La Chica del Pantano CAPÍTULO 15 #5
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CAPÍTULO 15 #5

Elena intentó introducir las combinaciones habituales de su hermana —fechas familiares, referencias de su antiguo domicilio en San Telmo—, pero el sistema denegó el acceso tras cada intento.

—¿Por qué iba a proteger este documento específico con un cifrado diferente al del resto del volumen? —preguntó Martín, acercándose al escritorio.

—Porque no quería que nadie pudiera leerlo si lograban duplicar el contenido del ordenador —explicó Elena, recordando la intrusión remota en los servidores de trabajo de su hermana—.

Alba sabía perfectamente que alguien estaba accediendo a su sistema a distancia.

Sabía que sus archivos estaban siendo monitorizados en tiempo real y tomó precauciones para aislar la última parte de sus hallazgos.

En la misma carpeta de sistema, Elena detectó un pequeño archivo de texto sin formato, con una sola línea de instrucción manuscrita digitalizada con la letra de Alba:

«No confiar en las copias digitales. Las pruebas originales están en otra parte.»

Martín leyó la frase por encima del hombro de Elena. —¿A qué se refería con «las originales»? ¿A las fichas físicas del club?

—A las matrices —corrigió Elena—. A los registros en los que se basaban para redactar las fichas que entregaban a las participantes.

Elena comenzó a revisar la galería fotográfica de la memoria USB, prestando atención a los metadatos de captura. Alba había utilizado dos dispositivos distintos: una cámara réflex profesional con lente fija para los documentos de interior y la cámara del teléfono móvil para las tomas de campo.

Al desplegar las imágenes del entorno de la finca del pantano, Elena se detuvo en una toma en ángulo picado sobre la estructura lateral de la caseta de madera.

En la esquina inferior derecha de la fotografía, bajo una cubierta de vegetación silvestre y musgo, se apreciaba una pequeña placa metálica rectificada de bronce atornillada a la base del marco de piedra.

Elena aplicó la herramienta de lupa digital hasta pixelar los bordes de la fundición. En la superficie de la chapa figuraba un número grabado en relieve:

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Martín frunció el ceño al distinguir la cifra. —¿Otra vez una marca numérica?

—Sí —murmuró Elena, analizando el grabado—. Pero esta vez no es una cifra escrita a lápiz en una cartulina ni una anotación marginal en un expediente. Es un código físico fijado en la estructura del edificio.

—Pensaba que el número siete era la única constante en los documentos de Amelia y Marta —comentó el expolicía—. Si ahora aparece un diecisiete en la base de la caseta, la escala cambia.

—O quizás el siete que leímos en las fichas no es una cifra simple —razonó Elena—. Quizá el siete es solo la desinencia de una codificación más antigua vinculada a la propiedad.

Elena rastreó la carpeta de archivos históricos en busca de las primeras imágenes del caserón del pantano, tomadas cuatro décadas atrás durante la prospección topográfica de la cuenca.

En una toma sepia del lateral de la edificación, la misma placa de bronce ya aparecía atornillada al pilar de piedra.

—La marca estaba ahí mucho antes de que Darío abriera la librería o que Amelia formara el primer círculo privado —concluyó Martín, apoyando las manos en el respaldo de la silla de Elena—. El lugar ya tenía esa denominación antes de que ellas llegaran.

—El espacio no fue elegido al azar —añadió Elena—. Quien montó la estructura seleccionó un inmueble que ya contaba con un historial de aislamiento y acceso restringido.

Elena volvió a abrir los planos arquitectónicos de la finca que Alba había descargado del registro catastral comarcal.

Al comparar la planta original del siglo pasado con los esquemas de reforma presentados quince años atrás por la asociación de San Telmo, detectó una discrepancia en el sector posterior de la caseta.

En los planos fundacionales figuraba un espacio rectangular de dimensiones reducidas situado detrás del muro principal de la chimenea, sin ventanas al exterior.

En los planos de reforma aprobados para el taller de lectura, esa estancia sencillamente había desaparecido; el espacio aparecía rotulado como muro de carga macizo.

—Esa habitación no fue eliminada por una demolición —dijo Elena, trazando con el dedo la línea divisoria en la pantalla—. Fue tapiada durante las obras de acondicionamiento del club.

—¿Para qué tapiar una estancia trasera en un edificio aislado si buscas espacio útil? —cuestionó Martín.

—Para ocultar un acceso interno que no debía constar en las inspecciones —contestó Elena.

Volvió a las imágenes de campo tomadas por Alba alrededor del perímetro de la caseta.

En una de las tomas de alta resolución enfocadas a la mampostería trasera, la textura de las piedras mostraba un mortero de coloración sensiblemente más clara que el resto de la fachada.

En la base de esa pared, medio oculta por la hojarasca, la lente de Alba había capturado una pequeña rendija longitudinal de ventilación, de no más de cuatro centímetros de ancho.

