La chica imperfecta 11. Fermín
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11. Fermín

Luna

Casi sufro un microinfarto cuando aquella mañana vi que Eliot le había dado a «me gusta» en una de mis publicaciones. «Seguro que ha sido sin querer», me repetí. Pero ¿qué demonios hacía mirando mis fotos? Continué dándole vueltas a aquello mientras me vestía, me peinaba y me tomaba el café.

—Buenos días. ¿Qué te pasa hoy, que estás como ida? —preguntó Noelia, que ya estaba lista para irse a trabajar.

—Nada, pensaba en mis cosas.

—Esas cosas tienen que ver con un tío de más de metro ochenta llamado Eliot.

Mi compañera de piso empezaba a conocerme muy bien.

—Sí, para qué voy a engañarte. Esta mañana he visto que le había dado «me gusta» a una de mis publicaciones. ¿Qué leches hacía Eliot mirando mis fotos? —pregunté en voz alta lo que llevaba queriendo saber desde que lo vi.

—Pues ni idea. —Noelia tenía una peculiar forma de tocarse la cara cuando ocultaba algo o cuando se ponía nerviosa.

—¿Qué es lo que me escondes, Noelia? —pregunté entrecerrando los ojos.

—¡Tengo que irme a trabajar, nos vemos por la noche! —gritó corriendo hacia la puerta.

—¡Pero por la noche me lo vas a decir! —le respondí sin estar segura de que me hubiera oído, pues ya había cerrado la puerta.

No tardé en salir yo también y dirigirme hacia la galería. Aquella sería una jornada tranquila debido a que la semana anterior habíamos hecho una exposición y se vendieron muchas piezas, así que durante los próximos días tenían que llegarnos las nuevas, pero eso no ocurriría aquel día.

Hacía apenas media hora que había abierto cuando vi llegar al señor Fermín.

—Buenos días, Luna. Hoy no vengo a comprar nada, solo a traerte esto —dijo caminando hacia mí con su ya habitual sonrisa.

—Buenos días. Ya sabes, solo con la condición de que te los comas conmigo.

Fermín era un hombre exquisito eligiendo arte, pero en contrapunto era sencillo y cercano. Yo sabía que debía de tener dinero —aunque desde luego no se le notaba—, y que su desayuno favorito fueran los churros que hacía la churrera de la esquina decía mucho de él.

Entré en el almacén a buscar un rollo de servilletas que tenía guardado para esas ocasiones, porque me encantaban los churros, pero había que ver la cantidad de aceite que soltaban.

Cada vez que venía el señor Fermín con aquel tipo de desayuno solo esperaba que no apareciera mi jefa, pues no era plan de que me pillara sentada, desayunando tranquilamente con un hombre.

También era cierto que ese hombre en concreto era uno de nuestros mejores clientes, así que estaba convencida de que lo hubiera pasado por alto.

Fermín se sentó en una de las sillas que había en la galería y yo en la que se encontraba a su lado.

—Me gusta desayunar aquí, me hace sentir en casa —murmuró antes de darle un mordisco a un churro.

Cuando terminó de comérselo, continuó hablando—.

Y lo digo con toda la ironía del mundo porque lo que desde luego no había en mi casa era arte, a pesar de que a mi madre le encantaba.

Aún recuerdo cuando heredó de su abuela un cuadro del que estaba completamente enamorada y lo mucho que le costó elegir entre venderlo para darnos de comer a mis hermanos y a mí o conservarlo.

Estoy convencido de que si llega a estar ella sola hubiera muerto de hambre.

Era una mujer muy culta para su tiempo, tal vez demasiado para su propio bien, porque desde luego mi padre jamás la comprendió.

En una época en la que la mujer no tenía voz y en la que el hombre proveía y ordenaba, que ella nos leyera por las noches, que quisiera comprar además de comida libros, que supiera más sobre los museos del mundo que sobre las vecinas del pueblo no estaba bien visto, ni por mi padre ni por nadie de su entorno.

»Creo que el día más feliz de su vida fue cuando yo me matriculé en la universidad.

Pero, claro, la carrera de Bellas Artes ni siquiera existía, así que tuve que formarme en academias y escuelas superiores.

