CAPÍTULO 13
Las que se fueron
Las huellas borradas
El amanecer entró en el despacho con una luz fría y cenicienta que apenas lograba disipar la penumbra acumulada.
Elena permanecía sentada frente al monitor, con las manos apoyadas en el borde de la mesa de madera y los ojos fijos en la pantalla del ordenador.
Tras la interrupción de la noche anterior y el mensaje instantáneo que había aparecido sobre el escritorio digital — «Deja a las Ofelias en paz» —, la estancia conservaba una densidad enrarecida, como si el espacio personal hubiera quedado permanentemente comprometido.
Ninguno de los dos había conseguido descansar.
Elena no había intentado dormir; había pasado las horas observando el techo de su habitación, repasando en bucle cada paso dado desde la muerte de Alba.
No con la intención de reelaborar la teoría general, sino aplastada por la certeza física de que habían rebasado un límite sin retorno.
Investigar el pasado de su hermana había dejado de ser un examen de archivos para convertirse en una exposición directa frente a alguien que los vigilaba en tiempo real.
La puerta del despacho se abrió con un chasquido metálico y Martín entró llevando dos tazas de café humeante y una carpeta de cartón rígido bajo el brazo.
Presentaba el rostro demacrado, con ojeras oscuras que delataban la misma vigilia helada, pero sus movimientos conservaban la precisión metódica del profesional acostumbrado a trabajar bajo presión.
Dejó una de las tazas junto a la mano de Elena y depositó la carpeta sobre la mesa. Dentro guardaba las copias impresas de las fichas del club, las fotografías en papel térmico de Marta Valdés y las breves notas tomadas durante la entrevista con Clara en el centro cultural.
—¿Has conseguido extraer algo limpio del registro del sistema antes de cerrar las conexiones? —preguntó Martín, tomando asiento en la silla confidencial y dando un sorbo al café.
—Muy poco —respondió Elena con la voz apagada por el cansancio.
—¿Y eso es malo?
—Es peor —dijo ella, girando levemente la pantalla hacia él—.
En este tipo de expedientes, cuanto menos rastro público deja una persona en los servidores oficiales, más difícil resulta determinar qué ocurrió exactamente con ella.
Las ausencias absolutas no son naturales; requieren un esfuerzo consciente de borrado.
Martín extendió sobre el escritorio las fichas digitalizadas de las primeras integrantes del taller literario.
—Empecemos de cero con Marta Valdés —propuso él—. Reconstruyamos su cronología conocida antes de que apareciera la orden de «No localizar» en su ficha. Sin dar por sentado ningún cabo suelto.
La reconstrucción avanzó con una lentitud casi exasperante.
No hubo revelaciones instantáneas ni hallazgos milagrosos.
Durante más de una hora, Elena y Martín cruzaron datos de publicaciones locales, boletines universitarios de la comarca y archivos digitalizados de certámenes de poesía celebrados diez años atrás.
Cada dato requería verificación doble; cada mención aislada abría un camino seco.
Encontraron una primera referencia: una comunicación breve en un suplemento cultural de San Telmo donde Marta figuraba como secretaria de actas en una lectura poética.
Meses después, una segunda mención la situaba como colaboradora en la catalogación de fondos de una biblioteca municipal.
Un par de fotografías de grupo de baja resolución, comentarios breves en foros literarios en blanco y negro archivados en la red.
Nada que sugiriera una anomalía inmediata.
Hasta que Elena detectó un desfase en las fechas.
—Mira este registro —dijo Elena, señalando con el bolígrafo un documento en PDF correspondiente al acta de cierre de actividades del taller de San Telmo—. Según la ficha interna del club que fotografiamos, Marta fue dada de baja con la anotación «Retirar» a finales de otoño de hace ocho años.
—Esa es la fecha oficial de su salida del grupo de Darío —asintió Martín.
—Sin embargo, aquí hay un programa impreso de un seminario sobre literatura mística celebrado seis semanas después en la sede de la fundación —continuó Elena, abriendo una imagen digitalizada de la época—.
En la lista de personal de organización, Marta Valdés sigue figurando como responsable de sala y acreditaciones.
Martín se inclinó sobre la pantalla, ajustándose las gafas para estudiar la tipografía del programa.
—Entonces la fecha de la ficha interna no es real. O mintieron al registrar su baja, o alguien modificó la carpeta con posterioridad para adelantar artificialmente el momento en que cortó sus lazos con el club.
—¿Quién tendría interés en alterar la fecha exacta en que dejó de acudir a la librería? —preguntó Martín.
Elena guardó silencio. Cada vez que creían acotar una certeza, la estructura del archivo se desdoblaba ofreciendo una nueva ramificación.
Continuó filtrando los documentos escaneados de la biblioteca de Alba.
