más continué hablando—. Si no hay que mirar nada más me marcho, que he quedado.
—Yo creo que añadiría un cambio.
—¿Qué cambio? —pregunté con exasperación.
—El color de fondo, tal vez lo suavizaría un poco.
Iba a soltarle alguna fresca, algo ácido e impertinente, pero he de reconocer que su idea me gustó.
—Podemos probar a ver qué tal queda —cedí.
—Pues, si te parece, te lo paso por correo. Aunque no sé si también me has bloqueado ahí —soltó con ironía, y yo sonreí con falsedad.
—Uy, no, ahí se me ha pasado hacerlo. No te quejes, que ya no estás bloqueado.
—Me has levantado el castigo.
—No, solo supuse que necesitaríamos estar en contacto por temas laborales. —Lo miré y amplié la sonrisa. Imaginé que debía de parecerse bastante a la de un muñeco diabólico.
—Se te ve deslumbrante con esa sonrisa. —Su voz destilaba sarcasmo.
—Yo siempre estoy deslumbrante —dije, si bien tuve que morderme la lengua para no soltarle que, aunque no era tan guapa como mi hermana, también tenía mi encanto; pensé que diciéndolo podía sonar resentida. Que, a ver, tampoco era mentira.
—No seré yo quien niegue eso.
Entrecerré los ojos porque, con lo que había sudado corriendo por el camino y aquella extraña sonrisa que le había brindado, me daba la sensación de que se estaba cachondeando de mí.
—Bueno, que me voy —anuncié poniéndome en pie.
Justo cuando me estaba dando la vuelta para irme, Eliot me agarró de la mano.
Y no, no noté electricidad ni un calambrazo ni nada de eso, pero sí sentí el calor que desprendían sus dedos sobre mi piel y no pude evitar que una imagen se colara en mi cabeza.
Una de aquellas manos morenas recorriendo mi cuerpo o acariciándome el…
Es que menudo asco, de todos los tíos que podrían gustarme y por los que podría sentir aquella química, va y termina pasándome con Eliot, que era imbécil y estaba enamorado de mi hermana.
Aparté la mano como si realmente me hubiera dado corriente.
—Luna, solo quería disculparme porque no debiste oír lo que le decía a tu hermana.
Había algo que la gente parecía no entender: lo de menos era que yo lo hubiera oído —disculpadme si soy una persona a la que le gusta saber la verdad—, pero es que a mí lo que me jodía siempre era que me utilizaran, sobre todo cuando Luz estaba por medio.
Y eso sin tener en cuenta que aquella era una disculpa de mierda.
Pero es que, aun sabiendo que él y yo no teníamos nada como para que debiera disculparse y yo aceptar aquella disculpa, fui incapaz de callarme.
—¿Qué es lo que sientes, Eliot? —pregunté acercando mi rostro a él—. ¿Estar enamorado de mi hermana? ¿Que pasáramos la noche juntos? ¿Que me utilizaras para olvidarla? ¿Que te acostaras conmigo pensando en ella?
No lo vi venir y cuando se levantó de su silla, quedando bastante cerca de mi rostro, me pilló por sorpresa, aunque no me moví.
—No puedes estar hablando en serio. Yo jamás te utilizaría, ni a ti ni a nadie, para olvidar a otra persona.
—Eso quiere decir que no pensaste ni una vez en mi hermana mientras follabas conmigo, ¿verdad? —Creo que los segundos de silencio que siguieron a aquella pregunta fueron los más largos e incómodos de mi vida—. Eso imaginaba.
No me quedé allí ni un segundo más. Primero, porque ya estaba todo dicho, y segundo, porque no quería que Eliot se diera cuenta del daño que su silencio me había causado.
Caminé sin rumbo fijo, necesitaba despejarme y ordenar mis ideas.
No era que no esperara algo así, supe bien lo que se me venía encima en el mismo momento en el que oí cómo se declaraba a mi hermana; pero que no me pillara por sorpresa no quería decir que no me doliera.
La triste realidad era que llevaba años doliendo.
Cuando llegué a casa ya estaba oscureciendo porque, además de caminar, me había parado en una de mis cafeterías favoritas y estuve leyendo un rato. Esa sí era una buena forma de evadirme.
—Hola, Noelia —la llamé desde la puerta.
—Estamos en el salón.
