CAPÍTULO 13 #7
—¿Entonces quién era la número siete? —preguntó Martín, mirando el trozo de papel en manos de Elena.
Elena contempló la tipografía defectuosa de la nota sin encontrar una respuesta inmediata. Comprendió que cada certeza que creían haber consolidado sobre los archivos de Alba estaba siendo reescrita en tiempo real por alguien que caminaba a pocos metros de distancia de sus propios pasos.
El nombre bajo la sombra
Elena continuaba inmóvil en el centro del despacho, con los dedos rígidos sosteniendo la tira de papel sacada del sobre blanco.
La frase mecanografiada — «La número siete no era Marta» — parecía cobrar un peso físico bajo la luz gris del mediodía.
A su lado, Martín observaba el trozo de papel con la frente surcada por arrugas profundas y la mandíbula apretada en un gesto de calculada frustración.
No hubo en Elena un estallido de sorpresa ni una reacción dramática.
Su inquietud se tradujo en un repliegue inmediato hacia la observación metódica, esa forma de concentración helada que había heredado del rigor analítico de Alba.
Apoyó la tira de papel sobre la madera de la mesa, justo al lado de las carpetas de las antiguas integrantes, y mantuvo la vista fija en la tipografía gastada de la cinta de escribir.
—Entonces hemos estado perdiendo el tiempo —rompió el silencio Martín, cruzándose de brazos mientras recorría con la mirada el esquema de fichas—. Hemos estado buscando a la persona equivocada desde el principio.
Elena negó lentamente con la cabeza, sin despegar los ojos del papel. —No.
—¿No? —preguntó Martín, arqueando una ceja—. Si la nota dice explícitamente que Marta no era la número siete, toda la secuencia que hemos montado sobre su ficha pierde el sentido.
—Hemos estado buscando a una persona que figuraba asociada al número siete en el archivo —corrigió Elena con serenidad—. Lo que no sabemos todavía es qué representa exactamente esa cifra dentro del sistema de clasificación del club.
Martín extendió el índice hacia la copia impresa del registro interno. —En la ficha de Marta el siete aparece trazado en rojo en el margen superior.
—Sí —asintió Elena—. Y alguien ha deslizado un papel bajo nuestra puerta para decirnos que ese dato es falso o que está incompleto.
—Eso significa que la persona que ha dejado la nota conoce los archivos internos del taller mejor que nosotros —dijo Martín, mirando hacia el pasillo desierto.
—O significa algo peor —añadió Elena, alzando finalmente la vista hacia su compañero—. Significa que esa persona ha visto exactamente qué documentos tenemos sobre esta mesa y en qué punto se encuentra nuestra investigación.
Dejó la tira de papel sobre el tablero y se acercó al monitor del ordenador. —Tenemos que volver a examinar las fichas originales. No las transcripciones impresas ni las notas que hemos tomado hoy. Las fotografías digitales en alta resolución que Alba tomó directamente del archivo del club.
Elena abrió la carpeta de archivos brutos que su hermana había guardado en la unidad cifrada.
Con movimientos precisos de ratón, comenzó a proyectar las imágenes una por una en la pantalla: la primera ficha, la segunda, la tercera, los expedientes de las integrantes más antiguas, hasta llegar al archivo individualizado de Marta Valdés.
Elena aplicó un zoom del doscientos por ciento sobre la esquina superior derecha de la tarjeta digitalizada, donde la cifra «7» destacaba en un tono carmesí. Ajustó la curva de contraste y el balance de blancos del software de procesamiento gráfico.
—Mira la densidad del trazo —pidió Elena, señalando con el cursor el borde del número.
Martín se inclinó sobre la pantalla, ajustándose las gafas para examinar los píxeles.
—El tipo de pigmento no coincide con la tinta roja utilizada en la anotación «Retirar» —observó Elena—.
La palabra «Retirar» tiene un tono mate, absorbido por la porosidad de la cartulina.
El número siete presenta un brillo sintético diferente y el trazo superpone ligeramente la textura de la fecha de alta.
—¿Estás completamente segura de que se añadió después? —inquirió Martín con cautela.
—No puedo afirmarlo con el rigor de un perito calígrafo sin analizar el soporte físico original —contestó ella—. Pero la densidad del color y la sobreposición del trazo indican que la cifra fue escrita en un momento posterior y con una pluma distinta.
—Entonces Marta no ocupaba originalmente la posición número siete en la estructura —dedujo Martín.
—Exacto —asintió Elena—. Alguien alteró la ficha de Marta para asociarla a ese número o para tapar la identidad de la persona a la que correspondía en realidad esa casilla.
—¿Y quién tenía acceso a esas tarjetas para modificar la numeración? —preguntó Martín.
—Eso es lo que necesitamos averiguar.
Elena comenzó a proyectar el resto de las fichas del catálogo digital.
