La chica imperfecta 2. La perfección de Luz
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2. La perfección de Luz

Luna

No sabría decir el motivo, pero tenía muy claro que al despertarme en aquella habitación de hotel Eliot ya no se encontraría allí. Aunque eso no hizo que me doliera menos cuando abrí los ojos y no lo vi.

A ver, no se trataba de que Eliot me hubiera roto el corazón al marcharse, nada más lejos de la realidad, pero tampoco me gustó que se fuera de allí a escondidas y sin despedirse.

Suspiré pensando que aquello no era tan grave, los dos habíamos recibido del otro justo lo que necesitábamos.

No hacía falta ser un genio para saber que Eliot estaba pasando por un mal momento, al igual que yo.

Me levanté de la cama y me fui vistiendo sin poder sacar de mi cabeza las numerosas imágenes de mi padre en casa quejándose de dolor, yo intentando hablar y explicarles a los de urgencias lo que ocurría y el miedo denso, frío y descorazonador de cuando se lo llevaron.

Aquel día me había asustado tanto que me costó mucho gestionarlo e imaginaba que fue por eso por lo que decidí, prácticamente desde que Luz me dejó en la puerta de mi piso, salir de mi casa a aquellas horas y yo sola.

La realidad era que tampoco tenía a mucha gente con la que contar.

Mi mejor amiga se había quedado una temporada en Ecuador y no tenía intención de regresar en breve, tal vez nunca.

Habíamos hecho aquel viaje juntas, pero a ella le salió un trabajo allí y decidió quedarse más tiempo.

Yo tuve que regresar antes porque se me terminó el dinero.

Supongo que por eso había cogido el primer trabajo que me salió en aquella galería de arte.

No me quejaba, no estaba mal, el horario era una maravilla y me permitía estar en contacto con el arte, algo que me encantaba.

Había terminado de vestirme y salí de aquella habitación, no sin antes echar un último vistazo a la cama revuelta.

Debo reconocer que había sido una noche de sexo fantástica.

La recordé mientras caminaba hacia mi casa, que estaba bastante cerca de allí; por eso había entrado la noche anterior en aquel bar, porque fue el primero que encontré.

Eliot siempre me había atraído. Tampoco se trataba de que hubiéramos coincidido en muchas ocasiones, pero las veces que lo había visto me pareció un hombre muy interesante.

Y guapo, joder. Eliot era jodidamente guapo.

Sin embargo, siempre mantuve cierta distancia con él porque era amigo de Luz y en realidad no sabía qué tipo de relación mantenían.

Y, si mi hermana se encontraba por medio, estaba claro que yo tenía cero posibilidades de conseguir que un hombre apartara los ojos de ella para posarlos en mí.

Supongo que, por lo que había ocurrido entre nosotros aquella noche, llegué a la conclusión de que Eliot y mi hermana no tenían nada más que una bonita amistad.

Lo primero que hice al llegar a casa fue meterme en la ducha y en cuanto salí me percaté de lo hambrienta que estaba.

Me preparé un bocadillo que me comí de pie en la cocina y, cuando terminé, me senté en el sofá con una vieja libreta y un bolígrafo entre las manos.

Aquella era mi manera de serenarme. Desde que Luz me hizo aquello con Axel y la rabia me comiera por dentro, descubrí que la única forma que tenía de sacarla era escribiendo mis pensamientos.

Al plasmarlos en papel me daba la sensación de que, de algún modo, dejaban de estar en mi cabeza.

Llevaba años escribiendo y debajo de mi cama había muchas libretas como aquella, de diferentes tamaños y colores, pero todas llenas de pensamientos míos.

Cuando ya había rellenado un par de hojas con los detalles de aquella noche y de lo que me hizo sentir, me desperecé.

Estaba muerta de sueño, el problema era que había quedado en que iría a comer a casa de mis padres.

Pero estaba convencida de que no iba a aguantarlo, y menos aún me apetecía volver a ver a mi perfecta hermana.

Con la cena del día anterior había tenido más que suficiente, había cubierto mi cupo para una buena temporada.

A veces me sabía mal tener aquellos pensamientos.

Tal vez si me tomara la molestia de conocerla mejor me daría cuenta de que Luz tampoco era mala tía, el problema residía en su perfección.

Mi hermana era guapa, pero no guapa del modo convencional, no.

Luz era una mujer impresionante, de esas de las que ni hombres ni mujeres pueden despegar los ojos porque, además de belleza, desprenden cierta atracción sexual o magnética —ni siquiera sé cómo llamarlo—, que hacen que te quedes atrapado en ellas.

Y, por si todo aquello no fuera suficiente, también estaba lo inteligente que era.

Una vez más no podía conformarse con ser inteligente y punto, no; mi hermana tenía un coeficiente intelectual que rozaba el cielo.

Y luego estaba yo, la imperfecta de las hermanas Gómez, la que nunca fue simplemente Luna, sino la hermana de Luz, a la que jamás dedicaron más de una mirada cuando ella estaba junto a mí, la que se sacó la carrera con cierta dificultad, la que se perdía cuando le hablaban de números, la que no sabía sacarse provecho —esa me hacía mucha gracia porque me la decían bastante y parecía que se referían a una herramienta multiusos en lugar de a una persona—.

Había otro puñado de cosas que me soltaban de modo despectivo, pero que a mí en lugar de molestarme me encantaban.

Como que era un culo inquieto que se pasaba la vida viajando y que de ese modo jamás asentaría la cabeza, como si aquello fuera necesario.

Que era demasiado independiente, demasiado creativa —como si se pudiera serlo «demasiado»—.

