CAPÍTULO 13 #5
—Puede tener miedo del pasado —observó Martín—. De las implicaciones legales o morales de haber formado parte de la gestión de la librería cuando las cosas empezaron a torcerse.
—Sí —admitió ella.
—O puede tenerle miedo a Darío Noceda si sabe que sigue moviéndose por la zona.
—Ella ha dicho de forma explícita que Darío no era el problema principal —recordó Elena, enderezándose en el asiento—. Dijo que Darío era solo la cara visible. La figura que ponía el rostro en las lecturas públicas.
Martín la miró de reojo antes de devolver la vista al tráfico.
—También puede habernos mentido para desviarnos de Noceda. Irene sigue viviendo en San Telmo; si Darío la tiene amenazada, lo más inteligente para ella es inventar una estructura superior e invisible para quitárselo de encima a él.
Elena aceptó la objeción con asentimiento de cabeza. —Por eso no podemos dar absolutamente nada por sentado. Ni dar por buena cada palabra de Irene ni descartar la posibilidad de que exista esa cúpula.
Llegaron al edificio del despacho sin percibir ningún vehículo sospechoso tras sus huellas.
Subieron las escaleras en silencio, utilizando la llave física para acceder al pasillo interior.
Una vez dentro de la estancia, Elena no se quitó el abrigo.
Se acercó directamente a la mesa de trabajo, despejó el centro de la madera y comenzó a desplegar las copias de las fichas, las fotografías y las páginas manuscritas sacadas de los cuadernos de Alba.
Ahora sobre el tablero no figuraba únicamente el expediente de Marta Valdés. Había cuatro carpetas principales perfectamente diferenciadas: Marta Valdés, Natalia Fuentes, Lucía Ferrer y Beatriz Salas. Y a un lado, escrita a mano en una hoja en blanco, una quinta identidad: Irene Robles.
Elena tomó un rotulador negro de punta fina, dibujó una línea vertical en la hoja y estableció dos encabezados claros en mayúsculas:
LOCALIZADAS | SIN RASTRO
Martín se acercó a la mesa, apoyando las manos en las esquinas de la madera para observar el esquema.
—Estás haciendo una clasificación —comentó él con tono neutro.
—Sí —dijo Elena sin detener el trazo del rotulador.
—Como la que hacía Darío Noceda en sus cuadernos de evaluación del club.
La frase cayó sobre el despacho con el peso de una acusación involuntaria. Elena detuvo la mano en seco. Levantó la mirada muy despacio y sostuvo los ojos de Martín con una mezcla de incomodidad y ruda determinación.
—No —respondió tajante.
—Las categorías se le parecen mucho, Elena —insistió Martín con serenidad—. Calificar a las personas según su grado de accesibilidad o su estado en el grupo.
—Hay una diferencia fundamental —replicó ella, dejando el rotulador sobre la mesa con un chasquido—.
Yo estoy intentando descubrir qué ocurrió con sus vidas para evitar que sus nombres desaparezcan del todo.
Él las clasificaba para decidir quién pertenecía al núcleo, quién era útil para sus fines y quién debía ser descartada.
Martín no replicó. Mantuvo un silencio respetuoso que permitió a Elena recuperar el aliento.
Ella volvió a fijar la vista en las listas, sintiendo una punzada de aprensión en el pecho.
Sabía que Martín tenía parte de razón: el peligro de sumergirse en los archivos de Alba era empezar a adoptar la misma lógica analítica, fría y segregadora que la estructura del club había utilizado contra aquellas mujeres.
—No quiero parecida a él en nada —murmuró Elena en voz más baja, reanudando la tarea—. Ni a él ni a quienquiera que diseñara esas fichas.
Se concentraron de nuevo en la reconstrucción individualizada de los historiales acumulados. Elena tomó la ficha de Lucía Ferrer y la cruzó con una carpeta de recortes de prensa provincial que Alba había guardado bajo la etiqueta de «Comprobaciones secundarias» .
Lucía había formado parte de las actividades públicas de San Telmo durante aproximadamente seis meses.
Luego, su firma desapareció de las actas de la asociación.
Sin embargo, Elena encontró un breve suelto de prensa publicado cuatro años después en un periódico comarcal de una localidad vecina: una nota corta sobre la reapertura de una biblioteca escolar donde Lucía Ferrer figuraba como auxiliar de catalogación con un contrato temporal de tres meses.
—Mira esta fecha —dijo Elena, indicando la rotativa digitalizada—. Es posterior en casi tres años a su salida del taller de Darío.
Martín se inclinó para leer el párrafo. —Entonces no desapareció del todo inmediatamente.
—No en el sentido de una evaporación física instantánea —explicó Elena—.
Mantuvo una actividad laboral precaria en municipios pequeños de la periferia.
Pero al intentar rastrear su residencia actual, el registro de la biblioteca indica que no renovó el contrato y la dirección postal asociada a su ficha fue dada de baja por falta de pago.
