La chica imperfecta 4. Volver a verla
13%

4. Volver a verla

Eliot

Unos meses después

Desde luego que no estaba siendo una buena época.

Primero todo lo de mi padre, al que por suerte no había vuelto a ver, y después la cagada con Luna.

Porque, por si no hubiera sido suficiente acostarme con ella, tuve que mandarle aquel maldito mensaje a la mañana siguiente.

Aún no sé qué me llevó a escribirlo y a enviarlo, tal vez buscaba precisamente que Luna se cabreara y se olvidara de mí, que me borrara de sus contactos y pasara página.

¡Yo qué sé! Lo que no esperaba, ni en un millón de años, fue que me respondiera y que casi me suplicara volver a vernos.

Y lo peor no era eso, lo peor era que tenía razón. Había sido una noche fantástica, ella me pareció una tía increíble; seguramente por eso decidí cortar todo aquello de raíz, porque yo llevaba años enamorado de su hermana y lo último que quería era complicarme más la vida.

Por eso lo dejé correr, no respondí a ninguno de sus wasaps y durante los últimos meses no había vuelto a saber nada más de ella.

Y, como quería que siguiera siendo así, no dejaba de darle vueltas a la propuesta que me había hecho Luz de trabajar en Letras.

No pretendía engañarme, trabajar en la editorial me vendría de fábula, estaba convencido de que el trabajo iba a gustarme y encajaría bien con el equipo, eso no me suponía ningún inconveniente.

Incluso era mucho mejor que la otra oferta que recibí.

El inconveniente era que tendría que mirar a la cara a mi amiga y ocultarle que me había acostado con su hermana.

Que, a ver, ellas dos no tenían una muy buena relación, pero sin entender bien el motivo me sentía como si la estuviera traicionando, algo completamente absurdo porque en los años que hacía que conocía a Luz me había acostado con muchas mujeres.

Aunque he de reconocer que me sentí especialmente incómodo aquella noche que fui a cenar con ella y no paró de preguntarme si me ocurría algo.

Un par de veces me mordí la lengua para no decirle que sí, que claro que me pasaba algo, que me había acostado con su hermana estando enamorado de ella, que si eso no era ser ruin no tenía ni idea de cómo definirlo.

En cambio, no lo hice, me callé tal y como llevaba haciendo desde que la conocí.

Primero, porque creí que lo que Luz necesitaba era que pasaran un poco de ella, pues estaba tan acostumbrada a llamar la atención de los hombres que si uno no se la prestaba se sentiría mejor con él.

Después, hablándole sobre mis conquistas e intentando ponerla celosa y al comprobar que nada de aquello funcionaba, me fui percatando poco a poco de que me había convertido en un amigo para ella y que eso era lo único que veía en mí.

Así que me acostumbré a tenerla cerca, aunque nunca pudiera tocarla.

A salir juntos, a pesar de tener que guardarme y callarme un montón de cosas.

Finalmente llegué a la conclusión de que no me iba a quedar más remedio que aceptar aquel trabajo y por mi propio bien decidí que la mejor forma de sobrellevar toda aquella situación era ignorar a Luz todo lo que fuera capaz.

No sería fácil, eso seguro, pero pensaba intentarlo con todas mis fuerzas.

Así que sí, acepté su propuesta.

Ya llevaba un tiempo trabajando en la editorial y había sorteado bastante bien a Luz.

Intentaba hablar con ella solo de trabajo y si podía evitarlo ni siquiera eso.

Sabía que no estaba actuando bien y que ella se sentiría mal por no entender nada de lo que estaba ocurriendo, pero aquella era mi única forma de sobrellevarlo.

Al menos por el momento, pues tenía la esperanza de que más adelante fuera capaz de enfrentarme a ello de una manera mucho más madura y correcta.

Me encontraba en la máquina de bebidas sacando mi tercer café del día cuando noté algo extraño en la nuca, como si alguien me estuviera observando.

Solo tuve que girarme un poco para comprobar de quién se trataba.

En cuanto la vi fue como si una cascada de imágenes, que hasta ese momento había tenido encerradas en una parte de mi mente, me bombardearan.

Ella desnuda encima de mí, la cara que ponía cuando se corría, mi boca entre sus piernas, el ruidito que hacía cuando estaba excitada, su mano acariciando mi nuca…

Fueron tan potentes, tan vívidas, que tardé en poder asimilarlas.

—¿Qué tal, Eliot? —preguntó Luna con tanta indiferencia que parecía que nunca nos hubiéramos acostado, casi como si nunca nos hubiéramos visto.

—Bien, ¿y tú?

—No voy a quejarme. ¿Puedo? —me pidió señalando la máquina de café, y es que me había quedado parado justo en medio.

—Sí, claro.

Me aparté y observé cómo movía su mano para echar una moneda y la forma en la que sus dedos rodeaban el vaso. Me daba la sensación de que cada uno de sus movimientos me tenía hipnotizado.

—Te veo bien —solté, y me arrepentí en el acto. ¿Qué mierda de frase era aquella?

