La chica imperfecta 5. Amigos
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5. Amigos

Luna

Aquel día fui a ver a Luz a la editorial, o eso me repetí una y otra vez, pero en realidad no pude evitar buscarlo a él.

Después del último encontronazo que tuvimos junto a la máquina de los cafés me moría por volver a verlo.

Me encantó dejarlo tan descolocado y tener la última palabra, pero lo que de verdad me gustó fue volver a verlo.

Quizá no resultara buena idea y lo más sensato sería dejarlo correr, evitarlo y no saber nada de él, que precisamente fue lo que Eliot decidió cuando dejó de contestar a mis mensajes. En cambio, allí estaba yo buscándolo con un ansia casi obsesiva.

El problema fue que no lo encontré por ningún sitio, y eso que me acerqué al baño y a por agua en un burdo intento de dar con él.

Cuando salí del despacho de Luna, y al igual que hice antes de entrar, lo continué buscando, con la diferencia de que en esa ocasión sí lo localicé y la suerte estuvo de mi parte porque antes de verme se levantó y se dirigió a la máquina de cafés, que estaba un poco más apartada y nos daba algo de privacidad.

¿Sopesé si era apropiado seguirlo y acorralarlo de nuevo allí? Ni por un momento.

—Hola, Eliot —saludé, y sonreí para mis adentros por el bote que dio al oírme.

—Hola, Luna —dijo casi sin entonación.

Su modo de hablarme podría haberme hecho recular, pero es que yo no era así para nada; en lugar de eso caminé hacia él, me detuve a su lado y rocé su brazo con mi hombro. Él se apartó en el acto. Sonreí.

—Sabes que no muerdo, ¿verdad?

—Ah, ¿no?

Algo era algo, porque su tono de voz cambió al hacer esa pregunta y yo capté que volvíamos a jugar a aquel juego que nos traíamos entre manos, a pesar de que los dos intuíamos que podría explotarnos en cualquier momento.

—Ya conoces el dicho: perro ladrador, poco mordedor —bromeé guiñándole un ojo.

—No te engañes, Luna. Tú eres ladradora y mordedora, te lo aseguro.

—Eliot, te veo tenso. ¿Tienes miedo de algo?

—De ti, por supuesto. No tengo ni idea de por dónde vas a salir y eso me… pone… inquieto.

Sabía bien que no era esa la palabra que iba a elegir, pero lo dejé pasar. Al menos de momento.

—¿Qué haces por aquí, Luna?

—He venido a hablar con mi hermana.

—Por un instante creí que me estabas acosando.

—Qué más quisieras —dije, continuando con ese tira y afloja que tanto me gustaba.

—No, te aseguro que no.

Aquella contestación me dejó cortada, porque una cosa era que los dos jugáramos a aquel juego y otra muy distinta que jugara yo sola. Si algo tuve claro siempre fue que sabía detectar cuándo alguien me rechazaba y apartarme. Con mi hermana cerca había hecho un máster sobre eso.

Di un paso hacia atrás y luego otro hasta separarme lo suficiente de él como para que no me afectara, y después di dos pasos más en dirección a la salida.

—Luna, yo no…

—Déjalo, Eliot. Ya te lo dije, sé bien cuándo retirarme.

Él dijo algo más que no oí, pues aceleré el paso hasta entrar en uno de los ascensores.

Salí de las oficinas de la editorial y caminé un rato para que me diera el aire.

Era verdad que me estaba comportando como una idiota, ¿qué buscaba?

Eliot me lo había dejado claro desde el principio.

Entonces, ¿por qué insistía? «Porque me gusta —me contesté a mí misma—, porque me gusta mucho y esto es una soberana tontería, ya que ni siquiera lo conozco lo suficiente».

Al llegar al portal de mi piso me di cuenta de que no quería subir, no quería estar sola, así que llamé a la única persona que se me ocurrió.

Por más que insistí, Alejandro no me lo cogió y me quedé en blanco.

