CAPÍTULO 13 #2
—O la vía para canalizar aportaciones privadas hacia las actividades del pantano sin que figuraran en la contabilidad oficial de la librería de Darío —añadió Elena—. Aunque sin los extractos bancarios no podemos convertir una sospecha contable en un hecho.
Elena abrió una nueva fotografía extraída de un archivo de prensa local sobre una feria del libro celebrada en la provincia.
En el fondo de la imagen, entre el público asistente, aparecía Marta Valdés.
A pocos metros de ella, entre la multitud, Darío miraba en una dirección concreta.
Ambos no interactuaban entre sí; sus miradas convergían sobre la misma figura: la misma mujer de silueta esbelta y cabello recogido que figuraba en el margen de la fotografía anterior.
—Ahí está de nuevo —dijo Elena, indicando el punto con el cursor—. No se hablaban en público, pero la presencia de esa mujer condicionaba la posición de Darío y de Marta en el mismo espacio.
Al ampliar el ángulo superior de la foto, Elena divisó parte de un cartel publicitario colgado del estand institucional.
Solo se leían las letras iniciales de un seminario de edición celebrado en aquellas fechas.
Mediante una búsqueda en el archivo digital de la biblioteca regional, Elena recuperó la lista completa de ponentes e invitados acreditados en aquel certamen.
En el registro figuraban tres nombres seguidos: Darío Noceda, Marta Valdés y una tercera persona registrada con el nombre de Alicia S. Vane.
—¿Alicia Vane? —preguntó Martín—. ¿Te suena ese nombre de los archivos de tu hermana?
Elena tecleó el nombre en la base de datos local de la investigación de Alba.
El sistema no arrojó coincidencias directas en las notas de su hermana, pero sí en una captura de pantalla guardada en la carpeta de documentos de baja prioridad: una referencia cruzada en un registro de propiedad intelectual sobre los derechos de edición de una colección de cuadernos poéticos.
—No sabemos si es la identidad real de la mujer desconocida o un seudónimo utilizado para formalizar trámites —explicó Elena, anotando el nombre en su libreta—. Pero es el primer dato nominativo que conecta directamente la gestión del club con alguien situado por encima o al margen de Darío.
Elena abrió de nuevo la ficha original de Marta, fijándose en la palabra «Retirar» trazada en rojo, y la colocó junto a la foto de la feria del libro.
—A Marta la clasificaron como descartable inmediatamente después de este evento —concluyó Elena—. No fue por un desacuerdo literario con Darío. La orden de expulsión y borrado se activó cuando la relación entre Marta y esta mujer se volvió conflictiva.
—Eso refuerza la frase que Clara recordó —dijo Martín—. El verdadero centro de control del taller no era la librería de San Telmo.
—Y explica por qué Marta dejó aquella instrucción precisa: «Busca a las que todavía siguen allí» —añadió Elena—. Sabía que la estructura continuaría operando bajo otras siglas aunque el taller original se disolviera.
Elena se echó hacia atrás en la silla, observando el mapa mental desplegado sobre la mesa.
—Tenemos que identificar a las otras integrantes que figuraban en las carpetas de evaluación con marcas similares a las de Marta.
Martín tomó el listado completo de las fichas del club y comenzó a revisar los nombres uno a uno.
—La número tres —dijo Martín, señalando una entrada—. Murió en un accidente de tráfico hace seis años. Consta el atestado oficial.
—Esa queda descartada —dijo Elena.
—La número cinco —continuó Martín—. Se trasladó a vivir al extranjero hace un lustro. Hay registros de residencia consolidados en otro país.
—Tampoco.
Martín se detuvo en la casilla número nueve. La ficha presentaba el mismo patrón que la de Marta: la palabra «Retirar» en rojo, el trazo de tinta estilográfica sobre el nombre completo y la falta absoluta de datos de contacto posteriores a su baja.
Elena se quedó mirando el nombre impreso en la casilla número nueve: Beatriz Morales.
—Otra huella borrada —murmuró Elena.
Martín levantó la vista del listado.
—¿Crees que todas estas mujeres están conectadas por el mismo destino?
—Creo que alguien ha invertido demasiado tiempo y recursos en asegurarse de que sus nombres parecieran simples deserciones voluntarias —respondió Elena con helada lucidez.
Tomó la impresora, sacó una copia física de la fotografía donde aparecía la mujer desconocida y colocó sobre el tablero de trabajo tres fichas consecutivas: la de Marta Valdés, la referencia de la mujer sin identificar y la ficha de Beatriz Morales.
—No vamos a volver al pantano de la Sombra a ciegas para caer en la trampa que nos han preparado —sentenció Elena, guardando la libreta en su bolso—.
Antes de poner un pie en la caseta del Sector Norte, necesitamos averiguar quién es esta mujer y encontrar a alguien que viera a Beatriz Morales antes de que su rastro desapareciera por completo.
