8. Rencorosa
Luna
Aquella tarde Luz se acercó a cenar con nosotras. Desde que Noelia y yo nos habíamos mudado al piso en el que antes vivía mi hermana, ella solía venir a visitarnos con frecuencia.
Yo estaba encantada, tanto con que viniera mi hermana como con la decisión de mudarme allí.
No se trataba de que el piso fuera espectacular, pero no estar tan sola y compartir los gastos del alquiler sí que lo era, además de que la vecina de enfrente era Virtudes y junto a Rosario que vivía en el primero y que era otra integrante de mi club de lectura, nos montábamos unas partidas de póquer en las que lo que más hacíamos era comer y reír. Una maravilla, vaya.
Ese día me tocaba a mí limpiar los platos de la cena, así que en cuanto Luz se marchó me puse manos a la obra.
Aquella tarea mecánica normalmente me servía para evadirme, pero justo aquel día no deseaba eso, pues no quería enfrentarme al hecho de que le había enviado un mensaje a Eliot confesando que no era capaz de sacar de mi cabeza la noche que pasamos juntos, y ni siquiera podía poner de excusa que estaba borracha porque no sería verdad.
A ver, que sí había bebido un poco, pero no tanto como para no saber bien lo que hacía.
Tenía claro que era una persona impulsiva e impaciente, pero es que había veces que me hubiera pegado a mí misma.
Tan absorta estaba dándole vueltas a eso que terminé no solo limpiando los platos, sino dejando reluciente toda la cocina.
Fue el sonido de mi móvil lo que logró sacarme de aquellos pensamientos.
Me sequé las manos y contesté. La llamada era desde la editorial e imaginé que estaría relacionada con el trabajo.
—¿Sí?
—Luna, soy Beatriz, alguien ha agredido a tu hermana en el parking de la editorial. Acabo de llamar a la policía y a Aarón, pero he pensado que te gustaría saberlo. ¿Llamo también a tus padres?
Yo corría ya hacia la puerta. Tapé un momento el móvil antes de responder a Beatriz y grité desde fuera:
—¡Le ha ocurrido algo a Luz, me voy!
Noelia no tardó ni dos segundos en colocarse junto a mí.
—Voy contigo.
Virtudes y Rosario se fueron a sus respectivas casas pidiéndonos que las mantuviéramos informadas, y Noelia y yo no esperamos el ascensor, corrimos por las escaleras.
—Beatriz, gracias por llamarme, ya me encargo yo de avisar a mis padres —le dije como pude, porque me faltaba el aire, y colgué.
Mil cosas pasaron por mi cabeza en el tiempo que tardé en llegar a aquel parking. No podía ocurrirle nada a Luz, no en aquellos momentos, no cuando acababa de recuperar la relación con mi hermana.
Jamás un trayecto se me hizo tan largo y nunca en mi vida pasé tanto miedo, ni siquiera cuando le ocurrió a mi padre, porque en aquella ocasión lo vi consciente y la ambulancia llegó rápido. Esta vez no tenía ni idea del peligro en el que se encontraba Luz.
—Sigue tú, yo no puedo más —gritó Noelia parándose cuando ya no quedaba mucho, pues habíamos ido prácticamente corriendo.
Yo no estaba muy en forma, sin embargo, había algo en mí que no me dejaba detenerme, posiblemente se tratara de la adrenalina.
Entré en aquel parking casi sin aliento y me detuve nada más traspasar el umbral porque la ambulancia pasó junto a mí. Me paré a contemplarla mientras serenaba un poco mi respiración.
Caminé hacia el lugar de donde venía el murmullo de voces. Lo primero que divisé fue a Axel tumbado en el suelo e inmovilizado por algunos de los trabajadores de Letras. No me detuve porque él no era mi prioridad.
Los vi en cuanto di dos pasos más. Luz se encontraba junto a Eliot y parecían estar hablando.
Eso quería decir que lo suyo no era grave, ¿verdad?
«Si se halla consciente y puede hablar, seguro que se recuperará», pensé.