—Alba descubrió la alteración del muro —dijo Martín—. Supo que el edificio mantenía un espacio ciego.

—Sí —confirmó Elena—. Y se acercó lo suficiente para documentarlo.

Elena revisó la carpeta de audio del dispositivo. Entre los cortes de las entrevistas a antiguas participantes figuraba un archivo corto titulado REG_04 . La fecha de modificación correspondía a tres días antes del accidente de Alba en la carretera secundaría.

Elena activó la reproducción. El altavoz emitió primero el sonido constante de una ráfaga de viento golpeando una superficie metálica, seguido por el susurro de la vegetación.

A continuación, se escuchó la respiración agitada y contenida de Alba.

La voz de su hermana emergió apenas por encima del límite del murmullo:

— «...no estoy sola en esta zona. Hay movimiento en la parte posterior de la caseta.»

Se produjo una pausa helada de varios segundos en la que solo se oía el crujido de pasos lentos sobre tierra húmeda. La voz de Alba volvió a sonar, más baja y firme:

— «Si alguien encuentra esta unidad de memoria y yo no he vuelto a ponerme en contacto con el despacho, significa que no pude completar la verificación final.»

Hizo una breve aspiración de aire antes de continuar:

— «No confío en Darío Noceda. Nunca lo he hecho.

Sé que ha gestionado el silencio de las participantes y que ha manipulado las listas de salida.

Pero tras revisar los asientos contables de la finca y los registros de la tarjeta diecisiete, tengo la certeza de que él no es la cabeza de esta estructura. »

Elena apretó los puños bajo la mesa, sintiendo que la voz de su hermana llenaba cada rincón del despacho.

— «Darío es un ejecutor interpuesto —continuó la grabación de Alba—.

Un rostro visible para infundir respeto literario y gestionar la fachada pública.

Pero hay alguien por encima de él. Alguien que tomó la decisión de cerrar el caso de Marta y que controla los accesos a la segunda fase desde hace más de veinte años... »

Un ruido seco, similar al golpe de una portezuela metálica a la distancia, interrumpió la voz de Alba. Se escuchó el chasquido del teléfono al ser guardado en un bolsillo y la grabación se cortó limpiamente.

El silencio volvió al despacho con una fuerza aplastante. Elena permaneció con la vista fija en el reproductor de audio, asimilando cada sílaba enunciada por su hermana.

—Alba llegó exactamente al mismo punto en el que nos encontramos nosotros —dijo Martín con la voz apagada—. Comprobó que Darío no era el origen ni el máximo responsable del entramado.

—No lo exonera de nada —puntualizó Elena sin vacilar—.

Darío conocía el método, seleccionaba a las mujeres, las aislaba psicológicamente y garantizaba que no hablaran tras salir de la finca.

Es un pilar fundamental de la coacción. Pero la persona que diseñó el sistema de control y que decidió qué hacer cuando Marta intentó romper la regla es otra.

—¿Tenía Alba algún nombre concreto en mente al grabar esa nota? —preguntó Martín.

Elena abrió una imagen digitalizada de la última libreta de campo de su hermana. En una hoja rayada aparecían tres frases escritas a lápiz con trazo apresurado:

Amelia Valcárcel no desapareció por su propia voluntad del mapa de San Telmo. Darío sabe perfectamente en qué lugar estuvo retenida durante la transición. Pero alguien con mayor capacidad de influencia decidió que su nombre fuera borrado de los libros.

—Entonces el camino sigue pasando por Darío —dijo Martín—. Si el librero sabe qué ocurrió con Amelia y quién dio la orden sobre Marta, tenemos que confrontarlo de inmediato.

—No —lo frenó Elena de manera tajante, girándose hacia él—. Si acudimos a la librería a exigirle explicaciones a Darío en este momento, estaremos cayendo exactamente en la trampa que nos han tendido.

—¿Qué trampa?

—La persona que nos está enviando las imágenes antiguas, los mensajes anónimos y las coordenadas de las fichas está dirigiendo nuestros pasos con precisión —razonó Elena—.

Quiere que precipitemos un enfrentamiento directo con Darío para que este se desmorone o para eliminarlo de la ecuación antes de que nosotros lleguemos a la cúpula real.

—Podría ser alguien que busca justicia desde dentro —sugirió Martín—. Alguien que no puede denunciar abiertamente y utiliza las pruebas de Alba para guiarnos.

Elena negó con la cabeza rotundamente. —Alguien que busca justicia de forma legítima no juega a enviar fotografías en clave ni administra la información a cuentagotas mientras nos vigila. Quien envía esos mensajes busca cerrar su propia cuenta personal utilizando nuestra investigación como escudo.

Al desplazarse hacia el final del directorio raíz de la memoria USB, Elena descubrió una carpeta oculta que no guardaba la nomenclatura técnica de las demás. El nombre del archivo constaba de dos palabras escritas en mayúsculas:

PARA ELENA