Las que se fueron
Sobre la madera gastada del escritorio, la luz matutina dibujaba un damero impreciso que iluminaba las fotografías, las fichas de cartulina y las transcripciones de la agenda de Alba.
Elena permanecía de pie, con los nudillos apoyados en el borde de la mesa, observando los tres expedientes que acababa de separar del montón principal.
Martín se inclinó sobre el tablero, estudiando la disposición de los folios y las marcas en tinta negra.
—¿Cuántas son? —preguntó él, recorriendo los nombres con la mirada.
—Las que he podido identificar de forma inequívoca cruzando las listas del taller con los datos públicos —contestó Elena sin alzar la voz.
—No es lo mismo que decir cuántas hubo en realidad.
—Ya lo sé —admitió ella—. Es solo la fracción que dejó alguna huella verificable antes de que alguien decidiera ordenar los archivos.
Elena comenzó a deslizar los expedientes sobre la mesa para establecer una secuencia cronológica rigurosa. Para no construir una teoría basada únicamente en la paranoia, extrajo primero la carpeta de una antigua participante llamada Teresa Cano.
—Empecemos por lo evidente —dijo Elena, señalando la primera ficha—. Teresa ingresó en el taller literario el mismo año que Marta Valdés. Asistió a las lecturas públicas durante ocho meses, participó en dos recitales en el centro cultural de San Telmo y después presentó su renuncia por escrito.
—¿Y qué ocurrió con ella? —inquirió Martín.
—Sigue viviendo en la provincia —explicó Elena, mostrando varios recortes de prensa impresos—.
Continuó trabajando en una imprenta editorial, se casó dos años después, tuvo dos hijos y aparece con regularidad en las publicaciones de la asociación de vecinos.
Su vida posterior es transparente y perfectamente rastreable.
Martín tomó el folio y lo examinó despacio. —Entonces, ¿qué demuestra este caso?
—Demuestra que salir del Club de las Ofelias no significaba automáticamente desaparecer de la faz de la tierra —respondió Elena, clavando la vista en las otras carpetas—.
Quien quería marcharse para volver a su rutina habitual podía hacerlo sin que nadie borrara su historial.
Y eso es precisamente lo que hace que los otros casos resulten tan inquietantes.
—A menos que algunas no quisieran simplemente volver a su rutina —sugirió Martín—. O que descubrieran algo que no debían.
Elena asintió en silencio y colocó la ficha de Marta Valdés junto a otros dos expedientes recién recuperados. El primero correspondía a Lucía Ferrer; el segundo, a Beatriz Salas.
Lucía había ingresado en el taller de San Telmo durante la primavera de hacía siete años.
Según las notas de asistencia, participó de forma activa en los debates sobre poética contemporánea durante unos seis meses.
Beatriz, por su parte, se mantuvo vinculada a las actividades de la librería durante algo más de un año.
Ambas eran mujeres jóvenes, sin cargas familiares directas, que atravesaban momentos de reestructuración personal cuando entraron en el círculo de Darío Noceda.
—Observa las marcas de fecha —dijo Elena, indicando los registros con la punta de un bolígrafo—.
Hay un elemento común en la trayectoria de Lucía, de Beatriz y de Marta.
El rastro público de las tres se interrumpe de forma drástica pocas semanas después de ser convocadas a una de las reuniones de fin de semana.
—¿A las sesiones privadas en el pantano de la Sombra? —preguntó Martín, cruzándose de brazos.
—Las fichas no especifican la ubicación exacta —matizó Elena con prudencia—. Solo constan como «encuentros de profundización». No podemos afirmar categóricamente que las tres estuvieran en la misma caseta del Sector Norte.
—Pero la coincidencia temporal existe —insistió el expolicía.
—Sí —asintió Elena—. La interrupción de su vida civil no ocurre de forma progresiva. No hay un distanciamiento gradual. En los tres casos, la última firma en un registro oficial se produce menos de un mes después de esa convocatoria especial. Y a partir de ese instante, el vacío es absoluto.
—Eso admite explicaciones perfectamente convencionales —señaló Martín, reclinándose contra el respaldo de la silla—.
Una persona decide romper con su entorno.
Cambia de ciudad, cambia de número de teléfono, rompe amarras con sus conocidos y decide empezar de cero en otra provincia sin dejar dirección de contacto. Ocurre constantemente.
—Una vez puede ser una decisión personal radical —replicó Elena—. ¿Dos veces en el mismo grupo reducido?
—Sigue estando dentro de la estadística.
—¿Y tres veces? —Elena levantó la vista y sostuvo la mirada de Martín—. Marta, Lucía y Beatriz.
—¿Hay alguna más en las notas de tu hermana? —preguntó Martín tras una breve pausa.
Elena deslizó una cuarta ficha sobre la mesa, con el papel ligeramente amarilleado por el tiempo. El nombre impreso en la cabecera era Natalia Fuentes.