Di dos pasos más porque quería comprobar con mis propios ojos si estaba bien y entonces fue cuando lo oí.
Eliot, que estaba agachado junto a Luz, acababa de decirle a mi hermana que llevaba toda la vida enamorado de ella.
Me gustaría decir que aquello no me afectó, más que nada porque ya debería estar acostumbrada, pero no fue así.
Dolió, y ya no solo porque con toda seguridad se había acostado conmigo pensando en ella —aquello no era la primera vez que me pasaba—, sino porque, además de sentirme dolida, me sentí humillada.
Me aparté un poco de allí porque los sanitarios ya se habían bajado de la ambulancia y se disponían a atender a Luz. Además, acababa de llegar Aarón y parecía estar a punto de desmayarse.
Intenté apartar lo que había oído y centrarme en lo que de verdad era importante en aquellos instantes, mi hermana. Por eso di un paso al frente para oír lo que Aarón hablaba con el sanitario que estaba atendiendo a Luz.
—Hola, soy su pareja, ¿me puedes decir cómo está? —La voz de Aarón sonó suplicante.
—No puedo asegurarle nada porque ha recibido un fuerte golpe en la cabeza y tendrán que hacerle alguna prueba al llegar al hospital.
Mientras aquel sanitario hablaba con él, este subió a la ambulancia y cerró las puertas antes de que yo pudiera ver a Luz.
Al contemplar cómo se alejaba la ambulancia supe que no podía hacer nada más parada en aquel parking, así que subí corriendo a la editorial para pedir el teléfono privado de Aarón y poder comunicarme con él a fin de saber dónde llevaban a mi hermana.
En cuanto lo conseguí, me largué de allí, o eso fue lo que intenté, porque al salir del ascensor me encontré de frente con Eliot.
—Luna, yo… —empezó a decir, y alcé la mano para que se callara.
—Mi hermana está en el hospital. Voy a llamar a mis padres. No es el momento.
Dicho esto salí casi corriendo y justo cuando llegué a la puerta me encontré con Noelia.
—¿Qué ha pasado? He ido al parking, pero salía una ambulancia y ni rastro de Luz. Imagino que estaría dentro.
—Sí, se la han llevado al hospital, por lo visto tiene un fuerte golpe en la cabeza. Ha sido Axel.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Noelia llevándose una mano a la boca.
—Voy a llamar a mis padres. Me hubiera gustado poder explicarles algo más porque se van a poner histéricos y no será bueno para mi padre, pero ya no puedo seguir posponiéndolo. Llamaré mejor a mi madre, ella sabrá darle la noticia con más suavidad que yo.
Noelia asintió con la cabeza y yo me di cuenta de que empezaba a pensar en voz alta, que era algo que solía hacer cuando me ponía nerviosa.
Tal y como me imaginaba, mi madre se puso histérica, tanto que pensé que lo mejor sería ir a su casa y una vez allí decidir qué hacíamos. Ellos querrían ir al hospital, eso seguro.
Volví a correr para llegar lo antes posible y mientras lo hacía sonó mi teléfono. Cuando vi que se trataba de Aarón estuve a punto de desmayarme porque no sabía lo que me diría y yo era de las que aguantaban aquel tipo de tensión regular.
—¿Sí? —murmuré, tan bajito que no tuve claro que me hubiera oído.
—Luna, soy Aarón. Acabamos de llegar al hospital y van a hacerle algunas pruebas, pero comentan los médicos que más que nada para descartar que se haya hecho daño en la cabeza, aunque nos han dicho que parece estar bien y que no nos preocupemos. En cuanto sepa algo te voy diciendo.
—Vale.
Sabía que eran buenas noticias, que podía haber sido mucho peor, pero, hasta que no me aseguraran que Luz estaba fuera de peligro, no me quedaría tranquila.
Fue una noche muy larga. Mis padres insistieron en ir a urgencias y me costó muchísimo hacerlos cambiar de idea.
