6. Unos tanto y otras tan poco
Luna
Unas semanas después
Por fin le había confesado a mi hermana que yo era Selene y que la novela que tanto le gustaba era mía.
Me parecía mentira que después de años de escribir, pensar, borrar y volver a escribir hubieran culminado en aquella historia.
Y si no me sentía más orgullosa de todo lo que había conseguido era porque estaba acojonada.
Aún hoy no sé qué me llevó a enviar aquel manuscrito a Letras, aun sabiendo que la persona que lo leería sería Luz.
Pero es que ella parecía estar mucho más segura que yo, no había más que ver lo emocionada y lo ilusionada que se mostraba con aquello.
No era que yo no lo estuviera, simplemente es que de pensar que habría personas que leerían lo que yo había escrito me daba tanto vértigo que era incapaz de asimilarlo.
Supongo que por eso insistía una y otra vez en que no quería que saliera una foto mía en la solapa y que prefería que apareciera mi seudónimo en la cubierta.
También era cierto que me estaba costando mucho asimilar lo que me sucedía.
Yo siempre había escrito para mí. Empecé con unos diarios y casi sin darme cuenta una historia se puso a rondar en mi cabeza hasta que la plasmé en el papel, y lo que comenzó siendo casi una necesidad se había convertido en una realidad que debía asimilar.
Aquel día estaba nerviosa por muchas cosas, pero sobre todo —por más que quisiera engañarme a mí misma resultaba imposible ocultarlo— por tener que ver y trabajar con Eliot. Él iba a ser el encargado de diseñar mi cubierta y aquello era una idea horrible por un millón de motivos.
Seguramente por eso terminé llegando tarde a la editorial, porque los nervios me hicieron tener dudas sobre todo lo que hacía.
No quería ir demasiado arreglada y que pareciera que lo hacía por él, pero tampoco deseaba presentarme allí hecha una piltrafa, más que nada porque me restaría seguridad.
Ese fue el motivo de que me pasara más de tres cuartos de hora intentando decidir qué ponerme para finalmente decantarme por un atuendo de lo más normal: unos tejanos que me gustaban especialmente y una camiseta sencilla, pero con unos colores que creía que me favorecían.
Mientras bajaba las escaleras me puse unos pendientes que tenían casi los mismos colores que la camiseta.
Me había maquillado muy poco: color en la mejillas, rímel y cacao en los labios.
Lo único que sí hice fue esmerarme en pasarme la plancha para estirarme el pelo, algo que resultó una absoluta tontería porque cuando salí a la calle llovía y no había cogido paraguas.
Qué maravilla de día tenía por delante, lo veía venir.
Cuando llegué a la editorial estaba empapada y tuve que pedirle auxilio a Luz, que me dejó una muda que guardaba en su despacho.
Lo mejor que me había ocurrido durante los últimos meses, más incluso que la próxima publicación de mi primera novela, fue el cambio en la relación con mi hermana.
Porque, a pesar de que nos quedaban algunas asperezas por limar, me di cuenta de que Luz, a la que yo siempre creí una especie de diosa, la persona a la que más idealizada tenía, en realidad era una mujer llena de inseguridades.
También fui consciente de que yo misma la había subido en aquel pedestal y de que lo hice casi sin conocerla.
Cuando me enteré de lo que en realidad ocurrió con Axel me sentí fatal.
Reconozco que debí haberla escuchado antes y que, con toda seguridad, si lo hubiera hecho nuestra relación no se habría resentido ni deteriorado como lo hizo, pero aquello fue solo la punta de un iceberg.
Lo que no se veía fueron años de comparaciones en los que yo salía muy mal parada, años de saber que era peor que Luz en todo: en el físico, en el carácter, con los estudios…
Ella era más guapa, más sexi, más inteligente, más bondadosa, más contenida, más perfecta.
Luz siempre tomó ese papel y a mí me tocó ser la hermana imperfecta, la que no terminaba nada, la que no se vestía adecuadamente, la alocada, la independiente, la escandalosa, la promiscua que era capaz de acostarse con un tío y después olvidarse por completo de él (menos del maldito Eliot, que no entendía qué coño me pasaba con él).
Habían sido muchos años de vivir a la sombra de Luz —qué nombre tan adecuado para mi hermana— y tenía que acostumbrarme a reconciliarme con ella y a aceptarme a mí. Y, aunque era cierto que habíamos avanzado muchísimo, aún nos quedaban cosas por hacer.
Con todo aquello en mi cabeza me fui vistiendo con una falda de tubo y la blusa blanca que me había dejado mi hermana. No tenía zapatos de repuesto, así que tuve que volver a ponerme mis botas empapadas.
No necesité mirarme al espejo para saber que estaba ridícula.
La falda y la blusa me quedaban grandes donde mi hermana las llenaba de curvas.
Tenía el pelo empapado y con toda probabilidad se me había corrido el rímel.
Todo lo demás me daba igual, pero solo por eso me miré en el espejo del despacho de Luz y me limpié la cara, que, tal y como imaginaba, llevaba llena de pintura negra.
Y no me miré más, no me dio la gana. Quizá porque sentí un poquito de rabia por haber perdido tanto tiempo en estar presentable y al final terminar con aquellas pintas.
—Lo siento, pero no tengo otra cosa —se excusó Luz al entrar.
—No pasa nada. Faltaría más.
En otro momento me hubiera tomado aquel comentario como una afirmación de lo ridícula que estaba, pero en aquella ocasión no lo tuve en cuenta porque sabía que Luz no lo decía con aquella intención.
