La chica imperfecta
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Prólogo
Luna
No me equivocaba al asegurar que aquel había sido el peor día de mi vida.
Y eso que no pintaba nada mal, porque esa mañana, cuando me levanté, no lo hice con el tiempo justo, al igual que siempre —pues cuando lograba salir de la cama, después de que la alarma sonara un millón de veces, corría por mi piso como pollo sin cabeza—.
No, aquella mañana me tomé mi primer café más o menos tranquila, me vestí y me gustó lo primero que encontré en el armario.
Encima, mi pelo no se resistió en exceso, lo que facilitó mucho las cosas.
Cuando llegué al trabajo di la mitad de vueltas de lo habitual para encontrar aparcamiento, y cuando entré en la galería, Ana, mi compañera del turno de tarde, no me había dejado tareas pendientes. «Qué maravilla», pensé.
Ese día había quedado en ir a casa de mis padres, hacía tiempo que no los veía.
Yo no era como mi hermana y no tenía la necesidad de estar con ellos a todas horas.
La gente a veces me tildaba de mala hija o de ser demasiado independiente, pero es que me había acostumbrado a que todo lo que yo hacía fuera motivo de crítica, por lo que había acabado entrándome por un oído y saliéndome por el otro.
La verdad era que yo quería muchísimo a mis padres —y los sigo queriendo—, simplemente no tenía la necesidad de verlos o de llamarlos todo el tiempo.
La mañana se me pasó volando, pero justo cuando iba a cerrar la galería llegó uno de mis clientes favoritos, supongo que por eso no fui capaz de decirle que ya era mi hora de marcharme.
El señor Fermín era un anciano con un gusto exquisito para el arte.
Al contrario de esas personas que solo lo compraban para aparentar, él sabía bien lo que quería y mucho mejor lo que adquiría.
Nunca me lo dijo, pero estaba convencida de que en su juventud había trabajado en algo relacionado con el arte.
Caminó hacia donde me encontraba con la ayuda de su bastón. Jamás le pregunté si en su casa tenía algún tipo de ayuda porque, a pesar de utilizarlo, me daba la sensación de que lo hacía más por prevenir que porque realmente lo necesitara, ya que era bastante ágil.
Iba impecablemente vestido, igual que siempre; aquello me hacía sonreír debido a que conocía a muy pocos hombres que vistieran trajes de tres piezas a diario.
—Buenos días, señor Fermín —lo saludé un poquito antes de que llegara hasta mí.
—Hola, jovencita. Ya sé que es tarde y no vengo a entretenerte, solo he entrado un momento para traerte esto.
Me tendió una cajita muy bien envuelta y yo no supe qué decir. Era cierto que algunas mañanas me traía el desayuno, un desayuno que yo compartía con él, pero jamás me había regalado nada y no estaba segura de que fuera buena idea aceptarlo.
—No puedo… —empecé a decir.
—Luna, no pienses que te he traído una joya carísima, no es el caso, solo los vi y me acordé de ti. Además, la chica que los hace me pareció encantadora y como bien sabes no tengo a nadie a quien regalarle algo así. Tómatelo como un agradecimiento por aguantarme, por lo menos, una vez a la semana.
—Ya sabes que eso no es verdad —protesté tuteándolo porque me constaba lo mucho que le molestaba que lo tratara de usted—.
Sabes muy bien que estoy encantada con que vengas a visitarme, es muy difícil encontrar a alguien que sepa apreciar el arte como lo hace ust… tú —rectifiqué en el último instante.
—Venga, abre el paquete, que igual ni siquiera te gustan. —Me apremió.
Lo abrí con delicadeza y dentro de una caja de cartón había un par de pendientes de arcilla polimérica de unos colores preciosos.
—Como la parte de arriba es un círculo y la de abajo un semicírculo, me ha recordado a la luna en sus diferentes fases. Por eso me viniste tú a la cabeza.
Me sorprendió porque me parecieron preciosos y muy de mi estilo; estaba convencida de que, si los hubiera visto yo, me los habría comprado.
—Son muy… ¡me encantan! —exclamé de muy buen humor, ya que no estaba acostumbrada a recibir regalos en un día cualquiera.
—Pues me alegra que te gusten. Ahora me marcho, que tú tienes que cerrar. Que tengas un bonito día, Luna.
—Muchas gracias, Fermín.
Hizo un gesto con la mano desde la puerta de la galería. Yo lo seguí para cerrarla y luego apagué las luces. Cuando lo tuve todo en orden salí de allí y me fui a casa de mis padres. Estaba muerta de hambre.
