La chica imperfecta 10. Eliot, eres imbécil
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10. Eliot, eres imbécil

Eliot

Pensé que me pasaría días mirando el móvil esperando a que ella me respondiera al wasap que le había enviado.

Sin embargo, Luna prefirió ponérmelo mucho más fácil porque, al intentar mirar su foto de perfil y no lograr verla, la llamé y fue ahí cuando me percaté de que simplemente me había bloqueado.

Ya estaba, borrado de su vida en un solo clic.

En parte la entendía, de verdad que sí, ni yo mismo medí las consecuencias cuando me confesé de aquella manera con Luz. Pero es que me asusté tanto y por un momento creí que…, no sé, pensé que podría ocurrirle algo y que nunca sabría lo que yo sentía por ella.

Desde luego, mirándolo con perspectiva no fue el mejor lugar ni momento, y que Luna lo hubiera presenciado aún lo hacía peor. Había una parte de mí que quería disculparse con ella, y otra que insistía en que dejar las cosas como estaban era lo mejor para todos.

Aquella mañana se me estaba haciendo bastante cuesta arriba, y es que ese día Luz y Aarón regresaban a la oficina.

Se habían tomado un par de días para descansar; bueno, Luz se los tomó, Aarón trabajó desde su casa.

La cuestión era que ese día volvían y yo tendría que mirarlos a la cara después de lo que dije.

Barajé la posibilidad de quedarme en casa, de llamar y decir que estaba enfermo o que ese día iba a teletrabajar, pero en algún momento debía enfrentarme a ellos y prefería que fuera más pronto que tarde.

Me pasé la noche en vela imaginando un buen número de escenarios catastróficos.

Porque, aunque sabía que mi declaración solo la oyeron Luna y Luz, estaba convencido de que esta última se lo habría contado a Aarón.

Los escenarios que rondaban mi cabeza iban desde que Aarón me pegara un puñetazo y me despidiera hasta que Luz dejara de hablarme.

Esos eran los extremos, pero también pensé que Luz no me miraría a la cara, que Aarón no volvería a dirigirme la palabra.

Yo qué sé… Recreé tantas posibilidades que cuando llegué a la oficina mi nivel de ansiedad rozaba el cielo.

Ya habían pasado un par de días desde que Axel agrediera a Luz y yo sí fui a trabajar a la oficina, así que sabía que entre mis compañeros no se había expandido el rumor de mi confesión, seguramente porque no se enteraron. Al menos no tendría que lidiar también con eso.

Los oí antes de verlos, y es que venían charlando y riendo. La carcajada de Luz se me clavó y me tensó tanto que creí que me partiría por la mitad, pero respiré hondo porque era consciente de que aún me quedaba lo peor.

—Buenos días —saludó Luz, y en seguida se vio rodeada por todos los miembros del equipo, que querían saber de primera mano cómo se encontraba.

Aarón se apartó un poco para dejarles espacio, pero no despegó los ojos de Luz en ningún momento. Cuando ya empezaron a dispersarse y creí que ella se iría y yo volvería a respirar tranquilo, se paró junto a mi mesa.

—Ven a mi despacho cuando puedas —ordenó de un modo que me hizo suponer que sería algo relacionado con el trabajo y no con nosotros.

La vi alejarse y cuando entró en él yo aún necesité un poco de tiempo para serenarme.

«Con toda seguridad querrá hablar de la cubierta del libro de Luna», me repetía una y otra vez.

Decidí que lo mejor sería averiguarlo lo antes posible y quitármelo de encima, así que, en cuanto creí que podría afrontar aquella conversación, me levanté y fui hacia allí.

—¿Qué querías, Luz? —pregunté desde la puerta.

—Eliot, pasa y siéntate. Cierra la puerta, por favor.

Y, de todo lo que dijo, aquello fue lo que más me acojonó porque Luz jamás cerraba la puerta de su despacho, eso lo sabíamos todos.

