La Chica del Pantano CAPÍTULO 15 #6
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CAPÍTULO 15 #6

Un escalofrío le recorrió la espalda. Elena apoyó la mano sobre el ratón, sintiendo la mirada de Martín fija en sus movimientos. Hizo doble clic.

La carpeta no contenía bases de datos ni códigos de cifrado. Únicamente guardaba un documento de texto en formato PDF titulado Carta_Elena.pdf .

Elena abrió el archivo. En la pantalla emergió la imagen de un texto mecanografiado por Alba, fechado cuatro días antes de su muerte.

Elena leyó en voz baja, con la voz templada por una profunda emoción contenida:

«Elena:

Si estás leyendo estas líneas en el volumen de respaldo, significa que mis temores se han confirmado y que no he podido regresar al despacho para cerrar este caso contigo.

No quería que te vieras arrastrada a esta trama. Sé lo que significó para ti alejarte de los expedientes de la provincia y reconstruir tu vida, y me duele pensar que mi insistencia en reabrir las carpetas de San Telmo termine alcanzándote.

Si he dejado esta memoria aislada es porque sé que no te detendrás si yo falto.

Pero necesito que me prometas que no actuarás con la cabeza caliente.

Las personas que diseñaron el Club de las Ofelias no son aficionados ni simples manipuladores de taller literario.

Tienen los medios para borrar huellas, alterar informes oficiales y neutralizar cualquier amenaza antes de que llegue a un juzgado.

Si has llegado hasta este punto de la investigación y has comprobado que Darío es solo la pieza intermedia, no busques las respuestas en la librería. Busca a la mujer que sobrevivió al proceso completo sin dejarse destruir.

Ella guarda la clave del origen.

Alba.»

Elena cerró el documento y permaneció un largo momento con la mirada fija en la pared del despacho, asimilando las palabras de su hermana.

—¿A qué mujer se refería Alba? —preguntó Martín en un susurro cargado de respeto.

—A la única participante de la lista original que logró romper la vinculación con el círculo, conservar su identidad y permanecer en la comarca sin ser borrada del archivo —respondió Elena.

—Irene Robles —pronunció Martín.

—Irene —asintió Elena—. Ella no es solo una testigo secundaria que asistió a las lecturas públicas. Irene estuvo presente durante la transición entre la etapa de Amelia y la llegada de Darío. Ella sobrevivió a la segunda fase.

—Pero el mensaje que recibiste ayer decía claramente que Irene ya nos había contado demasiado —recordó Martín, visiblemente preocupado—. Si intentamos ponernos en contacto con ella otra vez, podemos provocar que la intercepten.

—Irene conoce la identidad de la persona que estaba por encima de Darío —dijo Elena, abriendo su libreta de notas de tapa negra—. Por eso la mantienen bajo vigilancia constante. Por eso el mensaje intentaba alejarnos de ella.

En ese preciso instante, el teléfono profesional de Elena comenzó a vibrar sobre la madera del escritorio. La pantalla mostraba una llamada entrante desde un número no registrado, con prefijo provincial.

Elena intercambió una rápida mirada con Martín. Desplizó el botón de respuesta y activó el altavoz del terminal, manteniendo el teléfono a una distancia prudencial sobre la mesa.

—¿Sí? —articuló Elena con voz serena.

Durante tres segundos no se escuchó más que una línea abierta con interferencias estáticas de fondo. A continuación, el sonido característico de una respiración pausada y pesada resonó en el altavoz.

Una voz masculina, alterada mediante un modulador de frecuencia digital que volvía el timbre grave y metálico, habló con lentitud:

— «Dejad a Irene Robles fuera de vuestras comprobaciones, Elena. No volváis a acercaros a su domicilio.»

Elena no parpadeó. Manteniendo el control absoluto de su voz, respondió: —¿Quién habla?

La voz al otro lado de la línea no respondió a la pregunta directa.

— «Si os acercáis a Irene o intentáis mover las piezas de la memoria de Alba antes de tiempo —prosiguió la voz distorsionada—, la información que falta sobre Marta Valdés no llegará jamás a vuestras manos. Tenéis lo que queríais sobre el pasado. No busquéis lo que no podéis gestionar.»

La llamada se cortó de forma instantánea con tres tonos cortos de desconexión.

Martín se inclinó de inmediato sobre el teléfono. —Voy a solicitar el rastreo de la celda de la llamada a la central.

—No servirá de nada —lo detuvo Elena con amargura—. Habrán utilizado una tarjeta prepago desechable o un reenrutador de Voz sobre IP. Lo importante no es desde dónde han llamado, sino lo que acaba de confirmar esa comunicación.

—¿Qué ha confirmado?

—Que Irene es el único eslabón que les da miedo que toquemos —afirmó Elena con determinación—. Saben que ella tiene la respuesta sobre la persona que ocupó el lugar de Amelia tras su desaparición.

Elena tomó su libreta de tapa dura y, con un trazo firme y negro, anotó tres conceptos en el centro de la página limpia:

IRENE AMELIA LA CÚPULA SObrE DARÍO

Cerró la libreta con un golpe seco y guardó la memoria USB en el bolsillo interior de su abrigo.

