7. Un mal día
Eliot
Unas semanas después
Llevaba infinidad de días centrándome exclusivamente en el trabajo.
Total, mi vida personal era una porquería y mi mejor amiga y la mujer de la que me había enamorado estaba con un tipo que parecía salido de la portada de una revista.
Así que intentaba olvidarme de todo aquello trabajando en la misma editorial de la que ellos dos eran los jefes. ¿Verdad que mi vida era maravillosa?
No había vuelto a ver a Luna desde el día que tuvimos la reunión para enseñarle los diseños de su cubierta.
Debo reconocer que me pilló con la guardia baja y que no actué del todo bien.
Y, aunque no dejaba de repetirme que aquello era lo mejor, que cuanto más lejos estuviera de Luna y antes la sacara de mi cabeza antes podría volver a mi vida, me estaba costando más de lo que creí.
No porque tuviera sentimientos profundos hacia ella, no era eso exactamente, pero no lograba borrar de mi mente la noche que pasamos juntos.
Y eso era de lo más absurdo. Porque ¿qué tenía Luna que la hacía distinta al resto de mujeres con las que había estado?
Nada, no tenía nada destacable y sin embargo ahí estaba yo, sin poder borrar de mi mente la imagen de ella desnuda.
Otro problema que presentaba aquel día era que en diez minutos había vuelto a quedar con Luna y hubiera preferido pegarme un tiro en un pie. Porque, si ya me costaba no pensar en ella cuando no la veía, la cosa se complicaba al verla.
—Eliot, mi hermana está a punto de llegar. ¿Lo tienes todo listo? —dijo Luz parándose frente a mi mesa.
—Sí, todo en orden. ¿Dónde nos reunimos? —pregunté, a pesar de saber la respuesta.
—En la misma sala de siempre, ¿va bien?
—Claro, perfecto.
¡Los cojones, perfecto! Era la sala que se encontraba más aislada, la más íntima y acogedora. Yo hubiera preferido un lugar público con mucha luz y mucha gente pasando e interrumpiendo.
Luz se marchó sin decirme nada más y yo di media vuelta para ir a por un café. Me habría venido mucho mejor un whisky doble, pero me gustaba aquel trabajo y no quería perderlo por presentarme bebido a una reunión.
Cuando la vi parada frente a la máquina de café no pude dar marcha atrás e irme de allí porque ella también me había visto y sería ridículo huir. Caminé hacia donde se encontraba y me paré a más de un metro de distancia.
—Hola, Luna.
—Hola.
Posiblemente los dos minutos que tardó en recoger su café fueron los más largos de mi vida.
Una vez que lo tuvo, dio media vuelta y se marchó sin añadir nada.
Me dejó allí con la cabeza hecha un lío, porque por una parte sabía que aquello era lo ideal, que aquella distancia nos ayudaría a ambos, y por otra parte extrañé que me hiciera algún comentario, que se metiera conmigo, me soltara una pulla; no sé, algo más que aquella fría indiferencia.
En fin, que no había quien me entendiera.
Recogí mi café y me dirigí hacia la sala donde iba a reunirme con ella. Encendí el ordenador y estaba imprimiendo una cosa cuando Luna llamó a la puerta. Le di paso y se sentó en la misma silla de la última vez.
En cuanto me senté a su lado nos pusimos al lío.
La miraba de reojo cuando ella estaba concentrada contemplando algo que le había presentado.
No pude evitar fijarme en las leves ojeras que tenía.
¿Le habría ocurrido algo? ¿Estaría bien?
Sacudí la cabeza porque aquello era algo que a mí no me importaba.
Volví a centrarme en el trabajo y media hora más tarde habíamos terminado, con la proeza de no habernos mirado a la cara ni una sola vez.
Luna salió de la sala sin despedirse, aunque yo tampoco lo esperaba. Y me quedé sentado allí intentando entender qué cojones me pasaba para no ser capaz de actuar con normalidad cuando ella estaba presente.
El día se me hizo eterno y cuando finalmente llegué a mi casa lo único que me apetecía era tirarme en la cama a dormir, pero por lo visto algo malo debí de hacer en otra vida que el karma estaba dispuesto a hacérmelo pagar, o cualquier otra mierda de esas, porque, a pesar de estar agotado, no lograba conciliar el sueño.
Y de pronto, cuando casi había caído en los brazos de Morfeo, se me ocurrió una idea.
Porque, aunque tanto Luna como yo estábamos contentos con el resultado de la cubierta, los dos coincidíamos en que le faltaba algo, pero ninguno sabía exactamente el qué.
Me levanté y comencé a trabajar en ello.
En cuanto lo tuve listo me puse en pie y alcé los brazos en señal de triunfo.
Había quedado perfecta. No fui capaz de resistirme y esperar para enviársela a Luna, estaba tan emocionado con el resultado…
Tanto que, en lugar de mandársela por mail, lo hice por WhatsApp.
Y me quedé allí, sentado en la mesa del salón con el ordenador encendido y mirando el móvil una y otra vez para comprobar que Luna la hubiera visto.
Media hora después aparecieron los checks azules y yo agrandé los ojos cuando vi que estaba escribiendo. Después dejó de escribir y yo me desesperé, pero entonces comenzó a grabar un audio.
