La chica imperfecta 9. Olvidarme de él
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9. Olvidarme de él

Luna

Habían pasado unos días desde que Axel atacó a mi hermana y aún no lograba quitarme el miedo del cuerpo.

Luz ya estaba recuperada y hacía vida casi normal, y digo «casi» porque mi querido cuñado la trataba como si fuera a romperse en cualquier momento; ese pobre hombre no tenía ni idea de lo duras que éramos las hermanas Gómez.

Pero no podía decir que yo no lo entendiera, pues había sido un susto muy grande.

Terminé de embalar una escultura que debía enviar a casa del señor Fermín, quien, aunque acababa de estar allí, no pudo llevársela porque pesaba demasiado para cargarla él solo.

Con todo, me estuvo haciendo compañía un rato y hablamos de varias piezas que habían entrado ese mismo día.

Dudó entre dos y terminó llevándose mi preferida.

No pude evitar volver a contemplarla antes de cubrirla, y es que estaba completamente enamorada de ella.

Me parecía de una sencillez exquisita, pero a la vez tan delicada y con unas líneas tan definidas…

En fin, que me alegraba enormemente de que la hubiera adquirido él y no cualquier otra persona que no supiera apreciarla.

Una vez que la tuve lista, recogí y cerré la galería, pues ya era mi hora de marcharme.

Decidí ir caminando a casa de mis padres, así me daría un poco el aire.

Llevaba unos cuantos días seguidos yendo a comer allí, pero es que lo de Luz había sido un fuerte shock para todos y quería estar cerca de ellos, por lo menos hasta que mi hermana se recuperara y me tomara el relevo.

El tiempo que pasaba en la galería intentaba no pensar en mi otra pasión, y no porque no quisiera, sino porque había decidido publicar mi primera novela y cada vez que pensaba en ello me invadía el pánico.

Había momentos —muchos— en los que me arrepentía de haber enviado aquel manuscrito a mi hermana; sin embargo, cuando hablaba con ella y me aseguraba que aquella historia era perfecta y que le había entusiasmado tanto que se había convertido en su novela romántica favorita, el nudo de mi estómago se aflojaba un poco.

Pero, en cuanto salía de la editorial, me alejaba de mi hermana y de sus palabras de ánimo, volvía a darle vueltas a todo lo que se me venía encima y el miedo regresaba.

¿Y si no gustaba? ¿Y si la criticaban sin piedad? ¿Y si terminaba siendo un desastre?

Con aquellos lúgubres pensamientos llegué a casa de mis padres. En aquella ocasión fue mi padre el que me abrió la puerta y supo que me ocurría algo en cuanto me miró.

—¿Qué te pasa? —preguntó con preocupación.

—Nada grave —dije con rapidez—, cosas del trabajo.

—Que no sea grave no quiere decir que no sea importante. Esperemos que no tengamos nada grave de lo que hablar en un tiempo, que llevamos una racha… —se fue quejando mientras caminaba hacia el salón.

—¿Y mamá? —pregunté, por desviar el tema.

—En la ducha. ¿Qué te pasa? —insistió él, yendo directo al grano. Esa era una de las cosas que más me gustaban de mi padre, que no se andaba con rodeos.

—Estoy preocupada por el lanzamiento de la novela —respondí con sinceridad.

—¿Y qué es lo que te preocupa?

—Todo, papá, me preocupa todo. Que alguien lea algo mío por primera vez, que no guste, que lo critiquen, yo qué sé…

—Es normal que pienses todo eso, son miedos lógicos, lo entiendo. Pero no dejes que los miedos te paralicen, tú no eres así.

—¿Y si Luz se equivoca y mi novela es una basura? —expresé en voz alta algo que me agobiaba bastante. No por cargarle la responsabilidad a mi hermana, sino porque quizá lo que había escrito era una auténtica porquería.

—Luna, no eres una patata frita, no puedes gustarle a todo el mundo.

Seguro que habrá personas a las que les entusiasme tu novela y otras a las que no, eso es lo normal, vaya.

Pero lo que te está ocurriendo suele pasarles a muchos escritores.

Si te sirve, tu novela no solo la ha leído Luz, también lo ha hecho Patricia, que es una editora con años de experiencia y muy buen ojo.

Además, hija, tú nunca has sido una persona insegura, siempre te ha dado bastante igual lo que la gente pensara de ti.

Eso fue algo con lo que tuve que lidiar a diario, pues tener una hermana como Luz o te hundía o te hacía más fuerte, y yo me agarré a lo segundo. Sin embargo, en todo el tema de la novela me sentía muy vulnerable, algo con lo que me estaba costando lidiar.

—Hola, hija. ¿Pasa algo? —preguntó mi madre al entrar en el salón y vernos con expresiones serias.

—No, nada. Tengo un hambre… —dije, porque sabía que aquello haría que mi madre dejara el tema. No se trataba de que no quisiera hablar con ella, sino que haberlo hecho con mi padre ya había cubierto el cupo por aquel día.

—Pues eso tiene fácil solución, venga, a poner la mesa —ordenó y mi padre, y yo nos levantamos en el acto.

