La chica imperfecta 3. ¿Podía hacer peor las cosas?
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3. ¿Podía hacer peor las cosas?

Luna

Cuando me sonó la alarma del móvil me desperté sobresaltada, me dio la impresión de que acababa de dormirme, pero al mirar la hora me di cuenta de que debía levantarme.

Sin embargo, no fue eso lo que llamó mi atención.

Lo que lo hizo fue un wasap que, desde luego, no esperaba.

Me senté de golpe en la cama, ya por completo despierta, y abrí el móvil con manos temblorosas.

Eliot:

Gracias por anoche.

¿Qué? ¿Cómo que «gracias»? Volví a mirar el teléfono como si al hacerlo una y otra vez fuera a lograr que el mensaje se alargara o dijera algo mucho menos…

mucho más… Ni siquiera sabía lo que esperaba, aunque estaba claro que eso no.

Es que aquella frase bien podría servir para dar las gracias a alguien que lo hubiera llevado a su casa, que le hubiera dejado su chaqueta porque hacía frío o cualquier otra chorrada, pero sin duda era un mensaje de mierda para lo que había ocurrido entre nosotros.

Aparté las sábanas con brusquedad y me levanté con un ímpetu que hacía apenas unos minutos no sentía. Estaba enfadada. Muy enfadada.

Había recibido muchos mensajes después de pasar una noche con alguien, mensajes más efusivos, otros un poco más fríos, algunos que marcaban límites y otros muy divertidos, pero nunca uno como ese.

Daba la sensación de estar escrito por obligación, es que ni siquiera se había tomado la molestia o había tenido la decencia de redactar bien la frase, porque si hubiera puesto algo como «gracias por la noche de ayer» o, simplemente, «lo pasé bien anoche», pues aún…

Pero no, no había escrito nada de eso y me había mosqueado muchísimo.

Por eso decidí no contestar, por eso y porque no sabía qué leches se respondía a algo como aquello.

Me preparé un café porque, entre lo poco que había dormido, lo sobresaltada que me había levantado y el mensajito recibido, lo necesitaba más que nunca.

Mientras me lo bebía pensé en la noche anterior.

Para mí fue una noche fantástica, dado que, aunque yo no creía en esas cosas, debía reconocer que sentí una especie de conexión especial con Eliot.

Incluso en algunas ocasiones terminábamos las frases del otro.

Me dio la sensación de conocerlo bien y de que teníamos un montón de cosas en común.

Eso y que no pude ocultar la atracción que sentía por él, aunque tampoco lo pretendí, pues no era yo de las que suelen contenerse para esas cosas.

Además de que el sexo, para tratarse de la primera vez que lo hacíamos, había estado bien.

Diría que más que bien, porque no es fácil conectar la primera vez que te acuestas con alguien, hay que conocerlo un poco y saber lo que le gusta o cómo le gusta.

En cambio, con Eliot todo fluyó de una forma muy natural, algo que tampoco me había sucedido hasta aquel momento.

Pero era obvio que para él aquella noche fue muy distinta a como la había vivido yo, me lo acababa de dejar claro con el dichoso mensajito.

Me vestí corriendo porque me había quedado en Babia pensando en Eliot y en la noche que compartimos y al final terminaría llegando tarde. Aparte de que, por supuesto, no se merecía que perdiera ni un solo minuto más en él.

La tarde en la galería pasó volando, pues en aquel turno solía haber más movimiento que por las mañanas.

Lo que no esperaba fue ver por allí a Alejandro, que entró pasadas las cinco. Hacía tiempo que no nos veíamos y yo no había contestado al último mensaje que me mandó, por lo que su presencia me incomodó un poco.

Salimos juntos durante casi un año, la nuestra fue la relación más larga que tuve nunca y él era un tío estupendo, pero nos faltaba algo.

No hablo de química ni nada de eso, simplemente que lo nuestro se convirtió en algo monótono y llegó un momento que fuimos más amigos que pareja.

Así que decidimos, de mutuo acuerdo, dejarlo antes de perder también nuestra amistad.

En el momento que nos separamos decidimos no escribirnos ni llamarnos durante un tiempo, por eso no entendí qué hacía allí.

—Hola, Luna.

—Hola, Alex. ¿Pasa algo?

—No, nada, solo que me enteré de lo de tu padre y quería saber cómo estabas.

¡Joder! Una vez más había sido demasiado borde. No tenía ni idea de quién se lo había dicho, pero teníamos algunos conocidos en común, así que imaginé que fue a través de ellos.

—Si me esperas una horita, podemos tomar algo y hablamos un rato —sugerí, porque creí que era lo menos que podía hacer después de dejar su mensaje en «visto».

—De acuerdo, te espero en la cafetería de enfrente.

—Perfecto. Pídete una porción de pastel de queso, lo hacen buenísimo y sé que es tu preferido.

—Lo recuerdas.

—Claro.

Vi cómo Alejandro sonreía y lo atractivo que aquel gesto lo hacía. Lo seguí con la mirada hasta que salió de la galería y volví a fijarla en el ordenador.

Milagrosamente a la hora de cerrar no había demasiada gente y pude hacerlo con bastante puntualidad.