Al sentarme en la silla que había frente a ella estuve a punto de hablar primero, de decirle que lo sentía, que no sabía lo que me pasó, que no debía haberle dicho aquello, que tenía que habérmelo guardado para mí…, pero no pude abrir la boca porque fue ella la que habló.

—Eliot, eres imbécil. —De todo lo que esperaba que me dijera aquello no era ni de lejos lo que imaginaba—. Me he pasado meses preocupada porque nos estábamos distanciando y lo único que te ocurría era que…

—Luz, llevo enamorado de ti…

—No digas tonterías, Eliot. Lo que tú sientes por mí no es amor, o no de ese tipo. Te estaré sonando pedante y estúpida, pero es que te conozco bien; de hecho, hasta hace relativamente poco eras mi mejor amigo. —Aquella última frase la dijo con una acidez muy impropia en ella.

—Estupendo. Entonces tú, que lo sabes todo, ilumíname con tu sabiduría —ironicé, porque no esperaba ni esa conversación ni la posición que había tomado Luz.

—No voy a discutir que sientas cierta atracción por mí, eso lo hablaremos luego porque tampoco lo veo claro —aquí no pude contenerme y puse los ojos en blanco—, pero durante años he sido la única mujer con la que te has relacionado de un modo más o menos sano, he sido la única que te ha puesto límites, que te ha echado la bronca cuando lo has merecido…

Vamos, la que te ha colocado en tu sitio, pero también he estado cuando has necesitado un hombro en el que llorar o alguien en quien apoyarte.

No, Eliot, tú y yo tenemos la misma química que dos amebas de mar, y si no piénsalo bien.

Lo que te ha ocurrido es que has confundido esos sentimientos con otros.

—Bueno, ahora también vas a saber lo que siento y lo que no.

—¡Por favor! Si hemos tenido infinidad de ocasiones en las que liarnos y jamás ha ocurrido nada entre nosotros.

—No quería que se estropeara nuestra amistad —respondí a la defensiva.

—Eliot, hemos dormido juntos en la misma cama, borrachos como cubas…

—Ya te lo he dicho… —No me dejó terminar, ciertamente parecía un poco exasperada.

—A ver, te lo voy a decir claramente: el único modo que tienes de relacionarte con las mujeres es acostándote con ellas y luego se acabó.

Conmigo puedes hablar, puedes confiar, puedes ser tú…

, y creo que eso te ha llevado a confusión.

No digo que no me quieras, sé que lo haces, pero no del modo que tú crees.

Te lo repito: tú y yo no tenemos ni una pizquita de química. Nada.

—¡No puedes saber lo que siento! —repetí, ya cabreado.

—Tienes razón, no puedo saberlo, pero es que a mí jamás me has mirado como la miras a ella.

—¿A ella? —Ahí me había matado.

—A mi hermana, a Luna.

Aquello me dejó descolocado porque no esperaba que incluyera a Luna en esa conversación.

—¿¡Y cómo cojones miro a Luna, si puede saberse!? —grité, porque me resultó imposible contenerme.

—Como si quisieras saltar sobre ella, como si no fuera a tener tiempo de correr antes de que tú te lances encima. Con deseo, Eliot, con un deseo tan crudo que eres incapaz de ocultarlo, y te aseguro que a mí nunca en tu puta vida me has mirado así.

—El deseo no es amor —murmuré.

—Tienes razón, no lo es, pero reconocerás que sí es una parte importante.

Me recosté hacia atrás de la silla, no era posible que hubiera confundido tanto mis sentimientos. Yo estaba enamorado de Luz, desde hacía un montón de tiempo. No podía ser que…

—No estoy enamorado de Luna —susurré con contundencia.

—Y yo no he dicho que lo estés. Solo digo que por ella sientes algo muy diferente a lo que sientes por mí.

—No voy a negar que hay atracción entre nosotros, pero solo es eso. ¿Volvería a acostarme con ella? Es posible. ¿Perdería la cabeza por Luna? No, estoy seguro de que no.