La investigación había cruzado definitivamente el umbral de los viejos expedientes.

Ya no se trataba solo de reconstruir el sufrimiento de las mujeres que pasaron por el taller ni de documentar la negligencia del club.

Elena y Martín se adentraban en el tramo final de una persecución activa, tras la pista del arquitecto invisible que había dirigido el sistema desde la sombra durante décadas y que había ordenado el silencio definitivo de Alba.

La verdad de Marta

El eco seco del último tono de la llamada anonimizada continuaba suspendido en el despacho.

Elena no había llegado a mover la mano del marco de madera del escritorio.

Martín permanecía inmóvil junto al ventanal, con la vista clavada en la calle inferior, donde la iluminación de las farolas apenas cortaba la sombra de los edificios de San Telmo.

—¿Crees que sabían que estábamos aquí? —preguntó Martín, rompiendo el silencio con un murmullo contenido, sin volverse hacia ella. —No —respondió Elena, tomando una lenta aspiración de aire—. No creo que supieran la ubicación exacta desde la que accedíamos a la unidad.

Se hizo una pausa tensa en la que el chasquido del parqué al moverse Martín fue el único sonido. —Creo que sabían que íbamos a encontrar a Irene —añadió ella, cruzando los brazos sobre el pecho. Martín la miró fijamente, con los ojos entrecerrados por la incredulidad. —Eso es peor.

—Mucho peor —asintió Elena—. Significa que el trazado de los archivos no es una simple ruta de consulta que dejó Alba. Significa que las carpetas de la memoria están dispuestas en un orden lógico que cualquier persona con capacidad deductiva seguiría tarde o temprano.

—Si la llamada era una advertencia para que no busquemos a Irene —planteó Martín, acercándose al tablero de notas—, podría ser simplemente un intento de intimidación. Quieren que nos detengamos aquí, antes de que el nombre de la persona que está por encima de Darío salga a la luz.

—No quieren que abandonemos la investigación, Martín —corrigió Elena, negando con la cabeza con lentitud—. Si quisieran frenarnos de forma definitiva, no nos habrían facilitado el acceso a las carpetas secundarias de Amelia ni habrían permitido que reconstruyéramos el itinerario de Marta Valdés.

—¿Entonces qué quieren? —Que hagamos exactamente lo que esperan que hagamos a continuación. Martín la observó con evidente extrañeza. —¿Y qué esperan?

Elena inclinó la cabeza hacia la reproducción digitalizada del rostro de Amelia Valcárcel que descansaba sobre la mesa. —Que vayamos directamente a buscar a Irene Robles.

Elena rodeó la mesa y comenzó a revisar la secuencia temporal de los mensajes recibidos en las últimas jornadas. Al contrastar los sellos de hora de las notificaciones externas con el registro de actividad de su propio equipo, descubrió un patrón que le hizo sentir un roce gélido en la nuca.

Cada imagen encriptada, cada referencia de archivo y cada aviso anónimo habían llegado a sus dispositivos apenas unos minutos después de que ella y Martín hubieran alcanzado una conclusión relevante en el despacho.

—Nos están vigilando —dijo Elena, manteniendo la voz firme pero baja. Martín frunció el ceño, dando un paso rápido hacia el escritorio. —¿Nos están vigilando? ¿Desde dónde?

—No lo sé desde el punto de vista físico —contestó ella, extendiendo la mano hacia el ordenador aislado—.

Pero en el plano digital, no hemos estado solos en ningún momento.

Se inclinó sobre la torre del equipo y, sin dudarlo, desconectó el cable de red principal directamente del conmutador de la pared.

A continuación, deshabilitó los controladores inalámbricos en el menú del sistema.

—No pienso volver a cometer el mismo error que cometimos con el entorno de Alba —dijo con rotundidad—.

Alba asumió que su cortafuegos corporativo era suficiente y continuó trabajando en red mientras la monitorizaban en remoto.

—¿Crees que también pueden tener acceso a la infraestructura de este despacho? —inquirió Martín, echando una mirada hacia la puerta cerrada.

—Si han podido infiltrar el servidor del despacho de mi hermana y manipular las copias de seguridad de la comarca, tenemos que asumir que cualquier dispositivo conectado a una red pública está comprometido —sentenció Elena—.

A partir de este minuto no habrá transferencias digitales, no habrá sincronización en la nube y no utilizaremos el sistema informático para procesar conclusiones.

Elena abrió el cajón inferior del escritorio, sacó una serie de carpetas de cartulina rígida y comenzó a imprimir en local, mediante conexión directa de cable, las imágenes esenciales y los documentos extraídos de la unidad de Alba.

Una vez completada la copia, expulsó la memoria USB, la guardó en una funda metálica de aislamiento de radiofrecuencia y apagó el equipo principal por completo.

A continuación, indicó a Martín que apagara su teléfono móvil personal. Ella hizo lo propio con el suyo, retirando la batería del terminal antes de dejarlo sobre la repisa.