—Eliot te está esperando —anunció, y no sé la cara que puse para que mi hermana dijera a continuación—: Si quieres puedo asignarte a otra persona, pero es que él es el mejor diseñador que tenemos. O si te parece podrías trabajar a través de mí, yo le diría…
—No, no, claro que no. ¿Dónde está?
—Te espera en la sala grande, la que hay en la entrada. He pensado que allí podríais trabajar mejor.
—Gracias, Luz. —Me guardé para mí que aquella sala estaba un tanto apartada y que me resultaba íntima en exceso. Aunque lo más probable sería que no estuviéramos solos. Y con ese tranquilizador pensamiento salí hacia allí.
Llamé a la puerta antes de entrar y la potente voz de Eliot me dio paso desde el otro lado. Me erguí y abrí. Para mi total consternación, él estaba solo y la luz de aquel lugar era demasiado tenue para mi gusto.
—Hola, Luna. Siéntate —ordenó sin mirarme a la cara, y yo tuve que contenerme para no soltarle una fresca.
—Hola, Eliot —respondí fría, y me dirigí hacia la silla que él me señalaba.
—¿Qué llevas puesto? ¿De qué vas disfrazada? —preguntó alzando las cejas e intentando bromear. Pero es que yo no estaba para bromas.
—De mi hermana. Seguro que te gusta —solté aquella pulla como tantas otras, sin embargo, el rostro de Eliot cambió.
Entrecerré los ojos porque había algo que se me escapaba y no estaba segura de lo que era.
—Voy a enseñarte las propuestas que he preparado. —Ya no había en su tono de voz ni un ápice de burla. Se había convertido en Eliot el profesional.
Durante la siguiente hora estuvimos hablando solo de trabajo y, cuando lo tuvimos listo y me levanté para marcharme, Eliot me tendió la mano. La. Puta. Mano.
Yo me la quedé mirando y después alcé la vista a él, que parecía un tanto incómodo.
—Eliot, esos dedos han estado dentro de mí. No me jodas.
Aquello sirvió para que se la guardara y pasara de estar un poco incómodo a muy incómodo.
Punto para mí.
No entendía muy bien por qué insistía una y otra vez en actuar de aquel modo con él cuando sabía que lo mejor sería mostrarme indiferente, pero es que Eliot me hacía sentir de todo menos indiferencia.
Lo primero que hice al llegar a casa fue meterme en la ducha, pues el frío que había pasado al mojarme parecía haber calado hasta mis huesos.
El agua caliente me relajó tanto que me fastidió tener que salir aquel día.
Pero me tocaba club de lectura y sabía que una vez que estuviera allí lo pasaría genial.
Poco tiempo antes Luz había arrastrado a sus vecinas Virtudes y Rosario, se habían adaptado la mar de bien y yo estaba encantada por eso y porque traían unos dulces, que hacían ellas mismas, que estaban para chuparse los dedos.
No me equivoqué y aquel día Rosario preparó un pan de limón con semillas de amapola, que era justo el título del libro que habíamos leído.
Cuando terminamos la reunión del club vi que la dueña de la librería se acercaba a mí.
—Fuera hay un chico guapísimo que pregunta por ti —anunció con una enorme y resplandeciente sonrisa, incluso alzó las cejas un par de veces.
—Muchas gracias, Ingrid —murmuré.
Durante el tiempo que tardé en despedirme de todas y caminar hacia la puerta barajé la posibilidad —más bien la absurda esperanza— de que aquel chico fuera Eliot. Por supuesto, no era él; se trataba de Alejandro.
—¿Qué haces aquí? —pregunté cuando llegué frente a él.
—Pareces desilusiona, ¿esperabas a otra persona?
—No, claro que no —mentí.
—Te conozco bien y sé cuándo mientes, pero, por ahora, voy a dejarlo. Respondiendo a tu pregunta de qué hago aquí, es que no te lo vas a creer, pero he quedado con una chica y ha resultado ser la peor cita de toda mi vida. He tenido que usar la excusa del móvil.
—¿Has hecho que suene y le has dicho que era una emergencia?
—Que mi hermana se había caído por las escaleras, así que será mejor que cojees por si nos la encontramos.
—¡Eres idiota! —exclamé dándole un golpe en el brazo.
—Un poco sí, no voy a negarlo, pero es que no sabría explicarte lo rarísima que era. Si hasta me ha propuesto ir a su casa.
—Pero eso está bien, ¿no? —No entendía nada, pues aquella propuesta no me parecía tan extraña.
—No si aún vives con tus padres.
No pude contener la carcajada que salió de mi boca. Conocía bien a Alejandro y, si él decía que una persona era rarísima, a mí me hubiera parecido extraterrestre.
—¿Y cómo has terminado aquí?
—El restaurante estaba cerca y he recordado que hoy tenías club de lectura. No he traído el coche, pero he pensado que podría acompañarte a tu casa caminando.
—Pues no voy a decirte que no, porque son casi veinte minutos y se me hacen eternos.
—Eres única haciendo cumplidos; en lugar de decirme: «me encantaría disfrutar de tu compañía», sueltas esa mierda.
—Ya sabes cómo soy.
—Lo sé, lo sé. Anda, tira —dijo poniendo un brazo alrededor de mis hombros y empujándome para que caminara. Podría parecer un gesto un poco íntimo, pero era más bien una simple costumbre.
Al final, como los dos teníamos hambre, nos paramos en un bar a comernos un bocadillo y un plato de bravas.
Después Alejandro me dejó en la puerta de mi casa y quedamos en vernos la siguiente semana. Tuvo que mirar su agenda para comprobar que no le coincidiera con alguna cita. ¡Qué pena! Unos tanto y otras tan poco.