Luz me miró y me imitó recostándose también en su asiento, con una media sonrisa en la boca que no me gustó un pelo.

—Como le hagas daño a Luna, no solo no tendrás química conmigo, sino que no volverás a tenerla con ninguna otra mujer. Así que, si tan seguro estás de lo que sientes por mi hermana —recalcó con énfasis aquella palabra—, será mejor que te alejes de ella.

»Y cuando salgas por esa puerta dale una vuelta a todo lo que te he dicho sobre nosotros.

Sé que has tenido una infancia dura y que estás tocado emocionalmente, pero el amor no consiste solo en proteger, ayudar y confiar, eso te lo puede dar una simple amistad.

Para que se dé el amor también hace falta deseo, atracción…

Ya lo entenderás. Pero ahora lo principal es que pienses en lo que te he dicho.

En el caso de que te lo plantees en serio, ¿de verdad nos ves como pareja, si las pocas veces que hemos compartido espacio hemos estado a punto de matarnos, y no precisamente en el buen sentido?

Pero si ni siquiera somos capaces de ver una película juntos porque no logramos ponernos de acuerdo —dijo resoplando—.

Eliot, yo no puedo saber lo que sientes, eso es verdad, pero te conozco bien y sé que no estás enamorado de mí.

»Deja la puerta abierta al salir.

Supe que aquel era el modo poco sutil que tenía de decirme que me largara. Así que me levanté de la silla y me marché más confundido de lo que lo había estado en toda mi vida.

Pasé la jornada como pude y cuando fue la hora de marcharme me inundó una maravillosa sensación de alivio. Estaba recogiendo mis cosas cuando noté que alguien se detenía junto a mí. No tuve que girarme para saber de quién se trataba.

—Eliot —me llamó Aarón, y yo tragué saliva—, me gusta mucho cómo ha quedado la portada de Luna, pero deberíais hablar de la tipografía. Dadle una vuelta.

Dicho esto dio media vuelta y se marchó. Yo tardé un poco en digerir y entender lo que acababa de decirme, más que nada porque Aarón no había interferido nunca en la novela de Luna, ya que era cosa de Luz y de Patricia.

Pues nada, iba a tocarme llamarla para hablar de la puta tipografía.

Al llegar a mi casa lo pensé mejor y decidí que le escribiría un mensaje. No me apetecía oír su voz, no ese día. Aún tenía que pensar en todo lo que Luz me había dicho. Y, justo cuando me senté para escribirlo, recordé que me había bloqueado. ¡Joder!

Podría mandarle un correo electrónico, pero me parecía excesivamente formal.

Así que casi sin ser consciente me metí en las redes sociales para buscarla y contactar con ella por allí.

Si veía que era una cuestión de trabajo tal vez hasta me respondiera, y si no lo lograba la llamaría desde la oficina.

Al final no le envié el mensaje porque ni siquiera sé el tiempo que estuve mirando fotos de ella.

Fotos en distintos países con una Luna bronceada y que no dejaba de sonreír a la cámara.

Lo que más me gustaba era que no había pose alguna ni preparación en aquellas fotografías, eran naturales y espontáneas.

Cuando quise darme cuenta era tardísimo y me había pasado las últimas horas descubriendo un poco más de Luna. Porque, a pesar de que la noche que estuvimos juntos hablamos de esos viajes, no era lo mismo que verla en aquellas imágenes. En su expresión se notaba lo mucho que había disfrutado.

Al meterme en la cama fue cuando me puse a pensar en lo que me había dicho Luz.

No podía creer que la muy sabionda también analizara mis sentimientos y se permitiera el lujo de darme una masterclass sobre ellos, era absurdo.

Sin embargo, algo de todo lo que dijo resonó en mí, aunque no estaba seguro de lo que era.

Terminé quedándome dormido muy muy tarde.