Llamé a la puerta de arriba porque la de abajo me la había abierto un vecino, y como siempre fue mi madre la que me recibió.
—¿Qué tal, mamá? —pregunté mientras le daba dos besos.
—Pasa, que estoy terminando de hacer las lentejas —dijo caminando hacia la cocina.
A mí se me hizo la boca agua porque las lentejas eran uno de mis platos favoritos, y más aún las de mi madre.
Antes de seguirla a la cocina me asomé al salón para saludar a mi padre. No lo vi por ningún sitio y entré a ver si estaba en alguna de las habitaciones. Lo llamé y me extrañó que no respondiera. Supe que algo malo ocurría porque mi padre siempre salía a recibirme.
Continué caminando con una extraña sensación en el cuerpo, una sensación que no hizo más que ir en aumento hasta que lo encontré en su cuarto, tirado en el suelo. Corrí para situarme a su lado. Estaba consciente, pero tenía el rostro contraído por el dolor y una mano en el pecho.
—Papá, voy a llamar a una ambulancia —le dije casi a la vez que gritaba a mi madre para que viniera.
Cuando esta llegó y se quedó con mi padre marqué el número de urgencias.
Aún hoy no recuerdo nada de aquella conversación. Tengo algún vago flash de ciertas cosas, como que me pidieron la dirección para mandar una ambulancia y que esta llegó con mucha rapidez.
Pusieron a mi padre en una camilla y se lo llevaron. Mi madre y yo caminábamos detrás de ellos, íbamos tan aturdidas que no podíamos ni hablar. Solo cuando llegamos a la portería pude girarme para encararme al rostro descompuesto de ella.
—Mamá, ve tú en la ambulancia, yo cogeré el coche para tener algo en lo que volver cuando le den el alta.
«Ojalá ocurra eso —me repetía una y otra vez—. Ojalá mi padre salga de esta y pueda traerlo de vuelta a casa. Ojalá».
Si pensaba que encontrarme a mi padre medio inconsciente en el suelo de su cuarto había sido la parte dura era porque no tenía ni idea de lo que se me venía encima.
Porque el tiempo que pasamos en aquella sala, a la espera de que alguien nos dijera algo, la incertidumbre, el intentar animar a mi madre cuando no tenía ni idea de qué decirle para tranquilizarla… fue horrible.
—Deberíamos llamar a Luz —susurró mi madre, en un tono tan bajo y tan abatida que me costó entenderla.
—Aguarda a que sepamos algo, es una tontería que estemos aquí las tres con esta incertidumbre.
Esperaba estar haciendo lo correcto, que mi hermana no se lo tomara mal ni me echara en cara que ella hubiera querido estar.
En realidad no le deseaba aquel rato ni a mi peor enemigo.
No obstante, mi madre ya había tomado la decisión de que mi hermana debía estar al tanto y procedió a hacer esa llamada.
No tuvimos que esperar demasiado porque el médico apareció unos instantes después.
—Familiares de Antonio Gómez.
Yo creo que no había terminado de decir el apellido cuando mi madre y yo ya estábamos plantadas frente a él.
—Nosotras —respondí, con tanta congoja en la voz que casi rompí a llorar.
—Está fuera de peligro…
El médico continuó hablando, pero yo no oí nada más. Me aparté, me senté en una silla y allí rompí a llorar como no lo había hecho desde que era una niña.
No sé el tiempo que mi madre me dejó hacerlo ni si fueron minutos u horas, porque cuando se sentó a mi lado continué sobre su hombro. Supe que ella también lloraba por los movimientos de su cuerpo.
Poco tiempo después nos avisaron de que podíamos ir a verlo. Suspiré hondo antes de entrar en aquel pasillo, pues no quería llorar delante de él.
Mi madre y yo nos cogimos de la mano y caminamos juntas hasta donde se encontraba mi padre.
Cuando lo vi no supe si sonreír o lanzarme a sus brazos llorando. Opté por la primera opción en cuanto él habló.
—Estoy estupendamente, no sé a qué vienen esas caras tan largas. —Mi padre y su maldita manía de quitarle hierro a todo, algo que yo había heredado de él.
—Ahora no es el momento, pero ya hablaremos tú y yo de lo que te ha ocurrido —refunfuñó mi madre, y mi padre clavó la mirada en mí porque sabía bien lo que se le venía encima.
Respiré aliviada al comprobar con mis propios ojos que él estaba bien, pero aquello no borraba la angustia y el miedo paralizante que había sentido aquel día. Sin duda, el peor de mi vida.