No se quedaron conformes hasta que tuvieron una videollamada con Luz y comprobaron de primera mano que se encontraba bien, además de que nos aseguraron que solo la dejaban en observación por precaución.
Aunque lo que de verdad los dejó más tranquilos fue que mi padre —por primera vez desde que le había ocurrido— utilizó la baza de que estaba delicado del corazón para poder hablar con el médico.
Cuando este le aseguró que el TAC había salido bien, que Luz se encontraba fuera de peligro y que a la mañana siguiente le daría el alta, lograron respirar aliviados. Y yo también.
Aquel día me quedé a pasar la noche en casa de mis padres. No dormimos mucho ninguno porque hablamos varias veces con Aarón para ver cómo se encontraba Luz.
Lo primero que hice por la mañana, nada más levantarme, fue llamar a mi hermana y continué haciéndolo durante todo el día, pero siempre lo cogía Aarón para decirme que Luz estaba durmiendo.
Cuando se lo repetía a mis padres me respondían que eso era bueno, que debía descansar.
Sin embargo, yo me moría de ganas por oír su voz.
Imagino que aún llevaba el susto en el cuerpo.
Ya entrada la tarde recibí una llamada suya.
—Luz, ¿cómo estás? —pregunté, con preocupación, en cuanto lo cogí.
—Estoy bien, me ha sentado genial dormir tantas horas —respondió, y al oírla y comprobar que no mentía y que de verdad estaba bien respiré aliviada por primera vez desde que la vi tirada en aquel parking.
—No sabes cuánto me alegra oír eso —verbalicé, conteniendo la emoción.
—Luna, ¿está todo bien entre nosotras? —terció, y yo supe a lo que se refería, aunque me parecía absurdo estar hablando de aquello cuando ella acababa de salir del hospital.
—¿Por qué no debería estarlo? —repuse, en un intento de desviar la conversación.
Entendí perfectamente a lo que se refería. Hacía tiempo que mi hermana sabía lo que había ocurrido entre Eliot y yo, pero preferí hacerme la tonta.
—Porque oíste lo que Eliot…
—Luz, no te ofendas, pero no quiero hablar de eso. Aunque deseo que te quede claro que no es por ti. Entre nosotras está todo genial, de verdad. Esta noche me he asustado tanto… Quiero que sepas que siento el tiempo que hemos perdido y que… que te quiero mucho.
Tragué saliva intentando tragarme también aquel enorme nudo que se había formado en mi garganta. Era la primera vez que le decía a mi hermana esas palabras, pero es que me había asustado tanto…
—Yo también te quiero, Luna, y me alegro de que todo esté bien entre nosotras. Cuando te sientas preparada para hablar ya sabes dónde encontrarme.
—Gracias. Ahora déjate cuidar por mi guapo cuñado y descansa todo lo que puedas.
—¡Muchas gracias por lo de guapo! —gritó Aarón de fondo, y supe que Luna tenía puesto el manos libres. No me importó en absoluto.
—Bah, los dos sabéis que estáis buenísimos, es una pena que no os acompañe el intelecto —bromeé.
—Tú sabes que estás hablando con tu jefe, ¿verdad?
—Mi jefa es mi hermana y las dos tenemos claro que fuera de la editorial no puede ejercer ninguna autoridad sobre mí.
—Ese trato es una porquería —se quejó Aarón, pero no le hice el menor caso.
—Me voy a trabajar un poco; por lo menos que lo haga alguien, porque lo que es vosotros dos…
Cuando colgué el teléfono me inundó una paz tan placentera que tuve que sentarme, y por primera vez desde que vi a mi hermana metida en una ambulancia desvié la atención de ella a él. Abrí el mensaje que me había mandado hacía horas y lo leí.
Eliot: Luna, tenemos que hablar.
Vaya, parecía que le habían entrado las prisas por hablar conmigo después de meses sin dirigirme la palabra. No solo no le respondí, sino que lo bloqueé.
Además de todas las diferencias obvias que teníamos mi hermana y yo, había una que nos distanciaba del todo y era que, al contrario de Luz, yo sí era rencorosa.