CAPÍTULO 13 #6
—Estaba allí desde el principio —asintió Elena—. Aparece en el pantano, aparece en los certámenes de edición y aparece en los archivos de Alba. Sin embargo, su nombre no figura en un solo programa oficial ni en las listas de socias.
—Alguien que no necesitaba figurar en los registros públicos para ejercer la autoridad sobre el grupo —murmuró Martín—. La que decide quién entra, quién se queda y quién deja de ser conveniente.
Elena recordó las palabras que Irene había pronunciado en el taller: «Darío era el hombre al que todas veían» . La pieza empezaba a encajar en una arquitectura mucho más compleja y jerárquica de lo que habían estimado inicialmente.
Siguió filtrando las fichas y advirtió una constante metodológica en el proceso de captación de las integrantes.
Sin que pudiera catalogarse como un patrón rígido, las mujeres seleccionadas por el taller compartían circunstancias personales de vulnerabilidad: rupturas sentimentales recientes, periodos de aislamiento profesional o duelos no resueltos.
El club no se presentaba como una simple academia de escritura; se ofrecía como un refugio de reconstrucción personal y comunitaria.
Darío manejaba un lenguaje empático, sabía escuchar con paciencia calculada y lograba que cada nueva incorporación se sintiera parte de una élite intelectual protegida.
—No necesitaban emplear la coacción física para atraerlas —explicó Elena, mostrando a Martín las cartas de bienvenida redactadas por el taller—. Las atraían por convicción y por la promesa de pertenecer a un espacio donde sus crisis personales eran validadas.
—¿Y cuándo cambiaba la dinámica? —preguntó Martín.
—Cuando la participante intentaba recuperar su autonomía o cuando empezaba a hacer preguntas sobre la financiación del club y las sesiones privadas del pantano —contestó Elena—. En ese instante, la estructura pasaba del acogimiento a la clasificación y, finalmente, al marcado.
—Eso es una hipótesis interpretativa muy grave —advirtió Martín con cautela profesional.
—Es la única hipótesis que explica por qué cuatro mujeres independientes terminaron borrando sus huellas con el mismo patrón de conducta —replicó Elena.
Martín esbozó una leve sonrisa sin hilaridad. —Te estás volviendo extremadamente cuidadosa con los matices, Elena.
—Estoy aprendiendo a no regalarles argumentos a quienes quieren hacer pasar esto por una colección de coincidencias —respondió ella.
Entre los documentos secundarios encontraron un sexto expediente a nombre de Claudia Ríos.
A diferencia de Marta o Natalia, Claudia había abandonado el club tras un conflicto abierto con la dirección, pero su vida posterior se había desarrollado con total normalidad en otra provincia, donde ejercía como profesora de instituto.
En una entrevista concedida a una publicación pedagógica años después, Claudia aludía de pasada a su etapa en San Telmo definiéndola como «una experiencia extraña y absorbente que prefería no reabrir».
—Claudia demuestra que no todas las que salieron sufrieron el mismo destino —observó Martín.
—O demuestra que solo las que aceptaron participar en determinadas reuniones privadas del pantano pasaron a la categoría de riesgo —precisó Elena—. Las que se quedaron en la fase puramente tallerista pudieron rehacer sus vidas sin interferencias.
Elena volvió a fijar la vista en las fichas marcadas con el símbolo manuscrito —la línea curva y el punto—.
Marta, Natalia, Lucía y Beatriz compartían esa marca.
Recordó la escena descrita en los cuadernos de Alba sobre la caseta del Sector Norte: la niebla densa sobre la lámina de agua, el portón de madera cerrándose y la joven Sofía entrando acompañada por Darío Noceda mientras las demás esperaban en el exterior.
—Sofía —murmuró Elena en voz alta.
—¿La última integrante de la que hablaba Alba en sus notas? —preguntó Martín.
—Sí. Sofía estuvo en el pantano poco antes de que la estructura original se dispersara. Si sigue vinculada al grupo residual del que hablaba Irene, ella podría ser el nexo actual.
—¿Quieres intentar localizarla? —inquirió Martín.
Elena dudó durante unos segundos, evaluando los riesgos. —Sí. Si Sofía sigue dentro, es la única que puede decirnos quién maneja la estructura hoy.
Antes de que pudiera tomar la libreta para anotar las posibles vías de localización de Sofía, el teléfono móvil de Elena, depositado sobre la mesa de madera, emitió tres vibraciones consecutivas en intervalos de un segundo.
Elena y Martín se quedaron petrificados. Elena estiró la mano y giró el aparato para ver la pantalla de bloqueo sin descolgarlo.
Apareció un primer mensaje procedente del mismo número desconocido:
«Marta.»
Un segundo después, entró el siguiente texto:
«No fue la primera.»
Y de inmediato, el tercero:
«Tampoco será la última.»
Martín se acercó rápidamente, leyendo los tres mensajes sobre el cristal. —¿Quién demonios está enviando esto? —preguntó con la mandíbula apretada.