Volví a repasar el móvil y a echar de menos a Clara, que aún estaba en Ecuador y que no tenía ninguna intención de regresar en breve.

No sé qué me llevó a llamar a Noelia, pues ella y yo tampoco teníamos una relación tan estrecha, siempre fue más amiga de Luz que mía.

Me asombró y alegró que no lo dudara ni un momento y que aceptara mi invitación sin titubear. Quedamos media hora después en un bar del centro.

Apenas llevaba allí cinco minutos cuando ella apareció.

—Luna, qué alegría. Cuánto tiempo sin verte —dijo mientras caminaba hacia mí y me abrazaba. Si le había sorprendido mi llamada, no lo verbalizó.

—Mucho, sí —afirmé mientras respondía a su abrazo.

—Lo último que he sabido de ti fue que volviste de Ecuador y que estás trabajando en una galería de arte.

Me supo mal que ella tuviera esa información sobre mí y yo no tener ni idea de cómo le iba la vida, pero es que mi hermana y yo casi no hablábamos de nosotras, como para hacerlo de Noelia.

—Sí, estoy bien; como siempre, no puedo quejarme. Explícame tú, ¿cómo está Pablo?

Noelia y Pablo llevaban saliendo prácticamente toda la vida. Por eso casi me caí de la silla ante sus siguientes palabras.

—Ya no estamos juntos. Pero no me apetece hablar de ello. No te ofendas, es que llevo muchos días triste y necesito despejarme un poco.

—Por supuesto que no me ofendo.

Una vez superada la conmoción que me provocó aquella noticia, durante la siguiente hora le estuve explicando todas las cosas que hice y que visité en Ecuador y en otros países en los que había estado los últimos años.

Ella me interrumpía para hacerme preguntas, pero comprendí que Noelia prefería escuchar a hablar, así que casi me marqué un monólogo.

Aunque lo cierto fue que me sentí muy cómoda con ella; había olvidado su forma sosegada de ser, su manera activa de escuchar y que jamás juzgaba. Eso era maravilloso.

Si no estuvimos más tiempo en aquel bar fue porque Noelia debía marcharse a atender un asunto de trabajo, pero nos despedimos con la promesa de volver a vernos pronto.

Me vi de nuevo en la puerta de mi casa siendo aún temprano y justo cuando me disponía a entrar en el portal me sonó el móvil.

—Hola, Luna, ¿me has llamado? —preguntó Alejandro.

—Sí, hace un rato.

—¿Pasa algo?

—No, nada, es que me apetecía compañía.

—Si te sigue apeteciendo, voy a por unas pizzas y cenamos juntos.

—Genial —contesté con rapidez, ya que me parecía un plan perfecto.

—Pues ahora nos vemos.

Aquella llamada me puso de buen humor porque no quería cenar sola. Últimamente se me estaba haciendo cuesta arriba lo de pasar ratos a solas conmigo misma.

En cuanto entré en mi piso dejé el bolso en el perchero y los zapatos en su sitio y me fui directa al baño. Me dio tiempo a ducharme y me estaba secando el pelo cuando sonó el timbre. Era el de la puerta de arriba, por lo que seguramente alguien le habría abierto el portal.

—¿Ha pedido usted unas pizzas? —preguntó con una enorme sonrisa.

—Sí, es aquí —respondí haciéndome a un lado para que Alejandro pudiera entrar.

Cenamos en silencio, pues él sabía que, cuando yo tenía hambre, hasta que no me saciaba un poco no me gustaba hablar.

—¿Qué tal el día? —preguntó cuando yo acababa de reclinarme en mi silla dando por finalizada la cena.

—Bien, ¿y el tuyo?

—Uy, cuando tú devuelves la pregunta así de rápido es porque algo te ha ocurrido.

—No, qué va —desmentí igual de rápido, y es que me dio rabia que me conociera tan bien.

—Vamos, desembucha.