Aún recuerdo la avidez con la que ella leía mis libros, a pesar de que ya estaba mal de la vista.

Me había quedado tan absorta escuchando su relato que no supe qué decirle y terminé haciendo una pregunta de lo más absurda:

—¿Por eso tú nunca te has casado, por la relación que tenían tus padres?

Antes de responder, Fermín clavó sus ojos en mí y supe que estaba debatiéndose entre responderme o no hacerlo. Finalmente habló.

—¿Quién te ha dicho que yo no he estado casado? —preguntó sonriendo.

—Ay, perdona. Lo he dado por hecho, como nunca me has hablado de ella…

—No, de «ella» no. Hace cinco años enterré al amor de mi vida. Apenas llevábamos unos pocos años casados, pero toda la vida juntos. Porque, hasta 2005, a un amor como el nuestro no se nos permitía casarnos. Aunque, si te soy sincero, después de todo lo que pasamos aquello fue lo de menos.

—Debió de ser difícil —susurré, pues no quería interrumpirlo, pero necesitaba saber más.

—No te lo puedes ni imaginar. La gente de vuestra generación no tiene ni la menor idea de por todo lo que hemos pasado los viejos como yo y lo mucho que luchamos para que las cosas cambiaran.

Hasta 1978 no se dejó de perseguir a homosexuales por el simple hecho de quererse.

Persecuciones, palizas, encarcelamientos, humillaciones…

En fin, que no quiero aburrirte con mis historias; no entiendo qué me ocurre hoy, debo de haberme levantado melancólico.

La verdad es que, después de toda la vida juntos, lo echo muchísimo de menos.

—Es normal. ¿Cómo se llamaba, a qué se dedicaba?

Sentía un interés real por conocer al que fuera el amor de Fermín, pero además es que me dio la sensación de que no era un tema del que él hablara habitualmente y daba la impresión de que necesitara hacerlo.

—Se llamaba Ernesto y nos conocimos en una de las academias de arte a las que asistíamos.

Él lo tuvo mucho más difícil que yo porque por aquel entonces mi padre ya era muy mayor y mi madre no se metía en mi vida privada, algo completamente inusual para aquella época, pues que te saliera un hijo homosexual era una gran desgracia; pero ya te he comentado que mi madre era…

diferente. Sin embargo, el padre de Ernesto era militar y con eso creo que te lo digo todo.

»Intentaron separarnos de todas las formas que pudieron y algunas fueron muy… imaginativas y dolorosas. Y a pesar de todo logramos hasta casarnos. Sin duda, aquel fue el día más feliz de nuestras vidas, no por el hecho en sí, sino por percatarnos de lo que habíamos logrado.

Los dos nos mantuvimos en silencio unos instantes, él sumido en sus recuerdos y yo pensando en lo dura que debía de haber sido la vida de ese anciano.

—Me hubiera gustado conocerlo —susurré.

—Le habrías encantado y estoy convencido de que tu jefa se hubiera hecho de oro con él, porque amaba profundamente el arte en todas sus formas.

—Igual que tú.

—Sí, era una de las muchas cosas que teníamos en común.

Comimos mientras un cómodo silencio nos envolvía y de pronto tuve una idea que no supe si iba a gustarle, pero que a mí me pareció estupenda.

—Fermín, ¿te gusta jugar al póquer?

—Me encanta —afirmó con vehemencia.

—Pues te invito este viernes a una partida en mi casa.

—Vaya, eso sería estupendo —exclamó volviendo a sonreír.

Y así fue como, a partir de ese día, a Noelia, Virtudes, Rosario y a mí se nos unió el señor Fermín en nuestros viernes de póquer.

Aquella tarde me dediqué a escribir. Sin embargo, sentía tanta presión por que mi próxima novela fuera a publicarse que no logré hacerlo con la misma fluidez de otras veces.

Yo escribía porque me gustaba, pero jamás imaginé que alguien terminara leyéndome.

Suponía que por eso me estaba costando concentrarme.

Al percatarme de que había borrado la misma página tres veces, apagué el ordenador y me fui a la ducha. Justo cuando salía del baño llegó Noelia.

—Hola. ¡Joder, huele de maravilla! —exclamó cerrando los ojos y aspirando con fuerza.

