CAPÍTULO 13 #3
—Este es uno de los casos en los que Alba trabajó durante semanas —explicó Elena—.
Natalia entró en el taller literario un año antes de la llegada de mi hermana a la comarca.
Participó en la sesión inicial de bienvenida en la finca del pantano y, a partir de ese fin de semana, dejó de acudir a la librería y de responder a las llamadas de sus compañeras.
—¿Hubo denuncia formal por desaparición? —inquirió Martín.
—No —contestó Elena—. Cuando la familia intentó averiguar qué ocurría, recibieron la información de que Natalia había decidido trasladarse de forma repentina a otra comunidad autónoma por motivos laborales. La familia aceptó la explicación y no presentó reclamación policial.
—¿Y dónde está la inconsistencia?
Elena abrió un sobre de plástico que acompañaba al expediente de Natalia y extrajo una hoja de anotaciones manuscritas redactada por Alba.
—Cuando Alba entrevistó a la madre de Natalia meses atrás, descubrió un detalle que no encajaba con un traslado voluntario y planificado —dijo Elena—.
Natalia se marchó dejando en su habitación su juego de gafas graduadas de repuesto y una libreta de notas de uso diario sin la que nunca salía de casa.
Nadie que prepara una mudanza consciente se deja atrás los objetos con los que trabaja cada mañana.
Martín se acercó a la mesa y examinó la caligrafía de Alba. —¿Tu hermana llegó a averiguar si alguien del entorno del taller habló con Natalia inmediatamente antes de que se le perdiera la pista?
Elena revisó el índice de testimonios recopilados en los cuadernos de campo. —Sí. Según las notas de Alba, una de las integrantes de la etapa intermedia mantuvo contacto con ella dos días antes de su partida.
—¿Quién? —preguntó Martín.
Elena rastreó la lista de nombres hasta dar con la referencia cruzada. —Irene Robles.
A diferencia de las demás mujeres cuyos nombres figuraban en las fichas marcadas, Irene Robles no había abandonado la comarca ni había borrado su rastro civil.
Una consulta rápida en el directorio comercial abierto de la zona confirmó que Irene gestionaba actualmente una pequeña tienda de encuadernación y papelería técnica en el casco antiguo de San Telmo, a apenas diez minutos a pie del despacho.
—Esta mujer sí está localizable —dijo Elena, apuntando la dirección en su libreta personal—. Y sigue viviendo en el mismo municipio.
Martín frunció el ceño, mostrando sus reservas. —Si lleva años manteniendo el silencio en la misma ciudad donde operaba la librería de Darío, no va a responder de forma abierta a dos desconocidos. ¿Y si se niega a hablar?
—Entonces sabremos que la cautela sigue formando parte de su rutina —respondió Elena.
—¿Y si reconoce quién eres o identifica tu apellido? —insistió Martín—. Podría alertar a quienquiera que esté vigilando los archivos.
—Mucho mejor —dijo Elena, guardando los documentos indispensables en su carpeta—. Si alguien reacciona, sabremos exactamente en qué dirección se mueven.
Martín la observó fijamente durante unos segundos, evaluando la rigidez de sus facciones y la firmeza de sus manos al cerrar el bolso. —No sientes ningún temor, ¿verdad?
Elena se detuvo con la mano sobre la correa del bolso. Hizo una pausa larga, escuchando el zumbido lejano del tráfico de la calle que empezaba a intensificarse.
—Tengo miedo, Martín —confesó con voz baja pero firme—. Siento una opresión constante en el pecho desde que leí la amenaza en la pantalla de mi ordenador. La diferencia es que ya no voy a permitir que el miedo sea el único factor que determine lo que hago o lo que dejo de hacer.
Antes de recoger la carpeta principal, Elena volvió a examinar la fotografía digitalizada de las fichas de evaluación utilizando la lupa del visor de imágenes.
Al ampliar la esquina inferior derecha de los expedientes de Marta, Natalia, Lucía y Beatriz, advirtió un trazo diminuto realizado con tinta oscura junto a la fecha de baja.
No se trataba de una rúbrica administrativa ni de una cifra de archivo. Era un símbolo manuscrito sutil: una pequeña línea curva terminada en un punto, trazada con un trazo rápido pero deliberado.
—Mira esto —dijo Elena, mostrando la ampliación a Martín en la pantalla.
—¿Un código interno de clasificación? —preguntó el expolicía, observando la gráfica del símbolo.
—No lo sé —admitió Elena—. Pero se repite de forma idéntica únicamente en las fichas de las cuatro mujeres cuyo rastro civil se interrumpió.
—No podemos asumir que tenga una relevancia operativa sin un contexto previo —advirtió Martín con su habitual rigor.
—Pues vamos a buscar ese contexto —concluyó ella.
Antes de apagar el monitor, Elena revisó una última fotografía de archivo tomada durante una exposición en la galería municipal de San Telmo.
En la penumbra del fondo, cerca de las escaleras de servicio, se apreciaba la figura de Irene Robles conversando con Marta Valdés.
La toma mostraba a Irene entregándole a Marta un pequeño sobre alargado; la postura de Marta era rígida, con el rostro tenso y la mirada fija en el suelo.