—No. No es un tema apropiado para hablarlo contigo. —No iba a ponerme a hablar de Eliot con él.

—Luna, cuando me has llamado estaba en la cama con una mujer. Así que, roto ya el hielo, empieza a hablar.

Lo miré con la boca abierta y se me escapó una carcajada. Me parecía increíble que supiera que estaba mal por un tío, pero más me alucinó que no me afectara lo más mínimo lo que acababa de decirme; al contrario, logró relajarme por completo.

—¿Qué leches hemos hecho tú y yo juntos casi un año? —pensé en voz alta.

—Nos llevábamos bien — indicó encogiéndose de hombros.

—Éramos amigos, nada más.

—Sí, pero dos amigos que se llevaban bien.

Y ahora deja ya de desviar el tema. ¿Y cómo es él?

¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es?

¿A qué dedica el tiempo libreeee? —dijo sonriendo y entonando la dichosa cancioncilla que sabía que, como no me la quitara de la cabeza, iba a tenerla en ella toda la noche.

—No está enamorado de mí ni mucho menos, más bien todo lo contrario. Intenta rehuirme. Hoy me lo ha dejado clarísimo.

—No puedo creer que alguien se resista a tus encantos. —Me hizo gracia no detectar en aquella frase ni un ápice de sarcasmo.

—Es amigo de mi hermana —solté con resquemor.

—Ya estamos con lo de siempre —protestó resoplando.

—No seas falso, que la única vez que viste a mi hermana tuve que recogerte la mandíbula del suelo —le eché en cara.

—Tu hermana es espectacular, no voy a decir lo contrario porque sería mentira, pero es que tú eres un bombón.

—Un bombón relleno de limón ácido —refunfuñé.

—No es verdad, tu carácter es explosivo y a veces dices cosas que cuesta asimilar porque no posees ningún tipo de filtro.

Cuando tienes hambre eres insoportable, eso sí, y demasiado impaciente la mayoría de las veces.

Haces un montón de cosas sin pensar y tu espontaneidad roza lo kamikaze, pero también eres una persona sensible y empática a la que todo le afecta mucho más de lo que quiere hacer ver.

Eres alegre y optimista y tu creatividad no conoce límites.

Eres cariñosa y extremadamente sociable y cuando ríes es imposible no hacerlo contigo.

Pero también sé que tú no quieres escuchar nada de esto porque a lo que te refieres es al físico, y ya deberías tener claro que eres una mujer bellísima.

Tragué el nudo que todas aquellas palabras habían formado en mi garganta para poder responderle.

—Gracias, Alejandro. Ya sé que tú me ves con muy buenos ojos, pero es que no hay comparación.

—Es que no tiene que haberla. Mira, Luna, la rosa es una flor preciosa, eso lo sabe casi todo el mundo. Sin embargo, el girasol no es, siendo imparciales, una flor bonita y en cambio hay muchísimas personas que prefieren el girasol a la rosa.

—¿Te has vuelto un puto friki de las flores? ¿Me estás llamando fea?

—Eres tan tonta…

—Pero ¿entonces qué soy, un bombón o un girasol? —bromeé.

—Lo que eres es idiota perdida.

Había agarrado un cojín sin que él se diera cuenta y se lo estampé en la cara nada más terminar la frase. Cuando volvió a mirarme lo hizo con la venganza dibujada en sus ojos y yo corrí por todo el piso para que no me cogiera.

Más tarde, cuando ya habíamos terminado con nuestra guerra de cojines y estábamos sentados en el sofá viendo una película, no podía dejar de preguntarme en qué momento pensamos que era buena idea salir juntos, pues estaba claro que éramos unos estupendos amigos, y también se me pasó por la cabeza lo sencillo que hubiera resultado continuar saliendo con Alejandro.

Luego saqué ese pensamiento de ahí porque sí sería sencillo, pero también aburrido y totalmente falto de química.

Y, justo al pensar en química, una imagen de Eliot acudió a mi cabeza.