—He preparado pollo al horno con patatas —dije mientras me secaba el pelo con una toalla.

—Con el hambre que tengo, se me hace la boca a…

No pudo continuar porque sonó mi móvil.

—Hola, Alejandro —contesté al comprobar que se trataba de mi amigo.

—Luna, estoy en la puerta de tu casa, ¿me invitas a cenar? —preguntó con voz suplicante. A saber qué le había pasado.

—Claro, sube —dije. Ya pensaría qué haríamos, porque con el pollo que había en el horno no llegaría para los tres.

Iba a explicarle a Noelia que un amigo mío venía a cenar cuando mi móvil volvió a sonar.

—Se te ha olvidado el número de piso, ¿verdad? Sigues siendo un desastre…

—Luna, soy Eliot.

Casi se me cayó el móvil de las manos, di por hecho que se trataría de Alejandro.

Desde luego, la última persona que esperaba que me llamara era Eliot.

Aparté el teléfono para comprobar si me llamaba desde la editorial.

Me propuse que en cuanto colgara iba a desbloquearlo, más que nada porque me parecía un tanto infantil si íbamos a tener que trabajar juntos en la portada, tal y como estábamos haciendo.

—No cuelgues —me pidió—, es por una cosa de trabajo —añadió con rapidez—. Aarón quiere que revisemos la tipografía, ¿puedes pasarte por la editorial mañana por la tarde?

—Sin problema. Sobre las tres estaré allí —contesté, y colgué. «Si no le va bien la hora que he elegido, que se aguante», pensé.

Necesité unos instantes para serenarme. Por muy enfadada que estuviera con Eliot, su voz continuaba afectándome de un modo que no me gustaba nada. En absoluto.

Cuando llegué a la cocina me encontré que allí ya estaba Alejandro con Noelia.

—Lo siento, chicos, no he podido ni presentaros —me disculpé al entrar.

—No te preocupes, lo hemos hecho nosotros —dijo Alejandro con el buen humor que lo caracterizaba, acercándose a mí y dándome dos distraídos besos.

—¿Quién era? —preguntó Noelia.

—Eliot quiere que me pase mañana por la editorial —respondí, y al ver la cara que ponía recordé la conversación que habíamos dejado a medias aquella misma mañana—. ¿Vas a contármelo de una vez o continuarás haciéndote de rogar?

—No creo que sea el momento —dijo mirando discretamente (según ella, pero de una forma exagerada si me preguntan a mí) a Alejandro.

—No te preocupes por él, está al tanto de todo —le expliqué para que dejara de darle vueltas al asunto.

—¿Pero vosotros no salíais juntos? —indagó, un poco desconcertada.

—Sí, pero nos hemos convertido en amigos; bueno, eso ya lo éramos… Al lío, Noelia, que nos dan las uvas —la apremié.

—Si es una tontería… El caso es que yo siempre le había dicho a Luz que Eliot estaba enamorado de ella. Solo quería contártelo para que no hubiera malentendidos entre nosotras porque yo se lo dije, pero jamás nadie lo confirmó hasta que tú lo oíste y…

Noelia se estaba aturullando, entendía lo que quería decir y yo no tenía ninguna intención de enfadarme con ella.

En realidad, no me habría cabreado con nadie si Eliot hubiera estado enamorado de cualquier otra mujer.

Porque solo pasamos una noche juntos, los dos podríamos querer a otras personas.

En cambio, que aquella otra mujer fuera mi hermana me mataba y me llevaba a otra época, cuando los chicos solo se acercaban a mí para estar con ella.

A la época en la que yo era la «hermana puente», como solían llamarme porque esa era la forma de acercarse a Luz.

Tal vez estaba volcando en Eliot el enfado de toda una vida; pero mira, oye, que se jodiera.

Y, si no, que hubiera hecho las cosas mejor.

Aunque lo que de verdad me mataba, lo que no se me iba de la cabeza era que se hubiera acostado conmigo pensando en ella. Que aquella noche me hubiera utilizado a mí para sentirse cerca de Luz.

—No pasa nada, Noelia, ya está. Iré a la editorial y con un poco de suerte no tendré que verlo en una buena temporada.

Y parte de razón sí tenía.