¿«Estamos»? ¿Con quién diablos estaba Noelia? No tardé mucho en averiguarlo y en cuanto puse un pie en el salón sonreí.
—A Noelia no le importa, así que espero que a ti tampoco. Hoy he traído yo la cena —dijo Alejandro con su ya habitual sonrisa.
—No, claro que no me importa. Solo espero que lo que hayas traído sea comida tailandesa de ese restaurante que nos gusta tanto.
—Das tela de asco, contigo es imposible planear sorpresas —se quejó. Yo grité de la emoción, pues me encantaba la comida de aquel restaurante.
Pusimos la mesa entre los tres y en menos de diez minutos había llenado mi plato y lo estaba devorando.
—Pues qué quieres que te diga, donde se ponga una pizza… —empezó a decir Alejandro.
—Te juro que yo he pensado lo mismo. Pero, claro, es que a mí me flipa la pizza —respondió Noelia.
—¡A mí también! ¿Has probado las que hacen en la pizzería nueva que han abierto en el centro…?
Mientras ellos hablaban de pizzerías, yo me dediqué a contemplarlos sin dejar de comer, porque a mí también me gustaban las pizzas, pero es que aquella comida me fascinaba.
Hubo un momento en el que parecía como si yo no me encontrara allí —que, a ver, por mí no había problema, yo seguía comiendo a dos carrillos—.
Sin embargo, mientras estaban inmersos en la conversación, contemplé con detenimiento a Alejandro y me percaté de algo que hasta ese momento me había pasado inadvertido.
Porque, aunque yo a Noelia la conocía de siempre, los últimos años nos habíamos distanciado.
En cambio, con Alejandro no había sido así, lo conocía muy bien y esa forma en la que estaba conversando y mirando a Noelia me hizo sonreír entre dientes.
Después de descubrir aquello pensé que lo mejor que podía hacer era continuar comiendo y llegado el momento retirarme a mi habitación para dejarlos solos.
Aunque estaba convencida de que Alejandro encontraría cualquier excusa para volver a nuestra casa lo más pronto posible, eso si no la invitaba antes a la pizzería de la que estaban hablando.
El único inconveniente era que Noelia hacía unos meses que había dejado a Pablo, su pareja de toda la vida, y lo estaba pasando muy mal, por lo que yo no tenía claro si estaría dispuesta a salir con Alejando.
En cuanto me percaté de que aquello no era asunto mío me levanté de la mesa, me despedí de ellos —que tampoco me hicieron mucho caso— y me fui directa a la cama.
Antes de poner el móvil en la mesita de noche, contesté un par de wasaps que me habían enviado Luz y mi madre y, justo cuando me disponía a dejarlo, me entró un correo.
Era de Eliot y estuve cinco minutos debatiendo conmigo misma si sería mejor abrirlo o mandarlo directamente a la papelera.
Al final terminé cediendo, pues imaginé que se trataría de trabajo.
Me equivoqué.
De Eliot Fernández
Para Luna Gómez
No deseo que sientas que me estoy justificando porque no es mi intención hacerlo, así que voy a ir directo al grano.
Si me preguntas si estoy enamorado de tu hermana, te respondería que yo creo que sí, pero eso no tiene nada que ver con lo que ocurrió entre nosotros aquella noche. Luna, te deseé a ti y solo a ti, pero es que además entre nosotros hay una química con la que es complicado lidiar.
Si me preguntas si volvería a acostarme contigo, la respuesta también sería que sí. Sí que volvería a hacerlo, porque lo pasé muy bien y creo que logramos conectar.
Ahora, si me preguntas si te utilicé, la respuesta es no, es que no tiene ningún sentido porque Luz y yo somos amigos y no te necesitaba para nada.
Es muy posible que, a partir de ahora, al tener terminada la cubierta, no nos veamos en un tiempo. Solo quería que supieras que te deseo lo mejor, con tu novela y en tu vida.
Nada más terminar de leer el correo, lo volví a empezar, solo para comprobar que no había dicho nada de que se hubiera acostado conmigo pensando en ella. Ese fue el punto que decidió obviar. Justo el que a mí más me mosqueaba.
Me tumbé en la cama y le respondí con un escueto: «Yo también te deseo lo mejor».
En algo sí tenía razón: no íbamos a volver a vernos en un tiempo.