La distribución de los números manuscritos no seguía una pauta homogénea: algunas fichas exhibían cifras arábigas en el margen, otras no mostraban código alguno y en un par de casos la cifra aparecía escrita entre paréntesis en el reverso del documento.
—Si no es una numeración correlativa por fecha de inscripción —comentó Martín, observando la dispersión de las cifras—, tampoco corresponde al orden alfabético de los apellidos.
Elena abrió un documento de hoja de cálculo y comenzó a ingresar los datos para intentar cruzarlos:
Marta Valdés — Fecha de alta: Otoño | Número asignado: 7 (añadido) Natalia Fuentes — Fecha de alta: Primavera | Número asignado: 3 Lucía Ferrer — Fecha de alta: Verano | Número asignado: Sin número Beatriz Salas — Fecha de alta: Invierno | Número asignado: 5 Sofía — Fecha de alta: Reciente | Número asignado: Sin número
Martín observó la pantalla durante unos instantes antes de sacudir la cabeza. —No hay una pauta cronológica. Natalia ingresó antes que Marta y tiene asignado un número inferior, pero Beatriz entró entre ambas y tiene un cinco. Tampoco encaja con la duración de su permanencia en el club.
—No tiene sentido si asumimos que los números identifican la antigüedad o el rango administrativo de las mujeres —dijo Elena, reclinándose en la silla y apoyando la barbilla en la mano.
—¿Y si no clasificaban a las personas? —sugirió Martín en voz baja, fijando la mirada en el vacío.
Elena giró el rostro hacia él. —¿Qué quieres decir?
—Darío y la cúpula organizaban talleres, conferencias públicas y sesiones privadas —desgranó Martín—. Si no estaban numerando a las participantes por su orden de llegada, quizá estaban clasificando otra cosa distinta.
La sugerencia quedó flotando en la penumbra del despacho.
Elena volvió a repasar mentalmente los cuadernos de notas de Alba.
Recordó las anotaciones marginales sobre las «tutorías privadas», la presencia de las observadoras externas y la insistencia de su hermana en registrar las fechas de las reuniones de fin de semana en la finca.
Entre las páginas manuscritas emergía con frecuencia un término que Alba había rodeado con un círculo a lápiz y sobre el que nunca llegó a redactar un informe definitivo.
Elena tomó el rotulador y escribió la palabra en una hoja limpia:
RITUAL
—Los números no identificaban a las mujeres como socias —dijo Elena, conectando la idea de Martín con las notas de Alba—. Identificaban las fases de un proceso o los eventos privados celebrados en el pantano.
Martín frunció el ceño. —¿Momentos específicos dentro de la actividad de la caseta?
Elena buscó inmediatamente en el archivo fotográfico digital de la finca del pantano de la Sombra. Accedió a la subcarpeta que contenía las tomas realizadas por Alba durante la sesión en la que participó la joven Sofía.
Desplazó las imágenes lentamente: la bruma sobre el agua, el portalón de madera, el coche aparcado en el margen de la pista y la entrada de Darío junto a la muchacha.
En una de las imágenes de plano general del porche interior, Elena advirtió la presencia de una pequeña pizarra de madera colgada junto a la puerta de acceso al piso superior.
Aplicó el zoom digital al máximo. Sobre la superficie de la pizarra figuraban varias anotaciones escritas con tiza blanca. Entredichas por el desenfoque de la toma, se distinguían tres cifras distribuidas en columna. La última de ellas era un siete.
—Mira la pizarra del porche —indicó Elena, señalando el punto brillante en la imagen.
Martín se inclinó sobre el monitor. —Eso estaba ahí el día que tu hermana fotografió la reunión de Sofía.
—Buscó otra fotografía tomada desde un ángulo diferente dos horas más tarde —continuó Elena, abriendo el archivo consecutivo—. La pizarra sigue colgada en el mismo sitio y el número siete no ha sido borrado.
—Entonces el número siete no era una etiqueta personal para Marta —concluyó Martín—. Era el código de una sesión concreta o de un registro de control del evento.
—O la designación de la persona que encabezaba esa sesión específica —matizó Elena.
Continuó explorando la secuencia fotográfica de Alba.
Al llegar al final de la carpeta, Elena se topó con un archivo cuya miniatura no le resultaba familiar.
Los metadatos indicaban que la imagen había sido capturada el mismo día de la vigilancia del pantano, pero el encuadre no correspondía al exterior de la finca: la toma había sido realizada desde el interior de la caseta, encuadrando una mesa de madera oscura sobre la que reposaban varias tarjetas de cartulina rígida.
Elena se quedó petrificada frente a la pantalla. —Esta foto no estaba en la selección organizada de Alba —murmuró.
—¿Tu hermana llegó a entrar en la caseta? —preguntó Martín con evidente sorpresa.
—Según su diario de campo, nunca cruzó el umbral del porche —contestó Elena, revisando la fecha de creación del archivo—. Pero esta imagen está guardada en la memoria raíz del dispositivo.