La comida fue entretenida y amena. Hablamos de libros, principalmente del que me estaba leyendo en aquellos momentos para el club de lectura que dirigía. Supongo que por eso me sorprendió tanto que al estar tomándonos los cafés mi padre cambiara tan radicalmente de tema.

—Oye, Luna, ¿y tú no estás saliendo con nadie?

Casi me ahogué con mi propia saliva, pues mis padres no solían indagar en mi vida privada.

—No —respondí escueta.

—Es que el otro día me dijeron que te vieron con un chico —soltó con ironía, alzando varias veces las cejas.

«Maldito barrio y malditos cotillas», pensé.

—Sería un amigo.

—Pues, ya que tu hermana está saliendo con Aarón, podrías acercarte a Eliot; me parece un tipo bastante majo y además trabaja en la editorial —continuó mi padre con la broma.

Creo que si me hubieran pinchado no me habría salido sangre. Mi madre debió de darse cuenta de mi incomodidad porque añadió:

—Vamos, Antonio, deja tranquila a la niña. Ni siquiera conoces tanto a ese chico.

Daba igual la edad que tuviéramos mi hermana y yo, para ellos siempre seríamos «las niñas». Puse los ojos en blanco.

—No, la verdad es que no, pero me parece buen chaval —insistió mi padre, y yo tuve que morderme la lengua.

Mi padre y yo no teníamos la misma definición de «buen chaval», aunque estaba convencida de que, si lo conociera de verdad, él tampoco lo pensaría.

—Yo solo digo que me gusta, no la estoy obligando a que salga con él.

—Solo faltaría —replicó mi madre, porque yo me había quedado sin palabras.

De pronto me entraron unas enormes ganas de largarme de allí. Pero también quería zanjar aquella conversación y no solo por aquel día, sino para siempre.

—Eliot está enamorado de Luz. Oí cómo se lo confesaba el otro día —decirlo en voz alta me costó más de lo que creí.

Mi padre carraspeó y mi madre se removió incómoda en su asiento.

—Bueno, hija… —empezó mi madre, pero la corté.

—No pasa nada, mamá, es lo mismo de siempre. Si no llegamos a ser gemelas, os hubiera echado en cara que pusierais más ganas en hacerla a ella que a mí.

—Pero ¿¡qué estás diciendo, hija!? —exclamó mi madre, dolida, y es que era un tema que yo nunca había hablado tan abiertamente.

—Vamos, todos sabemos que Luz es más guapa, más sexi, más lista, más buena… Más todo.

—¡Eso es una gilipollez! —Esa vez le tocó el turno a mi padre—. Cada una de vosotras es buena en cosas completamente distintas. Tú eres más creativa, más resiliente, más valiente, más independiente… Y decir que tú no eres bonita es lo más estúpido y absurdo que he oído nunca.

Iba a protestar y a aclararle que yo no había dicho que no fuera guapa, solo que Luz lo era más, pero estaba demasiado emocionada asimilando las palabras de mi padre. Nunca creí que considerara algo positivo mi independencia o mi valentía.

—Hija, sois hermanas, gemelas para más inri, pero dos personas diferentes, cada una con sus cosas buenas y sus cosas malas.

Estoy segura de que Luz envidia un buen puñado de tus virtudes, al igual que tú las de ella.

El problema es que con eso no os dais valor a vosotras y a todo lo bueno que hay en cada una.

—Y si ese idiota de Eliot está enamorado de tu hermana, que le den por saco, porque ella está con Aarón y tú podrás encontrar a alguien mucho mejor.

Sonreí porque, para mi padre, Eliot había dejado de ser majo y ya no le gustaba para mí.

Pensé que ya podría pasarme eso a mí también.

Ojalá después de oír aquellas palabras dedicadas a mi hermana hubiera sido capaz de sacarlo de mi cabeza.

Pero entonces me erguí en mi asiento, ¡qué leches!

Iba a conseguirlo, no pensaba mendigar nada a nadie y menos a un tío que se había acostado conmigo pensando en mi hermana.

¡A la mierda Eliot y a la mierda los recuerdos de aquella noche!

Con aquel potente mensaje me fui aquel día de casa de mis padres, y de camino a la mía aún fui echando más leña al fuego.

Porque no podía ser que estuviera así por un tío con el que solo me había acostado una noche, yo no era una persona enamoradiza.

Sí, el sexo con él estuvo bien, muy bien, y había mucha química entre los dos, pero aquello no quería decir que lo nuestro fuera especial, nada de eso.

Solo fue una noche de buen sexo, nada más.

Por si todo aquello no fuera suficiente, la cubierta de mi novela estaba terminada ya y no debería tener más reuniones con él.

Aunque me lo cruzara alguna vez por la editorial, ya no sería lo mismo, podría ignorarlo.

De ese modo no me costaría nada olvidarme de él y de lo que sucedió entre nosotros.

Cuando aquella noche me metí en la cama lo hice con una sonrisa, pues creí que con todo aquello no tardaría en expulsar a Eliot de mi mente para siempre.

Lástima que el destino tuviera otros planes para mí.