La chica imperfecta 1. Me perseguiría siempre
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1. Me perseguiría siempre

Eliot

Había tenido un día de mierda, o quizá sería mejor decir que mi vida últimamente era un auténtico desastre.

Nada parecía salirme bien y, por si todo aquello no fuera suficiente, mi padre había regresado hacía unas semanas.

Diecisiete años sin verlo, diecisiete años desde la noche en la que recogió sus cosas de nuestra casa y se largó sin ni siquiera despedirse de mí, para regresar como si nada hubiera ocurrido.

Me lo encontré un día merodeando por el barrio donde habíamos vivido y que no quedaba lejos de mi casa actual.

Me dijo que llevaba semanas buscándome porque se había enterado de lo de mi madre y no quería que pasara por aquello yo solo.

Huelga decir que mi madre hacía ya más de tres años que se había muerto y no fue capaz de venir ni al entierro.

Me largué de allí dejándolo con la palabra en la boca.

No volví a saber de él hasta que recibí una carta de su abogado citándome en un bufete.

Por lo visto, lo que realmente había traído a mi padre de vuelta a mi vida fue que se había quedado sin dinero y creyó que mi madre le habría dejado algo al morir o, si no había sido así, que tal vez yo me apiadaría de él.

No me consideraba una persona vengativa, pero tenía veintiséis años y mi padre me había abandonado a los nueve.

Casi no conservaba recuerdos de él, para mí no era más que un desconocido y, por supuesto, un interesado.

Aunque nada de eso evitó que aquel día, al ir al bufete donde me habían citado para encontrarme con él, mi mundo se resquebrajara un poco.

No tanto por su presencia, sino porque, a pesar de que la tenía siempre presente, no pude evitar pensar en lo diferente que hubiera sido todo aquello si mi madre aún estuviera conmigo.

Supongo que por eso aquella noche necesité salir de mi piso. Pero no me apetecía quedar con nadie, no tenía ganas de hablar, solo de perderme por los bares de la ciudad y regresar a casa sin acordarme de nada ni de nadie.

Y eso era justo lo que estaba haciendo. Me había pedido la segunda copa en un bar que me encantaba porque combinaba buena música con gente de lo más variopinta.

Me gustaba sentarme en un rincón de la barra y observar a las personas de mi alrededor.

Apostarme conmigo mismo qué harían o con quién se irían.

Seguramente por eso, por lo pendiente que estaba de todo el mundo, la vi en cuanto puso un pie en el local.

Ya era bien entrada la madrugada y había bebido un poco más de la cuenta; con todo, no me costó reconocerla.

Iba vestida con unos tejanos y una blusa de colores, llevaba el bolso cruzado y, a pesar de que no había nada en ella fuera de lugar, a mí me dio la sensación de que se había vestido con lo primero que había cogido del armario.

Miraba hacia todos lados, con esos enormes ojos azules que me recordaron a los de otra persona. Imaginaba que estaba intentando encontrar un sitio en el que sentarse o un lugar donde sentirse cómoda.

Sin embargo, a medida que caminaba para adentrarse en la sala, me percaté de que en aquella ocasión había algo en su rostro que no había visto antes.

Me costó un poco reconocerlo porque no la conocía tanto, pero di con ello cuando posó sus ojos en mí, y es que parecía igual de derrotada que yo.

En cuanto aquello ocurrió, y aunque mi intención esa noche era estar solo, deseé que se acercara más, que se sentara en el taburete vacío que había junto al mío.

Suspiré agradecido cuando fue eso lo que hizo.

Había una parte de mí que no lo entendía, lo último que necesitaba en aquellos momentos era complicarme más la vida. A pesar de ello, no pude evitar desearlo.

—Hola, Eliot —saludó al detenerse frente a mí, y hasta su voz parecía un poco rota.

Luna y yo no habíamos coincidido mucho, es más, nos vimos en contadas ocasiones, pero eso no impidió que le hiciera un gesto con la cabeza para que se sentara en aquel taburete y que además quisiera, con un ansia casi enfermiza, que lo hiciera.

No terminé de entenderlo, ella no era mi amiga, solo la hermana de Luz y una simple conocida.

No tuve tiempo de analizar que posiblemente se trataba de que en realidad no quería estar solo o de que había visto algo en Luna, algo que me daba la sensación de que era bastante similar a lo que yo sentía en aquellos momentos, y deseaba tenerla cerca.

Sabía, porque Luz me lo había dicho, que su padre estaba bien, aunque imaginé el susto que debieron darse y lo alteradas que tenían que estar, por eso aparté la mirada de ella y le pregunté:

—¿Qué tal, Luna?

—No muy bien; por eso, si no te sabe mal, preferiría no hablar o hacerlo de cosas bonitas, como viajes, arte, música o libros.

Me hizo gracia no haberme equivocado y que los dos estuviéramos prácticamente en el mismo punto.

Durante la siguiente hora eso fue lo que hicimos, hablamos de cosas bonitas; como decía ella, de las cosas que le dan sentido a la vida y que nos alegran el alma.