Elena negó con la cabeza, manteniendo las manos firmes lejos del teclado digital. —No voy a intentar rastrear el origen ni responder desde este dispositivo. No cometeré el mismo error de conexión que cometimos con el terminal de Alba.
Antes de que pudiera bloquear la pantalla de nuevo, el teléfono vibró por cuarta vez. El sistema mostró la recepción de un archivo adjunto de imagen. Elena pulsó sobre la notificación para desplegar la fotografía sin descargar el contenido completo en la memoria del sistema.
Era una fotografía antigua, virada en tono sepia por el paso del tiempo, tomada en la escalinata de acceso a un edificio institucional de fachada neoclásica. En la toma aparecían cuatro mujeres jóvenes posando juntas. Elena reconoció de inmediato a Marta Valdés, a Natalia Fuentes y a Beatriz Salas.
Pero de pie detrás de ellas, colocada un escalón por encima y mirando fijamente hacia el objetivo de la cámara con una expresión neutra e impenetrable, figuraba la mujer desconocida.
No estaba de perfil ni oculta en la penumbra de un callejón: miraba directamente a la lente, como si supiera con absoluta certeza que esa imagen sería examinada años más tarde.
En el margen inferior derecho de la copia física positivada figuraba una fecha impresa por la máquina fotográfica: una fecha correspondiente a dos años antes de la fundación oficial del Club de las Ofelias en San Telmo.
Martín contuvo el aliento al estudiar la cronología. —¿Qué significa esa fecha? —preguntó en un susurro.
—Significa que esa mujer ya tenía reunidas a estas mismas personas antes de que Darío abriera la librería de San Telmo y antes de que existiera el primer taller literario —respondió Elena con la voz helada.
—¿Y si Darío Noceda nunca fue el fundador real del club? —sugirió Martín—. ¿Y si fue reclutado únicamente para darle una fachada de prestigio intelectual a una estructura que ya estaba funcionando bajo la dirección de esta mujer?
Elena no respondió de inmediato. Guardó la imagen en la carpeta temporal de la investigación sin emitir un juicio definitivo, aunque la prueba visual resultaba abrumadora. La presencia de la mujer desconocida antecedía a la historia oficial del grupo.
Volvió a la hoja donde había trazado la división de las integrantes. Había cinco nombres anotados: Marta, Natalia, Lucía, Beatriz e Irene. Junto a los cuatro primeros figuraba el símbolo de la línea curva y el punto. Junto al nombre de Irene Robles, la casilla permanecía en blanco.
Martín señaló la fila de Irene. —¿Por qué no le pones la marca?
—Porque Irene no ha desaparecido del todo —explicó Elena—. Aunque esté aterrorizada y haya bajado la persiana de su negocio, sigue estando aquí. Todavía puede elegir si romper el silencio o seguir ocultándose.
—Quieres darle una oportunidad para hablar cuando la presión se reduzca —comprendió Martín.
—Quiero que sea ella quien decida el momento —dijo Elena, recogiendo las fotografías impresas sobre la mesa.
Tomó una carpeta rígida de cartón de color pardo que no había utilizado hasta el momento. Con un rotulador negro, escribió en la portada una etiqueta clara:
ANTIGUAS OFELIAS
Debajo, dividió el espacio en tres categorías manuscritas:
Vivas Desaparecidas No identificadas
Bajo la tercera categoría, introdujo únicamente la copia impresa de la fotografía antigua donde la mujer desconocida miraba a la cámara. Cerró la carpeta de cartón con una firmeza metódica.
En ese preciso instante, el silencio del despacho se vio interrumpido por un sonido leve pero inconfundible procedentes del pasillo exterior: el crujido metálico de una pletina del piso de madera y el roce de una suela contra el pavimento de la entrada principal.
Elena y Martín se congelaron en sus posiciones. Martín llevó la mano de forma instintiva al costado interior de su chaqueta, mientras Elena mantenía la palma de la mano apoyada sobre la portada de la carpeta recien rotulada.
Durante cuatro o cinco segundos interminables, no se escuchó ningún otro rumor. Luego, el eco de unos pasos breves y apresurados se alejó por la escalera de servicio en dirección a la puerta de la calle.
Martín avanzó hacia la puerta del despacho con movimiento rápido y silencioso, tiró del picaporte y se asomó al pasillo con la mirada alerta.
—Está vacío —anunció Martín desde el umbral—. No hay nadie en el rellano.
Sin embargo, al mirar hacia el suelo, junto a la rendija inferior de la puerta de entrada, Martín descubrió un pequeño sobre blanco de formato comercial, sin franqueo ni nombre de destinatario.
Elena se acercó sin hacer ruido y recogió el sobre del suelo. No tenía sello ni remite. Estaba sin sellar de forma adhesiva; bastó con levantar la solapa superior para extraer una única tira de papel mecanografiada en una máquina manual de cinta gastada.
Elena desplegó la tira de papel y leyó la única frase impresa en tinta grisácea:
«La número siete no era Marta.»
Elena levantó lentamente la mirada hacia Martín, sintiendo cómo el aire del pasillo se volvía denso y frío.