En un listado de asistencia manuscrito perteneciente a una de las sesiones de lectura privadas en la finca del pantano, el nombre de Marta Valdés aparecía en la séptima posición.
Pero sobre las letras de su nombre trazaron tres líneas horizontales con una pluma de tinta densa y oscura.
—Eso no es una tachadura habitual de corrección de borrador —observó Martín, señalando el trazo sobre la hoja—. La tinta del listado es bolígrafo azul estándar. Las líneas sobre el nombre de Marta son de tinta estilográfica negra. Se hicieron después.
—Es el mismo patrón que vimos en la casa de Clara —dijo Elena—. Borrar a alguien de la lista activa sin destruir el documento original. Crear la ilusión de que nunca perteneció al núcleo del grupo.
Elena abrió una subcarpeta con fotografías de época tomadas durante las actividades públicas de la librería de San Telmo.
Una de las tomas mostraba un plano general de la sala de reuniones: media docena de mujeres jóvenes sentadas en semicírculo, Darío de pie junto a un atril con un libro abierto entre las manos, una lámpara de pie iluminando el fondo.
Una escena cotidiana de divulgación cultural.
Sin embargo, al aplicar un zoom digital sobre el margen izquierdo de la imagen, Elena descubrió la figura de Marta.
Estaba de pie junto a la puerta lateral que daba al callejón posterior.
No escuchaba la lectura de Darío; mantenía una conversación en penumbra con una persona que quedaba casi por completo fuera del encuadre fotográfico.
Elena amplió al máximo el encuadre, aplicando un filtro de contraste para definir los contornos. Se distinguía apenas el perfil de una mujer madura, de pómulos marcados y cabello oscuro recogido hacia atrás.
—¿Es la mujer desconocida que aparecía en los archivos de Alba? —preguntó Martín con voz baja.
—No se le ve el rostro entero con suficiente nitidez para afirmarlo con rotundidad —respondió Elena, manteniendo la prudencia—. Pero observa lo que lleva sujeto bajo el brazo.
En la esquina del encuadre, la mujer desconocida sostenía una carpeta de piel rígida de color oscuro, de idéntico formato a las carpetas que albergaban las fichas de evaluación del club.
—La observadora —murmuró Martín—. La persona de la que Marta le habló a su hermana antes de marcharse.
— «Hay alguien que nos observa incluso cuando Darío no está» —recitó Elena en voz baja, recordando las palabras de Clara—. Si esta mujer estaba presente en las reuniones públicas manejando la documentación interna del club, su papel no era el de una simple asistente.
Siguieron rastreando las entradas antiguas en foros regionales de debate literario.
En una plataforma digital en desuso localizaron una breve reseña redactada ocho años atrás por un participante anónimo.
Al comentar la reestructuración de los talleres de San Telmo, el autor de la nota mencionaba la salida de varias colaboradoras y añadía una frase categórica referente a la número siete: «Su salida no fue voluntaria, por mucho que intenten maquillar los listados» .
—¿Quién firmó esa entrada? —pregunto Martín.
—Un seudónimo ficticio: G.S. —respondió Elena tecleando sobre el buscador—. No hay ningún perfil asociado ni correo de contacto válido.
Elena intentó buscar otras intervenciones firmadas por el mismo seudónimo en la plataforma.
El buscador arrojó tres resultados históricos.
El primero era la reseña sobre Marta. El segundo hacía referencia a una discrepancia presupuestaria en la asociación cultural vinculada al taller.
El tercer enlace devolvía un error de servidor: el contenido había sido eliminado o retirado por el administrador del sitio.
—Alguien se tomó la molestia de borrar la tercera entrada —observó Martín.
—O la plataforma limpió los hilos inactivos durante la última migración de datos —puntualizó Elena, manteniendo la calma—. Hay que considerar las causas técnicas antes de asumir un borrado intencionado.
Martín la miró con una leve sonrisa sin calidez.
—Siempre buscas la explicación más conservadora, Elena.
—Porque en el momento en que dejemos de exigirmos rigor, empezamos a inventar conexiones que no existen —contestó ella con firmeza—. Y es precisamente lo que necesitaría alguien que quisiera hacernos perder el tiempo.
Elena volvió a revisar los antecedentes de la entorno familiar de Marta.
La búsqueda en bases de datos comerciales reveló un detalle que Clara no había mencionado durante la entrevista: Marta figuraba como titular de una cuenta bancaria operativa a nombre de una pequeña asociación cultural denominada Ars Pasiega , disuelta formalmente dos meses después de su salida de San Telmo.
—¿Una cuenta bancaria a nombre de una asociación paralela? —preguntó Martín—. Podría ser la vía que utilizaban para gestionar el cobro de las matrículas de los talleres.