CAPÍTULO 13 #4
Sin perder la compostura, Elena sacó de su libreta una reproducción en papel del símbolo hallado en las fichas —la línea curva acompañada del punto— y la depositó suavemente sobre el mostrador de madera.
Al ver la gráfica, la expresión de Irene cambió de forma drástica. La palidez cubrió su rostro y dio un paso atrás de forma instintiva, como si el papel sobre la mesa representara una amenaza física.
—¿Dónde habéis conseguido esa marca? —preguntó con la voz temblorosa.
—Aparece escrita a mano en las fichas de Marta, de Natalia, de Lucía y de Beatriz —contestó Elena—. ¿Qué significa ese símbolo, Irene?
Irene miró hacia la calle a través del ventanal, asegurándose de que nadie se detenía a observar el interior del local.
—Eso no era una anotación administrativa de la librería —musitó Irene, con la voz apenas audible—. Era una marca de advertencia.
—¿Una advertencia para quién? —inquirió Martín.
—Para las mujeres que ya habían manifestado su intención firme de romper todos los lazos con el entorno del taller y marcharse de la provincia —explicó Irene con la respiración agitada.
—¿Y qué implicaba esa marca? —preguntó Elena.
—Que no todas las puertas se podían cerrar simplemente dejando de acudir a las reuniones —respondió Irene, mirando fijamente a Elena a los ojos.
—¿Qué puerta?
—La misma puerta que habéis vuelto a abrir vosotros al empezar a hacer preguntas por los archivos de la librería —sentenció Irene con una gravedad helada.
El silencio volvió a adueñarse de la papelería. Martín intervino con tono inquisitivo. —¿Quién le enseñó el significado de ese símbolo?
—No puedo hablar más con vosotros —negó Irene, cruzándose de brazos con firmeza defensiva—. He dicho demasiado y no voy a poner en riesgo mi vida ni mi negocio.
Elena intentó un último acercamiento antes de retirarse. —Irene, ¿sabe usted dónde se encuentra Marta Valdés en la actualidad?
Irene guardó silencio durante varios segundos, midiendo el peso de su respuesta. —No lo sé. Perdí todo contacto con ella el día que dejó la caja en casa de su hermana.
Se detuvo un instante y, antes de que Elena pudiera hacer una nueva observación, añadió una frase cargada de intención: —Si de verdad queréis entender lo que ocurrió y encontrar alguna respuesta limpia, dejad de buscar a las mujeres que desaparecieron del mapa.
—¿A quién tenemos que buscar entonces? —preguntó Elena.
—Buscad a las que todavía están dentro y siguen teniendo miedo —respondió Irene.
La frase quedó suspendida en el aire del taller con la contundencia de un aviso definitivo. Elena comprendió que Irene se refería a mujeres que continuaban vinculadas a la estructura residual del club en la comarca, sometidas a un silencio vigilado.
—¿Usted sigue teniendo miedo, Irene? —preguntó Elena con suavidad antes de dar media vuelta.
Irene no respondió con palabras. Se limitó a sostener la mirada de Elena con una expresión donde se mezclaban la resignación, el cansancio y una prudencia visceral cultivada durante años.
Elena y Martín abandonaron el establecimiento. Al salir a la calle, el ruido cotidiano de la ciudad pareció retornar con una intensidad casi extraña. Caminaron durante unos metros en dirección a la esquina en absoluto silencio.
—No nos ha dado ningún nombre nuevo de la cúpula —comentó Martín, ajustándose el abrigo.
—Nos ha dado algo mucho más valioso —replicó Elena.
—¿El qué?
—La confirmación de que la estructura sigue activa en San Telmo y que hay personas que continúan bajo su ámbito de presión —explicó Elena—. Darío era solo la fachada de un entramado que sigue operando.
—¿Y cuál es el siguiente paso? —preguntó Martín.
—Identificar a la persona que sigue manteniendo a flote esa red de silencio —contestó Elena.
Justo en el momento en que alcanzaban la acera opuesta para dirigirse hacia el vehículo, el teléfono móvil de Elena emitió una vibración corta en su bolsillo.
No era un tono de llamada ni una notificación de correo.
Era un mensaje de texto entrante procedente de un número no registrado en el sistema.
Elena abrió la pantalla y leyó la única línea de texto que figuraba en el mensaje:
«Irene ya os ha contado demasiado.»
Elena sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Se detuvo en seco en medio de la acera y levantó lentamente la mirada hacia el gran ventanal de la papelería.
A través del cristal, se apreciaba la silueta de Irene Robles parada tras el mostrador.
La mujer no se había movido de su posición, pero sostenía el teléfono en la mano mientras observaba la calle.
Un segundo después, Irene estiró el brazo, activó el mecanismo del cierre metálico e inició el descenso de la persiana del establecimiento, ocultando por completo el interior del taller.
—¿Qué ocurre? —preguntó Martín al ver la parálisis de Elena.
Sin pronunciar palabra, Elena le mostró la pantalla del teléfono. Martín leyó el mensaje en silencio y giró la cabeza hacia la fachada de la papelería, donde la persiana de chapa acababa de tocar el suelo con un golpe seco.