—Debe de ser el buen sexo, hace maravillas. Te lo recomiendo —dijo con una enorme y cínica sonrisa—. Aunque tú no debes de estar disfrutando de él, porque tienes bastantes ojeras.

—¿Te estás ofreciendo tú, Luna? ¿Otra vez? —¡¿Pero qué cojones me pasaba?! Lo que debería hacer era pedirle perdón y largarme de allí.

—No, cariño —susurró acercándose a mí y paseando su dedo índice por mi pecho—.

Yo puedo tener un mal día y hasta llegar a suplicar por algo, pero acepto bien los rechazos, incluso las humillaciones; recuerda que soy la hermana de Luz.

Tengo claro cuándo he de retirarme, así que no te preocupes por eso.

Tú y yo no vamos a volver a follar nunca, tranquilo.

Sabía que había utilizado el verbo «follar» a propósito y otro par de imágenes inundaron mi mente.

Sin embargo, lo que más me impresionó fue lo que dijo sobre su hermana, pero también era cierto que su dedo recorriendo mi cuerpo me estaba poniendo tan nervioso que ni siquiera sabía qué decir.

Y eso a su vez me hacía sentir tan incómodo que entré en bucle.

Porque ¿desde cuándo a mí me afectaba que me acariciaran?

Tal vez lo que ocurría era que no quería que Luz nos viera así, o que prefería que en el trabajo nadie pensara que estaba liado con Luna.

—Parece que estamos de acuerdo en algo —solté dando un paso atrás y alejándome de ella.

Tenía claro que había hecho lo correcto, pero mi cuerpo pareció no coincidir conmigo y tuve que tirar de toda mi fuerza de voluntad para poder apartarme de ella, como si en lugar de dar un simple paso se tratara de una gran hazaña.

—¡¿Ves qué bien?! —dijo mientras se giraba y chupaba el palito con el que removía el café.

Estaba convencido de que Luna no lo hacía para provocarme, o tal vez me equivocaba y la que jamás utilizaba aquellos gestos para atraer la atención de un hombre era Luz.

El caso era que daba igual el motivo, yo me quedé completamente absorto en su boca, en cómo sus labios se separaban y en la forma en la que su lengua se movía.

Hasta tal punto que me excité y aquello sí que me pilló por sorpresa, porque había interactuado y fotografiado a mujeres medio desnudas, ¿y me había excitado ella solo por chupar un puto palito?

Mi reacción me cabreó, por lo que llegué a la conclusión de que no podía tolerarlo, no podía ni quería que ella me afectara de esa manera.

Así que me acerqué despacio para que se alejara, si así lo deseaba, y le susurré tan cerca de su oreja que pude rozar su piel:

—Luna, no juegues con fuego si no quieres quemarte.

—No me importa quemarme, Eliot. Solo que no voy a volver a hacerlo contigo. Nunca.

Me gustó que reconociera que entre nosotros existía ese fuego. Me gustó demasiado. Lo que no me gustó tanto fue lo categórica que parecía al asegurar que nunca más íbamos a acostarnos. Otra contradicción por mi parte, porque yo tampoco quería que volviera a suceder.

—Preciosa, nunca digas «nunca» —volví a susurrar, y esa vez sí rocé su cuello con mis labios.

Me invadieron su olor y otro montón de recuerdos.

No tenía ni idea de lo que estaba haciendo; era como cuando de pequeño me tiraba por una pendiente en bicicleta y el camino me estaba encantando, aunque sabía que tarde o temprano tendría que frenar, pero había cogido tanta velocidad que, con toda seguridad, no podría seguir y me acabaría estampando.

Tenía presente que no debería decir ni hacer nada de eso, porque estaba echando a perder la distancia que logré durante aquellos meses. Pero, por más que me lo repetía, era incapaz de parar.

No sé en qué momento se invirtieron los papeles y fue Luna quien pegó sus labios en mi cuello haciendo que me recorriera un escalofrío.

—Nunca —ratificó justo antes de darme un lametón debajo de la oreja.

Si hasta aquel momento creí estar excitado, no fue nada en comparación con lo que sentí al notar su lengua recorrer aquel punto tan sensible.

Por eso no pude reaccionar y me quedé allí clavado viendo cómo Luna se alejaba y sin poder dejar de mirar el bamboleo de sus caderas. ¿Lo estaría haciendo a propósito? Estaba convencido de que sí.

Me costó mucho más de lo que me gustaría reconocer ser capaz de regresar al trabajo. Ya no hablemos de lograr concentrarme en él, pues eso no lo conseguí, por más que lo intenté.

Me pasé el día y parte de la noche pensando en Luna y en lo preciosa que estaba después del sexo.

Sí, Luz era mucho más explosiva, sexi y guapa, eso era así, pero Luna poseía algo, tal vez su descaro, su sinceridad, la infinidad de cosas que parecía que teníamos en común o su desinhibición, que la hacía diferente.

Cuando me surgían esa clase de pensamientos me reprochaba comparar a las dos hermanas constantemente, pero no lo podía evitar.

Aquella noche dormí poco y mal, y a la mañana siguiente me desperté agotado.