En cuanto lo recibí lo abrí solo para comprobar que, por el ruido que se oía de fondo, Luna no estaba en su casa.
«Me encanta, ha quedado preciosa», arrastraba un poco las palabras como si hubiera bebido más de la cuenta.
«Dile que no son horas de trabajo»; aquello no lo dijo ella, sino la voz de un tío.
«Gracias, Eliot», volvía a ser su voz y me dio la sensación de que paladeaba mi nombre.
Aquello me gustó. Sin embargo, me sentí un poco mal, por lo que le escribí un mensaje.
Yo: Siento habértela enviado a estas horas, pero acabo de terminarla y necesitaba que la vieras. Me alegro mucho de que te haya gustado. Espero no haber interrumpido nada.
La última parte del mensaje sobraba, lo sabía, y aun así la envié.
Luna: Sí, me ha gustado mucho.
Ya está, esa fue su contestación. Justo cuando dejé el móvil encima de la mesa me di cuenta de que estaba actuando como un idiota, porque, mientras yo no dejaba de pensar en la noche que habíamos pasado juntos, Luna se divertía y con toda seguridad había borrado de su mente aquella noche y la sustituyó por unas cuantas más.
Vamos, lo que tendría que estar haciendo yo.
Apagué el ordenador, silencié el móvil y me metí en la cama para quedarme completamente dormido casi al momento. Aquella especie de conversación con Luna me había dado lo que llevaba meses intentando encontrar, la excusa para olvidarla definitivamente.
Claro que no tenía ni puta idea de lo que me encontraría a la mañana siguiente.
Me levanté temprano y lo primero que hice, al igual que cada mañana, fue prepararme el café.
Me lo tomé sentado en la silla de la cocina y estaba cogiendo el móvil para leer las noticias cuando me percaté de que tenía un wasap de Luna.
He de reconocer que cuando vi la hora a la que lo había enviado tuve serias dudas de si leerlo, pero me pudo la curiosidad, y ya sabéis lo que dicen de ella.
Pues, al igual que le ocurrió al gato, a mí también me mató.
Luna:
No pudo sacar de mi cabza la noch que estuvmosjutos.
A la frase le faltaban letras y estaba convencido de que la había escrito estando bebida, pero aquello no hizo que me impactara menos.
Y con esa simple frase llegó un aluvión de preguntas: ¿Sería verdad?
¿Recordaría ella aquella noche? ¿Le gustó?
¿Estaría dispuesta a repetir? ¿Quién era el tío con el que estaba la noche anterior?
¿Tendría pareja? ¿Sería por eso por lo que había dejado prácticamente de hablarme?
Paré mis pensamientos porque sabía que terminaría entrando en bucle y la triste realidad era que no tenía ni una sola respuesta para todas aquellas preguntas.
Sin embargo, no pude evitar que llegaran otras: ¿Debería contestarle a aquel mensaje?
¿Qué podría ponerle? ¿Que yo tampoco lograba olvidar la noche que pasamos juntos?
¿Que contra todo pronóstico me atraía como la luz a las polillas?
¿Que me encantaría repetir, pero que no tenía ganas de complicaciones?
Me aturullé tanto que terminé dejando el móvil encima de la mesa y metiéndome en la ducha, porque como continuara así acabaría llegando tarde.
Ya tendría tiempo de contestarle durante el día. O por lo menos aquello fue lo que creí.
Resultó ser un día de mierda. Quizá porque tenía la cabeza en otro sitio y no podía parar de pensar en Luna, en el mensaje que me había enviado y en qué contestarle, o puede que simplemente estuviera espeso; el caso fue que no di una.
—Chicos, nosotros hoy salimos antes. Cualquier cosa, nos llamáis —dijo Aarón antes de marcharse junto a Luz.
No se profesaban muchas muestras de cariño en la oficina, o tal vez era que yo no les prestaba demasiada atención cuando estaban juntos, pero aquel día sí me fijé en que salían de allí cogidos de la mano y no supe identificar qué fue lo que sentí.
Por un lado, me dio cierta rabia, pero por otro me sentí bien por Luz, porque sabía lo mal que lo había pasado con los hombres, y me alegré de que por fin hubiera encontrado a alguien que valiera la pena y que la tratara como merecía a pesar de que, por supuesto, ese alguien no era yo.
Resoplé, pues entre las dos hermanas iban a terminar conmigo.
—Vaya, chico, qué suspiro —dijo Beatriz, la secretaria de Aarón, que usaba cualquier excusa para pasarse por allí a ver a Rubén.
—Sí, tengo un día regular —respondí escueto.
—Pues ve a casa y trabaja desde allí, tú que puedes.
Era verdad que si lo hubiera preferido podría trabajar casi todos los días desde casa, pero, aunque me gustaba hacerlo un par de veces por semana, los otros días prefería ir a la oficina, salir de mi piso y hablar con alguien.
—Ya no me queda tanto —mentí.
Beatriz debió de darse por aludida, porque se marchó de mi mesa y se encaminó hacia la suya.
Desde luego, no tenía ni idea de lo que aquella decisión iba a cambiar mi vida.