Caminé hasta la cafetería y no tardé en localizar a Alejandro, que estaba sentado en mi rincón favorito. Me detuve un momento para pedirle a la chica una infusión y me dirigí hacía él.

—Me alegro de verte —dijo mientras me sentaba.

—Yo también.

Era verdad, ya que de algún modo lo había echado de menos. Aunque me costara reconocerlo, me sentía un poco sola.

—Lo primero es aclararte que no he venido a verte porque desee reiniciar nuestra relación ni nada por el estilo —qué bien me conocía, leche—.

Me encantó compartir contigo casi un año de mi vida y he de reconocer que no lo pasé bien cuando lo dejamos, pero ahora ya estoy en otro punto.

Supongo que por eso he decidido contactar contigo, porque ya no duele, aunque echo de menos lo bien que nos llevábamos antes de liarnos.

Alejandro y yo nos conocimos a través del amigo de un amigo y era cierto que nos lo pasábamos genial juntos, es más, yo había pensado en infinidad de ocasiones si no hubiera sido mucho mejor continuar siendo amigos y no pareja.

Pero ya era tarde para rectificar, aunque quizá no tanto para recuperar nuestra amistad.

—Tienes razón, lo pasábamos realmente bien.

—Mucho. Nos reíamos tanto… Eso es justo lo que más extraño y lo que me encantaría retomar.

A ver, que no estoy diciendo que nos veamos todos los días ni nada por el estilo, pero sí me gustaría quedar de tanto en tanto, algo paulatino y hacerlo de la forma más natural posible.

Encontrar un equilibrio que nos apetezca a los dos y con el que nos sintamos cómodos, no sé si me explico.

—Sí, claro, y me parece una idea fantástica.

Sonreí sinceramente porque me agradaba recuperar la relación que nos unía a Alejandro y a mí. Más aún al asegurarme de que él estaba en el mismo punto que yo y que no quería nada más que reanudar nuestra amistad.

Además, supe que no iba a costarnos porque cuando lo dejamos ya hacía mucho que no estábamos bien y estiramos lo nuestro solo porque nos queríamos, hasta que nos dimos cuenta de que la forma de querernos no era la adecuada para una pareja, sino que simplemente éramos un par de amigos.

Por eso tuve claro que volver a quedar con él iba a salir bien.

Nos despedimos con la intención de vernos pronto y yo caminé hacia mi piso, que no quedaba muy lejos de allí.

El problema de trabajar en el turno de tarde era que comía muy temprano, y aquel día, al levantarme tarde, me había bebido el café con un puñado de cereales que me fui comiendo por el camino.

Encima, en la cafetería solo me había tomado una infusión, así que cuando llegué a mi casa estaba hambrienta y, obviamente, no tenía paciencia para esperar a cocinar nada.

Por ello abrí la nevera y saqué el queso y el pavo, después, de uno de los armarios, el pan de molde y un bote de Nocilla, ya que el sándwich de chocolate sería el postre.

Me comí los tres bocadillos (o, mejor dicho, los engullí) apoyada en la encimera de la cocina, es que ni siquiera llegué al salón.

Una vez saciada me senté en el sofá dispuesta a ponerme una serie o una película, pero antes de eso miré el móvil y entré en mis redes sociales.

Después de comprobar que no tenía nada interesante en ellas, me fui directa al Instagram de Eliot y casi suspiré aliviada cuando comprobé que lo tenía público.

Durante la siguiente hora me dediqué a investigar —cotillear— cada una de las fotos que tenía publicadas.

En muchas de ellas salía mi hermana y llegué a la conclusión de que para lidiar con aquello iba a necesitar una cerveza.

Así que me levanté, fui a la cocina y saqué una de la nevera.

Yo no solía beber mucho y solo compraba por si en algún momento tenía visita.

Aunque aquella me la bebí casi de un trago y estaba tan poco acostumbrada que no tardé mucho en notar los efectos.

Y, por si aquello no hubiera sido algo lo suficientemente tonto, abrí otra que también me bebí con rapidez.

Regresé al sofá y continué mirando fotos hasta que me noté un poco mareada. Imagino que precisamente esa tontería fue la que me dio el empuje que necesitaba para hacer algo realmente estúpido. Porque pensé que sería una idea estupenda contestar al wasap de Eliot.

Sí, estaba desatada.

Yo: Menudo mensaje de mierda que me has mandado. Para mí sí fue una noche estupenda y podemos repetirla siempre que quieras.

Como si eso no hubiera sido suficiente, también le hice un par de videollamadas, pues me pareció que verlo de nuevo era la mayor de mis prioridades en aquellos instantes.

Terminé quedándome dormida en el sofá y, cuando a la mañana siguiente me desperté, además de la cabeza, también me dolía la espalda.

Aunque, sin duda, lo peor estaba por llegar porque de pronto recordé todo lo que había hecho y cogí el móvil con rapidez solo para comprobar que había enviado dos wasaps más a Eliot.

En el último incluso le suplicaba. No podía ser más patética.

Por un efímero momento barajé la posibilidad de que no hubiera leído los mensajes y pudiera borrarlos, pero aquello no se dio.

El doble check azul me confirmó que los había leído y que no había contestado a ninguno de ellos.

«Genial, Luna, lo estás haciendo genial».

¿Podía hacer peor las cosas? Por supuesto que podía.