En fin, que se habían pasado la vida comparándome con mi hermana y en ninguna ocasión salí bien parada.

Tal vez por eso la noche que había pasado con Eliot fue para mí una especie de triunfo, porque de algún modo él me había elegido a mí, aunque solo hubiera sido para un rato.

Antes de meterme en la cama comprobé —por séptima vez— que mi teléfono no estuviera en silencio y al igual que en todas las ocasiones anteriores me di cuenta de que no lo estaba.

En algún momento de la noche Eliot y yo habíamos intercambiado nuestros números de móvil y una parte de mí tenía la pueril y absurda esperanza de que me enviara un simple mensaje.

Sabía que después del modo en el que se había marchado de la habitación del hotel era absurdo, pero no pude evitarlo.

Lo que sí tenía claro era que no sería yo quien rompiera aquel silencio, mi orgullo me lo impedía.

Tenía otro mensaje por responder, pero pensaba tomarme mi tiempo para hacerlo.

Y es que no me apetecía en absoluto responder al wasap de Alejandro, menos aún después de la noche que había pasado con Eliot.

Ni siquiera quería pensar en él. Así que me dispuse a dejar el móvil en la mesita, pero justo antes de hacerlo repasé la conversación que tuve con mi compañera de trabajo para asegurarme de que me había cambiado el turno y de que aquel día iría en el de tarde.

Solo faltaba que me equivocara, no me presentara, y no se abriera la galería por mi culpa. Me relajé al comprobar que estaba bien.

Por último, llamé a mi padre para decirle que no iría a comer. Había dejado aquella llamada para el final porque era la más difícil. Cuando estaba a punto de llamarlo, me sonó el teléfono. Me asusté.

—¿Pasa algo, papá? —pregunté mientras me levantaba de la cama.

—No, nada, solo quería hablar contigo.

—¡Joder, qué susto! —exclamé soltando el aire.

—A ver si ahora no voy a poder ni llamaros.

—No es eso, es que, además, tenía el móvil en la mano porque justo iba a llamarte yo.

—Para decirme que no venías a comer, ¿verdad?

—Sí, exacto.

Me dio cierta rabia que me conocieran tan bien o ser tan previsible para ellos.

—Me lo he imaginado y precisamente por eso te llamaba. Verás, hija, me hubiera gustado que lo habláramos cara a cara, pero sé que no vas a dejarte ver por aquí en unos días y es algo que me corre un pelín de prisa.

—¿Qué ocurre, papá? —pregunté con cierta inquietud.

—Voy a ir directo al grano. He decidido dejar la editorial y quiero que tu hermana y tú toméis las riendas de Letras.

Tuve que volver a tumbarme en la cama. Las palabras de mi padre daban vueltas en mi cabeza, aunque no era capaz de asimilarlas.

A ver, que no era nada descabellado, que a mi padre no le quedaban tantos años para jubilarse, pero no me hacía a la idea de que Letras no fuera a formar parte de su vida, no era capaz de recordar ni una sola vez en la que fuera a visitarlo y no lo encontrara con un manuscrito o un libro entre las manos.

Y, si eso me costaba, ser yo la que tomara las riendas era algo que veía completamente inviable.

Más que nada porque, aunque yo jamás lo había hablado con nadie, a mí lo que me gustaba era estar al otro lado, es decir, escribir libros, no ayudar a publicarlos.

—Lo siento, papá, pero yo no puedo. Seguro que Luz estará encantada.

Y lo decía de verdad, mi hermana siempre estaba dispuesta para todo y si no lo estaba se obligaba, aquello era algo que yo me propuse no hacer nunca.

Una cosa era ayudar a alguien puntualmente y otra sacrificarte por todo el mundo, pero es que se me olvidó comentar que otra de las cualidades de mi hermana era su bondad o «bienquedismo», como yo lo nombré.

—¿Estás segura, hija? —insistió.

—Segurísima, papá. —No tenía ni la más mínima duda sobre ello.

—Bueno, de momento yo voy a dejaros de socias a las dos, no hace falta que tú vayas por las oficinas. Pero, si cambias de idea, ya sabes…

No iba a cambiar de idea y los dos lo sabíamos, al igual que teníamos claro que, si mi padre llega a estar bien de salud, yo hubiera rebatido la decisión de dejarme a mí también de socia hasta que dejara de ser una opción; pero, tal y como se encontraban las cosas, preferí callarme y seguirle la corriente.

—De acuerdo, papá, buenas noches. —Me di cuenta de mi error en cuanto aquellas palabras salieron de mi boca. Y es que, entre el sueño que tenía y que había bajado las persianas de mi cuarto para poder dormir mejor, se me escapó.

—¿Cómo que buenas noches? Pero si es por la mañana. Luna, ¿acabas de llegar a casa? —Mi padre pretendía regañarme. En cambio, su tono de voz tenía cierto deje de cachondeo.

Si hubiera sido Luz lo habría desmentido hasta que me creyera, pero, claro está, yo no era ella.

—Sí, papá, he llegado ahora y estoy muerta de sueño. Y antes de que preguntes, hoy trabajo en el turno de tarde.

—No iba a decir nada, ya eres mayorcita para saber lo que haces.

Aquella frase casi me hizo reír porque yo no tenía ni puta idea ni de lo que hacía con mi vida ni hacia dónde iba.

—Adiós, papá —me despedí bostezando.

—Buenas noches, hija —ironizó él antes de colgar.

Esa vez sí, dejé el móvil en la mesita de noche y me acomodé en la cama. No tardé nada en quedarme dormida, el problema fue que una recurrente pesadilla en la que aparecíamos Eliot, Luz y yo no me dejó descansar como me hubiera gustado.