No tenía el aspecto de un intercambio social cotidiano.
Elena cerró el ordenador, bloqueó el acceso local al disco duro y salieron del edificio.
El trayecto a pie hacia el casco antiguo transcurrió bajo la luz limpia de la mañana.
A diferencia del aislamiento de las carreteras comarcales o la atmósfera sombría del pantano, las calles de San Telmo bullían de actividad urbana ordinaria: comerciantes montando sus terrazas, camiones de reparto maniobrando en las esquinas y peatones apresurados con carpetas y cafés para llevar.
Durante unos minutos, Elena y Martín caminaron en silencio, dejando que la normalidad del entorno sirviera de contrapunto a la tensión acumulada.
—Si acepta hablar —comentó Martín mientras cruzaban una plaza peatonal—, ¿cuál es la estrategia?
—Empezaremos preguntando por Marta Valdés y por las actividades de la asociación cultural —explicó Elena—. Si se muestra evasiva, no la acorralaremos. Dejaremos que sea ella quien establezca los límites de lo que quiere recordar.
—¿Y si menciona directamente a la persona que estaba por encima de Darío?
—Escucharemos sin dar nombres por nuestra parte —respondió Elena—. Necesitamos confirmar si la mujer de las fotografías tenía una presencia activa entre las participantes del taller.
Llegaron a la callejeja donde se ubicaba el taller de encuadernación de Irene Robles.
Era un local luminoso, con amplios ventanales a la calle y un cartel de madera pulida sobre la fachada.
En el interior se respiraba el olor característico del papel impreso, el cartón prensado y las colas de encuadernar.
Irene Robles era una mujer de unos cuarenta años, de complexión delgada, con el cabello castaño recogido en una trenza baja y una bata de trabajo gris sobre la ropa de calle. En ese momento se encontraba detrás del mostrador de madera, ajustando los márgenes de una guillotina manual.
Elena y Martín entraron en el establecimiento haciendo sonar la campanilla de la puerta. Irene alzó la vista con una sonrisa profesional que se congeló en cuanto Elena dio dos pasos hacia el mostrador y pronunció con tono sereno el nombre de Marta Valdés.
Una rigidez imperceptible recorrió los hombros de Irene. Dejo la palanca de la guillotina sobre el tope metálico y miró hacia la puerta acristalada antes de fijar sus ojos en Elena.
—¿Por qué vienen a preguntarme por Marta a mi centro de trabajo? —inquirió Irene con la voz reducida a un susurro cauteloso.
—Estamos intentando reconstruir la historia de los talleres literarios de San Telmo y aclarar qué ocurrió con algunas de sus participantes —explicó Elena con calma, manteniendo las manos a la vista sobre el mostrador.
Irene bajó la mirada hacia las hojas de papel que tenía entre las manos y sacudió la cabeza despacio. —No deberíais estar removiendo esos asuntos.
Martín dio un paso al frente, manteniendo una postura neutra. —¿Por qué motivo, Irene?
—Porque hay etapas que es mucho mejor dejar perfectamente enterradas —contestó ella, apretando los nudillos contra el borde del mostrador.
—¿Marta Valdés está muerta? —preguntó Elena directamente, observando la reacción de su interlocutora.
Irene alzó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. —¡Yo no he dicho eso! —exclamó con vehemencia contenidos.
Elena guardó un silencio estratégico, dejando que el eco de la respuesta precipitada de Irene flotara en el espacio del taller. Irene pareció percatarse de que su reacción defensiva había delatado un conocimiento previo que pretendía ocultar.
—¿Qué es lo que sabe realmente sobre lo que le ocurrió a Marta tras su salida del grupo? —preguntó Martín con voz suave.
—Nada que pueda serviros de nada —respondió Irene, dando un paso atrás hacia la zona de estanterías—. Solo sé que meterse en la memoria de ese taller solo trae problemas a quienes preguntan.
—¿Marta tenía miedo antes de dejar San Telmo? —insistió Elena.
Irene dudó unos segundos, mirando la campanilla de la puerta como si deseara que entrara un cliente que interrumpiera la conversación. —Sí —admitió finalmente en voz muy baja—. Marta estaba aterrorizada durante sus últimas semanas en la ciudad.
—¿Tenía miedo de Darío Noceda? —indagó Elena.
—No —negó Irene con rotundidad, sacudiendo la cabeza—. Darío no era el problema real.
Elena y Martín intercambiaron una mirada rápida antes de que Elena volviera a formular la siguiente pregunta. —¿A qué se refiere con que Darío no era el problema?
—Darío era simplemente la cara visible —explicó Irene, hablando de forma atropellada—. El hombre al que todas veían en la librería, el que firmaba las convocatorias y daba las charlas de poética.
—¿Y quién estaba realmente detrás de las decisiones del club? —preguntó Elena, inclinándose levemente hacia delante.
Irene cerró los ojos un instante, arrepintiéndose de inmediato del alcance de sus palabras. —No debería haber dicho eso... No sé nada más. Les ruego que se vayan de mi tienda.