La Chica del Pantano CAPÍTULO 12 #9
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CAPÍTULO 12 #9

recuerdo de lo sucedido semanas atrás con el portátil de su hermana regresó con una fuerza opresiva. La sensación de invasión, de que cada descubrimiento estaba siendo fiscalizado en tiempo real por una mente ajena, congeló cualquier impulso de continuar trabajando sobre la red.

Sin pronunciar palabra, Elena desconectó el cable de red del puerto lateral del ordenador y deshabilitó los receptores inalámbricos. Extrajo la memoria externa blindada, volcó las últimas imágenes capturadas y apagó la fuente de alimentación del equipo central.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Martín, observando cómo Elena recogía los documentos en papel distribuidos sobre la mesa.

—No vamos a ir al pantano esta noche —afirmó Elena con firmeza—. Ir a oscuras tras recibir este mensaje sería un acto de absoluta imprudencia.

—¿Mañana? —inquirió él.

Elena tardó unos segundos en responder, analizando la fotografía de la caseta que aún recordaba en detalle.

—Mañana con luz de día. Y con todas las precauciones posibles.

Antes de cerrar la carpeta principal, Elena volvió a examinar la imagen enviada por el desconocido.

Observó el ángulo del encuadre. La toma no había sido realizada a pie de campo entre los matorrales; la altura del plano sugería una posición elevada sobre una superficie metálica.

En la esquina inferior izquierda de la foto, un pequeño reflejo curvo delataba el contorno del montante interior de un parabrisas.

La fotografía había sido tomada desde el interior de un vehículo estacionado en la pista forestal que dominaba el acceso a la caseta.

—Nos está demostrando que puede situarse a pocos metros del objetivo sin ser detectado —dijo Elena con voz baja.

—O quiere proyectar una imagen de omnipotencia para que cunda el pánico y abandonemos la investigación —añadió Martín con frialdad—. Es una táctica de presión psicológica clásica.

Elena cerró el ordenador portátil por completo.

Justo antes de que la pantalla quedara completamente negra, una ventana del sistema operativo emergió durante una fracción de segundo en el centro del monitor.

No se trataba de un mensaje de correo ni de una notificación ordinaria del software.

Era una alerta de sistema simple, con un cuadro de texto en fondo blanco que mostraba una frase escrita en mayúsculas sobrias:

DEJA A LAS OFELIAS EN PAZ

La pantalla se apagó definitivamente, dejando la estancia sumida en la penumbra de la tarde que caía sobre San Telmo.

Durante un largo minuto, ninguno de los dos pronunció una sola palabra.

El eco de la amenaza flotaba en el aire del despacho, directo y sin cortapisas.

Elena escuchó entonces el sonido distante de un motor circulando por la calle inferior.

Se acercó con paso lento a la ventana y observó a través de la persiana.

Un automóvil de color oscuro pasó a velocidad reducida por la calzada, sus faros cortando la luz grisácea del callejón, antes de desaparecer tras la esquina de la travesía.

—¿Lo has visto? —preguntó Martín desde el centro de la habitación.

—Sí —respondió Elena sin girarse.

—¿Era el mismo vehículo de las fotografías?

Elena dejó caer la llama de la persiana y se dio la vuelta.

—No puedo asegurarlo. Y no voy a empezar a ver enemigos en cada coche que cruce esta calle.

—Bien —dijo Martín—. Mantener la cabeza fría es lo único que nos va a permitir salir de esto.

Elena regresó a la mesa de trabajo. Sobre la superficie de madera limpia colocó, una al lado de la otra, las tres piezas fundamentales recopiladas durante la jornada: la fotografía antigua de Marta Valdés, la ficha de evaluación marcada como «No localizar» y la impresión de la toma reciente de la caseta con el número 7.

Tomó su libreta de notas personal y redactó tres líneas cortas con caligrafía clara:

Marta no desapareció por decisión propia.

Alguien diseñó un borrado sistemático de su rastro.

¿Quién está utilizando su número para atraernos al pantano?

Elena dejó el bolígrafo sobre el papel. Sabía que Alba había iniciado aquel camino convencida de que estaba persiguiendo la sombra de un librero manipulador.

Lo que su hermana tal vez nunca llegó a comprender del todo era que la estructura del club era más amplia, más metódica y que las sombras también tenían la capacidad de seguir los pasos de quien intentaba iluminarlas.

Elena apagó la lámpara de mesa, tomó su bolso y se dirigió hacia la salida junto a Martín. Antes de cerrar la puerta con llave, echó una última mirada al despacho en penumbra.

En el escritorio, la pantalla del ordenador portátil apagado pareció iluminarse durante un segundo tenue por un destello de estática residual, antes de volver a quedar sumida en la oscuridad más absoluta.

Elena no gritó, ni echó mano del teléfono para llamar a las autoridades.

Comprendió, con una certeza helada, que la investigación había cruzado una frontera invisible: ya no estaban buscando respuestas sobre el pasado de Alba; ahora, alguien estaba dispuesto a actuar en el presente para que nadie llegara a descubrirlas.