Ambos se quedaron inmóviles en la acera, comprendiendo que la persona que los vigilaba no solo tenía acceso a sus archivos digitales, sino que disponía de una capacidad de observación física e inmediata sobre cada uno de sus movimientos en las calles de la ciudad.
Elena apretó el teléfono entre sus dedos con la helada certeza de que, al intentar rescatar las huellas borradas del pasado, acababan de colocar a Irene Robles en el centro directo de la amenaza.
El patrón del miedo
Elena se quedó inmóvil a dos pasos de la acera, sosteniendo el teléfono sobre la palma de la mano.
La pantalla retroiluminada proyectaba un resplandor frío sobre sus dedos, fijados en la única frase del mensaje: «Irene ya os ha contado demasiado» .
Detrás de ellos, a menos de diez metros, el chasis metálico de la persiana terminó de golpear contra el umbral de piedra del taller con un estruendo seco y sordo que resonó en toda la calleja.
Martín la observaba con los ojos entornados, midiendo la postura rígida de su compañera y el silencio denso que se había instalado entre los dos.
—¿Vas a contestar? —preguntó él en voz baja, alargando la mano hacia el dispositivo sin llegar a tocarlo.
—No —respondió Elena de inmediato, bloqueando la pantalla con un golpe de pulgar antes de guardar el aparato en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Por qué? Podríamos intentar mantener el hilo abierto para que el operador de red registre la antena de origen.
—Porque no sabemos quién está al otro lado —dijo ella, clavando la vista en la fachada ciega del negocio de encuadernación—. Si respondemos, le confirmamos que el mensaje ha surtido efecto. Le regalamos la certeza de que nos hemos alarmado.
Martín giró la cabeza hacia el establecimiento. La chapa de la persiana mostraba pequeñas motas de óxido en las uniones inferiores; no había ningún movimiento visible tras las grietas del encaje.
—Quizá deberíamos volver —sugirió él, dando medio paso en dirección al cristal cubierto—. Si esa mujer sigue dentro y acaba de recibir una advertencia similar, puede estar atrapada.
Elena le sujetó suavemente el antebrazo, ejerciendo la presión justa para detenerlo.
—Eso es precisamente lo que no debemos hacer —sentenció Elena, manteniendo un tono helado y metódico que buscaba contener su propia agitación interna—.
Si intentamos forzar la entrada o llamar al timbre ahora mismo, le demostraremos a quienquiera que nos vigile que tiene el control absoluto de nuestras reacciones.
Que puede teledirigir nuestros pasos con un simple mensaje de texto.
—¿Y si Irene está en peligro real por haber hablado con nosotros? —insistió Martín, mirando la calle vacía a ambos lados.
Elena sintió el peso exacto de la pregunta gravitando sobre su estómago. La culpa amenazaba con instalarse como una cuña fría, pero obligó a su mente a evaluar la situación con la disciplina que Alba aplicaba a sus investigaciones.
—Si alguien está físicamente cerca como para ver que Irene ha bajado la persiana, volver a la puerta solo servirá para señalarla más —razonó Elena—. Lo único que mantendrá a esa mujer a salvo por el momento es que quien la amenaza crea que el aviso ha funcionado y que hemos acatado la interrupción.
Martín sostuvo la mirada de Elena durante un instante interminable. Finalmente, exhaló un suspiro pesado y asintió con lentitud.
—Entonces nos vamos. Pero no perderemos de vista este tramo de la calle.
Elena no volvió a mirar hacia el taller.
Se giró hacia la puerta del copiloto, abrió la portezuela y ocupó su asiento.
Antes de accionar el seguro, dedicó una última mirada al espejo retrovisor exterior: la persiana continuaba bajada, gris y muda bajo la luz del mediodía.
No se veía la figura de Irene. Solo el plano inerte de la chapa de acero.
El trayecto de regreso al despacho discurrió en un silencio tenso, interrumpido únicamente por el murmullo continuo del motor del vehículo y el crujido de los neumáticos sobre el asfalto gastado de la comarca.
Martín conducía con ambas manos sobre el volante, manteniendo la velocidad justa para no atraer la atención de las patrullas locales pero vigilando los espejos retrovisores en cada intersección.
Elena permanecía con la frente apoyada levemente contra el cristal frío de la ventanilla, viendo pasar los contornos borrosos de los chalets periféricos y las tapias de piedra de las antiguas fincas.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Martín tras diez minutos de travesía.
—En la frase que nos ha dicho antes de cerrar —contestó Elena sin girar la cabeza.
—¿Cuál de todas?
— «Buscad a las que todavía tienen miedo» .
Martín guardó silencio mientras sorteaba una rotonda pequeña que daba acceso a la carretera del puerto.
—Si Irene sigue teniendo miedo después de tantos años —continuó Elena—, alguien tuvo que darle una razón muy concreta y muy duradera para mantener ese silencio. No se sostiene un temor así durante casi una década por un simple desacuerdo literario.