Me sentí bien con Luna. Fue curioso porque casi no nos conocíamos, aunque parecía que habíamos conversado en infinidad de ocasiones, ya que las palabras fluían como si fuéramos un par de amigos que se encuentran después de mucho tiempo sin verse.

Luna me contó lo mal que lo pasó en su último viaje, cuando se quedó sin dinero y creyó que no podría volver.

También me explicó que el cielo más bonito que había visto nunca lo contempló una cálida noche en Tanzania.

Y los dos compartimos nuestras vivencias sobre países que ambos habíamos visitado.

No tardé en percatarme de que Luna había viajado muchísimo y que eso parecía ser mucho más que una afición, pues hablaba de ello con pasión.

Hablamos de música, de conciertos a los que los dos habíamos ido y de cosas menos apropiadas, pues ella me contó que justo aquella tarde le había vuelto a escribir su ex y que no le había contestado porque no se sentía preparada.

También me explicó algunas cosas sobre obras de arte por las que sentía curiosidad y al hacerlo sus ojos volvieron a adquirir el brillo perdido. Yo le hablé de mi trabajo y le conté algunas anécdotas divertidas sobre él.

Continuamos bebiendo y hablando, saltando de un tema a otro sin ningún orden, y cuando quisimos darnos cuenta lo hacíamos mucho más cerca el uno del otro, tanto que nuestros cuerpos se rozaban.

No nos hizo falta decir nada, no tuvimos que ponerle palabras a aquello y en un acuerdo tácito los dos nos levantamos y nos fuimos de allí.

Una vez en la calle, no tardamos en acortar la distancia que nos separaba y nos besamos en cada esquina. Hubo momentos en los que no éramos capaces de separarnos, por eso entramos en el primer hotel que encontramos y cuando nos dieron la tarjeta de la habitación casi corrimos hacia ella.

Nos desvestimos con avidez, casi con furia, y al contemplar a Luna desnuda pensé que nunca hubiera imaginado que debajo de aquellas capas de ropas de colores que utilizaba pudiera esconderse un cuerpo tan bonito.

No obstante, y por más que lo intenté una y otra vez, no pude evitar que un pensamiento y unas cuantas imágenes inundaran mi mente, y es que no se parecía en nada al de su hermana —no es que hubiera visto desnuda a Luz, pero le hice un montón de reportajes de fotos en ropa interior—.

Aunque Luna tenía otra clase de belleza; era menos, era…

más… terrenal. Después de eso me propuse sacar a Luz de mi cabeza y no volver a pensar en ella.

Y para mi sorpresa, lo conseguí.

Me dio la sensación de que aquella noche alguien me había prendido fuego y en aquella hoguera quemé todo lo malo que me había ocurrido en las últimas semanas. Cuanto más la besaba, cuanto más la acariciaba y más follábamos, menos pensaba en nada.

Por eso no dejamos de hacerlo en toda la noche. Cuando nos cansábamos, reposábamos un poco, pero nuestras manos no tardaban en volver a buscarse, nos acariciábamos hasta que la hoguera prendía de nuevo y volvíamos a empezar.

Parecíamos dos fieras intentando hallar la paz en el cuerpo del otro.

El problema vino a la mañana siguiente, cuando abrí los ojos con incomodidad, pues la luz del sol se colaba por la ventana de la habitación del hotel. Y entonces fui consciente de lo que había hecho.

Recogí mis cosas del suelo en silencio, me puse los calzoncillos, pero me costó un poco encontrar uno de mis calcetines y, en cuanto di con él, salí de aquella habitación intentando hacer el menor ruido posible.

Lo último que deseaba era despertarla. Me vestí en el pasillo y fui terminando de colocarme la ropa mientras caminaba hacia la salida.

Sabía que estaba intentando esquivar lo inevitable, pues Luna no era una simple desconocida y en algún momento debería enfrentarme a ella y a lo que había hecho. Pero aquel no era ese momento y hui como un cobarde.

A pesar de estar cansado casi corrí hasta mi casa, como si cuando llegara y me encerrada entre aquellas cuatro paredes lo que acababa de hacer fuera a desaparecer.

Lo primero que hice al cerrar la puerta de mi piso fue dirigirme al baño y ducharme.

Después me metí en la cama con la esperanza de poder conciliar el sueño, porque como mucho habría dormido una hora en toda la noche.

Sin embargo, en cada ocasión que lograba dormirme me invadía la misma pesadilla: Luz y Luna intercambiándose como si fueran simples cromos.

Primero aparecía una y luego la otra, y cada vez que me despertaba y volvía a dormirme, pensando que me había deshecho de aquel sueño, este aparecía con más fuerza y más realismo que el anterior.

Entonces supe que no podría escaparme: me había acostado con la hermana de la mujer de la que llevaba años enamorado y aquello me perseguiría siempre.

Aunque en aquel instante no tenía ni idea del precio que pagaría por ello.