—¿Hay alguna cuenta de correo o teléfono registrado?
—Un correo electrónico antiguo alojado en un servidor universitario ya extinto —comprobó Elena tecleando en su teléfono portátil—. He enviado una prueba de verificación antes de salir; el servidor devuelve una falla permanente de entrega. El dominio ya no existe.
Elena imprimió la ficha de Lucía con las notas al pie y la colocó bajo la columna de SIN RASTRO , aunque anotando a lápiz la salvedad de su reaparición temporal.
Pasaron a continuación al expediente de Beatriz Salas.
Su trayectoria difería notablemente de las anteriores.
Beatriz había permanecido en el club más de un año.
Tras su renuncia, volvió a su domicilio familiar en la capital de la provincia y retomó su actividad como redactora en una revista de artes plásticas.
Aparecía en varias fotografías de eventos públicos y catálogos de exposiciones.
Sin embargo, el rastro de Beatriz se cortaba de manera abrupta a partir de un año concreto. Elena localizó la última intervención pública de Beatriz: una entrevista concedida a un blog cultural de ámbito regional con motivo de la publicación de un monográfico sobre poética del paisaje.
Elena leyó el texto en voz alta, deteniéndose en el último párrafo de la transcripción:
— «Hay lugares y estructuras de los que una persona cree haber salido, pero que en realidad nunca terminan de abandonarla del todo. Siguen ahí, operando en la sombra de lo que escribes y de lo que te callas» .
Martín la escuchó con los brazos cruzados sobre el pecho. —¿Te dice algo esa respuesta? —preguntó.
—Me dice que, al igual que Irene, Beatriz seguía viviendo bajo la impresión de no haber cortado del todo los lazos —contestó Elena—. No habla de la literatura como una vocación libre; habla de una carga o de una amenaza latente.
A continuación, Elena abrió la carpeta dedicada a Natalia Fuentes.
En este expediente, las anotaciones de Alba eran mucho más densas, redactadas con una caligrafía rápida y apretada que delataba la urgencia de sus indagaciones.
En el margen superior de la primera hoja, Alba había trazado una doble línea roja bajo una frase categórica:
«Natalia no desapareció por decisión propia. La hicieron desaparecer del relato oficial del grupo para que nadie preguntara por ella» .
Martín tomó la hoja y leyó la anotación en voz baja. —¿Qué quiso decir Alba con «desaparecer del relato»?
—Que cuando las familias o las amigas de la universidad preguntaban en la librería, Darío y las coordinadoras tenían articulada una narrativa oficial perfecta —explicó Elena, sintiendo un nudo opresivo en la garganta al reconocer la letra de su hermana—.
Decían que Natalia se había retirado a una comuna de escritura en el extranjero o que había roto relaciones con su entorno por una crisis personal.
Construían una versión verosímil que desalentaba cualquier búsqueda policial.
—¿Tu hermana no llegó a profundizar más en esta pista? —preguntó Martín.
—No tuvo tiempo —respondió Elena con voz ahogada, obligándose a mantener la compostura física—. Las notas de este cuaderno se interrumpen tres semanas antes de su muerte.
Elena respiró hondo, apartó la mirada de la caligrafía de Alba durante unos segundos y continuó desglosando los anexos fotográficos.
Entre los contactos de papel térmico guardados en el sobre final, localizó una imagen de grupo tomada en el exterior de la finca del pantano de la Sombra durante un amanecer de otoño.
En la toma figuraban cuatro mujeres sentadas en el escalón de piedra de la caseta. Entre ellas se distinguía con claridad el rostro joven de Marta Valdés y, a su lado, a Natalia Fuentes. En el ángulo derecho, de pie junto al portón de madera, Darío Noceda sostenía un cuaderno abierto.
Pero al desplazar la lupa hacia el margen izquierdo de la imagen, desenfocada por la bruma matutina, volvía a emerger la silueta de la mujer desconocida.
En esta fotografía no estaba oculta tras una puerta lateral ni situada en el público de una sala de conferencias: permanecía a menos de tres metros del grupo, con los brazos cruzados sobre una chaqueta de corte oscuro, observando directamente la escena.
Elena aplicó la lente de aumento sobre el rostro de la mujer. La nitidez era suficiente para confirmar los rasgos: pómulos angulosos, mentón firme y el cabello recogido en un moño bajo de perfecta factura.
—Es la misma mujer de la foto de la feria del libro —dijo Elena con absoluta certeza.
Martín se acercó, inclinándose sobre la mesa hasta que su hombro rozó el de Elena. —¿Estás completamente segura?
—Mira la línea de la mandíbula y la forma en que sostiene la carpeta bajo el brazo —señaló Elena con la punta del lápiz—. Es la misma persona. Y esta foto es tres años anterior a la reunión de San Telmo.
—Eso demuestra que su presencia en el entorno del club no fue un hecho fortuito ni una visita ocasional de una mecenas externa —concluyó Martín.